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Reabrir Ormuz o cesar todos los ataques, Líbano incluido: qué se sabe de la tregua de dos semanas entre EE.UU. e Irán

Un hombre observa las noticias sobre el alto el fuego negociado por Pakistán en el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán.
Un hombre observa las noticias sobre el alto el fuego negociado por Pakistán en el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán. EFE / REHAN KHAN

El mundo contuvo el aliento la noche de este martes. La amenaza de Donald Trump de que "una civilización entera" podría perecer resonaba como el apocalipsis sobre las cúpulas de Teherán y las aguas del Golfo. Durante horas, la incertidumbre fue un peso físico; la sensación de estar a un paso de un abismo del que no se regresa. Sin embargo, en el último minuto, el estruendo de los tambores de guerra ha dejado paso a un silencio tenso, casi irreal. Washington y la República Islámica han anunciado un alto el fuego temporal de dos semanas, mediado por Pakistán. Es una pausa de 14 días que no solo busca detener los bombardeos, sino reabrir el estrecho de Ormuz, la arteria yugular de la economía mundial.

Pero bajo el anuncio de Trump en su red Truth Social y la confirmación casi inmediata del ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, subyace un mapa de intereses contrapuestos y desconfianzas históricas. A partir del 10 de abril, la capital de Pakistán se convertirá en el centro de gravedad de estas negociaciones. Islamabad no es solo un anfitrión; es el puente en un diálogo que parece, a ratos, imposible. Allí se negociará un plan de diez puntos presentado por Teherán:

  1. Cese total de cualquier agresión contra Irán y los grupos de resistencia aliados.
  2. Retirada de las fuerzas de combate estadounidenses de la región, prohibición de cualquier ataque desde bases contra Irán y abstención de adoptar despliegues militares ofensivos.
  3. Tránsito diario limitado de buques por el estrecho de Ormuz durante dos semanas, bajo un protocolo de paso seguro supervisado y regulado por Irán.
  4. Levantamiento de todas las sanciones primarias, secundarias y de las impuestas por la ONU contra Irán.
  5. Compensación de los daños sufridos por Irán mediante la creación de un fondo de inversión y financiero.
  6. Compromiso de Irán de no fabricar armas nucleares.
  7. Reconocimiento por parte de Estados Unidos del derecho de Irán a enriquecer uranio y negociación sobre el nivel de enriquecimiento.
  8. Aceptación por parte de Irán de negociar acuerdos de paz bilaterales y multilaterales con países de la región en función de sus intereses.
  9. Extensión del principio de no agresión a todos los actores que hayan agredido a los grupos de resistencia.
  10. Finalización de todas las resoluciones de la Junta de Gobernadores (del Organismo Internacional de Energía Atómica, OIEA) y del Consejo de Seguridad (de la ONU), y aprobación de todos los compromisos en una resolución oficial de la ONU.

Una frágil tregua

Lo acordado es en esencia, según los analistas, un desafío al statu quo que Estados Unidos ha intentado imponer durante 40 días de guerra regional. El plan exige desde el cese total de agresiones hasta la retirada de las fuerzas de combate estadounidenses de la región. Sin embargo, la viabilidad de este marco de trabajo es puesta en duda por voces académicas de peso. Ignacio Álvarez-Ossorio, catedrático de la Universidad Complutense, se muestra escéptico ante la premura del calendario. "Yo creo que no es demasiado viable, entre otras cosas porque las posiciones siguen muy enfrentadas", afirma. Para el catedrático, el ultimátum inicial de 15 puntos de Trump no tiene nada que ver con los 10 puntos que Irán ha puesto sobre la mesa. Lo que vemos, según su análisis, podría ser una estrategia de Trump para "comprar tiempo", ya sea para un rearme militar o para calmar a una opinión pública estadounidense que empieza a cuestionar el coste de esta guerra. El camino hacia un acuerdo definitivo, advierte, será "largo y complejo".

