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Sánchez Castillo: "La pérdida de la intimidad empieza en los campos de concentración y reina en las redes sociales"

  • El artista madrileño cuestiona los relatos del poder en una exposición del Reina Sofía
  • El Palacio de Velázquez reabre con La Perla Peregrina hasta el 8 de marzo de 2027
Sánchez Castillo: "La pérdida de la intimidad empieza en los campos de concentración y reina en las redes sociales"
Vista de la exposición 'La Perla Peregrina' de Fernando Sánchez Castillo. MNCARS

"El arte es una fuerza que hace temblar las narraciones del Estado", Fernando Sánchez Castillo

La exposición La Perla Peregrina de Fernando Sánchez Castillo con la que se reabre el Palacio de Velázquez evoca la célebre joya en cuya historia se entrelazan singularidad, valor y autoridad. La perla es una metáfora para que el artista madrileño desmonte los símbolos del poder y revele la fragilidad de los relatos que lo legitiman.

En un diálogo constante con la Historia con mayúscula y la historia del arte, el comisario, Ferran Barenblit, habla de "retro-prospectiva" y asegura con humor que la muestra reúne "el trabajo de dos siglos del artista", nacido en 1970. Además hasta el 8 de marzo de 2027, el artista traslada su estudio al espacio central del palacio con lo que el público podrá verle trabajar durante los próximos nueve meses. Como ejemplo, ha realizado el desescombrado parcial de una estatuilla de bronce fundido a la cera perdida.

Sánchez Castillo trabaja con los restos de la historia, modifica materiales, escalas y juega con los usos para activar nuevas capas de significado. En memoria del rebelde desconocido que se puso delante de un tanque en la entrada de la Plaza de Tiananmén, el artista reconstruye su rostro con los rasgos escaneados de siete estudiantes chinos en Madrid, y elabora una escultura blanca, solo un centímetro menor que el David de Miguel Ángel, por "el respeto debido a los grandes maestros".

Bandera blanca

A otra escala, Sánchez Castillo construye una gigantesca bandera blanca, un palmo más grande que la que ondea en la Plaza de Colón, y la despliega en un mástil en Torrejón de Ardoz, cerca de la base estadounidense. En la sala puede verse la tela enrollada y el vídeo con la bandera al viento durante un día en el que se observan los cambios de la luz. Comparte espacio con una escultura de un abanderado que avanza sin ver nada porque la tela de la enseña nacional le tapa los ojos.

En la misma sala, tres grandes lienzos (ver arriba) pintados con toallas mojadas, instrumentos que se utilizaban para torturar en la dictadura franquista porque no dejaban marcas en la piel, aunque producían graves lesiones internas. Fernando Sánchez Castillo ha confesado que uno de sus tíos sufrió esos golpes y murió de forma prematura.

Hay dos guiños al Guernica, el primero una vitrina facetada, cinco veces más pequeña que su tamaño original, con la que el cuadro de Picasso estaba protegido en el MoMA, un cristal no solo antibalas, sino antigranadas, lo que obligaba a moverse al espectador que siempre veía una imagen fragmentada. El segundo es más difícil de ver, el filamento de la bombilla picassiana, convertida en un neón naranja que se enciende y se apaga trasmitiendo un mensaje en morse: "El Museo del Prado es más importante para España que la república y la monarquía juntas", frase atribuida a Manuel Azaña.

Sánchez Castillo en el Palacio de Velázquez

Maquetas que muestran la protección de los monumentos de Madrid de 1936 a 1939. MNCARS

Sánchez Castillo rinde homenaje a los arquitectos que protegieron el patrimonio monumental de Madrid durante la contienda y que acabaron en campos de refugiados en Argelès-sur-Mer, expone estatuas ecuestres sin jinete, caballos liberados de su carga y un vídeo en el que un caballo recorre los pasillos de la Universidad Autónoma de Madrid, diseñada para poder cargar contra los estudiantes. La performance se realizó en el año 2000 y el caballo, nervioso por el lugar, adiestrado para hacer acrobacias, baila para tranquilizarse, como se aprecia en un vídeo.

