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La "autorresistencia" de un Irán descabezado: Trump domina el cielo y Teherán la economía por tierra y mar

El ataque israelí a un yacimiento de gas iraní dispara aún más la tensión en el golfo Pérsico

"Estados Unidos no sabía nada". Con esa frase, seca y exculpatoria, el presidente Donald Trump ha intentado este jueves, desde su red Truth Social, sacudirse la responsabilidad de una de las escaladas más peligrosas en lo que va de conflicto: el ataque al yacimiento de Pars-Sur, el corazón energético de Irán y el mayor campo de gas del planeta. Según el inquilino de la Casa Blanca, la operación fue un acto unilateral de un Israel "enfurecido", asegurando que Washington —y su aliado estratégico, Doha— no tuvieron conocimiento previo ni participación alguna.

En el tablero de Oriente Medio, la diplomacia de los hechos consumados no entiende de publicaciones en redes sociales. Irán, desconfiando de los desmentidos de Washington, ha respondido con una furia que el propio Trump ha calificado de "injustificada e injusta", golpeando con drones suicidas y misiles de crucero las instalaciones de gas natural licuado en Catar. Y este jueves, se han registrado ataques contra infraestructura petrolera en el mar Rojo de Arabia Saudí; y contra una refinería en Haifa, en el norte de Israel. Este "ojo por ojo" energético confirma lo que los analistas advierten: Irán mantiene el tipo no venciendo en el aire, sino convirtiendo la región en un laberinto de fuego donde nadie, ni siquiera los aliados más protegidos de EE.UU., está a salvo.

Mientras los incendios en las terminales de gas cataríes iluminan el Golfo Pérsico, Trump insiste en que la guerra "está a punto de terminar" porque EE. UU. ya "controla todo el espacio aéreo de Irán". La narrativa de la Casa Blanca es que el régimen se ha quedado sin interceptores ni misiles. Pero la realidad es otra, como explica Ignacio Gutiérrez de Terán, profesor de Estudios Árabes e Islámicos en la UAM, el dominio del cielo no significa el control del conflicto.

El cielo no, pero el suelo es de Teherán

Trump ha asegurado en varias ocasiones que el régimen se ha quedado sin interceptores y que EE.UU. controla el espacio aéreo de Irán. Pero sobre el terreno de Teherán, los hechos cuentan otra historia. Es cierto que la superioridad aérea aliada es total —con ataques constantes contra la isla de Jark y bases militares—, pero la resistencia iraní se ha vuelto asimétrica y persistente. "Es evidente que Estados Unidos domina el espacio aéreo iraní; entran y salen cuando quieren con pérdidas muy reducidas", reconoce Gutiérrez de Terán. "Pero Irán conserva la capacidad de realizar lanzamientos sistemáticos y diarios de oleadas de misiles. Aunque afirman haber destruido los almacenes, la realidad los desmiente", añade el profesor de la UAM.

Esta táctica de saturación no busca la victoria aérea, sino el desgaste logístico y psicológico. Irán ha diseñado un sistema de relevos que le permite mantener el mando a pesar del descabezamiento de sus líderes. Además, la apertura de nuevos frentes ha aliviado la presión directa sobre el territorio iraní. Ha conseguido abrir tres frentes: el iraquí, con el que ha logrado desplazar parte del conflicto fuera de sus fronteras occidentales, manteniendo a las tropas estadounidenses bajo un hostigamiento constante; el frente libanés con la irrupción de Hizbulá que obliga a Israel a duplicar sus esfuerzos y recursos, distrayendo su atención de la ofensiva directa contra Irán. Y queda un tercer frente aun "dormido" que no puede pasar desapercibido: el de los hutíes que se mantienen como una "baza guardada" por Teherán, listos para intervenir si las monarquías del Golfo aumentan su implicación directa en el conflicto.

Según Gutiérrez de Terán, el objetivo iraní es llevar la guerra a un escenario de "autorresistencia". "Es como el juego de morderse los dedos para ver quién grita el último", explica el profesor. Si Irán pierde su capacidad de lanzar misiles avanzados, pasará a una fase mucho más primitiva y destructiva: sabotajes en instalaciones estratégicas y acciones terroristas contra objetivos clave de las administraciones de EE. UU. e Israel.

