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20N: España, del exilio al refugio

De país de emigrantes a receptor de inmigración
ISABEL JIMÉNEZ DE ANDRÉS (RNE)

Las rutas del exilio son carriles reversibles. Hasta el final de la dictadura, España era un punto de salida hacia Europa y Latinoamérica. Medio millón de españoles escaparon de la dictadura en el entorno de 1939; dos millones, del hambre en las décadas posteriores; los refugiados políticos, de la represión hasta 1975. Medio siglo después, tocar nuestra frontera es sinónimo de esperanza para miles de personas. España -con 167.000 peticiones en 2024- se ha convertido en el segundo país europeo por número de solicitudes de asilo, aunque apenas un 20% han recibido una respuesta positiva.

Los malienses como Abdoulaye Traoré tienen una de las tasas más alta de reconocimiento. Él llegó a Canarias en 2021, huyendo de los grupos yihadistas y esclavistas que se disputan el territorio. Decidió salir por varios motivos, por la violencia que asola el país y además "por el conflicto que hay en mi zona, que es la esclavitud. En un pueblo de al lado mataron a tres personas por decir que no son esclavos". También dejaron herido de bala a un compañero suyo y le advirtieron a él: "Un amigo de mi padre me dijo ‘Abdoulaye, yo creo que tú tienes que irte de aquí. Te están buscando a ti". Se marchó sin avisar. La tarde anterior la pasó haciendo fotos a sus hijos. En una mochila, guardó una pulsera que “me dio mi niño y un anillo de mi madre” y que todavía conserva. Dos pequeñas concesiones a la nostalgia. Lo demás: tres pantalones, tres camisetas y un abrigo. Puro pragmatismo.

"Pasé frío y, no me importa decirlo, pasé miedo"

Medio siglo antes, en España, Julia Hidalgo buscaba "la maleta más pequeña, la que menos llamara la atención" para fugarse del país. Tenía apenas veinte años, militaba en el PCE y en su historial pesaban tres detenciones. Una de ellas terminó con el internamiento en la cárcel de Carabanchel y todas en la Dirección General de Seguridad. "Pasé frío y, no me importa decirlo, pasé miedo. Era un sitio horrible y donde estabas a expensas de que a cualquier hora del día o de la noche te subieran de los sótanos a que te interrogaran". En las habitaciones de la DGS -hoy sede de la Comunidad de Madrid- abusos, vejaciones y tortura a los detenidos eran moneda corriente y el asesinato, una posibilidad. Hidalgo sufrió maltrato, dice que no torturas, pero sí tenía muy presente a quienes no sobrevivieron “como (Enrique) Ruano o Julián Grimau”. Su historial de arrestos concluye con una petición fiscal de 8 años de prisión. El partido le recomienda el exilio para evitar su encarcelamiento hasta el juicio.

La huida como forma de encontrar seguridad

Las circunstancias de Julia Hidalgo y de Abdoulaye Traoré son completamente distintas, pero señalan la misma dirección: la huida de casa como forma de encontrar seguridad. Hidalgo se beneficia de la experiencia del PCE, que lleva décadas trabajando en clandestinidad. "Salgo con un maravilloso pasaporte que hizo Domingo Malagón, un pasaporte falso que pasó tres fronteras: la española, la francesa y la inglesa”. En Francia amortiguan el golpe las redes de solidaridad que han tejido los exiliados políticos. Primera parada, el Centro Internacional de Solidaridad con España, el CISE, de Marcos Ana y alojamiento en casa de Ángela Martínez, viuda de Julián Grimau.

Abdoulaye Traoré combina autobuses y coches. Nioro, Gogui, Tintane… de Mali a Mauritania donde salta a una patera que recorre los mil kilómetros que separan Nuakchot de Tenerife. “Hemos estado cinco días en el mar… Tenía miedo. Es un riesgo que estamos corriendo. Al final, digo (sic) es lo que hay, si llegamos bien y si no, no. Y ya está". Ese año, según Caminando Fronteras, 1.851 personas se dejaron la vida en la ruta canaria. Abdoulaye sobrevivió. Hoy está en Antequera (Málaga), colabora como autónomo con CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado) y trabaja en un almacén. Ha terminado la ESO y ha comenzado el bachillerato. “Yo creo que hay que estudiar para saber tus derechos y saber hacer tus cosas solo”.

