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El instinto de madre une a Jennibel con su hija Sofía, sepultada por los terremotos en Venezuela

  • Ambas están en un centro de acogida en un colegio de La Guaira
  • Los supervivientes relatan sus historia de fe, dolor y resiliencia
Jennibel y Sofía, madre e hija, sentadas juntas en un centro de acogida. Jennibel viste camiseta roja y Sofía una azul con logo NIKE.
Jennibel (izda) con su hija Sofía (dcha) en un centro de acogida de la Guaira (Venezuela) Susansa Samhan

Jennibel María no se separa ni un minuto de su hija Sofía en el centro de acogida donde están alojadas en La Guaira, epicentro de los terremotos del pasado 24 de junio en Venezuela. Y es que, como dice su madre, Sofía es una "niña milagro" que estuvo sepultada viva durante tres días después de que se le cayera encima su casa por los temblores, mientras Jennibel María estaba trabajando en Caracas.

La niña, de 15 años, mira tímida a su alrededor, al tiempo que no para de rascarse las cicatrices que tiene en su pierna derecha de los rasguños que se hizo el tiempo que estuvo bajo los escombros. Su madre explica que tiene una leve "discapacidad psíquica" y que Sofía fue consciente de todo lo que le pasó.

Ese miércoles, pese a ser festivo en Venezuela, Jennibel había ido a la pescadería donde trabaja en Caracas y dejó a Sofía en casa a cargo de su hermana Grecia y su sobrino en la urbanización Caribe de la zona de Caraballeda, en La Guaira. La vivienda se derrumbó por los dos temblores consecutivos, de magnitud 7,2 y 7,5, que comenzaron a las 18.04 hora local, con 39 segundos de separación.

"Nos quedamos sin nada, mi hermana todavía sigue desaparecida, mi sobrino murió aplastado por una columna", lamenta Jennibel, que se apresuró a volver a su casa cuando sintió los terremotos. Al ver cómo quedó su edificio, se desesperó: "Yo dije 'guau, aquí se me derrumbó mi vida, mi hija, mi familia, todo", afirma emocionándose.

El instinto de madre le decía que su hija seguía viva

Los voluntarios que acudieron a sacar gente de los escombros y los vecinos que sobrevivieron le dijeron que su hija había fallecido sepultada, pero Jennibel, de 39 años, tenía fe en que Sofía seguía viva, "porque el instinto de madre una lo tiene".

La mujer se quedó a dormir esos días en casa de su hermano en Macuto, también en La Guaira, e iba a diario al lugar del derrumbe para preguntar por la niña. Acudía a un campo de golf, próximo a su edificio, donde las autoridades han colocado un centro de ayuda y acogida de damnificados.

Le aseguraban que no había esperanza, pero tres jornadas más tarde la niña fue sacada viva de los escombros por rescatistas brasileños "sin fracturas, solo con puros raspones". De hecho, en los últimos días, los voluntarios y equipos de rescate internacionales han ido sacando a más supervivientes, el último este jueves, Hernán Gil, un hombre de 43 años que ha pasado ocho días sepultado.

Mientras Jennibel habla, la adolescente no deja de mirarla y sonríe cuando se le pregunta si está contenta de estar de nuevo con su madre. Visitar el centro de acogida instalado en la Escuela República de Panamá de la Guaira es hacer un recorrido por historias casi milagrosas de los venezolanos que han sobrevivido a esta tragedia, aunque también hay mucho dolor y trauma por las experiencias vividas y la consciencia de que hay familiares y seres queridos que nunca volverán a ver. Los más afortunados pueden enterrar a sus muertos después de que estos hayan sido localizados y sacados de los escombros, pero hay muchos que ni siquiera pueden guardar luto con el cuerpo de sus parientes recuperado.

Por eso, pese a estar feliz de estar con su hija, a la que no para de abrazar, hay una sombra de dolor en el rostro y las palabras de Jennibel cuando habla de su hermana. "Nada va a ser igual después de todos los familiares que perdimos. Ya una pierde la esperanza de que consigan a mi hermana, que me entreguen su cuerpo, si está viva, si está muerta. Espero poder verla, quedarme ya tranquila que haya descanso".

En el centro de acogida de la Escuela República de Panamá los voluntarios y el personal que trabajan allí se esfuerzan por hacer un poco más llevadero este trance para las familias. Las cocineras explican a RTVE Noticias que preparan comida para 600 personas, aunque ya están acostumbradas porque ellas trabajan en este colegio cuando está abierto. Hoy están preparando arepas fritas para el almuerzo.

Las aulas han sido habilitadas como dormitorios con literas y las autoridades han instalado baños portátiles en un lado del patio. La gente deambula por el recinto y en una esquina una voluntaria ha colocado una mesa rosa con lápices de colores donde dibuja una niña.

Vio cómo el edificio donde estaba su familia se derrumbaba

No muy lejos, está sentado Abraham Josué con un brazo escayolado. Junto a él están charlando unos vecinos suyos que han venido a visitarlo y su hermano gemelo, pero él está ensimismado y llora a ratos.

Abraham y su hermano se han salvado de los terremotos, pero no así su madre y otros siete parientes, entre ellos sus dos sobrinas, Alismar y Angelimar, de 3 y 5 años, que murieron por el derrumbe de su edificio, también situado en la urbanización Caribe. "Es un dolor que se siente en el alma por mis familiares. Para esas dos niñas, yo era todo y ellas lo eran todo para mí, uno se siente culpable". Él estaba en la calle justo enfrente del inmueble cuando vio cómo se desplomaba por completo sin poder hacer nada.

"Cuando vi que se empezaron a caer las torres quise entrar pero los amigos con los que estaban no me dejaron y me sujetaron", rememora este joven, que no sabe del paradero del cuerpo de su madre, a diferencia del resto de familiares fallecidos.

Abraham, de 27 años y que trabaja en una potabilizadora de agua, fue atendido de una fractura en su brazo en el mismo campo de golf a donde Jennibel acudía todos los días a preguntar por su hija y de allí fue trasladado al centro de acogida. El futuro es una incertidumbre. "Como ya no tengo vivienda, me encantaría quedarme aquí hasta que el Estado proceda a mandarme a otro lado", afirma.

En la Escuela República de Panamá, también se queda Tamaris, que es pura energía y nervio. A sus 34 años esta manicurista y dependienta en una panadería sabe que no puede flaquear porque es "la columnita" de su familia, con la que está alojada en el centro de acogida. Ella y sus parientes tienen "sentimientos encontrados", porque está contentos de haber sobrevivido a los dos temblores y, al mismo tiempo, están tristes por la muerte de su cuñado y sus dos sobrinos, Adrián David y Vicnerth, de 7 años y uno.

Tamaris y el resto de la familia, entre ellos su madre, sus tres hijos y su hermana, se habían ido a Caracas a dar un paseo el día de los seísmos, que coincidió con el festivo por la Batalla de Carabobo, que conmemora la independencia de Venezuela respecto a España. Su cuñado, Víctor, se quedó en casa con los dos niños en la urbanización Caribe, que acabó completamente destruida por los temblores.

En el centro de acogida, están "bien atendidos", allí les dan comida, ropa si es preciso y tienen atención médica. Ahora toca mirar adelante: "Los que estamos vivos tenemos que intentar resolver para el futuro y agradecerle a Dios la segunda oportunidad que nos dio".