Delle Donne, autor de 'Epidemia ultra': "Fue un grandísimo error discutir en los términos que favorecían a la ultraderecha"
- Delle Donne lamenta que proyectos políticos que eran "marginales" se conviertan en "proyectos de país"
- Su investigación intenta comprender el avance de la extrema derecha en el mundo
Ocho décadas después del final del Holocausto, la ultraderechista AfD alcanzó en las últimas elecciones sus mejores resultados desde el nazismo. En un país cuyas leyes prohíben la apología al nazismo, triunfa un partido que reniega de la memoria histórica. El caso alemán "demuestra que nadie es inmune" a lo que el analista Franco Delle Donne denomina "epidemia ultra", un fenómeno que se ha extendido alrededor del globo.
Doctor en Comunicación por la Freie Universität Berlin, Delle Donne ha dedicado gran parte de su investigación a intentar comprender el porqué del avance de la extrema derecha en el mundo y en 2020 lanzó su podcast 'Epidemia ultra: lo que esconde la derecha radical'. Años más tarde, con la ultraderecha ya afincada en Gobiernos y Parlamentos alrededor del globo, el analista lamenta que estas formaciones ya no tienen mucho más que esconder.
Analiza este proceso en su nuevo libro, Epidemia ultra. Del fascismo europeo a Silicon Valley: anatomía de un fenómeno que está conquistando el mundo, del que ha conversado con RTVE Noticias.
PREGUNTA: ¿Hasta qué punto hemos normalizado la presencia cada vez mayor de la extrema derecha en las instituciones?
RESPUESTA: Proyectos políticos que antes eran absolutamente marginales se convierten en proyectos de país. Hemos asumido que propuestas que realizan —que en general son descripciones de un descontento que puede obedecer a diferentes fuentes y también de una situación injusta de desigualdad o de marginalidad— se transformen en una suerte de combustible para un proyecto político que en realidad no propone reducir esas problemáticas, sino profundizarlas y generar todavía más conflicto.
Es una era en la que nos toca vivir, en la cual esos discursos han quedado normalizados y, con ello, forman parte de lo permitido por la sociedad. El modelo de la ventana de Overton plantea que, de alguna manera, hay espacios en la sociedad en los que hay límites, pero a veces esos límites cambian. Estamos en ese momento.
P: En el libro planteas la reflexión sobre cómo reaccionar cuando alguien que conocemos nos dice que vota a partidos de extrema derecha
R: Si en Chile, José Antonio Kast recibe más del 50% de los votos, o Milei en Argentina, o en Alemania, donde hay lugares en los que el 40% votaría a AfD, o en España con Vox... estadísticamente va a haber cada vez más gente cercana a vos en alguna reunión del trabajo o de familia que va a pensar de esa manera. Hay límites de las opiniones tolerables, pero los hay que optan por esas opciones porque en esa normalización queda oculta parte de la esencia de esos partidos, que proponen una sociedad más desigual o discriminadora. Solo queda la búsqueda de algo nuevo.
Lo peor que puedes hacer es descalificarle o decirle que no sabe votar, porque esa persona tal vez está viendo el problema desde otro punto de vista. Si no tenemos algo de empatía es muy difícil entablar un diálogo; y ahí no hay vuelta atrás. Si no discusión, estamos polarizando. ¿Y quién se beneficia de la polarización y el conflicto? Este tipo de oferta política.
P: En el libro hablas de la Nouvelle Droite (Nueva derecha) de los años 60 y 70 y de cómo se construye el concepto de metapolítica, cómo buscan adueñarse de conceptos y colonizar debates. Es algo que la extrema derecha ya ha conseguido y marca el discurso político en muchos países. ¿Es un error por parte del resto de fuerzas políticas adaptarse a su agenda?
R: Es el grandísimo error. En Alemania, en términos de coyuntura, la clave fue que pasó lo que acabas de describir. El resto de partidos pensó que discutir en los términos y sobre los temas que le favorecían a la ultraderecha era la mejor solución para enfrentarse a ella. [...] Si te discutes sobre inmigración y la relación que puede tener con la criminalidad, generas una discusión que pone en relación dos campos semánticos que no tenían porqué estar relacionados. Algunos partidos lo hicieron de forma inocente o negligente, tal vez sin medir lo que hacían, pero otros lo hicieron con una intencionalidad política y una estrategia equivocadas. Pensaron, si hablo como la ultraderecha y digo más o menos lo mismo, la gente va a venir a votarme a mí porque soy un partido grande y más importante, pero lo que pasó fue exactamente lo contrario: la gente prefirió votar al original.
P: Mencionas cómo Marine Le Pen consigue convertirse en el proyecto político del Frente Nacional, una fórmula que estamos viendo con Orbán, Meloni, Bukele o Trump. ¿Qué implicaciones tiene esta personalización extrema?
R: Va en contra de los partidos políticos como institución fundamental en una democracia, que están ahí para aglutinar intereses y demandas de un sector de la sociedad. Vemos en un determinado partido político la posibilidad de expresar los problemas de una parte de la sociedad, un proyecto de país. Y la función que cumple justamente es que no sea volátil, que no vaya de la mano de una persona, del humor de esa persona o incluso, aunque sea un buen gobernante, que cuando no esté más, el destino del Estado no dependa de una persona.
