Familias sin casa, solteros en caravana y otras mudanzas forzosas: "Trabajo y no puedo pagar lo que pide el mercado"
- La falta de alquiler asequible depreda los ahorros de los hogares trabajadores, que querrían comprarse una casa
- Quienes quieren mudarse a zonas rurales encuentran trabas, mientras otros se ven abocados a vivir lejos de su trabajo
Advertencia: todas las personas que aparecen en este reportaje tienen un lugar al que volver a dormir por la noche. Pero también es cierto que todas han estado preocupadas por si podrán pagar el alquiler o si llegarán a comprar una casa para su familia. Con entre 35 y 44 años, están casadas, divorciadas o solteras. Tienen la nacionalidad española o son extranjeros en situación irregular. Han elegido dónde vivir o las circunstancias lo han hecho por ellos. Son cuantiosas las invenciones del ser humano para cubrir una necesidad esencial como la vivienda.
Familias asfixiadas por el alquiler
Para Sylvain, la preocupación comenzó con una carta certificada de su casera: él y sus dos hijas adolescentes debían dejar la casa en la que han vivido de alquiler desde hace nueve años en La Canyada de Paterna (Valencia) o aceptar una subida de 270 euros de la mensualidad. El nuevo contrato, de 850 euros, incluía condiciones "abusivas" como la obligación de pagar un seguro, asumir todos los gastos de reparaciones o renunciar a sus derechos en caso de la venta del inmueble.
Con ayuda del Sindicat de Llogateres, este padre divorciado consiguió retrasar su marcha hasta junio de 2026, con el único objetivo de que la mudanza no afectase al curso escolar de las chicas. "Es una pequeña victoria, dentro de lo que cabe", se resigna Sylvain, que ha visto que su vecina no corrió la misma suerte en el pulso con la propietaria y tuvo que marcharse con su hijo.
A 700 kilómetros de allí, en Cádiz, Vanesa busca también un piso en alquiler para ella, su marido y su hija. Ahora que la propietaria de la casa en la que han vivido los últimos cinco años la quiere vender, el problema de esta familia está en cuánto ha subido el mercado del alquiler en ese lustro. Aun con dos nóminas, no encuentran nada en la capital gaditana por menos de 1.000 euros. Querrían, pero tampoco podrían comprar.
"Ahora el piso más barato te sale a unos 250.000 euros. ¿De dónde saco yo 55.000 o 60.000 euros de entrada, si pago 700 de alquiler, luz, agua…, y comiendo? Los sueldos son precarios. Trabajamos seis de siete días que tiene la semana, ya no podemos hacer otra cosa", resume Vanesa, unas cuentas que habrá repetido hasta la saciedad.
Podemos hacer un cálculo más general. El salario medio de las personas entre los 35 y 44 años en España fue de 2.400 euros en 2024, dato más reciente del Instituto Nacional de Estadística. Tras una simulación del impuesto sobre la renta (IRPF) para casos similares al de Sylvain y Vanesa, los ingresos netos se quedan en torno a los 1.900 euros. Si, además, tenemos en cuenta que la recomendación de los economistas y la legislación española es que no se destine más del 30% a la vivienda y los suministros básicos, cada trabajador con ese sueldo debería gastar 570 euros como máximo para pagar el alquiler y las facturas. Encontrar casa es así algo más fácil en pareja, pero se complica en solitario o si hay hijos o padres a cargo.
Acabar en una caravana para salir del mercado del alquiler
Para Saransig, médica ecuatoriana en situación irregular, la búsqueda de vivienda en alquiler en Madrid es todavía más ardua. "Firmar un contrato requiere que yo tenga documentación y, mientras no la tenga, no puedo acceder", cuenta esta mujer de 35 años a RTVE. El contrato del piso en el que vive está a nombre de una de sus compañeras y el precio, ajustado a sus posibilidades actuales. Sin papeles tampoco es fácil encontrar un trabajo con un salario suficiente para un mercado encarecido y, a menudo, racista.
"He necesitado la ayuda de compañeros españoles para que hagan una llamada y hablen con el propietario para ver si de alguna manera se sensibiliza, ve que tengo relación con españoles y me da al menos la oportunidad de conocerme", cuenta sobre su antídoto para evitar las reiteradas excusas que recibe cada vez que escuchan su acento extranjero al otro lado del teléfono. En su búsqueda desesperada, también ha sido víctima de alguna estafa.
Los migrantes son más vulnerables en un mercado salvaje. Están en riesgo de pobreza el 44,5% de las personas con nacionalidad de fuera de la Unión Europea frente al 14,5% de los españoles. En esa situación, sin redes familiares cerca ni expectativas de herencia, no hay demasiadas alternativas al alquiler: seis de cada diez hogares arrendados corresponden a extranjeros extracomunitarios, una cifra que en el caso de los españoles cae a poco más de uno de cada diez, aunque está en aumento.
Elkin, ciudadano colombiano que vive en Mallorca, quiso romper la fórmula. "Me cansé de pagar un arriendo costoso, 1.200 euros por un cuartico, una cocina y un baño, que es lo mismo que tiene una caravana. Es un cuarto con una cocina y un baño", concluye sobre su decisión de vivir en una "casa sobre ruedas". Y encuentra dos ventajas: no tiene que hacer colas para cocinar o ducharse, y es de su propiedad.