"A pesar de las destrucciones, de los asesinatos y de este mes y pico de conflicto, los iraníes no se han querido someter a lo que quería Trump", asegura a RTVE Noticias Barah Mikail, profesor de la Saint Louis University. Añade que esta tregua responde a una necesidad pragmática. El país de los ayatolás ha sufrido daños masivos en infraestructuras y vidas civiles, y necesita que la presión baje, pero Mikail advierte que no lo harán "a cualquier precio".

El estrecho de Ormuz: el pulso por la energía

El meollo del conflicto, el punto donde la guerra deja de ser regional para volverse global, ha sido y sigue siendo el estrecho de Ormuz, por el que pasa cerca del 20% del petróleo crudo del mundo. Su repaertura es un logro que se apunta Washington, pero su gestión será bajo un protocolo de peajes establecidos por Irán y Omán, y su seguridad correrá a cargo de la Guardia Revolucionaria.

"Este es un triunfo soberanista de dimensiones históricas para la República Islámica", explica la politóloga Anahita Nassir. "Al aceptar Estados Unidos que sea Irán quien supervise el paso seguro, están reconociendo de facto la autoridad de la Guardia Revolucionaria sobre esas aguas", añade Nassir. Es un mensaje de fuerza dirigido al mundo entero: si el planeta quiere que el petróleo fluya y la economía no colapse, debe aceptar el protocolo de Teherán. Para el régimen, este reconocimiento es el "pulmón" político que les permite respirar en medio del asfixiante bloqueo.

Barah Mikail coincide en que el factor energético es "un tema gordo" que condiciona cualquier movimiento militar. En los últimos días, Irán ha permitido el paso de barcos que consideraba "amigos" como un gesto de buena voluntad, pero la reapertura formal bajo su supervisión es la carta más alta que tienen en la mesa de negociación. Es la prueba de que, a pesar de los bombardeos, siguen teniendo la llave del grifo energético mundial. De hecho, ya este miércoles han cruzado por este paso marítimo los primeros barcos tras el alto el fuego.

Otro punto de discordia es el programa de enriquecimiento de uranio y misiles iraníes, según en qué versión del acuerdo. Teherán afirma un reconocimiento por parte de Washington del derecho de Irán a enriquecer uranio, pero Estados Unidos buscará matices e impondrá exigencias en Islamabad.

Líbano y la sombra de Netanyahu

Uno de los asuntos más delicados y peligrosos del plan iraní es la extensión del principio de no agresión a los grupos de la "resistencia", específicamente Hizbulá en el Líbano y las milicias en Irak y Yemen. Aquí es donde el acuerdo se convierte en un cristal que puede romperse en mil pedazos. Israel ha vuelto a atacar este miércoles el sur del Líbano, provocando varias víctimas mortales según medios libaneses, al tiempo que declaró aceptar la tregua entre Estados Unidos e Irán, pero rechaza que ese acuerdo tenga efecto la Suiza de Oriente Medio.

"Irán ve en Hizbulá su primera línea de defensa, "su seguro de vida", apunta Nassir, mientras Israel los considera una amenaza existencial que debe ser erradicada ahora que EE. UU. ha abierto el camino. "Los israelíes entienden que tienen muy poco tiempo para conseguir lo que quieren: una extensión territorial máxima con una anexión de lo que ocupen", advierte Mikail. La estrategia de Benjamín Netanyahu parece clara: redibujar las fronteras de lo que él llama el "nuevo Israel", lo que incluye ocupar territorio libanés hasta la ribera del río Litani. Existe un temor fundado de que Israel aproveche el apaciguamiento en el frente iraní para redoblar su ofensiva en el Líbano, alegando que Hizbulá no forma parte del acuerdo de Islamabad.

