Europa, la meta democrática tras la dictadura franquista
- Europa se convirtió en un muro de contención que ayudó a que no descarrilara la joven democracia
- Adolfo Suárez acordó solicitar formalmente la incorporación de España tras las elecciones de 1977
En febrero de 1962 España solicita por primera vez negociar su vinculación con la Comunidad Económica Europea a través de una carta enviada por el entonces ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella.
En ella España reclama una asociación susceptible “de llegar en su momento a la plena integración”. Sin embargo, la doctrina comunitaria (el llamado informe Birklebach) vetaba a cualquier país que no fuera una democracia. El obstáculo para ir más allá era “la naturaleza del régimen”, explica Antonio Moreno, catedrático y director del Departamento de Historia Moderna y Contemporánea en la universidad Complutense de Madrid.
España permanecería así fuera del club comunitario, lo que no impidió que en 1970 firmara un Acuerdo Comercial Preferencial con la llamada entonces Comunidad Económica Europea. Son los años del crecimiento del turismo y de cada vez mayores inversiones de los países europeos en nuestro país. El crecimiento de España iba de la mano de su acercamiento a Europa y el continente estaba cada vez más presente en la sociedad española.
El deterioro de la salud de Franco hizo que las capitales europeas se fueran preparando para el día después de su muerte, como explica el profesor Antonio Moreno: “Desde su flebitis en 1974 las cancillerías europeas empezaron a pensar en una España dentro de las instituciones europeas tras un proceso de democratización y todo el mundo se puso a calcular cómo le interesaría o cómo le perjudicaría este paso”.
Los últimos arrestos del franquismo, que se saldaron con las ejecuciones de septiembre de 1975, provocaron de nuevo un aislamiento diplomático de España, pero fue momentáneo. Todo cambió con la muerte de Franco el 20 de noviembre. Se abría la puerta de Europa.
Un europeísmo casi unánime
La idea de Ortega y Gasset de que España era el problema y Europa la solución había calado en la sociedad española. Los años anteriores a la muerte de Franco habían ayudado a consolidar esta visión positiva del proyecto europeo como elemento de modernización y de todo lo que no tenía España durante la dictadura. “Europa como una necesidad. Europa como una esperanza. Europa como una solución. En España hay un consenso sin debate, pero no todos los partidos políticos hacían la misma lectura sobre Europa”, añade el profesor Antonio Moreno. Pese a los distintos puntos de vista, los pasos hacia la adhesión europea acabarían siendo apoyados tanto por los partidos nacionalistas como por el partido Comunista. Este europeísmo prácticamente unánime quedó reflejado en el discurso del rey Juan Carlos frente a las Cortes el 22 de noviembre de 1975: “Europa deberá contar con España. Los españoles somos europeos”. Toda una declaración de intenciones.
Europa es, además, espejo y muro de contención. El camino para evitar excesos, como relata Ignacio Molina, investigador en el Real Instituto Elcano y profesor en la Universidad Autónoma de Madrid: “La idea del anclaje europeo funcionaba para los dos extremos. Europa transmitía tranquilidad. Esto permitió que muchos sectores conservadores aceptaran la democracia. Por el lado de la izquierda, no va a poner en peligro la economía de mercado ni el derecho a la propiedad. El horizonte europeo sirvió de anclaje centrista que atrajo a la moderación tanto a la derecha como a la izquierda”, concluye.
Europa tendió la mano, pero también hubo obstáculos
A finales de la década de los setenta las capitales comunitarias ya eran conscientes de que el papel de Europa como motor de la democratización y la adhesión al club comunitario fue un acicate para España, Portugal y Grecia. Sin embargo, la actitud hacia los tres países fue diferente. España era, con diferencia, el más grande y poblado.
Era el candidato más complicado de digerir y por eso pronto se dio cuenta de que no todas las capitales iban a remar con la misma fuerza en su favor. “Alemania tiene una actitud favorable, pero Francia empieza a poner pegas y considera que va a ser complicada su incorporación, especialmente por su sector agrario”, explica el investigador Ignacio Molina.
Sin embargo, España dejó claro desde el principio que su prioridad política era formar parte de la Comunidad Política Europea. Tras las primeras elecciones democráticas en 1977, el primer Consejo de Ministros presidido por Adolfo Suárez, el 22 de julio, acordó solicitar formalmente la incorporación de España. A diferencia de la carta enviada en 1962, esta sí tuvo una respuesta positiva. No fue sencillo, pero, ocho años más tarde, España firmaba el acta de adhesión.