El frente kurdo, entre la ayuda y la traición: la guerra de guerrillas que teme Irán
- Los kurdos en Irán pueden arriesgar su propia supervivencia y se exponen a ser traicionados otra vez por EE. UU.
- El gobierno turco rechaza frontalmente cualquier escenario que suponga ver a los kurdos reforzados
- Ataque a Irán de EE.UU. e Israel, en directo hoy
En las cumbres nevadas de los montes Zagros, un silencio de siglos se ha roto para dar paso a un movimiento de tropas que el mapa oficial de Irán insiste en ignorar. Mientras, en Washington, la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, ha confirmado este miércoles que la invasión terrestre es una opción que Donald Trump mantiene sobre la mesa. Para el avance de la operación Furia Épica sobre el terreno, el éxito de cualquier campaña militar depende de un pueblo que nunca ha tenido Estado, pero que conoce cada recoveco de la frontera.
La participación de las milicias kurdas en las guerras de Siria e Irak fue clave para la toma terrestre de distintos enclaves. Sin embargo, su experiencia en la colaboración con las tropas occidentales no siempre les ha resultado provechosa. Los kurdos son una pieza clave del puzle de Oriente Medio en esta nueva escalada y, para ellos, esta guerra no es solo un conflicto geopolítico; es el último asalto de una lucha que dura ya un siglo.
¿Quiénes son?
Los kurdos son los habitantes indígenas de las llanuras y las tierras altas de Mesopotamia. Se estima que son entre 25 y 35 millones de personas repartidas en la actualidad entre el sureste de Turquía, el noreste de Siria, el norte de Irak y el noroeste de Irán. Son la nación sin Estado más grande del mundo y un gigante demográfico unido por la raza, la cultura y el idioma que el diseño colonial del siglo XX, tras la derrota del Imperio Otomano, dejó huérfano de fronteras.
Soran Qurbani, periodista kurdo-iraní que ha vivido en primera persona la asfixia del régimen, explica a RTVE Noticias que para entender este momento hay que mirar a esas cuatro provincias del oeste y noroeste iraní: Azerbaiyán Occidental, Kurdistán, Kermanshah e Ilam. Allí, unos 12 millones de kurdos representan casi el 10% de la población del país y han vivido durante estos 47 años de República Islámica en una doble resistencia. "Históricamente, los kurdos han sufrido una represión sistemática bajo el modelo de Estado-nación iraní, primero con el Sha y, tras la Revolución de 1979, bajo el régimen islámico", relata Qurbani. Argumenta que para su pueblo el sufrimiento ha sido doble, "por su etnia kurda y por su religión, ya que la mayoría son musulmanes suníes, a diferencia del chiismo oficial del Estado iraní".
La represión bajo el régimen iraní ha sido constante. Ser kurdo en Irán es cargar con un estigma étnico, pero también religioso. Qurbani recuerda que, aunque son una minoría, concentran "más del 40% de las ejecuciones políticas anuales". Habla de un estado de asfixia constante donde el simple hecho de existir supone un desafío al poder central. Esa tensión explotó definitivamente en septiembre de 2022 con la muerte de Mahsa Amini. Aquel grito de "Mujer, vida, libertad" que dio la vuelta al mundo no fue un eslogan improvisado; era el lema de décadas de lucha política kurda —Jin, Jiyan, Azadî— que, por fin, encontraba eco en el resto de Irán. "En 1979, los kurdos fueron los únicos en Irán que se opusieron a la Revolución Islámica, exigiendo un régimen democrático y autonomía", explica el periodista. Además, recalca que sus partidos, como el PDKI o Komala, son movimientos seculares y socialistas, "no son grupos islamistas ni yihadistas; no creen en la religión como forma de gobierno".
Ese eco es el que estos días ha convergido con los intereses de las potencias occidentales. La irrupción de los kurdos como actor beligerante en la actual guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán cambia la escalada del conflicto. Ya no se trata solo de bombardeos selectivos desde el mar o el aire; se trata de una movilización interna de grupos que, aunque "solo cuentan con armamento ligero y Kalashnikovs, han perfeccionado una táctica de guerra de guerrillas que la Guardia Revolucionaria teme más que a los propios misiles", explica Qurbani. Según su análisis, si estos grupos logran el control del oeste del país con apoyo aéreo de Washington y Tel Aviv, el mapa regional que se diseñó tras la Primera Guerra Mundial empezaría a desmoronarse definitivamente.
Pero la alianza con Occidente es un terreno complejo y pantanoso. La historia de los kurdos es una cronología de promesas rotas que se remonta a 1920. El Tratado de Sèvres les prometió una patria que el Tratado de Lausana borró tres años después para satisfacer las fronteras de la Turquía moderna, dejándoles con un estatus de minoría perpetua. Shilan Turgut, activista independiente ante la ONU, advierte en una entrevista con RTVE Noticias de que la "traición es una herida abierta que se propaga como el veneno".
Los kurdos han sido utilizados y abandonados sistemáticamente: en 1975, en 1991 y, más recientemente, en 2019 en Siria, cuando la retirada estadounidense permitió la entrada de tropas turcas en sus tierras. "Cualquier cambio real debe brotar del propio pueblo iraní y no ser una imposición externa que utilice a las minorías como carne de cañón para intereses geopolíticos ajenos", insiste Turgut. La activista considera que el derrocamiento del régimen debe ser liderado por kurdos, persas y todas las comunidades juntas.