"Netanyahu va a presionar mucho a Trump para descarrilar y sabotear las negociaciones en todo momento", matiza Álvarez-Ossorio, reforzando esta tesis. El catedrático recuerda que un alto el fuego sin garantías internacionales sólidas suele terminar en "violaciones sistemáticas", como se ha visto trágicamente en Gaza. Si Israel siente que sus objetivos militares no se han cumplido, el Líbano podría convertirse en el escenario donde se queme la tregua de Islamabad antes incluso de empezar.

Un Trump acorralado frente a la resiliencia de un régimen

Para la República Islámica, esta tregua es, por encima de todo, una herramienta de supervivencia narrativa. Tras 40 días de una ofensiva que buscaba su colapso, el simple hecho de sentarse a negociar bajo sus propios puntos les permite vender a su base leal que el enemigo no ha podido con ellos. "Es la confirmación de que su estrategia de resistencia ha funcionado", señala Nassir. Para el régimen, estar en pie al borde de su 50 aniversario es la prueba de fuego de su permanencia histórica.

Pero, más allá de las conversaciones en Islamabad y los vídeos de propaganda, la realidad en las calles de Irán es desgarradora. Nassir pone el foco en los civiles: "La población está en un punto de agotamiento absoluto. Llevan años encadenando crisis y este mes de guerra ha sido el golpe de gracia para la salud mental". Mientras los líderes discuten sobre el derecho al enriquecimiento de uranio, el ciudadano medio lucha por una vida donde los precios de los productos básicos no suban cada hora. La brecha entre las ambiciones geopolíticas del Estado y la supervivencia diaria de la gente es un abismo que ninguna tregua de dos semanas puede cerrar por sí sola. "Si el acuerdo no trae un alivio económico real y tangible que llegue a los hogares, la estabilidad interna seguirá siendo una quimera", explica Nassiri en referencia al punto cuatro del acuerdo, que incluye el levantamiento "de todas las sanciones primarias, secundarias y de las impuestas por la ONU contra Irán".

Donald Trump necesita proclamar el éxito absoluto. Su retórica de "haber alcanzado el 100% de los objetivos militares" busca satisfacer a su electorado y ocultar un hecho: que "no se ha derribado al régimen, no se han eliminado los misiles balísticos y no hay un gobierno títere en Teherán", destaca Álvarez-Ossorio.

Lo que sí ha dejado esta guerra es un cambio profundo en las lealtades regionales. Las monarquías árabes del Golfo han descubierto, con horror, que Estados Unidos no ha garantizado su seguridad frente a los ataques iraníes a sus infraestructuras energéticas. "Se han visto completamente vulnerables", dice Álvarez-Ossorio. En este vacío de confianza, emergen nuevos protagonistas. China se alza como el actor confiable, el mediador que prefiere la estabilidad comercial al caos bélico, y Pakistán se consolida como el anfitrión necesario. La credibilidad de Washington se ha erosionado entre sus aliados árabes, quienes ahora miran hacia el Este buscando las garantías que Occidente ya no parece poder ofrecer.

El ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares, ha analizado en los micrófonos de Radio Nacional de España este complejo escenario diplomático que se abre en Oriente Medio y, aunque ha reconocido que hoy es un día para el optimismo moderado, ha querido ser cauteloso al afirmar que "todavía es muy pronto para saber dónde van a concluir". Para el jefe de la diplomacia española, el acuerdo supone un alivio histórico: "El riesgo de una violencia y de una escalada inaceptable, como no había visto la humanidad desde la Segunda Guerra Mundial, se aleja".

Salir de una guerra total de forma repentina es casi un "acto de fe", coinciden las voces expertas. Dos semanas de tregua son apenas un suspiro, un parpadeo en la milenaria historia de esta región. Lo que se negocia en Islamabad no es solo el fin de los bombardeos, sino "la redefinición de quién tiene derecho a existir y a influir en Oriente Medio". Como advierten Mikail y Álvarez-Ossorio, si no hay garantías reales, si Israel sigue su propia agenda territorial en el Líbano y si el fondo de compensación para Irán se queda en una promesa vacía de Trump, la guerra volverá con más fuerza.