"Aquí la convivencia es buena", dice sobre el aparcamiento. "Todos trabajamos, ocho, diez, doce horas. Venimos solo a pernoctar, levantarse, bañarse y arrancar otra vez a trabajar", relata. Así, mes a mes, paga el préstamo que le dio el banco para comprar el vehículo. En términos de "vivienda", una caravana no cumpliría los estándares de ONU Habitat para considerarse "adecuada", ya no solo por ser un espacio pequeño, sino por no disponer de conexiones directas con el alcantarillado, por ejemplo.
Destino turístico: tu posible casa
Pero las alternativas de Elkin eran escasas. Baleares tiene el metro cuadrado más caro para comprar vivienda y el segundo más caro para alquilar, por detrás de Madrid. En cualquier caso, en un país turístico como España, hay que poner la lupa en cada pueblo y ciudad para ver la situación del mercado. No hace falta irse a otros grandes polos como Barcelona. Nuestros siguientes protagonistas viven en pueblos como Panticosa (Huesca), Conil (Cádiz) o Castro Urdiales (Cantabria).
"En el Valle de Tena, casas sobran", asegura Eva, que lo compara con el número de familias que viven todo el año o con el alumnado en el colegio de su hija. Pero el problema en este rincón pirenaico puede parecerse al de otros más poblados. "Los propietarios han visto el filón. No es lo mismo que te paguen, siendo optimista, 300, 400 o 500 euros por un alquiler todo el año a que te paguen 1.000 a la semana", explica.
Eva y otros vecinos formaron una cooperativa en 2017 para construir un edificio de viviendas. Pudieron entrar a vivir en verano de 2025, ocho años después, "papeleos" mediante. Durante la espera, tuvo que alquilar. "Mi hija dormía en una cama abatible en el comedor. No tenía espacio para ella. Nos hemos apañado, hemos estado bien, pero eso no es lo que dice el artículo 47 de la Constitución, con la que la gente se llena la boca. Ha sido un proceso muy duro", continúa esta trabajadora autónoma que luego tuvo que guerrear con el banco para cerrar una hipoteca.
En cambio, Delia, de 39 años, no ha encontrado alternativa a compartir piso en Conil de la Frontera, obligada a firmar contratos de 11 meses que quedaban al margen de la ley de arrendamientos urbanos y, por lo tanto, no estaban sujetos a las prórrogas obligatorias de cinco años. La última reforma legislativa obliga a demostrar que dichos contratos temporales tienen una causa justificada —por estudios, tratamientos, rotaciones de personal médico…—, pero siguen proliferando en las zonas turísticas.
Y en los lugares con poca oferta para los habitantes, se extreman las condiciones que establecen caseros y agencias. "Nos pidieron tres meses de nóminas, contratos fijos y hasta un certificado de morosidad. Estuve preguntando y me dijeron que era algo muy extraño, un documento que apenas se utiliza", cuenta Pablo, de 37 años, sobre su calvario para encontrar un piso en Castro Urdiales, punto medio entre su trabajo en Santander y el de su pareja, en Bilbao.
Sumar kilómetros para encontrar vivienda
Por eso, para muchos la solución pasa por sumar kilómetros a sus vidas. Héctor es uno de los afortunados para los que la vida rural fue una elección y encontró un trabajo en Fuentes de Magaña, Soria. "Me vi casi en la posibilidad de renunciar al trabajo porque no encontraba un sitio donde vivir", cuenta, ahuyentado por las "malas carreteras" que tenía que recorrer cada día desde la capital al pueblo.
“ Salían a concurso unas casas sociales y gané. Y aquí nos hemos venido los dos a vivir, ¡a subir la población en este pueblito! “
Héctor Fuentes de Magaña (Soria)
Allí, el impedimento reside en el mal estado de las viviendas. Muchos de los propietarios no han podido hacer la inversión para reformarlas y hacerlas habitables. Otros tantos prefieren mantenerlas cerradas por desconfianza. Los obstáculos para quienes sí quieren mudarse a las zonas rurales dejan fuera de juego a una España cada día más vaciada.
Pero la historia de Héctor termina con "suerte", para él y para las Tierras Altas: "El Ayuntamiento de Fuentes de Magaña se puso en contacto conmigo porque salían a concurso unas casas sociales y gané. Y aquí nos hemos venido los dos a vivir, ¡a subir la población en este pueblito!", concluye junto a su pareja, Anne.
Por el contrario, en zonas de alta densidad de población, a otros no les ha quedado más remedio que abrazar sus traslados diarios al trabajo. Elías trabaja en Madrid, pero se ha comprado una casa en Toledo, donde ya se había mudado para vivir de alquiler. Considera que se habrá ahorrado "más de la mitad" de lo que hubiera gastado por su vivienda en la capital.
Su experiencia da con otra clave en el problema de la vivienda: no es solo arquitectura, sino urbanismo. "Prácticamente en 30 o 35 minutos estás en Atocha, en el centro de la ciudad, siempre y cuando no haya ninguna avería en el tren", apunta. "Al final, tardo en llegar el mismo tiempo que compañeros míos que viven en Madrid. Incluso los que viven en Fuenlabrada o Parla tardan más que yo".
De un lado al otro del país, fuera cual fuera su situación, las personas entrevistadas para este reportaje han encontrado un arreglo a su angustia. Pero piden soluciones. Lo expresa Vanesa, desde Cádiz: "Mucha comprensión, pero poca solución", espeta. "Las personas que trabajamos, tenemos nómina y no podemos pagar lo que nos pide el mercado, ¿dónde quedamos esas personas?".