Enlaces accesibilidad

Mohamed Bin Salman: de Khashoggi al "perdón" de Trump en aras de un nuevo Oriente Medio 

Mohamed Bin Salman: de Khashoggi al "perdón" de Trump en aras de un nuevo Oriente Medio 
El príncipe heredero saudí, Mohamed Bin Salman, durante su última visita a la Casa Blanca Getty Images

Durante años, el nombre de Mohammed  bin  Salman fue sinónimo de aislamiento político y miradas esquivas. Desde aquel octubre de 2018, cuando el periodista del diario estadounidense The Washington PostJamal Khashoggi, fue asesinado en el consulado saudí de Estambul, el joven heredero se convirtió en un paria internacional. En Estados Unidos limitaron su exposición pública, los líderes europeos le miraban con recelo, y hasta sus aliados más cercanos en el Golfo Pérsico le rodeaban de silencios incómodos.

El crimen, cuidadosamente planificado, sacudió los cimientos de la relación entre Riad y sus aliados. Khashoggi había acudido al consulado para gestionar unos documentos. Era ciudadano saudí y se disponía a casarse, pero nunca salió de las instalaciones de la legación diplomática, mientras su entonces prometida le esperaba fuera.

La investigación posterior reveló la implicación de un comando llegado desde Arabia Saudí y llevó a la inteligencia estadounidenses a concluir que la operación había sido autorizada en los niveles más altos del poder, situando al entorno del príncipe heredero, incluso a él mismo, en el centro del plan de asesinato.

Siete años después, el mismo hombre que parecía destinado al aislamiento vuelve a estar en el centro del tablero. Mohammed  bin  Salman —MBS para los despachos de medio mundo— no solo ha sobrevivido políticamente: ahora influye de manera directa en una de las decisiones más trascendentales de la región, la ofensiva contra Irán.

El respaldo de Trump

Su regreso empezó con un gesto calculado: el “perdón” estratégico de Donald  Trump. En su primer mandato en la Casa Blanca, el entonces presidente de Estados Unidos decidió mantener intacta la relación con Riad pese al coste reputacional que implicaba hacerlo. Lo justificó en clave económica —armas, petróleo, contención de Irán—, pero el impacto fue mucho más profundo. A partir de entonces, el príncipe dejó de ser un problema interno del sistema occidental para convertirse en parte de la ecuación geopolítica que iba a sostener el equilibrio del Golfo.

Desde ese momento, MBS emprendió una lenta operación de rescate de su imagen. Se apoyó en lo que siempre ha definido el peso saudí: energía, dinero e influencia. El reino siguió siendo indispensable para los mercados petroleros; además, la diversificación económica generada por su ambicioso plan Vision  2030 le permitió proyectarse como un socio moderno y pragmático.

Anunciado en 2016, el proyecto aspira a transformar la economía saudí para reducir su dependencia del petróleo y convertir el país en un centro global de inversión, turismo y tecnología. El programa articula cientos de miles de millones de dólares en inversión pública y privada, con megaproyectos como NEOM —una ciudad futurista valorada inicialmente en unos 500.000 millones de dólares— y desarrollos turísticos en el Mar Rojo.

El príncipe de Gales es recibido en Riad durante su visita a Sports Boulevard, un proyecto sostenible pilar del proyecto saudí Visión 2030 Isabel Infantes Isabel Infantes

Necesitados de estabilidad energética tras las crisis en Ucrania y la generada por los hutíes —aliados de Irán— en el Mar Rojo, Estados Unidos y Europa terminaron por abrirle de nuevo la puerta al príncipe saudí y a su ambicioso plan, en una forma de blanqueamiento que organizaciones de derechos humanos como Amnistía Internacional o Human Rights Watch llevan desde entonces denunciando.

Esta última incluso definió esta estrategia como sportswashing: el uso de grandes eventos y proyección internacional para desviar la atención de violaciones sistemáticas de derechos humanos y lavar la reputación del régimen.

De paria a pieza clave

La rehabilitación de MBS no fue espontánea, sino estructural. Su rol en la contención de Irán, la mediación intermitente con Israel —a pesar de su tradicional apoyo a la causa palestina— y su reencuentro con Pekín —que en 2023 patrocinó el acercamiento saudí-iraní— lo situaron otra vez en el mapa de los decisores globales y al lado de los actores principales. Hoy, Riad es el invitado al que nadie quiere ignorar.

En círculos de Washington, y según publicaciones recientes de medios estadounidenses como The New York Times, diplomáticos y asesores coinciden en que el príncipe heredero ha defendido en privado una línea dura frente a Teherán. De acuerdo a sus informaciones, MBS considera que la guerra es una oportunidad para reconfigurar el equilibrio regional y debilitar a su gran rival, el régimen islámico chií.

"Esa es la esperanza de Mohamed bin Salman, ver un cambio profundo dentro de Irán, aunque sepa que Estados Unidos difícilmente lo pueda lograr", afirma en conversación telefónica con RTVE Noticias el analista Aaron  David  Miller, investigador principal del Carnegie Endowment for International Peace, think tank clave en lo referente a las relaciones entre EE.UU. y Arabia Saudí, con sede en Washington.

Una lectura que choca con la versión oficial proporcionada por Riad. El Gobierno saudí aseguró en un comunicado a principios de mes que "el reino siempre ha apoyado una resolución pacífica del conflicto, incluso antes de que comenzara", y negó haber impulsado un cambio de rumbo en Washington.

