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Análisis

La prensa de Estados Unidos ríe las gracias al presidente que la insulta y censura

  • Por primera vez, el presidente Trump acudirá a la cena con los periodistas que cubren la Casa Blanca
  • Será la cena más polémica de la historia por los insultos, amenazas y censura del presidente a esa prensa
Trump y la prensa de Estados Unidos: una relación marcada por insultos y censura
El presidente de Estados Unidos, en la Casa Blanca. EFE/EPA/WILL OLIVER / POOL

Todo sistema tiene sus ritos y la democracia, también. En la democracia de los Estados Unidos hay uno polémico porque atenta contra la separación de poderes y la función de uno de ellos: el periodismo, el llamado cuarto poder. Una vez al año, políticos y periodistas compadrean y alardean públicamente de ese compadreo. Se trata de la gala, porque la escenografía y estética es de gala, de la cena de corresponsales de la Casa Blanca, es decir, la cena en que los periodistas que cubren la información del presidente y el Gobierno comparten mesa, mantel y bromas con ese gobierno al que deben fiscalizar, controlar. Ahí está la polémica, ¿no se contradice eso con la distancia crítica que debe mantener el informante sobre el objeto sobre el que informa?

Con Donald Trump, la polémica no tiene nada de filosófica, este presidente ha tildado la prensa de "enemigo del pueblo", ha insultado a periodistas, sobre todo mujeres, ha prohibido el acceso a la Casa Blanca a algunos de los medios más importantes, ha restringido la información en el Departamento de Defensa, ha retirado la financiación a los medios de información públicos y coacciona vía demanda judicial a los medios que publican informaciones que no le gustan. ¿Este sábado serán las víctimas cómplices de su propio acoso? ¿Acudirán a la cena con el presidente como si nada? Vamos por partes.

¿En qué consiste esta cena?

Lo organiza la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca. El fin es recaudar fondos para sus actividades sin ánimo de lucro de apoyo a los profesionales, las becas y los premios que otorga. La asociación nació hace más de un siglo con el objetivo de evidenciar su independencia del Gobierno y reivindicar el derecho a la libertad de información que defiende la primera enmienda de la Constitución.

La cena anual se remonta a 1921 y se plantea como un espectáculo, cuyo principal ingrediente es el humor, un humor crítico, punzante, contra todos y contra uno mismo. El presidente pronuncia un discurso en clave irónica repartiendo puyas y tomándose a broma a sí mismo. Al jefe de Estado le sigue un humorista, mejor cuanto más mordaz. Un intercambio de críticas plagadas de ironía y sarcasmo al que no están acostumbrados, por ejemplo, los políticos o los periodistas españoles. Un espectáculo que puede suscitar tanto admiración por la capacidad de encajar bromas ácidas, como crítica por esas horas de complicidad entre el Gobierno y la prensa que informa sobre él. El espectáculo se transmite en directo y ha habido años memorables por el humorista encargado de hacer un discurso crítico con el presidente y el periodismo, y por el presidente.

George W. Bush no dudó en hacerse un autorretrato muy poco favorecedor, escenificar que la lista de la pareja era su esposa Laura, y pasarle a ella el micrófono y el protagonismo para que le tomara el pelo en 2005. O un icono de la obamanía, el discurso de despedida de Barack Obama y su mítica ya caída de micro en 2016. No es un evento apto para egos frágiles.

¿Por qué Trump ha boicoteado la cena hasta hoy?

Como invitado, Donald Trump acudió en 2011 a la cena que presidió el entonces presidente, Barack Obama. Trump llevaba tres años siendo el promotor más prominente de la conspiración, según la cual Obama no había nacido en los Estados Unidos y, por lo tanto, era un presidente ilegítimo. En la cena, Obama acababa de hacer pública su partida de nacimiento en el estado de Hawái, y a partir de ahí en su intervención irónica se explayó a gusto con The Donald, a quien ridiculizó. Trump no se lo perdonó, no se lo perdona. Y parece que se juró no volver a exponerse a lo que, sin duda, vivió como una humillación.

A estas alturas ya es público y notorio que el actual presidente no tiene sentido del humor, mucho menos de la autocrítica. No tolera el humor crítico con él. La mayor evidencia es cómo ataca verbalmente a los humoristas en general, y a los de los late night televisivos en particular. Cómo ha presionado a empresas para que despidan a humoristas, el caso más claro fue el de Jimmy Kimmel en ABC. Lo logró, pero por la misma razón, los intereses económicos de Disney, propietaria de ABC, la cadena restituyó a Kimmel porque el público había iniciado una campaña de boicot a todo producto Disney.

Practicar el humor es un derecho constitucional en los Estados Unidos, así lo establece una sentencia del Tribunal Supremo de 1964: "El debate sobre las cuestiones públicas tiene que ser desinhibido, y bien puede incluir ataques vehementes al gobierno y a responsables públicos".