Héroes anónimos

Una vitrina custodia la reproducción en bronce del bolígrafo de Alejandro Ruiz-Huerta, abogado superviviente de la matanza de Atocha en 1977. Una estilográfica de metal que detuvo una bala: "La palabra le salvo la vida", apunta.

En una repisa, se puede ver una estatua de la libertad con rasgos negroides, una madre de la Plaza de Mayo, una mujer portuguesa, Celeste Caeiro, que pone un clavel en un fusil y da nombre a una revolución o el opositor ruso Alexander Navalny. A tamaño natural, un hombre cruzado de brazos, August Landmesser, en un gesto aparentemente anodino, pero que se carga de significado al hacerlo en 1936 delante de Hitler.

El artista explica que tiene reproducciones a pequeño tamaño, las figurillas caben en un bolsillo, que piensa intercambiar con los visitantes por una idea, una sugerencia o una reflexión sobre su trabajo.

Tacones cercanos

Una de las piezas más llamativas es una especie de muralla construida con la chatarra del Azor, el barco de Franco, aunque Sánchez Castillo tiene debilidad por dos losas de mármol con un agujero ovalado. Cuenta que las placas estaban en el umbral de dos portales de las Ramblas en Barcelona y ahora pertenecen a una colección particular. Las prostitutas se guarecían allí y taconeaban para llamar la atención de los potenciales clientes, un gesto repetido millones de veces que acabó horadando un mármol de cuatro centímetros de espesor.

La Inteligencia Artificial aparece de forma sutil en un gran letrero en mayúscula que reza: "La calle es mía", frase de Fraga Iribarne cuando era ministro del Interior. Sánchez Castillo ilumina las dos últimas letras "IA" con lo que pone el acento en una vigilancia aparentemente menos opresiva, pero que también restringe la libertad. También presta atención a las máscaras que usan los manifestantes desde México a Venezuela, Chile o África para llamar la atención de los medios de comunicación.

La obra del artista transforma documentos históricos, fotografías y monumentos resignificándolos o volviéndolos a re-presentar. Recrea a gran tamaño una fotografía de Agustí Centelles en el que unos niños juegan a fusilar a otros en plena Guerra Civil y da la vuelta a una imagen de una letrina en un campo de concentración para mostrar la caligrafía del fotógrafo en una anotación sobre el "cagódromo". Reflexiona en voz alta que "la pérdida de la intimidad empieza a verse en los campos de concentración y acaba viéndose en las redes sociales".

La historia de la perla

La Peregrina fue hallada en Panamá en el siglo XVI. Una leyenda cuenta que el esclavo que la encuentra, compra con ella la libertad de su pareja y muere a causa del esfuerzo realizado. Su gran tamaño y su forma irregular, en forma de pera, rara y excepcional, dan origen a su nombre.

La Peregrina llega a la corte de Felipe II como joya de la corona y símbolo de la autoridad dinástica. Velázquez la pinta en el sombrero de Felipe III y en la cintura de Isabel de Borbón, a veces junto al Estanque, un diamante de excepcional belleza. Tras casi tres siglos custodiada en la corte de Madrid, José Bonaparte la saca de España, iniciando un agitado periplo.

Napoleón III se la vende al duque de Abercorn, que se la regala a su esposa. Alfonso XIII intenta recuperarla para Victoria Eugenia, pero la compra un millonario, pasa de mano en mano hasta que, en 1969, Richard Burton adquiere la perla en una subasta de Nueva York para regalársela a Elizabeth Taylor, Alfonso de Borbón Dampierre no iguala la puja. Tras la muerte de la actriz, después de una nueva subasta en 2011, vuelve a desaparecer.

Un grano de arena entra en una ostra, que se defiende del cuerpo extraño con capas de nácar que transforman el dolor en una perla única. La Historia opera de forma similar. Toda violencia fundacional genera capas de relatos, imágenes y ceremonias para avanzar sin mirar atrás. El arte no elimina el trauma, lo transforma y lo devuelve de forma inesperada.

Sánchez Castillo invita a leer la exposición como "un libro de fantasía y realidad en el que cada uno puede encontrar su lugar en el mundo".