El dilema de volver: el retorno sin opción de las personas refugiadas ante la asfixia del exilio
Meter la vida entera en una maleta o en una bolsa improvisada y huir de la noche a la mañana es una tragedia; pero verse obligado a desandar el camino sin garantías ni opciones es, a menudo, una condena. A finales de 2025, la cifra de personas expulsadas de sus hogares por la violencia, la persecución o la violación sistemática de sus derechos humanos alcanzó: 117,8 millones en todo el mundo. Sin embargo, el último informe de ACNUR revela una paradoja inédita: por primera vez en una década, el número global de personas refugiadas ha caído, un leve 3%, situándose en 41,6 millones. El resto del mapa del desarraigo lo completan 68,6 millones de desplazados internos, seis millones de refugiados palestinos bajo el mandato de la UNRWA y nueve millones de solicitantes de asilo.
Aunque el número de refugiados cae por primera vez en diez años, la realidad es engañosa: siete de cada diez personas siguen atrapadas en un desplazamiento prolongado. El descenso se debe a que los retornos forzosos o desesperados han marcado cifras históricas, con 14,7 millones de personas regresando a sus lugares de origen: 4,4 millones de refugiados y 10,3 millones de desplazados internos.
Este fenómeno no es sinónimo de una paz consolidada, sino el reflejo de un limbo humanitario insostenible. Millones de personas desandan el camino del exilio empujadas por la fatiga del desarraigo crónico, el endurecimiento de las políticas migratorias en los países de acogida y una asfixia económica que les impide, simplemente, seguir sobreviviendo fuera de sus fronteras.
Este complejo mapamundi de retornos forzosos o decisiones desesperadas se dibuja con nitidez a través de cinco países: el regreso bajo el yugo talibán y la pérdida absoluta de derechos de las mujeres en Afganistán; la reconstrucción física a pulmón y desde el doble refugio palestino-sirio en las ruinas de Siria; la resistencia de los profesionales médicos atrapados en la guerra activa de Sudán; la vuelta a una Ucrania que sigue bajo la invasión rusa; o el vacío del postconflicto en Nigeria, donde se vuelve a hogares borrados y sin acceso a la educación infantil tras el horror yihadista.
Afganistán: volver a la prisión de Kabul
Nombre: Khadiya*
Edad: 19 años
País de origen: Afganistán
País del que regresa: Pakistán
Para Khadiya* de 19 años, regresar a Afganistán es volver a una celda. "Las mujeres afganas tienen muchos sueños, pero aquí no pueden hacer nada. Vivimos como en una prisión", relata desde Kabul esta joven sobre los mal llamados “retornos voluntarios” de las mujeres afganas. En su entorno privado, conserva la mirada limpia y la determinación de su juventud, pero de puertas para afuera su realidad ha sido completamente borrada. Prefiere no revelar su identidad ni su voz, entrecortada por el duelo y el miedo de quien sabe que no podrá ser doctora. En una llamada con RTVE Noticias, explica que en este momento ni siquiera puede cruzar el umbral de su puerta si no es acompañada por un mahram (un tutor masculino).
Detrás de su historia se esconde el mayor movimiento de retorno del planeta. Según datos de ACNUR, 2,9 millones de afganos regresaron a su país en 2025, de los cuales 1,9 millones eran refugiados. Una marea humana que provocó que la población refugiada afgana en el mundo cayera drásticamente de 5,8 a 3,1 millones. Sin embargo, esta masiva repatriación no nace del deseo de vivir en el Emirato Islámico de Afganistán tras la vuelta de los talibanes al poder en 2021, sino de la asfixia sufrida en el exilio.
La joven huyó a Pakistán buscando el derecho elemental que su propio país le negaba: estudiar. Enseña fotos donde se la puede ver rodeada de libros y apuntes en una biblioteca, un espacio de libertad que ahora se ve obligada a revivir en la clandestinidad. Consiguió cursar octavo y noveno grado, acariciando la idea de la universidad, pero el refugio pronto se transformó en hostilidad. "La vida en Pakistán se volvió muy difícil por el problema de las visas y la policía. Teníamos miedo de salir a la calle libremente por temor a ser detenidos", explica.