La incompatibilidad con el humor y la crítica explica que, como presidente, Trump haya boicoteado las cinco ediciones en que le tocaba presidir esta gala. Hasta este año. Previamente, oh, sorpresa, se ha eliminado la presencia de un humorista, y se ha sustituido por una "mentalista". La organización ya prescindió de humorista el año pasado, con el republicano recién vuelto a la presidencia.

La cena más incomprensible de su historia, cenar con "el enemigo"

¿Celebrar el periodismo independiente, la libertad de información, con un presidente que insulta a periodistas y censura? No es una valoración sesgada o un percepción. Son datos. Son hechos. Una investigación de estudiantes de la Universidad de Georgetown ha llegado a una conclusión que abunda en la pregunta anterior: "Trump ha destruido las reglas de información sobre la Casa Blanca".

Basta escuchar algunas de las muchas ruedas de prensa para darse cuenta, por la abundancia de preguntas que no lo son, que son adulaciones al presidente o simplemente invitaciones a que el presidente se atribuya una serie de méritos reales o imaginarios. Y eso tiene una explicación: los medios históricos, solventes y más prestigiosos ya no tienen la prioridad, ni siquiera asegurado que se les dará la oportunidad de preguntar en la Casa Blanca. Trump y su gobierno no quieren periodistas independientes, quieren amplificadores del discurso oficial y militantes del trumpismo.

A los periodistas acreditados a seguir al presidente en sus viajes y a acceder al Despacho Oval en los encuentros que el presidente tiene con otros mandatarios se los denomina pool. ¿Y qué ha ocurrido con el republicano en esta segunda presidencia? Pues que, además de excluir nada más y nada menos que a la principal agencia de noticias, Associated Press, por seguir llamando al Golfo de México Golfo de México y no Golfo de América, ha usado la táctica de diluir la presencia de periodistas independientes. ¿Cómo? Acreditando a periodistas, blogueros y autores de pódcast de derechas o extrema derecha. A menudo es a ellos a quienes primero se da la palabra, rompiendo con la tradición de priorizar la veteranía en la Casa Blanca. Con esa táctica hay menos preguntas peliagudas y, sobre todo, no son las primeras, pierden impacto en las transmisiones en directo.

La pelea por imponer el discurso propio, el relato como se dice ahora, no es nuevo; como tampoco lo es que los presidentes intenten evitar preguntas comprometidas, desafiantes; lo nuevo es el nivel al que lo ha llevado el Gobierno de Trump. "Cállate, cállate, cerdita", "eres una persona y una periodista terrible", "eres una periodista de tercera, fea interior y exteriormente", son insultos que han salido de su boca como reacción a preguntas absolutamente legítimas de periodistas. Cada comparecencia del "secretario de la Guerra", Pete Hegseth, es un ataque a los principales medios de información por hacer periodismo, en lugar de dedicarse a loar a los militares estadounidenses.

Además de los insultos, el presidente ha llevado a los tribunales a los diarios The New York Times y Wall Street Jornal, Associated Press, y ha amenazado a otros como las principales cadenas de televisión ABC, CBS, NBC y BBC.

Además la transparencia ha disminuido, es mucho más difícil acceder a información que hasta ahora era pública y que es importante: la declaración de impuestos del presidente, la lista de visitantes a la Casa Blanca o la transcripción de los discursos del presidente.

La coacción funciona: autocensura, miedo a criticar a Trump

Seis grupos que abogan por el periodismo independente han declarado que este gobierno está llevando a cabo "el mayor y más sistemático asalto a la libertad de prensa bajo ninguna presidencia". Según PEN América, entre periodistas y artistas en los Estados Unidos ha aumentado la autocensura, algunos monologuistas han abandonado el humor político. Tienen miedo a pleitos que les cuesten mucho dinero, a represalias, suspensión de contratos por parte de empresarios que no quieren enemistarse con esa Casa Blanca.

Y funciona también porque la mayoría de los medios de información forman parte de un conglomerado empresarial con multitud de intereses ajenos al periodismo, y que, en aras de sus negocios, quieren mantener una buena relación con el gobierno y el presidente. "El efecto no creo que sea sobre los periodistas - señala el especialista en medios de la radio pública NPR, David Folkenflik- sino en los milmillonarios propietarios de los medios, que ven los efectos que puede tener si ofendes al Gobierno". Otro periodista de la NPR, Domenico Montanaro, señala una ironía o paradoja: "Por una parte declara a la prensa 'enemigo del pueblo', 'noticias falsas', y por otra busca su aprobación hasta el punto de ponerse al teléfono cuando llaman periodistas, sobre todo desde que ha empezado la guerra contra Irán, muy impopular entre los estadounideneses".

Así las cosas, "para la prensa, lo único más insultante que Trump no yendo a la cena es Trump yendo a la cena", sentencia Kelly McBride, defensora de la audiencia de la radio pública.