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Los españoles supervivientes de los terremotos en Venezuela: "Acabé sepultado bajo mi casa y me rescató un vecino"

  • La mayoría de los vecinos del español Mikel Abecia han fallecido
  • La familia Quintero Boza, con tres niños, durmió dos días a la intemperie y vivió una alerta de tsunami
Familia Quintero Boza en la Hermandad Gallega de Venezuela, Caracas, tras sobrevivir a un terremoto en La Guaira. Seis miembros, incluyendo un niño con muletas, sentados en un interior.
La familia Quintero Boza en la sede de la Hermandad Gallega de Venezuela, en Caracas Susana Samhan

El español Mikel Abecia todavía tiembla cuando recuerda los terremotos del pasado 24 de junio en Venezuela. Le cuesta caminar y tiene parte de un ojo morado tras haber quedado sepultado bajo los escombros de su casa derrumbada por los temblores. Habla lento, reviviendo cada instante de esos momentos fatídicos en que parecía que la vida se desvanecía.

Este ingeniero civil de 63 años, cuyo padre es de Vitoria y su madre de Bilbao, vivía solo en un ático de la urbanización Caribe de Caraballeda, en La Guaira, la zona más afectada por los seísmos. Aquel miércoles festivo con motivo del aniversario de la Batalla de Carabobo, que conmemora la independencia de Venezuela respecto a España, Mikel estuvo en el club de playa de Tanaguarena hasta las 16.00 hora local cuando terminó uno de los partidos del fútbol del Mundial. Luego subió a casa, que estaba en lo alto de un edificio de seis plantas, para ver el siguiente encuentro, que disputaban Brasil y Escocia.

"Así que a las seis de la tarde me encontraba en mi cuarto y lo último que recuerdo es que habían terminado los himnos nacionales para iniciar el juego y no sé, dos o tres minutos más tarde, empezó el temblor", rememora este español nacido en Venezuela. A las 18:04 se produjo el primer terremoto, de magnitud 7,2, y 39 segundos más tarde se registraba el segundo, de 7,5.

"Sentí un gran vacío en mi cuerpo y oí un ruido espantoso"

Instintivamente, salió del dormitorio y se puso debajo de una viga de carga y una de las columnas principales del edificio. Desde donde estaba pudo ver por la ventana cómo otro bloque mucho más grande que el suyo se desplomó en cuestión de segundos. El colapso de ese edificio arrastró al suyo que acabó derrumbándose. "Sentí un gran vacío en mi cuerpo y oí un ruido espantoso, me caían piedras, nunca perdí el conocimiento, después de unos segundos yo estaba tapiado (sepultado, en Venezuela)", explica en declaraciones a RTVE Noticias.

Mikel Abecia (dcha) junto a su ahijado, Brian (izda), en la sede de la Hermandad Gallega de Venezuela, en Caracas Susana Samhan

A medida que avanza en su relato, Mikel cierra los ojos y respira de forma entrecortada, el recuerdo está todavía muy fresco, fueron unas horas traumáticas que nunca olvidará.

"Yo no podía moverme, traté de hacerlo, pero no podía -continúa-. Apenas podía respirar, me calmé, traté de respirar, logré doblar el torso un poquitico, lo que me permitió respirar. Y dije, 'Mikel estás vivo, Mikel estás vivo, quédate tranquilo, que en algún momento posiblemente vendrán a ayudarte'. Pasó un tiempo, no sé, dos horas, una hora, tres horas, el tiempo es efímero en esos momentos y pensé '¿Por qué estoy vivo? Dios, ¿Por qué, por qué me dejaste con vida?' No lo sé".

Entonces, oyó a Brunito, el hijo de uno de sus vecinos que estaba llamando a su madre, '¡Nilda, Nilda! ¿Dónde estás, Nilda?' y Mikel empezó a gritar hasta que el joven se percató y le dijo: "Mikel, tranquilo, voy a donde tú estás".

Estaba ya anocheciendo cuando Brunito logró sacar a Mikel apartando los escombros. Al salir, se dio cuenta de que solo llevaba unos bermudas y que iba descalzo, por lo que al bajar de la montaña de cascotes en que se había convertido su edificio tomó el primer zapato que encontró -"No era de mi talla, por supuesto"- y después agarró otro. Luego, se hizo con una camiseta y consiguió llegar abajo.

