Los monumentos en el ciclismo: esta es la historia que quiere reescribir Pogacar
- El desafío del esloveno en Roubaix pone en valor la etiqueta que ostentan 5 de las carreras más famosas de cada año
- París-Roubaix 2026 en directo, domingo 12 de abril a las 12:45 horas en Teledeporte y RTVE Play
Desde el 21 de marzo, cuando Tadej Pogacar rompía su maleficio y vencía su primera ‘clásica’ Milán-Sanremo, rara es la conversación de trasfondo ciclista en la que no se recurra a la palabra monumento.
Cualquier aficionado que no quiera verse desubicado el próximo domingo con el gran duelo Pogacar-Van der Poel sobre los adoquines del Infierno del Norte ha de conocer el porqué del uso en el ciclismo de esta definición, que refiere a una obra o construcción de gran valor artístico.
Se conoce como los monumentos del ciclismo mundial a cinco de las carreras de un día más importantes de la temporada ciclista: Milán-Sanremo, Tour de Flandes, París-Roubaix, Lieja-Bastoña-Lieja y la Lombardía.
Cada año (excepto en los años de las guerras mundiales europeas o incluso pandemia), cinco pruebas repartidas entre Italia, Francia y Bélgica levantan pasiones para los amantes de la bicicleta. Cada una, con sus características particulares, otorga a los vencedores un aura especial que va más allá de subirse a lo más alto del podio.
Son cinco de las carreras más antiguas (todas tienen más de 100 años), más duras, más largas (entre 240 y 300 kilómetros), más bellas y, por ende, más prestigiosas. Desde la Classicissima de Sanremo en marzo a las hojas muertas de Lombardía en octubre, pasando por los muros de Flandes, la vieja dama de Lieja y el pavé embarrado del infierno del norte.
Un concepto moderno para cinco carreras clásicas
A pesar de no estar catalogadas como monumentos por ningún organismo oficial, la definición está extendida para cinco de las carreras más longevas que existen (todas se iniciaron antes de la I Guerra Mundial; la más antigua, la Lieja-Bastoña-lieja, data del 1892). Esa nomenclatura de monumento, popular en toda Europa, no es tan clásica.
En España cuesta encontrar alusiones en prensa anteriores a los años finales de la década de los 80. En el resto del continente el interés en este tipo de carreras ha sido mayor desde mucho antes.
Según una información del diario francés L’Equipe, el término monumento "no fue utilizado por la UCI hasta 2010" para destacar que "algunas carreras valen mucho más que otras".
No es segura la conexión con la adaptación del término, pero en 1949 el periodista francés Albert Baker d’Isy publicaba un artículo el 17 de abril en el diario parisino Ce Soir cuyo titular nos da pistas: Paris-Roubaix: 'monument' du cyclisme.
En 1950, Jacques Goddet (director del Tour de Francia de 1936 a 1986) celebró la victoria de Fausto Coppi en la París-Roubaix con estas palabras: “Monumento al ciclismo internacional, la París-Roubaix aplastaba a los ciclistas tanto con su leyenda como con sus diabólicas dificultades”.
Desde entonces a hoy en día, la carrera mantiene inalterada su esencia única. La dureza de su recorrido, los tramos adoquinados y la influencia de la meteorología la hacen única. Si llueve, el barro convierte la jornada en un abismo húmedo, si hace calor el polvo lo inunda todo.
Es precisamente ahora, a días para vibrar de nuevo con la batalla del Infierno del Norte, cuando las cuentas de monumentos cobran de nuevo especial atención. Tadej Pogacar opta a ganar su primera victoria en los adoquines franceses, con ella sumaría su decimotercer monumento y entraría en el exclusivo club de corredores que han ganado los cinco: Eddy Merckx, Roger De Vlaeminck y Rik Van Looy.
El esloveno ha ganado, además, los últimos cuatro disputados desde que el año pasado claudicara en esta carrera ante Mathieu Van der Poel, único capaz de hacerle conformarse con el segundo puesto. El neerlandés acumula ocho monumentos en sus vitrinas.
Ambos corredores, junto al belga Remco Evenepoel (finalmente no peleará el domingo), han vencido 18 de los 19 últimos monumentos (desde Lieja 2022). Algo extraordinario.