Esta presión, que ACNUR califica en su informe como "políticas gubernamentales restrictivas" y "retornos involuntarios", forzó a su familia a volver bajo el yugo talibán. Una huida en dirección contraria que se ha agudizado de forma dramática en los primeros meses de 2026: hasta mediados de mayo, la reactivación de las hostilidades en la región, especialmente agravada por la guerra en Irán, ha empujado a otros 678.500 afganos de vuelta a un territorio devastado.
Al cruzar la frontera, el laberinto se cerró definitivamente sobre ellos. Apenas tres meses después de pisar Kabul, el padre de la joven —que regresó gravemente enfermo— falleció. A los 19 años, se ha convertido en la cabeza de un hogar sin ingresos, compuesto por una madre sumida en una profunda depresión y tres hermanos pequeños; el único varón tiene apenas nueve años y cursa cuarto de Primaria. "Nadie trabaja en mi familia. Sobrevivimos porque mi tío viene y nos da algo de comida y dinero, pero él tiene su propia familia y es difícil", confiesa.
Según datos de ACNUR, menos de una cuarta parte de las mujeres retornadas logra generar algún tipo de ingreso en el Afganistán de los talibanes. Mientras su hermano de nueve años acude a la escuela, ella y sus hermanas observan el futuro desde la ventana. El retorno sin opción ha sepultado sus libros de medicina.
Siria: el doble retorno a las ruinas de Yarmouk
Nombre: Amer Abu Hashish
Edad: 45 años
País de origen: Siria
País del que regresa: España
El mapa del desarraigo en Oriente Próximo tiene cicatrices que se superponen unas sobre otras. Volver al campo de refugiados de Yarmouk, a las afueras de Damasco, es caminar sobre los escombros de una herida abierta. Este lugar, que alguna vez fue el corazón palpitante y el símbolo de la diáspora palestina en Siria, vio cómo la guerra civil iniciada en 2011 demolía el 60% de su infraestructura básica. Allí, entre paredes heridas que aún conservan inscripciones en español pintadas en los años sesenta, ha regresado Amer Abu Hashish. A sus 45 años, su vida es la definición misma de una doble condición de refugiado: hijo de padres palestinos y exiliado de la guerra siria.
"Los dos eran palestinos. Ellos eran refugiados y yo nací refugiado", explica Amer al recordar su origen. En el verano de 2011, la violencia lo obligó a salir solo del país gracias a un contrato con una oenegé. Lo que iba a ser una formación en Barcelona y Túnez terminó convirtiéndose en un exilio forzoso de más de una década en España, mientras los caminos de regreso a su hogar se cerraban por completo. Su familia logró salir un año después, en 2012.
El colapso y la fulminante caída del régimen de Bashar al-Ásad abrieron una nueva e incierta era para el país. Para miles de exiliados, el fin de la dictadura significó la desaparición del miedo a las represalias estatales o al servicio militar obligatorio, transformando el retorno en una opción real. Tras este vuelco histórico y el fin oficial de la guerra dinástica, Amer decidió emprender el camino a la inversa.
Y no lo hizo solo. Durante su estancia en España se casó con una ciudadana británica a la que, paradójicamente, había conocido en Damasco antes de la guerra cuando ella estudiaba árabe. Fue ella, nacida en el Reino Unido, quien insistió con más entusiasmo en que el futuro de su hijo de cuatro años debía echar raíces sobre el polvo de Yarmouk. "Estoy muy optimista porque ahora mismo él habla árabe muy bien, está aprendiendo la cultura de la región", asegura.
