Mundial de fútbol 2026 en EE.UU., México y Canadá: uno de los más políticos de la historia
- Las políticas migratorias de EE.UU han impedido la entrada a aficionados y miembros de delegaciones
- El Mundial se juega en tres países vecinos que no pasan por su mejor momento de relación entre ellos
"En 1994 todo el mundo quería venir a los Estados Unidos, ahora, sin embargo, nadie quiere", así se expresó esta semana uno de los organizadores del Mundial de fútbol que Estados Unidos acogió en 1994. En los 22 años que han transcurrido desde entonces y, muy especialmente, con las políticas de la segunda presidencia de Donald Trump, ese país se ha convertido en un destino antipático, unwelcoming, es decir, lo contrario de acogedor, para millones de personas.
Los ciudadanos de cuatro países con equipo en la Copa del Mundo tienen prohibida la entrada a los Estados Unidos, por primera vez coinciden dos países que están en guerra, el anfitrión e Irán, que jugará en EE.UU. pero tendrá que irse a dormir a México; a uno de los árbitros, somalí, elegido mejor árbitro de África, le han denegado la entrada; a la delegación senegalesa la humillaron al aterrizar cacheándolos en la misma pista. Nadie parece libre de correr riesgos en el principal país anfitrión del Mundial, cualquiera puede ser sospechoso de ser o convertirse en un delincuente.
Este campeonato de fútbol, organizado por los tres países de Norteamérica, pero con Estados Unidos como sede principal, va camino de convertirse en uno de los más políticos de la historia.
Deporte y política
Las implicaciones políticas del deporte y el uso político del deporte no son nada nuevo. La multiplicación del público con la llegada del cine, y luego de la televisión e internet, no ha hecho más que aumentar esas connotaciones.
En Sudáfrica, el fútbol ha sido históricamente el deporte de los negros, mientras que el rugby es el de la minoría blanca; de ahí la trascendencia que tuvo el gesto del presidente Nelson Mandela, encarcelado por el régimen blanco, cuando en 1995, al año de llegar a la presidencia, acudió a la final del Mundial de rugby y vistió la camiseta de la selección nacional, símbolo para los negros de la opresión ejercida por el apartheid. Mandela usó esa camiseta, ese apoyo a la selección del deporte de los blancos y el apretón de manos con su capitán como un instrumento de reconciliación nacional.
Un clásico es citar los Juegos Olímpicos de Berlín en 1936 con Hitler en el poder. Unos juegos donde participaron atletas judíos y negros ante un régimen supremacista blanco y antisemita. Mención especial merece la trascendencia que tuvo en ese contexto la medalla de oro de Jesse Owens, atleta afroamericano. Historia de esos JJOO es también el uso propagandístico de la ideología nazi y la supuesta superioridad de la raza aria que se hizo con el estilo de rodar de la cineasta Leni Riefenstahl.
Otro ejemplo de cómo el deporte catapulta mensajes políticos se dio en los JJOO de México en 1968. Fue el año en que los Estados Unidos ardieron literalmente por violencia racial, la década clave en la lucha por los derechos de la población negra, el año en que asesinaron a Martin Luther King y a Robert Kennedy. Aquel año en México, dos medallistas estadounidenses, negros, Tommie Smith y John Carlos, en el podio miraron al suelo y levantaron el puño envuelto en un guante negro, el gesto del movimiento político Black Power, poder negro, mientras se alzaba la bandera y sonaba el himno de su país.
En 1980 los Estados Unidos, y otros 64 países que los secundaron, boicotearon los Juegos Olímpicos de Moscú como protesta a la invasión soviética de Afganistán. Los siguientes Juegos fueron en Los Ángeles, y entonces la URSS y el bloque de países que estaban bajo su control les devolvieron el boicot.
