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La mitad de los españoles consideran beneficioso pertenecer a la UE, pero se sienten poco escuchados

  • España es uno de los países más europeístas de entre los 28 estados de la Unión
  • La confusión creada por el Bréxit ha frenado los deseos de salirse de la UE

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¿Qué sabes de la Unión Europea?

Los españoles no dudan de los beneficios que brinda pertenecer a la Unión Europea, pero se sienten poco escuchados cuando se trata de tomar decisiones. Es lo que revelan las encuestas de opinión europeas en la última década: pertenecer al club de los 28 es positivo para la España. Una percepción que mejora en las últimas encuestas, pese a la influencia de la gestión de la crisis económica que fue vista como una imposición desde Bruselas y tras la incertidumbre que ha generado el Brexit.

Aún así, la visión de los ciudadanos, no sólo de los españoles, se forma con cierta distancia respecto a las instituciones europeas. “La Unión Europea se conoce mal y se desconocen los objetivos que persigue, las instituciones que la componen”, corrobora a RTVE.es el profesor de la UNED experto en Derecho Internacional Público, Fernando Val. Con todo, los españoles están convencidos de que ser miembros de la Unión Europea ofrece más ventajas que inconvenientes.

Según el Eurobarómetro, más del 50% de los españoles considera que ser miembro de la unión europea es "bueno" y "beneficioso". Esa valoración positiva, incluso, se ve reforzada en esta última legislatura europea. Desde septiembre de 2016, cada vez más españoles consideran positivo formar parte del club comunitario, hasta alcanzar casi un 70% de los encuestados en el sondeo preelectoral de este año.

Una visión positiva y estable es consecuencia de un fenómeno exclusivamente español, según los expertos. “En España, siempre ha existido un consenso permisivo sobre las políticas de Europa sobre nosotros desde los años 80. Se ha descubierto que los ciudadanos europeos de otros países nunca han aceptado positivamente la integración, sino que la han consentido”, asegura el profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid, Luis Bouza.

El sentimiento favorable es similar en el resto de Estados Miembros, pero hay algunos más “europeístas” que otros. Los checos, italianos, croatas y británicos son los que ven con peores ojos formar parte del club de los 28 -hasta el punto que Reino Unido tiene pendiente marcharse- y entre los que menos beneficios creen que les ha aportado la Unión se encuentran los italianos, griegos y, repiten, los británicos.

"La República Checa entró siendo euroescéptica. Los países del norte siempre han visto la Unión como una oportunidad para los negocios. En Alemania, Francia, Bélgica y Países Bajos ha sido una garantía de paz. Además, Europa ha servido para contener los excesos nacionalistas que en su momento acabaron en guerra. En España, ese sentimiento de ver la Unión Europea como garante de paz está menos presente porque hemos vivido menos esas dos guerras mundiales", argumenta Val.

Por eso países como Luxemburgo, Irlanda y Países Bajos valoran muy positivamente estar dentro de la Unión. Este último, junto con Suecia y Dinamarca, son los que más beneficiados se sienten.

Menos de la mitad de los españoles creen que su voz cuenta en la UE

Sin embargo, no todo es un camino de rosas: durante los años de la crisis, los ciudadanos sintieron que su voz apenas se tenía en cuenta en la toma de decisiones en las instituciones europeas.

Según Bouza, las recetas de Bruselas para combatir la crisis económica han afectado más de lo que se preveía: “La literatura decía que la opinión pública española juzgaba a la Unión Europea en función de los efectos políticos y no es así. También se valora la parte económica”, detalla.

Los números refuerzan esa idea: La percepción de que se escuchaba la opinión de los gobiernos españoles en el seno de las reuniones comunitarias cayó en picado hasta registrar tan sólo un 18% entre junio de 2009 y noviembre de 2013. 

“Durante los años de las crisis, esas cifras descienden porque hay una serie de políticas que se inician con el Gobierno de Zapatero y que continúan el resto de ejecutivos. Y no se sabe cuando se va a salir de esa crisis. Y la idea que llega de Europa es que ‘me están imponiendo’ las medidas y de que ‘mi país no está decidiendo’. Por eso, se cree que su voz no se escucha porque sus preferencias no se escuchan en la toma de decisiones”, explica el investigador del Real Instituto Elcano Salvador Llaudes Cañete.

Si se compara con otros países de la Unión Europea, la evolución es muy similar, pero según Llaudes, en otros países puede ser debido a otras causas: “Hay países pequeños que tienen poca influencia en las políticas de la Unión Europea. Están condicionados por el tamaño demográfico de los países y Europa es un proyecto muy grande”, matiza. Los daneses, alemanes y finlandeses son los que se sienten más escuchados, en detrimento de los griegos, estonios, italianos y lituanos.