Sin embargo, el vacío de poder y la titánica tarea de reconstruir un Estado fallido condicionan cada regreso. Los datos del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) recuerdan que el flujo de retorno desde suelo europeo sigue siendo una minoría absoluta debido a las lógicas cautelas sobre la estabilidad a largo plazo. Los retornos se cuentan por cientos de miles y provienen de los países vecinos. La inmensa mayoría de quienes regresan a Siria lo hacen empujados desde Turquía o un Líbano sobrepasado por sus propios conflictos bélicos; hombres y mujeres acorralados por crecientes presiones políticas, oleadas de deportaciones y una crisis económica brutal que los ha dejado por completo sin alternativas en las naciones de acogida.
Amer lo ve a diario al cruzar la calle en Yarmouk. "Siendo francos, la situación económica aquí es muy difícil y la mejoría es muy lenta", relata. "La gente que vuelve de Líbano o Turquía lo hace en gran parte por la presión, pero también hay un factor emocional innegable: el deseo de volver a tu hogar tras años de separación obligatoria de tu tierra y de tu familia".
Volver, sin embargo, significa vivir en un territorio devastado donde apenas hay servicios básicos y las redes de agua corriente están destrozadas. El nuevo orden político aún no se traduce en servicios públicos. La agencia de la ONU para los refugiados palestinos (UNRWA) intenta dar apoyo en la restauración de escuelas y servicios mínimos, como la biblioteca infantil, pero el grueso de la reconstrucción recae exclusivamente sobre los hombros de los retornados. "Somos nosotros, la comunidad, los que compramos los ladrillos y levantamos las casas con nuestras propias manos. No viene del gobierno. Hay una estabilidad relativa, la que la gestión diaria puede soportar", denuncia Amer mientras trabaja en la reconstrucción de la casa de su padre.
En las calles desiertas y polvorientas de Yarmouk se libra una de las batallas más invisibles de la postguerra siria: la de aquellos que regresan a desenterrar su pasado para construir, piedra a piedra y sin ayuda de las nuevas autoridades, el único futuro que les pertenece.
Sudán: la vocación que desafía a la guerra
Nombre: Yusra
Edad: 32 años
País de origen: Sudán
País del que regresa: Egipto
Otros países de paso: Emiratos Árabes Unidos
A principios de 2023, el futuro de Yusra cabía en una mezcla de alegría, entusiasmo y optimismo. Tenía 29 años y el final de marzo trajo consigo lo que tanto había perseguido: su graduación en la facultad de Medicina. Con el título bajo el brazo y todos los planes postuniversitarios listos para ponerse en marcha, se concedió un mes de vacaciones. Sin embargo, antes de que ese mes expirara, el calendario se detuvo en seco. El 15 de abril de 2023, su vida dio un vuelco con el estallido de la guerra civil en Sudán, un conflicto que sepultó los proyectos de toda una generación bajo una oleada de miedo, pánico, tensión y muerte. De la noche a la mañana, el paisaje cotidiano de Yusra se llenó de disparos, aviones de combate, universidades cerradas y hospitales colapsados por un goteo incesante de heridos y cadáveres.
Inicialmente, en Jartum, estaba a salvo de los combates directos y la vida mantuvo una fachada de normalidad. Miles de desplazados de otras regiones buscaron refugio allí, creando una burbuja de estabilidad marcada por una inquietud constante. En junio de ese mismo año, Yusra logró empezar a trabajar en el hospital de su localidad, ejerciendo una medicina de trinchera que se prolongó durante seis meses. Sin embargo, a mediados de diciembre, su provincia fue alcanzada por los combates. Muchos huyeron de inmediato; Yusra, en un principio, decidió quedarse.
El asedio duró dos meses marcados por el pánico a que las milicias irrumpieran en las viviendas y ante la certeza de un futuro completamente ciego. Fue entonces cuando tomó la decisión más difícil: abandonar su hogar. "Lo más duro fue dejar atrás el hogar, los recuerdos con la familia, mis cosas, que tanto quiero, la calidez del hogar y todo lo que había en él", relata Yusra a sus 32 años. "Ojalá hubiese podido llevármelo todo conmigo".