Mundiales de fútbol y política
Antes de los Juegos de Berlín en 1936, fue el Mundial de fútbol en la Italia fascista de Benito Mussolini en 1934. Parte del uso nacionalista del fútbol fue italianizar el nombre original inglés, football, y llamarlo calcio, patada. En España, el dictador Francisco Franco copió la iniciativa fascista y la tradujo literalmente: balompié. Una iniciativa que con el tiempo se ha visto menos exitosa que el calcio italiano.
Otro Mundial organizado bajo una dictadura atroz fue el de Argentina en 1978, con la junta militar del general Jorge Rafael Videla. El Mundial, en un país donde el fútbol es religión, era la mejor distracción de los horrores de la Junta. Argentina ganó el mundial, y uno de los efectos fue, según un artículo de la Universidad de los Andes: "La dictadura se fortaleció. El régimen de Videla, a pesar de tener los ojos del mundo encima, logró ganar tiempo. La euforia colectiva tras ganar el campeonato del mundo fue suficiente para que muchos argentinos cerraran los ojos ante lo que estaba ocurriendo. Era inaudito que la campeona del mundo en medio de tanta alegría estuviese bajo el manto de tanto sufrimiento. Así, la dictadura mantuvo su poder hasta 1983".
Luego están las connotaciones de algunas rivalidades, goles que cobran dimensión de desagravio nacional y penaltis polémicos que son crisis internacionales. Todo en uno fue la mano de Dios, el gol que Maradona le marcó a Inglaterra asistido por su mano, y con el que alegóricamente vengó la derrota militar argentina en Las Malvinas. Fue en el Mundial de México de 1986.
Maradona, en la final del Mundial de 1986 que ganó Argentina en el estadio Azteca. GETTY
África fue la protagonista política del Mundial de Inglaterra en 1966. Por su ausencia, era el momento de la descolonización y 15 países boicotearon el campeonato como protesta contra la FIFA y su ninguneo al continente. Y contra la tolerancia a la Sudáfrica del apartheid. La FIFA había decidido que las 16 selecciones participantes se distribuirían así: 10 de Europa, cuatro de América Latina, una de Centroamérica y el Caribe, y una a decidir de África u Oceanía.
Sesenta años después, los países seleccionados son 48 y entre ellos hay 10 africanos. Y Sudáfrica sigue siendo objeto de polémica por su política migratoria. En el partido inaugural de este viernes (México-Sudáfrica) se rompió la tradicional unidad africana en la hinchada: aficionados de países africanos con inmigrantes en Sudáfrica decidieron apoyar a México, para mostrar su rechazo a lo que consideran políticas xenófobas de Sudáfrica respecto a otros países del continente.
2026: el Mundial de Trump
Si algo conoce y le gusta a Donald Trump es ser el centro de atención, su gran éxito, además de su rascacielos de Nueva York, fue conseguir audiencia televisiva conduciendo un reality show, The Apprentice. Su compulsión tuitera forma parte de ese perfil, estar llamando la atención continuamente, atraer los focos.
Cuando Estados Unidos planteó la candidatura, el soccer, como llaman al fútbol en los Estados Unidos, para distinguirlo de su fútbol americano, era un deporte muy minoritario aún, un juego de niñas (por eso la selección femenina es tan buena), de iberoamericanos y de africanos. Para entendernos, no es un deporte de hombres estadounidenses de pura cepa. Pero empezaba a interesar a algunos jóvenes.
Cuentan que la clave para que Trump empujara la candidatura de EE.UU. fueron su hijo menor, Barron, que sí es aficionado, y sobre todo el comentario de que un Mundial de soccer significa en audiencia tener una o varias Super Bowl a diario durante un mes. Además de los miles de millones de dólares que mueve un mundial. ¿Cómo se iba a perder Donald Trump tener esa audiencia planetaria?
Pero, más allá del narcisismo del presidente, se ha acuñado el sintagma "el Mundial de Trump" por cómo sus políticas interfieren en la competición, en especial las políticas de seguridad y contra la inmigración irregular.