Se salvaron quienes estaban en pisos altos

En medio del caos, llegaron muchos hijos y familiares de sus vecinos que trataron de rescatarlos con vida. "Pero realmente lo que más se pudo salvar fueron los de los pisos de arriba", indica Mikel. Vecinos como el señor Bruno, padre de Brunito, se pudo salvar pero no así su madre. Del quinto piso rescataron a tres personas más. Alguien más de la cuarta planta tuvo la suerte de salir.

Aun así, "me atrevo a asegurar que más del 90 y pico por ciento de las personas que vivían allí fallecieron", lamenta este hispano-venezolano.

Los que lograron escapar con vida pasaron después 36 horas en una plaza de la urbanización Caribe, donde fueron ayudados por otros vecinos que les llevaron agua. "Las autoridades nunca llegaron", se queja Mikel, quien, no obstante, aclara que el jefe de Seguridad del estado de La Guaira, Andrés Goncalves, a quien conoce, sí que fue para allá y le asistió hasta el punto de que se lo llevó a su casa, le dio comida y ropa.

Como tiene muchos amigos en Caracas, ahora está en la capital, donde lo acoge su amigo Isidro Monguiló, que también es español. De hecho, Brian, el hijo de Isidro y ahijado de Mikel, acompaña a su padrino en esta entrevista que transcurre en la sede de la Hermandad Gallega de Venezuela en la capital, uno de los puntos de referencia de la comunidad española en el país, que está asistiendo a los damnificados y es centro de reparto de suministros.

Mikel solo piensa en recuperarse lo antes posible para ir a La Guaira, que está a 30 kilómetros al norte de la capital, junto a la costa del Caribe, y contribuir en la reconstrucción. "Van a necesitar ingenieros civiles, porque tendrán que hacerse ahora muchas inspecciones para saber si los edificios están aptos o no aptos para vivir".

Según los datos oficiales, al menos 27 españoles han muerto por el doble terremoto en Venezuela, mientras que 137 están desaparecidos y hay 11 atrapados bajo los escombros. El número total de fallecidos asciende a 2.295 y el de heridos a 11.267. Hasta ahora han sido rescatadas 6.461 personas.

En las instalaciones de la Hermandad Gallega se aloja la familia Quintero Boza, que vio cómo sus viviendas se salvaron de la destrucción, mientras que las del alrededor se derrumbaban por los dos temblores.

Ese día, Ainedris Quintero, una emprendedora de 43 años, se había quedado en su casa con sus dos hijas, Sophia y Paula, y su madre, Sirdenia. También estaba con ellas su sobrino, Esteban, que estaba en el porche de la casa jugando con sus primas. Iban a ver juntos el partido de Brasil y Sirdenia había preparado un caldo porque Paula no se encontraba bien. Cuando el consomé estuvo listo, llamó a los niños de 14, 12 y 8 años. "Fue el caldo milagro", asegura la abuela, porque nada más entrar sus nietos en la casa, todo comenzó a temblar y el muro junto al que habían estado jugando minutos antes se derrumbó.

Entretanto, los padres de Esteban, Ricardo y Estefanía, estaban en su piso en la décima planta de un bloque de la urbanización Caribe, a diez minutos de sus familiares. Estefanía se estaba dando un baño, mientras su marido cocinada.

Todos los edificios de alrededor se habían caído

"Él fue el primero que se asomó a la ventana y me dijo 'ven, para que veas', cuando salí del baño, vi que prácticamente todos los edificios que estaban a nuestro alrededor se habían caído. El único que quedó completamente de pie fue el nuestro", afirma esta española, nacida en Caracas y de madre gallega.

Estefanía, que es corredora de seguros como su esposo, se quedó en shock pensando en su hijo y salieron corriendo hacia la casa de su suegra. "Sentí miedo cuando me fui acercando a la casa de ella y empecé a ver la devastación", recuerda esta mujer, de 42 años.

La familia Quintero Boza en la sede de la Hermandad Gallega de Venezuela, en Caracas Susana Samhan

En ese espacio de tiempo, Sirdenia y Ainedris, cuyo nombre contiene las mismas letras que el de su madre, pero del revés, no tuvieron tiempo de reaccionar, pese a que les llegó la alerta de terremoto a sus teléfonos móviles. Fue "muy angustioso" porque todo empezó a moverse de una manera "extremadamente fuerte".