Junto a su familia, emprendió la huida hacia otro Estado a través de un camino accidentado, largo y desdibujado por el miedo. "Tras abandonar mi hogar, llenos de nostalgia y temor a no regresar con nuestra familia y seres queridos, nos dirigimos a un estado del este", recuerda. La primera parada de su exilio fue dura y efímera: "Solo nos quedamos tres noches; hacía muchísimo calor y la electricidad solo estaba disponible unas pocas horas al día".
De ahí, Yusra emprendió un viaje hacia los Emiratos Árabes Unidos, donde encontró un refugio de seguridad. "Algunos de los días más hermosos que pasé allí fueron durante ese tiempo. Fue como un reinicio mental: descanso físico y mental, un respiro de la obsesión con las preocupaciones y la presión psicológica que dejó la guerra. Escapé de las noticias deprimentes y el mar fue mi compañero", confiesa. A pesar del alivio, la distancia con su profesión empezó a pesar: "No logré ningún éxito tangible allí, pero recuperarme y replantear mi futuro tras el estrés de la guerra fue el mayor logro".
Determinada a no estancar su carrera, decidió viajar a Egipto para retomar sus prácticas. En suelo egipcio pasó siete meses que describe como días maravillosos dentro de la tragedia; allí se reencontró con una amiga, recibió el trato amable de la población local y completó sus prácticas hospitalarias. Sin embargo, en el país árabe chocó con un muro burocrático insalvable: no tenía los papeles legales para poder trabajar de forma indefinida. Fue entonces cuando la llamada de su vocación y de su tierra terminó por imponerse a la seguridad del exilio.
La decisión de regresar a Sudán fue estrictamente personal y supuso un reto mayúsculo, impulsada por motivos puramente laborales y profesionales. "Sudán se está desangrando y hay una necesidad imperiosa de médicos", asegura con firmeza. Ese fue el motor que la llevó a cruzar la frontera de vuelta. Al regresar, contempló Jartum por primera vez en tres años. La capital ya no existía; era una sombra de lo que fue. Ahora Yusra vive en un Sudán sumido en la inseguridad y el miedo. Las restricciones de movimiento son severas y apenas sale de casa si no es a lugares cercanos. A la amenaza de los combates se le suma una crisis económica asfixiante. Con el coste de la vida y la inflación desbocada, mantener a su familia se ha vuelto una misión casi imposible.
El retorno de Yusra se enmarca en una crisis regional devastadora. Mientras profesionales como ella intentan volver a las zonas inestables para salvar vidas, los datos de ACNUR reflejan un éxodo masivo a la inversa que está desbordando por completo a países vecinos como Sur Sudán, donde la llegada diaria de miles de refugiados sudaneses agrava una emergencia humanitaria crítica y crónicamente desatendida por la comunidad internacional. "Esta guerra ha dejado una huella psicológica muy dura en cada persona de manera diferente; hemos perdido amigos, familiares, padres, madres e hijos. Hemos perdido recuerdos y sueños", lamenta la joven.
Ucrania: volver a las huellas del horror de Bucha
Nombre: Yuliia Kuzhelna
Edad: 47 años
País de origen: Ucrania
País del que regresa: España
Otros países de paso: Luxemburgo y Alemania
El 24 de febrero de 2022, el rumbo de Ucrania cambió, y con él, la vida de Yuliia Kuzhelna. Vecina de Bucha, en la región de Kiev, ella y su hija de once años —quien ya arrastraba secuelas de un grave ictus sufrido en la infancia— vivieron en primera persona el inicio de la invasión rusa. "Aprendimos lo que es vivir en un infierno donde todos son sordos", relata Yuliia a sus 47 años, con una crudeza que corta la respiración. Tras sobrevivir a semanas bajo los bombardeos, proyectiles y el asedio de las tropas invasoras, logró escapar en una caótica columna de evacuación el 9 de marzo, arrastrando consigo una conmoción cerebral y a su hija. Sin embargo, para Yuliia, cruzar la frontera hacia la Unión Europea no supuso el fin de la pesadilla, sino el inicio de un laberinto que terminó por quebrar a su propia familia.