El profesor de la Saint Louis University, Barah Mikail, comparte este escepticismo sobre las intenciones de Washington. Además, detecta una contradicción flagrante en la política exterior estadounidense: "Por un lado, Washington se retira de Siria frustrando a los kurdos, que se sienten traicionados y, por otro, cuando le interesa instrumentalizar la cuestión kurda en Irán, la pone de relieve e intenta utilizarla". Para el analista, "no es una buena idea jugar con esta 'carta kurda', ni para la imagen de los propios kurdos ni para la estabilidad general".
El principal freno a este plan es Turquía, que observa con pavor cualquier refuerzo de su autonomía. "El Gobierno turco rechaza frontalmente cualquier escenario que suponga ver a los kurdos reforzados; para ellos es una amenaza existencial", señala Mikail. El experto advierte que Turquía es el país con más capacidad de presión y buscará cualquier vía para frenar un papel relevante de los kurdos en Irán. "Si Estados Unidos decide seguir adelante, tendrá que asumir un malestar turco que puede tener consecuencias imprevisibles", matiza.
Turquía, el principal freno
En Turquía, la hostilidad es arraigada. Con una población kurda de hasta el 20%, Ankara observa con pavor cómo Washington baraja opciones militares. El miedo turco no es nuevo: desde los levantamientos de 1920 y 1930, el Estado ha intentado borrar su identidad designándoles como "turcos de la montaña". Tras el colapso del alto el fuego en 2015, la zona se ha convertido en una "guerra sincronizada" que ahora amenaza con desbordarse. El temor de Erdogan es que una autonomía kurda en Irán complete un eje que ya tiene sus propias cuotas de poder en Irak y Siria.
En Irak, los kurdos gozan de autonomía desde 1991 tras décadas de lucha liderada por el PDK de Mustafa Barzani, pero han pagado el precio de la arabización forzosa en zonas como Kirkuk. Mientras, en Siria controlan el noreste tras el vacío de la guerra civil de 2011, donde pasaron de ser apátridas a los aliados más efectivos contra el Estado Islámico. En estos momentos se enfrentan a una fase crítica de transición e integración con el nuevo gobierno interino tras la caída de Bachar al Asad. Las Fuerzas Democráticas de Siria (FDS) acordaron integrar su administración autónoma en el Estado, perdiendo control territorial en el noreste y áreas clave ante el ejército sirio.
La caída de Irán: ¿un nuevo comienzo?
Si Irán cae, el puzle tendría tres piezas encajadas, dejando a Turquía como el último frente de una lucha nacionalista que amenaza con redibujar todo el Medio Oriente. Soran Qurbani describe un Irán que es, en realidad, un mosaico de siete u ocho grupos étnicos: los persas en el centro (que detentan el poder), los azeríes (unos 20 millones), los kurdos (10-12%), los baluchis en el sureste, los árabes en el suroeste (donde está el petróleo), además de los lori, turcomanos y gilak.
"La apuesta de los kurdos es total y el riesgo, absoluto", afirma Qurbani, que lo define como un paso necesario: "O se arriesgan a ir de la mano de Washington e Israel, aprovechando la muerte del líder supremo y de los altos mandos militares, o se resignan a otros 100 años de ejecución y tortura". La coincidencia estratégica es real, las milicias kurdas están listas para llenar el vacío de poder. "La oposición kurda cree que la única forma de derrocar este régimen es mediante una campaña militar apoyada externamente y la movilización de todas estas etnias", concluye el periodista.
Sin embargo, Barah Mikail aporta algo de realismo frente a este optimismo militar. "Hay que ser realistas a pesar del posible armamento que reciban de los americanos, los kurdos iraníes están en una posición muy débil", apunta el profesor. Añade que "carecen de la fuerza política suficiente para alcanzar planes de independencia a largo plazo" y que difícilmente el resto de la población iraní apoyaría una secesión kurda.
A este escenario se suma la fragmentación interna. Mikail recuerda que los kurdos de la región están divididos por líneas políticas e ideológicas muy marcadas entre Turquía, Siria, Irak e Irán. "El caso de Irak es el más claro. Allí los kurdos están volcados en sus propias instituciones y el Gobierno iraquí no quiere saber nada de lo que ocurre en Irán por temor a las milicias chiíes", concluye.
El desenlace de esta crisis marcará un punto de inflexión. Si el régimen cae y surge un liderazgo que respete a las comunidades, se abriría una era de coexistencia inédita. Pero, como recuerda Shilan Turgut, los kurdos saben que, al final del día, "no tienen más amigos que las montañas". Su resistencia ha sido aplaudida en todo el mundo, pero su supervivencia ha dependido siempre de su capacidad para "desafiar a los regímenes que han intentado erradicarlos", desde los genocidios perpetrados en el siglo XX hasta la represión policial que acabó con 500 vidas tras la muerte de Amini. Turgut advierte que el futuro dependerá de si las fuerzas kurdas "permiten ser instrumentalizadas por las potencias internacionales o si, por el contrario, priorizan la seguridad y los intereses a largo plazo de sus comunidades".
En estos momentos, las montañas ya no son solo un refugio; son la plataforma desde la que los kurdos exigen, por fin, dejar de ser los figurantes de una historia escrita por otros. La Casa Blanca dice que "no descarta opciones", pero para el pueblo kurdo, la única opción que nunca ha estado sobre la mesa es la de rendirse. Su irrupción como este "nuevo actor" en la escalada del conflicto no es una casualidad militar, sino el resultado de un siglo de resistencia que hoy, por primera vez, parece tener al mundo mirando de frente a sus cumbres. La activista kurda ante la ONU sentencia con orgullo que, a pesar de las traiciones, "ningún régimen, ningún poder colectivo ha logrado erradicar a los kurdos a pesar de los genocidios perpetrados; han demostrado claramente que tienen la capacidad de desafiar al régimen y nunca se rindieron".