La derecha radical europea, en aprietos para seguir apoyando a Trump
- La ofensiva del presidente estadounidense ha llevado a varios líderes ultraderechistas europeos a distanciarse
- Se mantiene la afinidad ideológica, pero Trump ha atacado el concepto de soberanía nacional de un país europeo
El domingo pasado, la jueza Magali Lafourcade contó en la televisión francesa cómo dos enviados del Gobierno de Donald Trump la contactaron en mayo del año pasado para informarse sobre el caso penal de Marine Le Pen, la líder, sin cargo oficial, de la derecha radical francesa, condenada en primera instancia a cuatro años de cárcel y cinco de inhabilitación por malversación de fondos públicos. La juez Lafourcade es secretaria general de la Comisión Nacional Consultiva de Derechos Humanos.
Según el relato de la magistrada, esos dos emisarios de Trump pretendían que "se encontraran elementos para acreditar que se trataba de un juicio político para impedir que sea la candidata presidencial [en 2027]". La jueza lo consideró una injerencia y una intimidación, hasta el punto de ponerlo en conocimiento del Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia. Salvar a la soldado Le Pen podría titularse esta operación del Departamento de Estado estadounidense.
El vínculo entre el Gobierno Trump y la extrema derecha europea
Más indicios. Según ha publicado el semanario alemán Der Spiegel, el Gobierno Trump quiere imponer sanciones a los tres jueces que condenaron a Le Pen y a funcionarios europeos sospechosos de perseguir a la extrema derecha francesa y alemana.
En la Estrategia de Seguridad de los Estados Unidos publicada hace apenas un mes, se dice explícitamente que "la diplomacia estadounidense" apoyará a los partidos que aboguen por la soberanía nacional, y se alegra del crecimiento de partidos "patriotas". En sintonía con estas formaciones políticas, el documento critica a la Unión Europea y los países que toleran que la civilización europea se erosione por las políticas migratorias. Cuando Donald Trump dice en Davos que Europa es "irreconocible" se refiere a eso, es el código lingüístico contra la inmigración.
Ya hace un año, el vicepresidente de los EE.UU, JD Vance, abroncó a los gobiernos europeos por una supuesta carencia democrática, por los límites legales que ponen a la extrema derecha. Y lo dijo en Alemania, en Múnich, para más inri, con los recuerdos infames del siglo XX que trae ese lugar. El secretario de Estado, Marco Rubio, no se queda corto. Secundó en mayo de 2025 a su jefe, a quien le sentó muy mal que en Alemania la Oficina Federal pera la Protección de la Constitución, los servicios de inteligencia, clasificaran a Alternativa para Alemania (AfD), principal partido de la oposición, como "caso seguro de extremismo de derechas" que "amenaza la democracia". En X, Rubio escribió que "no es democracia, es una tiranía disfrazada. Y, según lo filtrado a Der Spiegel, el Gobierno de EE.UU. quiere imponer sanciones a los funcionarios de esa oficina.
Si se imponen esas sanciones a jueces y funcionarios franceses y alemanes, no será la primera vez, también ocurrió con Brasil. El verano pasado le retiraron el visado y las tarjetas de crédito internacionales al vicepresidente del Tribunal Supremo federal, Alexandre de Moraes, que fue quien dirigió la investigación contra Jair Bolsonario por intento de golpe de Estado en el asalto al Capitolio versión Brasil.
Es habitual que Donald Trump loe al primer ministro de Hungría, Viktor Orban, de quien ha llegado a decir que es el líder más respetado de Europa. Es el modelo de liderazgo y de política que quiere en los países europeos: cuanto más poder tengan estas formaciones, menos tendrá la Unión Europea. Otro punto en común que Trump tiene con el presidente ruso, Vladímir Putin, es la voluntad de fragmentar y así debilitar el club de los 27. Trump se alegra del éxito de estos partidos, y sus líderes se alegraron de sus dos victorias porque los legitima, comparten el nacionalismo, las políticas antiinmigración y el desdén por lo políticamente correcto. El mismo movimiento a un lado y otro del Atlántico. Hasta hace unos días.
En estas, Donald Trump amenazó Groenlandia
Del mismo modo que la invasión de Ucrania forzó a partidos como el de Marine Le Pen o el de Giorgia Meloni a distanciarse de sus simpatías y conexiones con Putin, Groenlandia ha hecho que algunos de los líderes de la extrema derecha europea, o derecha populista o derecha radical, como prefieran llamarla, marquen distancias con Trump.
Jordan Bardella, el delfín de Marine Le Pen, presidente del partido y candidato a presidente de la República el año que viene si ella no puede presentarse, se expresó en estos términos esta semana en el Parlamento Europeo: "El presidente de los Estados Unidos sitúa a Europa ante una elección clara: aceptar un vasallaje bajo pretensión de asociación transatlántica, o volver a ser actores soberanos, capaces de defender nuestros intereses y nuestra integridad (...) Cuando un presidente de los EE.UU. amenaza abiertamente a un Estado europeo y ejerce una presión territorial con un chantaje comercial explícito, es una relación de fuerza que se impone".
