Una noche en la Palestina asediada: "Sufríamos una media de un ataque al mes, ahora es prácticamente uno al día"
- RTVE visita la localidad de Sinjil, en el corazón de la Cisjordania ocupada
- Los vecinos hacen guardia para proteger a la población de posibles ataques
Es una lotería saber cuándo y dónde los colonos judíos más violentos atacarán un pueblo o una aldea palestina, pero lo cierto es que ocurrirá. Los datos son tozudos. 52 agresiones del 20 de enero al 2 de febrero de 2026, según los últimos datos de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de Naciones Unidas. Resultado: 42 heridos —4 de ellos niños— y 134 personas desplazadas.
La mayoría de esos ataques, en las gobernaciones de Ramala y Nablus. Sinjil está justo en medio. ¿Cómo vive una población rodeada por una decena de asentamientos? ¿Cómo se duerme en un lugar con cuatro muertos en dos años por la violencia de los colonos y del ejército? Pasamos una noche allí para intentar comprenderlo. No será una noche tranquila. Casi nunca lo son del todo.
Sinjil, entre vallas y asentamientos
En la carretera que conecta Ramala con Nablus, dos de las ciudades más importantes de este territorio palestino, Sinjil es un lugar inconfundible. Aparece aislada detrás de la valla que ya ha separado a parte de población de sus tierras, después de un reguero de banderas israelíes. El principal acceso lleva dos años bloqueado por una barrera de color naranja. Hay que entrar por otro. A su alrededor hay una decena de asentamientos israelíes. Con el paso de los meses van apareciendo nuevos outposts, puestos avanzados para la llegada de más colonos. La posición de Sinjil, en el corazón de Cisjordania, permite desconectar —todavía más— los núcleos de población palestinos.
En Sinjil nos recibe su alcalde, Mutaz Tawafsha. "Antes del 7 de octubre de 2023, tal vez sufríamos una media de un ataque al mes, ahora es prácticamente uno al día, sino más”, nos explica impotente. Le faltan medios para proteger a su población y le sobra indefensión. De poco sirve, cuenta, llamar al Ejército o a la policía israelí.
Al anochecer, se reúne con el Ayuntamiento con un grupo de vecinos. Debaten posibles acciones de protesta para frenar la construcción de otro asentamiento israelí. También estrategias para hacer frente a los colonos. Algunos vecinos nos enseñan marcas en la piel por intentar defender sus tierras. La autodefensa es, por ahora, es la única alternativa plausible para ellos.
Puestos de vigilancia nocturnos
Decenas de vecinos de Sinjil se turnan cada noche para vigilar el monte que los separa de los colonos más violentos. Encienden una hoguera al lado de una tienda de campaña, punto de descanso entre guardia y guardia. Persiguen con linternas cada movimiento que perciben. Tienen incluso cámaras de vigilancia en un edificio contiguo para grabar un posible ataque. Empezamos la noche con ellos. En esa hoguera charlamos con Amin. ¿Que si ha sentido miedo alguna vez? “Claro que sí”, admite. Lo ha sentido toda su familia. Nos invita a ir a su casa para comprenderlo mejor.
En esa casa familiar, hay otra hoguera encendida a plena noche. Están los hermanos de Amin, sus sobrinos, su madre. Alguno de ellos se mantiene en alerta cada noche. En enero, jóvenes colonos intentaron entrar a su casa. Se enfrentaron a ellos. Tienen grabado un vídeo de cómo, ese día, el Ejército fue a socorrer a esos colonos, y no a su familia. También ellos tienen cámaras de su seguridad alrededor de su casa para demostrar a las autoridades israelíes quiénes son los agresores. La madre nos señala lo cerca tienen un asentamiento y una base militar. Sufre por los nietos. La violencia ha escalado en los últimos dos años.
“Lo que estáis presenciando es lo que nos ocurre de cada noche en Sinjil“
De vuelta a la otra hoguera, al punto de vigilancia, los gritos de los jóvenes nos alertan de que algo está pasando. Movimientos bruscos de linterna. Gritos. Carreras hacia abajo. Luces, coches que bajan a toda velocidad desde el otro lado, para luego recular. Unos frente a otros, en un peligroso juego del gato y el ratón. Intentamos acercarnos. El alcalde nos pide que lo hagamos con cuidado. Nos indica el camino para retroceder. "Lo que estáis presenciando es lo que nos ocurre cada noche en Sinjil", insiste. Llegan a toda velocidad con sus vehículos. A veces a pie, armados, ya sea para atacarnos a nosotros, robarnos el ganado, o amenazar con quemarnos las casas. Cuando acabamos de hablar, se escuchan dos disparos. Algunos jóvenes se esconden detrás de un vehículo. Hay que salir de allí.
Después de minutos de gritos y de carreras, la calma vuelve. Uno de los vecinos de Sinjil llama a la policía israelí para avisar de que han disparado. Le preguntan si hay heridos. Toman nota, pero no acuden al lugar. El Ejército sí. Aparece al otro lado de la colina, por la pista que conecta con los asentamientos. En ese momento, los palestinos se van, por si las fuerzas armadas israelíes deciden llegar hasta el pueblo. No lo hacen. Media hora después, vuelven progresivamente al punto de vigilancia. Ya de noche cerrada, Sinjil duerme, o lo intenta. Un retén de vecinos permanece hasta el final frente a la hoguera, resistiendo a una estrategia de desgaste físico y mental por el control del territorio.