La historia de Yuliia se enmarca en la mayor crisis de desplazamiento forzado en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial. La ofensiva militar a gran escala lanzada por Vládimir Putin provocó que, en cuestión de meses, millones de ucranianos buscaran protección desesperadamente. Según los datos oficiales de ACNUR, más de seis millones de refugiados de Ucrania se encuentran registrados en diversos países de Europa bajo la Directiva de Protección Temporal, un mecanismo inédito que les otorgó derechos inmediatos de residencia, trabajo y asistencia médica.
A pesar de este despliegue sin precedentes de fronteras amables y solidarias, la prolongación de la guerra y las secuelas de la conmoción cerebral sufrida por la hija de Yuliia en Bucha se manifestaron con dureza al llegar al exilio; sus piernas empezaron a fallar, impidiéndole caminar. En Luxemburgo, un país donde esperaba encontrar un apoyo social, chocó contra la rigidez del sistema. Al no poder costear asistencia privada debido a su mermada salud y la falta de ingresos, el sistema de protección de menores tomó la decisión más drástica: separarla de su hija.
"Fue y sigue siendo una pesadilla para mí: no me ayudaron con mi hija, nuestra vida quedó completamente destruida, me la arrebataron", confiesa con una mezcla de dolor y resentimiento. Yuliia, que cuenta con un pasado como periodista y credenciales del parlamento ucraniano, vincula esta dura medida a una represalia por haber intentado denunciar las precarias condiciones de los solicitantes de asilo en algunos centros de acogida. Para estar cerca de ella, se mudó a Alemania trabajando como asistente médica, iniciando un periplo de inestabilidad que la llevó posteriormente a España, persiguiendo una oportunidad laboral para su marido que nunca llegó a materializarse. En Torrevieja, Alicante, postrada por la enfermedad y la soledad, llegó a tocar fondo. "Los rusos no te mataron, Europa lo hizo", sentencia con amargura.
Tras su doloroso periplo por Luxemburgo, Alemania y España, y tras lograr recuperar la tutela de la menor tras una incansable batalla, tomó la determinación de desandar el camino de forma definitiva. En 2025, Yuliia regresó a Ucrania junto a su hija. No lo hizo por la falsa ilusión de una seguridad que sabe inexistente, sino persiguiendo el arraigo, la identidad y la necesidad de sanar en su propia tierra, tras haber pasado el invierno convaleciente y hospitalizada en el país. Ahora mismo vive en Kiev.
"Rabia. Rabia y la impotencia de no poder hacer nada, lo que intensifica la rabia de forma indescriptible", responde al ser preguntada por los sentimientos que le despierta el conflicto desde la capital ucraniana, donde reside ahora. Desde su experiencia, mira el panorama global con absoluta desconfianza y provisionalidad, convencida de que la situación geopolítica se reconfigurará de forma violenta en los próximos años. “Ucrania y los ucranianos ya no importamos a nadie”, dice.
Yuliia, con la salud resentida, se prepara para afrontar el día a día en una capital que sigue bajo la amenaza constante de los ataques aéreos rusos. Su historia es el reflejo más díficil del éxodo ucraniano: el de quienes consiguieron esquivar las masacres en su tierra natal para terminar naufragando en las grietas del sistema de protección europeo. Se ha visto obligada a asumir que el único camino para mantener a la familia unida era volver a convivir con las bombas de la guerra.