Los nacionalismos se entienden hasta que chocan. Y, de repente, la extrema derecha o nacionalismo populista en Europa se encuentra ante el dilema de mantener la sintonía ideológica con Trump, o marcar distancias ante el ataque a la soberanía nacional, en el caso de Groenlandia, y al patriotismo, en el caso del desprecio (¿por ignorancia?) de Donald Trump a la contribución de los militares de socios de la OTAN en Afganistán, o en Irak podríamos añadir.
Incluso el muy populista y estridente británico Nigel Farage, el líder del Brexit y, muy loador y amigo del presidente estadounidense, ha puesto matices a su apoyo: "El mundo sería mejor si la potencia militar de los EE.UU controlara Groenlandia, pero, si crees en el Brexit, si crees en el Estado nación, crees en la soberanía y en la autodeterminación nacional". Es decir, tienen que ser los groenlandeses quienes decidan si quieren integrarse en los Estados Unidos o no. Y le ha recordado a Trump los soldados británicos muertos en Afganistán, "hemos combatido a su lado durante 20 años, Donald Trump se equivoca".
En la cámara de Estrasburgo, Bardella advirtió de que hoy es Groenlandia, de soberanía danesa, pero mañana puede ser otro país europeo, por el ejemplo los "territorios de ultramar" franceses. Bardella se unió a quienes pidieron, y lograron, que se suspenda el acuerdo arancelario de la UE con EE.UU, y quiere que la UE tome medidas contra las importaciones de los Estados Unidos y que se dé prioridad a lo fabricado en Europa, por ejemplo, en la industria militar. Me dirán que es una postura "muy francesa", distanciarse de las grandes potencias porque en el fondo pretenden que también se les considere como tal, pero, para ser uno de los partidos que tenían el favor de Trump en Europa, el distanciamiento es notable.
En el mismo hemiciclo, un eurodiputado del Partido del Pueblo de Dinamarca (país del que forma parte Groenlandia), Anders Vistisen, renunció a las formas y soltó: "Presidente [Trump] permítame decirlo en palabras que usted entienda, fuck off! (váyase a la mierda, sería una traducción suave)".
En Davos habló el primer ministro de Bélgica, Bart de Wever, que no es de una derecha extrema, pero cuyo partido comparte grupo parlamentario europeo con otras formaciones que sí lo son. Pronunció un hasta aquí podíamos llegar: "Hasta ahora hemos [los europeos] tratado de apaciguar a Trump, hemos sido muy indulgentes, incluso con los aranceles, para conseguir su apoyo a Ucrania, éramos muy dependientes. Pero ahora se han cruzado tantas líneas rojas que tenemos que elegir entre respetarnos, ser un vasallo feliz es una cosa, ser un mísero esclavo es otra cosa, si cedemos ahora, perderemos la dignidad".
En Alemania, la líder de la, oficialmente, extremista Alternativa por Alemania, Alice Weidel, por quien hizo campaña Elon Musk y de quien se apiadó el Gobierno Trump, tampoco ha tolerado la amenaza sobre Groenlandia: "Donald Trump ha violado una promesa electoral, la de no interferir en otros países". El colíder del partido fue más crítico: "Son métodos del salvaje Oeste".
En Suecia, Mattias Karlsson, ideológo de los ultraderechistas Demócratas Suecos, lo describió con una metáfora escatológica: "Trump se parece cada vez más a un rey Midas a la inversa, todo lo que toca se convierte en mierda".
El distanciamiento de estas derechas no es sólo una cuestión de principios morales o nacionales, hay también una razón pragmática y calculada. Los sondeos de opinión indican que en estos países la ofensiva de Trump es impopular, por lo tanto, mostrarse incondicionales de Trump quita votos.
Mattias Karlson y Bart de Wever comparten grupo en el Parlamento Europeo con Giorgia Meloni (Fratelli d'Italia), el Ley y Justicia polaco, y algunos parlamentarios del Se acabó la fiesta de Alvise Pérez. Jordan Bardella y Anders Vistisen están en el mismo grupo que La Lega, Chega, Fidesz de Orban y Vox.
Los sigue habiendo fieles
No ha habido voces críticas similares en la derecha radical de Polonia o España, por ejemplo, y, probablemente, el más fiel de todos es el húngaro Orban, considerado ya el caballo de Troya de Trump y Putin en la Unión Europa. No sólo no se ha distanciado del presidente de los Estados Unidos, sino que el jueves acudió y firmó el acto fundacional de esa Junta de Paz que ha creado Trump, donde él invita, él designa sucesor y es el único con derecho a veto. Una ONU a la medida de Trump donde invita los presidentes de Rusia y Bielorrusia y "desinvita" al primer ministro de Canadá, Mark Carney.
Entre dos aguas y perfilándose como el puente entre la Unión Europea y Trump se sitúa la presidenta del Gobierno italiano, Giorgia Meloni, que desde que está en el poder ha logrado que ya no le tengan en cuenta los orígenes neofascistas y se la acepte como una líder homologable al centroderecha europeo.
Con las gafas de Anna Bosch