En este contexto, el ataque de Israel al campo de gas de Pars-Sur —una infraestructura que Irán comparte geográficamente con Catar— ha sido el detonante para que Teherán demuestre que su capacidad de daño económico es total. Al golpear las refinerías cataríes en represalia, el régimen envía un mensaje claro: no hace falta solo cerrar físicamente el Estrecho de Ormuz para estrangular al mundo. "Irán ha pasado a una fase de 'autorresistencia' donde la inestabilidad y los ataques directos ya provocan un cierre indirecto del tráfico marítimo, debido al riesgo inasumible para las aseguradoras y la navegación comercial", explica Ignacio Gutiérrez de Terán. Mientras el cielo sea de Trump, Irán se asegurará de que el suelo y el mar de la región sigan siendo un infierno para la economía global.

La "factura" económica como arma de guerra

El ataque al yacimiento de Pars-Sur simboliza un cambio de fase. Trump intentó minimizar la agresión diciendo que se golpeó solo una "sección pequeña", pero el impacto en los mercados fue inmediato. Irán, en su desesperación, ha activado lo que Juan Vázquez, doctor en Economía por la Universidad Camilo José Cela (UCJC), denomina "el botón de presión extrema".

"La estrategia de Irán busca encarecer el conflicto. Su objetivo es que, cuanto más se alargue la guerra, mayor sea la 'factura' que deban pagar sus adversarios", analiza Vázquez. "Esta presión se ejerce a través del cierre del Estrecho de Ormuz, lo que provoca una subida en materias primas esenciales: no solo petróleo y gas, sino fertilizantes y alimentos", añade.

Para Vázquez, la administración Trump cometió un error de cálculo al pensar en una intervención rápida similar a los intentos en Venezuela. "Trump ha intentado calmar los mercados enviando mensajes de que el conflicto estaba próximo a cerrarse, logrando frenar momentáneamente la escalada. Sin embargo, el tiempo se les agota. Los mercados ya no se fían", dice el economista. Además, del bloqueo físico de Ormuz, existe un bloqueo indirecto: las aseguradoras piden primas prohibitivas, paralizando el tráfico marítimo civil en la zona.

Regionalización: el dilema de las monarquías

Mientras, los incendios en las terminales de gas cataríes de Ras Laffan han iluminado el horizonte del Golfo, las monarquías de la región asisten con pavor a una guerra que no han elegido, pero de la que son el tablero principal. El ataque de Israel al yacimiento de Pars-Sur ha roto la última línea de contención diplomática. Para los ayatolás, ya no hay distinción entre el agresor y el vecino que permite el uso de su espacio aéreo o sus bases.

Teherán ha activado una lógica de destrucción mutua asegurada: si la economía iraní colapsa, el resto del Golfo no podrá seguir siendo el oasis de lujo y energía que el mundo conoce. Al regionalizar el conflicto, los Pasdarán advierten a Riad, Abu Dabi y Doha: vuestra prosperidad es nuestro escudo, y si nosotros ardemos, vuestros rascacielos y vuestras refinerías arderán con nosotros.

Eduard Soler, profesor de la UAB e IBEI y también investigador del Centro de Estudios Árabes Contemporáneos (CEARC) disecciona esta maniobra desesperada de supervivencia. "Cerrar el Estrecho de Ormuz no beneficia a Irán, es un suicidio económico, pero es la única forma que tienen de que los países del Golfo —a los que Donald Trump sí escucha, a diferencia de lo que ocurre con los aliados europeos— sufran las consecuencias reales y directas", explica Soler. El objetivo, argumenta, es que el pánico en las monarquías árabes se traduzca en llamadas urgentes a la Casa Blanca exigiendo un alto el fuego para evitar que sus infraestructuras críticas se conviertan en chatarra.

Esta presión no solo es económica, sino existencial. "Los países árabes del Golfo temen por su integridad territorial", apunta en esta misma línea el profesor Barah Mikail, profesor de la Saint Louis University y experto en la región. Saben que Trump busca una victoria rápida para su narrativa interna, pero que el coste de esa victoria podría ser la desestabilización total de sus propios reinos. "Irán juega con ese miedo y señala que cualquier colaboración logística con los bombardeos de Israel tendrá un precio en suelo árabe", añade.