En términos más contundentes, el portavoz de la embajada saudí en Estados Unidos, Fahad Nazer, afirmó: "En ningún momento, presionamos al presidente (estadounidense) para adoptar una política diferente", insistiendo en que la posición del reino ha sido coherente con una solución diplomática.

Una guerra que inquieta tanto como atrae

Desde hace décadas, la lectura saudí parte de una constante: Irán es la principal amenaza para su seguridad. Sin embargo, el contexto actual multiplica los riesgos. Los ataques con drones y misiles contra instalaciones energéticas saudíes, algunos atribuidos a milicias proiraníes fuera de Irán, han puesto en jaque el escudo defensivo del reino. Cada nuevo estallido en el estrecho de Ormuz —por donde fluye casi una quinta parte del petróleo mundial— reaviva el temor a un bloqueo que paralizaría su economía.

Pero, como explicaba recientemente en RTVE Noticias, la analista Rosa Meneses, Irán "ha decidido ir a por todas", rompiendo con su estrategia de contención. En ese escenario, "el conflicto deja de ser bilateral y está arrastrando a toda la región: desde las monarquías del Golfo hasta Arabia Saudí, actor clave tanto en el equilibrio energético como en la rivalidad estratégica con Teherán".

Geopolítica en Oriente Medio: la pugna entre Irán, Israel y Arabia Saudí por el control regional

En ese contexto, Arabia Saudí ha intentado construir alternativas —oleoductos hacia el mar Rojo, rutas logísticas con Jordania y Emiratos—, pero ninguna sustituye por completo al estratégico estrecho de Ormuz. Una guerra larga afectaría de lleno sus finanzas justo cuando la joya de la corona de su monarquía, el proyecto Vision  2030, exige inversiones multimillonarias en turismo, tecnología e infraestructuras en un contexto de déficit creciente por el alto gasto público.

Así, no es casual que en conversaciones privadas con diplomáticos y expertos de Washington, algunos altos cargos saudíes expresen preocupación, especialmente cuando los drones iraníes siguen impactando y ocasionando daños en su territorio.

Al menos dos personas han muerto y una docena han resultado heridas desde el inicio de la guerra con Irán, según los últimos datos disponibles, en su mayoría como consecuencia de ataques con misiles y drones contra infraestructuras y zonas residenciales. Un militar estadounidense también ha fallecido dentro de sus fronteras en el marco del conflicto.

Un guardia de seguridad armado (en alerta por la crisis del Golfo) se encuentra apostado junto a los oleoductos de la refinería de petróleo de Saudi Aramco en Ras Tanura, Arabia Saudí Getty Images

Entre la contención y el colapso

Ese es, en el fondo, el gran miedo de Mohammed  bin  Salman: que la guerra deje detrás un vacío de protección y más inseguridad en el reino de la Casa de los Saud.

Un Irán debilitado es tolerable. Un Irán fragmentado —convertido en un mosaico de milicias y zonas grises— sería un abismo pegado a su frontera, tal y como escribía en artículos recientes la directora del Proyecto del Golfo y la Península Arábiga de International Crisis Group, Yasmine Farouk. "Arabia Saudí busca influir en la política estadounidense hacia Irán y contener su poder regional, pero al mismo tiempo necesita estabilidad para sostener su transformación económica, lo que limita su margen para apostar por una escalada sin control".

En las últimas semanas, ese dilema se ha acentuado. Los avances iraníes en Irak y Siria, sumados a la presión de Israel por extender el conflicto, han puesto a Riad en una posición incómoda. Depende más que nunca de la protección militar de Estados Unidos, pero observa con recelo la estrategia de la Casa Blanca. "Los saudíes sienten que esta guerra no era inevitable, y temen pagar el precio si Washington se retira antes de tiempo", apunta el analista Aaron David Miller.

Porque pese a su creciente peso regional, las decisiones clave siguen tomándose fuera de Riad. Arabia Saudí influye, pero no controla. MBS empuja, sugiere y legitima posturas comunes con Washington e Israel. Pero el poder final no es suyo. Su influencia, por tanto, tiene la forma de una sombra: visible, pero difícil de medir.

Una limitación que contrasta con su ambición de redibujar el mapa geopolítico árabe. La cara más visible de la principal potencia árabe del Golfo se presenta como líder de una nueva era regional, más autónoma, más moderna, un imán para prestigiosas figuras deportivas. Sin embargo, cada paso recuerda de dónde proviene su fuerza: de los petrodólares, de la cercanía con Estados Unidos y de un equilibrio que podría romperse si el conflicto se desborda.

Cristiano Ronaldo renueva con el club saudí Al Nassr hasta 2027

Cristiano Ronaldo renueva con el club saudí Al Nassr hasta 2027 AFP

El precio de la rehabilitación

Así, la guerra contra Irán funciona, paradójicamente, como examen final de la rehabilitación internacional de Mohammed bin Salman, el dirigente que hace unos años simbolizaba la incomodidad moral para Occidente y hoy se ha convertido en una pieza esencial en las decisiones que marcarán el futuro de Oriente Medio.

De cómo gestione este equilibrio —entre legitimidad internacional y fragilidad interna— dependerá no solo su propio destino, sino también el alcance real de ese poder saudí que dice estar reinventando. Porque debilitar a Irán sin hundirlo, contener la guerra sin desaparecer de ella, es una operación política tan compleja como su propio relato: el de un príncipe que ha logrado recuperar su lugar en el mundo sin desprenderse del todo de la sombra del asesinato de Jamal Khashoggi y de las violaciones de derechos humanos que le llevaron a perderlo.