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De dos a nueve potencias: por qué el mundo se rearma y rompe el tabú nuclear

  • Los marcos de la Guerra Fría ya no sirven y la potencia militar funciona como garantía
  • Dirigentes mundiales endurecen sus discursos con alusiones directas a posibles ataques nucleares
De dos a nueve potencias: por qué el mundo se rearma y rompe el tabú nuclear

Entre el fin de la Segunda Guerra Mundial y el escenario geopolítico actual hay una Guerra Fría de distancia y un cambio de mapa radical: las armas atómicas han pasado de ser monopolio de dos superpotencias a estar repartidas entre nueve países. Pero el salto cuantitativo no es el único reto. Ha habido una transformación aún más profunda: la arquitectura de la no proliferación y los tratados de control de armas están siendo sustituidos por la doctrina de la amenaza constante.

"Estamos en un mundo en el que los marcos que existieron durante la Guerra Fría ya no sirven. En mayo se terminaba de desarticular todo ese marco legal que fijaba las normas del juego de las armas nucleares y ahora mismo se está reconfigurando todo, pero con una salvedad: no existen reglas", advierte Ruth Ferrero Turrión, profesora de Ciencia Política en la Universidad Complutense de Madrid.

"Es altamente preocupante porque a lo que vamos es a un mundo en el que se apuesta más por la disuasión militar y no por otras formas de negociación política que impidan esquivar el riesgo que conlleva un refuerzo de los arsenales".

El dilema de la renuncia: la bomba como garantía de vida

El otro gran cambio de paradigma es doctrinal: en el mundo avanza la noción de que tener la bomba garantiza la seguridad nacional, mientras que renunciar a ella o entregar el programa atómico puede significar la vulnerabilidad o la intervención externa.

El analista e investigador Alejandro López Canorea, director de Descifrando la Guerra, señala que el contraste de modelos de Libia y Siria, por un lado, y Corea del Norte, por otro, ha sentado un precedente decisivo en las cancillerías de todo el globo. "Hasta hace no tanto, el modelo que intentaban imponer a nivel internacional desde Occidente era el de Libia, el de eliminar el programa nuclear a cambio de una normalización internacional. Se vio que eso era mentira: acabó habiendo una intervención igual porque no tenían la disuasión del armamento nuclear. Corea del Norte, por el contrario, sí que ha logrado que ese armamento sirva para disuadir", afirma.

Por lo tanto, añade, "la lección que están dando al mundo es que hacerte con armas nucleares sí sirve para disuadir, mientras que entregarlas o renunciar a ese programa te deja expuesto a las intervenciones, como ha pasado con Irak o con Siria".

La carrera de las potencias medianas

Las lecciones más recientes en el mapa geopolítico han cimentado esta lógica. Los ataques preventivos o las invasiones sobre territorios sin capacidad de respuesta atómica actúan como catalizador. Los ejemplos de la invasión de Ucrania —que entregó su arsenal a la Federación Rusa tras la caída de la Unión Soviética— o las presiones y agresiones sobre Irán relanzan la carrera defensiva y abren el debate en fuerzas regionales como Alemania, Polonia, Arabia Saudí o Corea del Sur.

"Lo que ha demostrado el ataque sobre Irán y sobre Ucrania es que aquellas potencias que en algún momento decidieron renunciar a sus programas nucleares se han visto más vulnerables ante potenciales ataques de estos grandes poderes imperiales", explica Ferrero.

"Ya no estamos en ese mundo bipolar: hay tres grandes potencias nucleares —Estados Unidos, Rusia y China— y otras regionales medianas que buscan alianzas o desarrollar capacidades propias para reforzar su capacidad disuasoria frente a enemigos externos. En el mapa europeo lo vemos con las negociaciones entre Francia y Reino Unido para proporcionar un paraguas nuclear al resto de Estados, mientras países como Polonia apuestan también por avanzar en su propio programa", señala la profesora.

La banalización del lenguaje atómico

Junto al rearme material y la proliferación de capacidades avanza la intimidación verbal. La retórica pública de líderes como Donald Trump hablando de "aniquilar civilizaciones", los ministros del Gobierno israelí sopesando el uso de armas atómicas en Gaza o Vladímir Putin recordando la capacidad de destrucción de su triada atómica han roto lo que hasta ahora era un tabú del lenguaje de las armas más destructivas.

Para Alejandro López, esta escalada dialéctica responde a una pérdida de eficacia de la disuasión tradicional: "Banalizar con el uso de armas nucleares es una forma de escalar en esa disuasión que parece que el simple hecho de tener esas armas ya no te garantiza. Necesitan elevar el tono y por eso vemos este tipo de declaraciones en Estados Unidos, Israel o Rusia. Esta escalada va en la dirección de disuadir un grado por encima de lo que estábamos acostumbrados".

"Por ahora, confiamos en que las armas sigan sirviendo para no utilizarse porque garantizarían la autodestrucción mutua, pero se está jugando desde varios puntos del globo con la idea de entrar en guerra entre potencias nucleares, y las doctrinas de países como Rusia o Pakistán sí contemplan ese uso si está en riesgo la supervivencia del Estado", advierte López.

A 85 segundos de la medianoche

La suma de la ruptura de tratados de desarme, los planes de proliferación regional y la banalización de la amenaza atómica ha situado al planeta en su punto de mayor riesgo desde el inicio de la era atómica.

Los mismos científicos que participaron en el Proyecto Manhattan y crearon las primeras bombas atómicas idearon en 1947 el Reloj del Juicio Final para medir simbólicamente la cercanía de la humanidad a su propia destrucción.

En su última actualización, los expertos colocaron las agujas a la distancia más corta de la historia: tan solo 85 segundos de la medianoche. Ese a lo que conduce el escenario sin reglas donde el margen de error es cada vez más estrecho.