Nigeria: volver tras el rastro de Boko Haram
Nombre: Malam Saleh Usman
Edad: 52 años
País de origen: Nigeria
País del que regresa: Camerún
Malam Saleh Usman mira fijamente a la cámara. Tiene 52 años, viste una túnica gris clara y un gorro tradicional, y su rostro refleja la serenidad de quien ha aprendido a sobrevivir al horror en silencio. Detrás de esa mirada limpia se esconde una de las heridas más profundas que puede infligir la violencia: el asesinato de su hijo mayor a manos del grupo yihadista Boko Haram. Aquel ataque, que todavía le provoca un trauma imposible de olvidar, fue el detonante para que en 2014 lo dejara todo atrás y huyera hacia Camerún junto a sus dos esposas y sus 12 hijos.
Durante doce años, la familia Usman vivió bajo el estatus de refugiada en suelo camerunés, engrosando las listas de una de las crisis humanitarias más cronificadas e invisibilizadas de África: la de la cuenca del lago Chad. No fue una vida fácil; estuvo marcada por la precariedad de la vivienda y por constantes alertas de seguridad que los hacían sentir en un peligro intermitente. Sin embargo, logró encontrar un propósito en el exilio trabajando como agente comunitario para organizaciones internacionales como Médicos Sin Fronteras (MSF) e International Medical Corps (IMC).
A principios de año, tras más de una década fuera de su tierra, tomó una decisión estrictamente personal: "Estaba cansado de ser un refugiado". Escuchó noticias de que la actividad de Boko Haram había disminuido en su región natal y, empujado por la nostalgia y el agotamiento del destierro, decidió que era hora de regresar a su tierra.
Al cruzar la frontera de vuelta a Nigeria a través de los programas de repatriación voluntaria, la realidad del retorno se mostró con toda su crudeza. En su pueblo natal, Banki —un punto estratégico y duramente golpeado en la frontera entre ambos países—, la casa de Malam Saleh ya no existía; había sido borrada por los años de conflicto. Ante la falta absoluta de recursos, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) y el gobierno del estado de Borno realojaron a la familia en un asentamiento de retornados, entregándoles una pequeña vivienda de dos habitaciones, un baño y una cocina.
Malam Saleh agradece tener un techo bajo el que dormir con toda su familia, pero admite que la felicidad del regreso viene acompañada de una profunda frustración. En Camerún era un hombre activo, un pilar comunitario para las ONG médicas; mientras ahora en Nigeria pasa los días de brazos cruzados, atrapado en la inactividad de quien no encuentra un empleo para mantener a los suyos.
La mayor de sus quejas, sin embargo, no tiene que ver con la falta de ingresos, sino con el futuro roto de sus hijos pequeños. "No quiero que mis hijos terminen siendo analfabetos como yo", confiesa con angustia a través de la intérprete. Desde que llegaron hace cinco meses, ninguno de sus hijos ha podido asistir a la escuela. El colegio más cercano está a una distancia inasumible para las piernas de unos niños tan pequeños, y la falta de transporte seguro los condena a quedarse en el asentamiento, perdiendo el derecho a la educación.
Según los balances de ACNUR, Nigeria es, estadísticamente, el quinto país del mundo con mayor índice de refugiados que deciden regresar a sus hogares, un movimiento masivo condicionado por la fatiga del desplazamiento prolongado en los países vecinos. Malam Saleh Usman confirma que, al menos por ahora, los ataques directos de los grupos terroristas no han vuelto a cruzarse en su camino y respira una relativa sensación de seguridad física. Pero su testimonio es el vivo reflejo del gran dilema del retorno en el continente africano: de nada sirve asegurar la supervivencia frente a la violencia si el regreso condena a las nuevas generaciones a la falta de educación, al desempleo y al olvido.
*Khadiya: es un nombre ficticio para proteger su identidad
Créditos
Coordinación de contenidos: Paula Guisado y José A. Carpio, de DatosRTVE. | Fotos: ACNUR, Getty, AFP (Ucrania), AP (Afganistán). | Diseño y maquetación: José Javier Ramos (InfografíaRTVE · Hiberus).