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La batalla contra el colapso sanitario y la sombra de las epidemias en Venezuela tras el doble seísmo

  • El colapso de las infraestructuras y el hacinamiento en los refugios elevan el riesgo de enfermedades infecciosas
  • Los terremotos agudizan un sistema sanitario mermado por la falta de recursos y el éxodo de personal médico
La batalla contra el colapso sanitario y la sombra de las epidemias en Venezuela tras el doble sismo
La batalla contra el colapso sanitario y la sombra de las epidemias en Venezuela tras el doble sismo MARTIN BERNETTI / AFP

Una semana después de que una serie de devastadores terremotos sacudiera el norte de Venezuela el pasado 24 de junio, la emergencia en la llamada "zona cero" ha entrado en otra fase. Las labores de búsqueda y rescate de supervivientes entre los escombros empiezan a completarse, dando paso a una crisis humanitaria y sanitaria a medio y largo plazo. Según el último balance oficial, se han registrado al menos 2.295 muertos, 11.267 heridos y más de 12.800 personas desplazadas o gravemente afectadas por la destrucción total de sus hogares. 

El epicentro del dolor y la incertidumbre se traslada a los saturados refugios temporales y a un sistema sanitario que ya operaba al límite antes de la catástrofe. Según los reportes de situación de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas (OCHA), más de 16.000 personas se han quedado sin hogar, mientras que las agencias evalúan los daños masivos en viviendas y estructuras. Evaluaciones satelitales y estimaciones de agencias internacionales calculan que en estados como La Guaira, el 70% de las estructuras han quedado derrumbadas o completamente inhabitables.

El desalojo forzoso de miles de familias ha abarrotado espacios deportivos y recreativos improvisados como campamentos transitorios. Lugares emblemáticos como el polideportivo José María Vargas o los estadios César Nieves y Playa Grande concentran estos días a una población vulnerable que se encuentra hacinada en recintos muy reducidos. En estas condiciones, la falta de servicios básicos se convierte en el principal caldo de cultivo para las enfermedades. Por lo que ahora la prioridad es prevenir y contener el inminente riesgo de brotes epidémicos, reconstruir un tejido social y psicológico profundamente fracturado.  

El riesgo de brotes en los refugios

Desde la Organización Panamericana de la Salud (OPS) aseguran que ya se encuentra desplegando sistemas de vigilancia epidemiológica para detectar de forma temprana cuadros de infecciones respiratorias agudas, diarreas acuosas, patologías dermatológicas y enfermedades febriles con erupciones cutáneas. La preocupación no es infundada; la rotura de las redes de tuberías impide el acceso seguro al agua potable, mientras que el colapso en la recolección de desechos y la acumulación de aguas estancadas multiplican los riesgos.

Ante este escenario, el doctor Julio Castro, reconocido médico venezolano en primera línea de la respuesta, advierte de que la crisis empieza a moverse de “una fase hiperaguda a una situación de mediano plazo que tiene que ver directamente con la atención de los desplazados”. Castro insiste en que en este tipo de contextos "hay que estar preparado para brotes de epidemias" debido a los riesgos "asociados a la disposición del agua, la disposición de las excretas" y al contacto estrecho entre personas en situación de hacinamiento.

Por su parte, Carlos Arias Vicente, responsable médico de Médicos Sin Fronteras (MSF) para América Latina, explica una preocupante perspectiva basada en emergencias previas y recuerda que es muy habitual que surjan epidemias tras los terremotos. El portavoz argumenta que durante el seísmo de 2023 en Siria sufrieron una epidemia de cólera y otra de sarampión semanas después. Arias Vicente explica que, al romperse las tuberías, beber agua del grifo deja de ser seguro, lo que, sumado al hacinamiento, facilita la transmisión de patologías donde el "cólera es la principal, pero hay otras" como la fiebre tifoidea. 