A pesar de que las cifras del último sondeo preelectoral siguen siendo bajas, los españoles han alzado la voz para que se les escuche. Según los últimos datos, el doble de ciudadanos que hace cinco años se sienten escuchados. Val considera que “esa percepción ha mejorado por dos motivos. En primer lugar, porque se ha remontado la crisis, lo que demuestra que está ligado al factor económico. En segundo lugar, por el efecto ‘Brexit’, que ha conllevado la idea de que la integración en la Unión Europea da estabilidad”.

Para Salvador, la crisis económica ha cuestionado ese consenso acrítico que se mencionaba anteriormente y que defendía que cualquier decisión que toma la Unión era buena. “Antes había un consenso de que todo lo que era bueno en la Unión Europea, lo era para España. La crisis ha actuado como catalizador, pero no acaba en un escepticismo ni populismo”, compara Llaudes. Y añade: “Los españoles creen que las soluciones deben ser europeas. El proyecto europeo es una buena respuesta para la crisis económica, terrorismo, seguridad, defensa...Sigue siendo un mecanismo muy útil”.

Por todo lo anterior, España no ha acabado convirtiéndose en un país euroescéptico. “El europeísmo se mantiene. Sí que se critica que la UE haya actuado de una manera que no debería haber actuado, pero eso no significa para los españoles que deben dejar de pertenecer a la Unión Europea, o que no deben seguir persiguiendo políticas comunes”, abunda Llaudes.

Más europeístas, menos euroescépticos

Paradójicamente, todos los parámetros que tiene la Unión Europea para valorar el apego al proyecto europeo son más favorables desde del ‘Brexit’. Tanto el sentimiento de pertenencia y los beneficios que aporta la Unión, el sentirse escuchado o el rol que le gustaría a los ciudadanos que tuviese su país en el Parlamento Europeo crecen en estos últimos años. “En 2016, el gran miedo de la UE era que hubiera una salida en cascada de los países miembros de la Unión y lo que se ha producido es un efecto vacuna. Nadie se quiere ir”, explica Llaudes.

Durante estos últimos años, la mayoría de noticias en cualquier estado europeo que llegaban del club comunitario era sobre la salida del Reino Unido. “Ahora, se está empezando a entender la magnitud de lo que ha ocurrido y el coste de marcharse. La gente se plantea lo que significa en su día a día compartir el espacio europeo. En Reino Unido, por ejemplo, no se habla de otra cosa”, recalca.

Una de las consecuencias es que los movimientos euroescépticos han virado su discurso: “Ahora, hablan de cambiar la UE desde dentro, democratizar, dar más peso a los Estados miembros y devolverles competencias, pero ya no hablan de la salida. El ‘Brexit’ es un auténtico desastre”, asegura este experto.

Otras percepciones condicionados por la situación nacional

Por otro lado, compartir un espacio común llamado Europa y un proyecto denominado Unión Europea no conlleva automáticamente que sintamos una identidad europea. Según los expertos, son cuestiones diferentes. “El proyecto compartido no significa que los españoles se identifiquen con una demos europea a diferencia de lo nacional. Nunca es sustitutiva, ni restrictiva. Yo soy europeo porque soy nacional de mi Estado miembro”, explica Llaudes. Y Bauzá matiza: “Los ciudadanos que más europeos se sienten, tienen una identidad muy fuerte con su región o su país. No es incompatible”.

La participación en las elecciones europeas también pone a prueba el nivel de compromiso con la Unión. En España, igual que el resto de la media europea, ir a votar para escoger a los nuevos representantes del Parlamento Europeo ha ido en declive, excepto en 1999 cuando se batió récord: ese año, un 63% de los españoles fueron a votar coincidiendo con la cita de las autonómicas y las locales, como ocurre este año. Recientemente, entre el 43 y el 45% de los electores españoles ha decidido ir a las urnas europeas, un punto porcentual más que la media de todos los países europeos.

Un fenómeno que no se puede entender al margen de la clave nacional: si baja la participación electoral en las europeas, también baja la nacional. “El nivel de confianza está mediado por la confianza en las instituciones nacionales, con claras excepciones como Reino Unido y Rumanía donde la percepción es que las instituciones europeas erosionan las instituciones nacionales”, detalla Bauza.

Tampoco siguen esta tendencia los países donde es obligatorio votar. Bélgica marcó el récord con un 92,1%, en 1984, y ha mantenido esas cifras desde entonces rondando el 90%. Entre los que no es obligatorio el récord está en Malta con un 82,4% de participación en el año 2004. Por el contrario, en Eslovaquia es el país donde menos ciudadanos fueron a votar de la historia: un 13,04% en las elecciones de 2014.

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