"El movimiento te rebotaba de un lado a otro, no era como otros sismos que uno ha vivido antes, en los que lógicamente sufres una inestabilidad del suelo. Este era una cosa que te bombeaba hacia los lados, de hecho a mí me empujó como medio metro, porque yo estaba junto a Esteban y mi nieta la mediana (Paula) y me bombeó y me tiró al suelo", rememora Sirdenia, cuya abuela y bisabuela eran "una de Castilla y la otra de las islas Canarias".

Esteban, el benjamín de la familia, se quedó muy quieto en su silla, hasta que se cayó de espaldas.

En un intento de proteger a los niños, Ainedris se hizo una fractura doble en un dedo del pie, pero en ese momento ni se enteró. Cuando pararon los terremotos y salieron fuera se dieron cuenta de que todas las casas próximas a la suya, que es un chalet independiente, estaban desplomadas. Al transcurrir las horas, se fueron enterando de la muerte de personas que conocían y amigos.

La familia tuvo que pasar dos noches durmiendo a la intemperie. Sophia, la nieta mayor, que va vestida con una chaqueta con los colores de la selección española, apenas pudo descansar por el nerviosismo y la ansiedad de que pudiera haber más temblores. Ahora, duerme tranquila, aunque hace un par de noches se fue la luz y entró en pánico ante la posibilidad de que se tratase de otro terremoto.

En cuanto tuvieron cobertura en sus teléfonos, se metieron en internet para leer las noticias y vieron por las redes sociales que el consulado español había publicado un comunicado donde aconsejaba a los ciudadanos de España que acudieran a la Hermandad Gallega o al Club Unión Canaria de Venezuela, en Macuto, en La Guaira.

Para Estefanía, quedarse en La Guaira, pese a que sus casas habían quedado intactas, era revivir lo mismo, porque estaban durmiendo en la calle y cuando entraban en sus domicilios a sacar cosas se producían réplicas.

La alerta de tsunami, punto de inflexión para esta familia

"En mi caso -cuenta-, lo que me llevó a ese punto de quiebre, cuando dije 'no puedo estar más aquí' fue la noche antes de venirnos: nos dieron una alerta tsunami. Fue el momento más terrorífico que yo viví en el terremoto. Ahí sí que sentí que no nos librábamos".

Así, el jueves pasado por la noche, se subieron a su coche "muertos de miedo" para dirigirse al punto más alto de las montañas que hay detrás de la línea de costa y que separan La Guaira de Caracas. El recuerdo de esos instantes, hace estremecerse a Esteban que están junto a su madre, que enseguida le acaricia para que se tranquilice. Su prima Sophia recuerda cómo durante esos tres días tras los terremotos el niño oraba "cada ratito": "Yo creo que él ha rezado lo que no ha rezado en sus ochos años", bromea.

De momento, no pueden regresar a casa porque con las sucesivas réplicas se han ido multiplicando las grietas en sus inmuebles y todavía no hay agua, ni gas ni telecomunicaciones. El lunes, Ricardo y Estefanía fueron a echar un vistazo a su piso y cuando estaban llegando hubo una réplica de magnitud 5,1. "A mí me dio un ataque de nervios y cuando llegué me puse a llorar, porque entramos y sentimos un temblor. Le pregunté a Ricardo '¿Cómo vamos a venir acá con este miedo?' Y pensaba en qué pasaría si se desploman las escaleras y no podemos salir, con nuestro hijo en Caracas", relata Estefanía.

Su madre y sus dos hermanos viven en Madrid y tiene "un susto tremendo". El día de los temblores ella perdió su teléfono móvil dentro de su casa y no logró hablar con su madre hasta la siguiente madrugada.

Ahora intentan adaptarse a su nueva rutina fuera de La Guaira, aunque se sienten afortunados de estar todos juntos sanos y salvos.

"Nosotros somos una familia muy unida que siempre hemos estado juntos", asegura Ricardo, quien señala a los niños e indica que ellos han aprendido eso, a cuidarse los unos a los otros.