Desde MSF también alertan de los virus transmitidos por mosquitos en aguas estancadas, como el dengue, el zika o el chikungunya, recordando la grave epidemia de dengue en Brasil que podría llegar fácilmente a Venezuela, o patologías prevenibles por vacunación como el sarampión o la difteria. Lo cierto es que la lenta gestión de los cadáveres atrapados, que entran en descomposición con el paso de los días, añade nuevos vectores de riesgo sanitario. A pesar de estas alarmas, coordinadores sobre el terreno como Andrey Escalona, director médico de Médicos del Mundo en Venezuela, confirman que, afortunadamente, "hasta ahorita actualmente no hemos tenido todavía reportes de aparición de brotes epidémicos", aunque la monitorización exhaustiva de los indicadores de salud sigue siendo una tarea constante.

Radiografía del sistema sanitario venezolano

Si algo define la gravedad de esta tragedia es que el sismo no golpea a un país con un sistema de salud robusto, sino a una infraestructura seriamente mermada por años de infrafinanciación y crisis socioeconómica. Las evaluaciones iniciales de la Organización Mundial de la Salud (OMS) revelan que al menos ocho centros sanitarios de La Guaira, Caracas y Miranda requieren apoyo externo urgente, y tres de ellos presentan daños estructurales graves. Desde MSF, Carlos Arias Vicente eleva el impacto global estimando en cerca de 38 los hospitales afectados a nivel nacional.

Hombre mayor con gorra de Venezuela y manta colorida en un paisaje de escombros, sosteniendo una botella de agua. Expresión de cansancio y angustia.

El reflejo de este colapso se vive en el Hospital Vargas-IVSS en La Guaira. Según una evaluación de la Organización Panamericana de la Salud su edificio no tiene daños estructurales insalvables, la instalación se encuentra desbordada: mantiene a 96 pacientes ingresados en una sala con capacidad para ocho camas, su morgue está colapsada, el banco de sangre cuenta con apenas 35 unidades y los dos ventiladores de trauma no funcionan por falta de energía suficiente. 

Además, el centro carece de conexiones operativas de teléfono o internet para derivar pacientes, el agua se distribuye mediante acarreos manuales y los residuos médicos acumulados obstruyen físicamente los pasillos. En una situación similar, destaca la OPS, se encuentra el Hospital Rafael Medina Jiménez, cuya capacidad operativa real se desplomó de 108 a tan solo 35 camas útiles.

Ian Clark, responsable del Programa de Emergencias Sanitarias de la OMS, recuerda que el sistema asistencial ya arrastraba una escasez previa de hasta el 37% en medicamentos esenciales, a lo que se suma el éxodo de decenas de miles de trabajadores sanitarios que han emigrado en los últimos años. De hecho, la propia catástrofe ha golpeado a los profesionales en ejercicio, permaneciendo desaparecidos varios de ellos, incluida la coordinadora de la ruta de atención materna en La Guaira.

Ante el colapso masivo de las urgencias en las primeras horas, con ritmos de entrada superiores a los 50 heridos por hora, se canceló la mayoría de las consultas previas para abocarse exclusivamente a la emergencia. Esta estrategia de contención inicial empieza a pasar factura a la atención ordinaria. 

Andrey Escalona, de Médicos del Mundo, recalca la necesidad de reactivar la atención primaria y los consultorios populares para evitar que los hospitales sigan colapsando, ya que "seguimos teniendo pacientes con hipertensión y diabetes mellitus que ameritan su consulta, embarazadas también ser atendidas para su control propiamente y los diferentes niños". Con el control de los heridos graves, el sistema afronta ahora una fase secundaria centrada en la gestión de complicaciones, cirugías de rehabilitación y atención a amputados.