El hecho de que se fortalezcan los personalismos va en línea con la comunicación política actual, con la difusión de información acelerada y con nuestra capacidad de contar historias. Es mucho más fácil contar la historia del político, del personaje, que de un partido político, que es algo más abstracto. Aún así, puede haber personajes fuertes y al mismo tiempo partidos estables. El problema es cuando toda la estructura, el relato y la fidelización política no va en función de una ideología y una idea de vida, sino de la persona que la encarna. Ese es el gran peligro y un componente muy claro del populismo [...] La personalización, la aparición del líder, del caudillo.
P: "En 2017, la epidemia ultra llegó al corazón de la democracia liberal", así defines la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Después, dices, el presidente "convirtió en mainstream la ultraderecha". ¿Qué significa Trump para esta "epidemia ultra"?
Tiene Trump rol protagónico. La epidemia ultra es un proceso relativamente largo [...] pero creo que el punto más alto es el momento actual, en el cual está todo normalizado y han llegado al poder. Ha llegado Trump, pero también Bolsonaro, Orbán, Meloni, Milei, ahora Kast… Trump llega a lo más alto en el país símbolo de la "democracia" —con todas las críticas que podemos hacer— desde ese lugar del imaginario colectivo. Creo que marca el cambio de era y el punto culmen de esa epidemia ultra, pero también el punto de quiebre.
Ahora vivimos en una bifurcación. Esa epidemia ultra se puede transformar en el certificado de defunción de un consenso democrático [...] y a partir de ahora vivir en un régimen diferente, que puede tener elecciones pero que es más autoritario. Que nos ofrece una sociedad mucho más difícil para vivir si sos diferente y no pensás como la mayoría y donde las garantías que nos da una democracia se pueden ir disolviendo. Y el otro punto es que justamente ahora, al haber llegado a ese punto culmine quizás sea el momento de que se derrumbe, que podamos de alguna manera darnos cuenta de que esto no es lo que queremos.
El gran problema del triunfo ultra se basa mucho en las contradicciones y en los problemas que tiene el sistema democrático actual. Hay desigualdad, hay personas que están mal, que tienen miedo, desconfianza en la sociedad y en los partidos actuales. No se le ha dado respuesta a eso y ese es el gran desafío de los demócratas.
P: En Latinoamérica estamos viendo la irrupción de líderes como Milei, Noboa, Bukele y el último caso, el de Kast en Chile, un personaje que no ha ocultado su afinidad política con la dictadura de Pinochet. ¿Qué está ocurriendo con la memoria histórica? Bukele llegó a definirse a sí mismo como "dictador cool".
En una conferencia en Madrid, Kast dijo que la dictadura de Pinochet nos salvó de la dictadura. ¿No sé bien español, escuché mal? No, hablaba de que en teoría hubiese habido una dictadura con Salvador Allende y lo que hizo Pinochet fue salvar al país instaurando otra. Pretende poco a poco construir un consenso alrededor de una visión autoritaria de la política, de poner límites a derechos y garantías. Lo vemos en otros países, como en Argentina, donde se empieza a discutir un consenso que era muy claro en prácticamente toda la sociedad de que la dictadura militar fue algo negativo.
En el "dictador cool" queda expuesta la estrategia comunicacional que llamo "provocación estratégica". La eliminación de los límites, ya no de lo políticamente correcto, sino de cualquier cosa que pueda decir, refugiándome en la libertad de expresión. Alice Weidel dijo en una videoconferencia junto a Elon Musk que Hitler era en realidad de izquierdas, porque el nacionalsocialismo tiene en su palabra el ideal socialista. ¿Qué sentido tiene discutir eso? Sería darle un lugar, una entidad, pero al mismo tiempo esa narrativa se expande, hay gente que la repite. Ese es el gran problema, todavía nos cuesta entender cómo afrontar eso desde el discurso político de las élites.
P: La ultraderecha comparte unas ideas que ha sabido estructurar muy bien, un discurso con el que parece que todos están de acuerdo. ¿Cómo les ayuda esa narrativa común y que puede el resto de fuerzas frente a eso?
Muchas veces surge la pregunta de quién está detrás de todo esto, como si fuera el emperador de Star Wars quien maneja todo. No hay una internacional derechista, pero en los últimos años se ha intensificado un interés por establecer o reforzar las redes que tienen entre ellos, ser más horizontales [...] La ultraderecha ha desarrollado el tráfico de narrativas. Se adaptan al contexto de cada país, pero pareciera que están contando la misma historia.
Esto ayuda a reforzar la narrativa, porque se va generando esa suerte de cámara de eco donde se repite la información. Y ahí juegan un rol fundamental las redes sociales que a las que le dedicamos tantas horas diarias y donde recibimos más información en función de lo que pensamos y menos de lo que no nos gusta ver.
Hay un trabajo por hacer por parte de los partidos político de pensar una democracia y un sistema que de verdad apunte a reducir desigualdades. La clave es la desigualdad en este gran debate, esta situación de sentirte en una situación de estrés, de presión que genera miedos que luego se traducen en odios gracias a la vehiculización de las narrativas de la ultraderecha y para lo cual el otro sector político que no es ultraderecha, no le ofrece grandes respuestas. El resto de los partidos también tienen que pensar cómo lograr una sociedad que ofrezca más igualdad y no más desigualdad.