Julia limpiaba una casa por las mañanas y por las tardes estudiaba inglés "para aprender el idioma. Pude dar clases en una academia. Si me ponía enferma, podía ir a un hospital. Estuve bien, no tan bien como un londinense, pero bien". Y recuerda que económicamente lo pasaron peor quienes salieron en los 60 para buscarse un futuro en Europa. Aun así fue “duro, muy duro, lejos de mi padre, de mi madre, de mi gente, de mi familia… echas de menos lo tuyo y estás deseando volver. Lo que pasa es que relativizas porque hay gente que lleva así treinta años. Y muchos no pudieron regresar”. Ella sí. Abordó al entonces embajador en Reino Unido, Manuel Fraga, que había sido su profesor en la Complutense. Un “Usted nunca ha estado aquí” y una remisión al cónsul, Fernando Morán. "Nunca podré agradecerle lo que hizo por mí" . Ese "lo que hizo”" fue conseguirle un pasaporte que la llevó a España en libertad condicional hasta la amnistía, "que lo mismo amnistió a quienes dieron su vida por la libertad y la democracia, que a torturadores como Billy el Niño". Málaga como final de un exilio que duró "un año, cuatro meses y cinco días".

Abdoulaye también lleva el calendario al día. Hará cinco años en España "el tres de enero". Para él, el regreso no es una opción. Por un lado, con 34 años "sería empezar de cero otra vez" y, por otro, "Mali está fatal. Llevo una semana sin poder hablar con mi niño porque no hay cobertura. Los yihadistas han venido diciendo que hay que sacrificar animales, que las mujeres se tienen que tapar y que nadie puede avisar a las autoridades de que están allí. En fin. Todo está mal".

50 años recibiendo exiliados

Hace 50 años, nuestro país empezó a recibir a sus exiliados. Solo fue posible "cuando empezó a construirse la democracia en España". Mauricio Valiente, director general de CEAR (Comisión Española de Ayuda al Refugiado), pide a todos hacer memoria. "Tiene que hacernos pensar que las personas salen de sus países como consecuencia de las violaciones de los derechos". Entre los impulsores de CEAR -recuerda Valiente- están antiguos exiliados españoles. El propio Marcos Ana o Justino de Azcárate. "Quien ha recibido solidaridad sabe la importancia de tener una serie de prácticas concretas en la atención a las personas refugiadas".

Tal vez por haber recibido esa ayuda cuando la necesitó, Julia Hidalgo reflexiona sobre quienes hoy están en sus zapatos de ayer. "La diferencia es que este ya no es un país de emigración, sino de inmigración que trata a los migrantes como trataban a los emigrantes económicos (españoles) en aquella Europa. O quizás peor". Abdoulaye Traoré tiene una larga lista: "es un rechazo, a lo mejor las personas que no son racializadas no lo pueden distinguir. Hay racismo sin hablar. En el servicio público, tú te estás esforzando mucho con la falta de idioma y estás intentando que te entiendan, pero no te dan tiempo. El tema de vivienda está fatal, te cruzas con uno en la calle y te dice ‘negro de mierda’ u ‘oye, que me han dicho que los negros la tiene grande’, te ven como un delincuente o como una persona que no tiene memoria. Vas recibiendo a diario".

Este país cumple cincuenta años sin dictador y va camino de celebrar medio siglo de democracia. Para esa España de hoy, Abdoulaye Traoré desearía "que la gente fuera más abierta. Somos humanos. Si estamos aquí, queremos sentirnos acogidos, estar bien con la gente de aquí, pero dicen que somos unos delincuentes. Por lo menos hay que intentar escuchar y ahí vamos a saber lo que es el racismo". Julia Hidalgo también aspira a seguir avanzando en la España de las próximas décadas. "Ojalá podamos ser capaces, la gente de bien -no de izquierdas o de derechas- la gente de bien, acabar con el fascismo galopante que tenemos en España y en Europa. Ese es el país que yo quiero dejarle a mis nietas y a todas las nietas del mundo".