En este complejo engranaje, Soler introduce una variable que mantiene en vilo a los servicios de inteligencia: los hutíes en Yemen. Tras meses de un silencio estratégico que muchos confundieron con debilidad, el experto maneja la hipótesis de la "autonomía táctica". "Son un verso libre", subraya Soler. "Podrían resurgir en cualquier momento como un actor disruptivo, aprovechando que las baterías antiaéreas iraníes están más consumidas para lanzar una ofensiva contra el sur de Arabia Saudí o el tráfico marítimo en el Mar Rojo". Su intervención no sería una orden directa de Teherán, sino una acción coordinada dentro del "Eje de la Resistencia" para asestar un golpe definitivo cuando la maquinaria de Trump e Israel esté más desgastada. Para las monarquías, el reloj de la guerra tiene un tic-tac distinto al de Washington. Los vecinos de Irán saben que, en el suelo, la "hidra" iraní todavía tiene garras suficientes para arrastrarlos al abismo. Es una guerra de nervios donde las joyas de la corona del Golfo han pasado de ser mediadores a ser objetivos, rehenes de una geografía.

El mito del descabezamiento y la lista de suplentes

La regionalización es una respuesta asimétrica de un régimen que, según el analista y experto en Oriente Próximo, Daniel Bashandeh, se ha 'bunkerizado' tras la pérdida de su cúpula estratégica. Además, la narrativa oficial de Washington sostiene que el régimen es una cáscara vacía. Tras la muerte del líder supremo, Alí Jameneí, el pasado 28 de febrero, y el ataque que dejó al presunto heredero, Mojtaba Jameneí, herido y "bajo paradero desconocido", el Pentágono proyectaba un colapso inminente. A esto se sumó esta semana la confirmación del asesinato de Ali Larijani, el arquitecto de la diplomacia persa, y de Esmail Jatib, jefe de Inteligencia.

Sin embargo, la estructura de poder en Teherán no es un edificio que se derrumba al quitar una viga; es una red celular diseñada para la supervivencia extrema. "Los iraníes ya tenían prevista esta contingencia, como muchas otras", explica a Gutiérrez de Terán. "El sistema cuenta con una lista de dos, tres y hasta cuatro relevos preparados para cada cargo de importancia. En ese sentido, no creo que el descabezamiento les esté afectando demasiado, más allá del impacto en el carisma de figuras de peso pesado como Larijani".

Sin embargo, para el analista político Daniel Bashandeh, esta pérdida de la "vieja guardia" clerical y estratégica está acelerando "una transformación peligrosa hacia una dictadura militar pura". "Al matar a estrategas como Larijani, Israel profundiza en la crisis de estrategia de Irán. No quiere ofrecer otra salida más que la guerra", advierte Bashandeh. El resultado es una República Islámica que ya no gobierna para su pueblo, sino que se atrinchera bajo el mando de los generales de la Guardia Revolucionaria (Pasdarán).

¿Hasta cuándo puede un Estado mantener el tipo así?

La pregunta que se hacen los expertos es: ¿Hasta cuándo puede un Estado mantener el tipo así? Ignacio Gutiérrez de Terán añade un matiz sombrío sobre lo que él llama la fase de "autorresistencia". "Cuando pierdan la capacidad de enviar misiles supersónicos, pasarían a un plan de contingencia mucho más primitivo basado en sabotajes zonales, acciones terroristas a través de grupos afines y ataques directos contra individuos relevantes de las administraciones de EE. UU. e Israel", explica.

A medida que avanza la guerra, Trump y Netanyahu manejan agendas distintas. Mientras el inquilino de la Casa Blanca necesita vender un "relato de victoria rápido" para encarar su presidencia y frenar el crecimiento económico de China mediante el control energético, Israel parece ver con buenos ojos un Irán consumido en el caos interno por décadas.

Daniel Bashandeh quiere detenerse en otro punto, que es la brecha entre el pueblo y el régimen; es un "punto de no retorno" y que la población iraní es hoy "rehén del régimen y del contexto internacional". "Hay un rechazo mayoritario a la República Islámica, sobre todo tras la última represión y la gestión económica", afirma Bashandeh. "Pero el futuro de Irán sigue sin estar en manos del pueblo. Si el sistema colapsa, no hay que descartar alternativas externas como Reza Pahlavi, pero cualquier escenario depende de los objetivos de Israel y EE. UU.", matiza.

Irán mantiene el tipo porque ha transformado su debilidad aérea en una fortaleza de desgaste global. Como señala Terán, es el juego de "a ver quién grita el último". Mientras el Estrecho de Ormuz siga bajo presión y el precio de la cesta de la compra siga subiendo en Chicago o Madrid, la "hidra" iraní seguirá demostrando que, aunque le corten la cabeza, sus garras energéticas todavía tienen fuerza para asfixiar la economía del mundo.