La escena de la tragedia en Venezuela: morgues improvisadas con decenas de cadáveres

La escena de la tragedia en Venezuela: morgues improvisadas con decenas de cadáveres FEDERICO PARRA / AFP

Las heridas invisibles de la salud mental

Más allá de las heridas físicas, el terremoto ha dejado una profunda secuela psicológica en una población que ya acumulaba el desgaste de la crisis nacional. El miedo a las réplicas mantiene a miles de personas durmiendo a la intemperie, en sus vehículos o en refugios improvisados, temerosas de regresar a sus hogares incluso cuando sus edificios han sido declarados habitables. La psicóloga clínica venezolana Bárbara Calpe Becerra, que apoya la emergencia a través de redes virtuales de atención desde el exterior, destaca la vulnerabilidad de los niños y de los ancianos, muchos de los cuales afrontan este trauma solos debido al éxodo migratorio de sus hijos.

Calpe Becerra detalla síntomas preocupantes observados en pacientes que presenciaron la catástrofe de cerca, explicando que constata "muchos casos de insomnio, alteraciones de apetito" y un "estado de choque de disociación de todavía no entender qué es lo que ha ocurrido". La psicóloga relata a RTVE Noticias testimonios sobrecogedores de menores que "no quieren hablar, no quieren comer" tras haber perdido sus hogares o a sus padres.

Para mitigar este impacto, organizaciones como MSF han integrado de forma sistemática psicólogos en sus clínicas móviles desplegadas en zonas devastadas como Naiguatá. Carlos Arias Vicente señala que están aplicando "primeros auxilios psicológicos, que son observar, escuchar a la persona y orientarla a los servicios disponibles". El portavoz médico advierte de que, aunque el duelo es una respuesta normal, surgirán numerosos casos de duelo patológico, estrés postraumático, ansiedad y depresión que requerirán tratamientos prolongados durante meses o años.

La tragedia impacta desde la distancia a la diáspora venezolana en el exterior, estimada entre 8 y 10 millones de personas, que experimenta impotencia al seguir el sufrimiento a través de las redes sociales. Calpe Becerra ejemplifica este dolor con el caso real de un médico venezolano en España que intentaba trasladarse desesperadamente a Venezuela porque "tenía a su hija debajo de los escombros" y anhelaba "ir a rescatar el cuerpo para poder hacerle sepultura". Pese a la magnitud del trauma, la especialista destaca que la arraigada fe y las creencias espirituales del pueblo venezolano actúan como un motor esencial de resiliencia y esperanza.

Respuesta internacional y reconstrucción

La magnitud de la catástrofe ha obligado a articular una masiva respuesta coordinada entre agencias de la ONU, ministerios locales y organizaciones internacionales. Para paliar la emergencia humanitaria, la ONU ha liberado 15 millones de dólares de sus fondos de emergencia y activado el Fondo Humanitario de Venezuela, al que Estados Unidos ha anunciado una aportación de 100 millones de dólares, sumados a otros 100 millones en ayuda bilateral. 

En el plano puramente sanitario, la OPS y la OMS han distribuido más de 5.900 kilos de medicamentos e insumos de trauma, mientras que el director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, ha liberado 1,5 millones de dólares adicionales del Fondo de Contingencia para Emergencias y prepara el envío de 28 toneladas de suministros desde Dubái. Sobre el terreno, un hospital de campaña internacional con 48 camas y quirófanos ya trabaja para aliviar la saturación asistencial.

Paralelamente, la ayuda multisectorial intenta cubrir las necesidades básicas de alimentación y cobijo. El Programa Mundial de Alimentos ya asiste a 5.000 personas en La Guaira con raciones calientes y canastas familiares, mientras la OIM y ACNUR coordinan la gestión de 25 campamentos temporales operativos. De hecho, ACNUR ha lanzado un llamamiento urgente de 14,85 millones de dólares para dar refugio y protección a 30.000 personas afectadas. Sin embargo, los portavoces de las organizaciones humanitarias en el terreno coinciden en que la verdadera prioridad de futuro es la reconstrucción estructural del dañado sistema sanitario, una tarea ingente que requerirá años de ayuda internacional sostenida en el tiempo para evitar que las organizaciones se marchen tan rápido como llegaron.