Trampa para los hispanos
Además de las restricciones de visados que han dejado fuera del país, no ya a aficionados, sino a parte de algunas delegaciones, se temen redadas, especialmente, contra hispanos. Es harto improbable que un inmigrante irregular pueda pagar el precio desorbitado de las entradas de este mundial, pero cuando se trata de fútbol y de tu equipo nacional, y tú estás en un país que no es el tuyo, es muy, muy frecuente, que los aficionados de una misma nacionalidad se reúnan para ver partidos de su selección juntos, y juntos festejar y sufrir.
El fútbol es el deporte rey en Iberoamérica y está muy representado en esta Copa del Mundo: México, Colombia, Argentina, Ecuador, Brasil, Uruguay, Paraguay y Panamá. ¿Será una tentación para ese ejército bis que es el ICE montar redadas en lugares donde sepan que van a concentrarse personas de origen mexicano, colombiano, ecuatoriano o paraguayo? Por poner un ejemplo.
Ha habido mucha negociación entre la FIFA y la Casa Blanca para evitar detenciones masivas cerca de los estadios, del mismo modo que las hubo para permitir que Irán no quedara excluido del Mundial, a pesar de que Estados Unidos (con Israel) le ha declarado la guerra. En unas cosas la FIFA ha tenido éxito y en otras, como se está viendo, no tanto, a pesar de la estrechísima relación que el presidente del organismo mundial del fútbol, Gianni Infantino, ha fomentado con Trump.
Los Estados Unidos de Trump y la FIFA de Infantino
La candidatura norteamericana, fundamentalmente de EE.UU., ganó en 2018, con ambos, Gianni Infantino y Donald Trump, casi recién llegados a sus respectivas presidencias. Los esfuerzos del mandatario del fútbol por ganarse al estadounidense le han llevado a adular el ego de Trump hasta el punto de crear un sucedáneo del Premio Nobel de la Paz para él, un premio de consolación. Infantino ha estado en el Despacho Oval en innumerables ocasiones, agasajando a Trump siempre con trofeos o copias de trofeos. Dorados, por supuesto. Todo, según Infantino, por el éxito del Mundial que ha empezado esta semana, pero la justificación cojea porque en los cuatro años de presidencia de Biden, con el Mundial ya otorgado a los EE.UU., no se recuerda ningún gesto parecido al del anterior gobierno.
La adulación podría quedar en anécdota, de no ser por otras decisiones que levantan sospechas dentro de la propia FIFA. Infantino ha alquilado para la FIFA un apartamento en la Torre Trump de Nueva York, es decir, la FIFA paga una renta a la familia Trump, los caseros. Infantino ha acompañado a Donald Trump en varios viajes oficiales y ha desconcertado al mundo al verlo en las negociaciones sobre el futuro de Gaza y en la Junta por la Paz, esa especie de sucedáneo de la ONU que Donald Trump ha creado a su medida. En esas ocasiones, Gianni Infantino era el único de la foto que no representaba a ningún gobierno, a ningún país. ¿Qué se traen entre manos Infantino y Trump que no tienen nada que ver con un exitoso desarrollo del Mundial de fútbol?
Tres anfitriones mal avenidos
Otro aspecto político de este mundial es que tiene lugar en tres países y que las relaciones entre ellos, sobre todo entre la sede principal, Estados Unidos, y sus dos vecinos, Canadá y México, han empeorado desde que la FIFA les otorgó este campeonato. Con ambos, el gobierno Trump ha lanzado una guerra comercial con los aranceles, como ha hecho también con la Unión Europea.
El Tratado de Libre Comercio que mantenían los tres países desde 1994 ya se alteró en la primera presidencia de Trump a su antojo. A pesar de ello, de vez en cuando el estadounidense amenaza con romperlo, y la renegociación está en curso según se desarrolla el campeonato de fútbol.
Ángel Badillo, investigador del Real Instituto Elcano, lo plantea así: "El Mundial llega como una plataforma excepcional para proyectar poder blando, pero lo hace en un momento en que la cooperación trilateral choca de frente con una agenda que subordina la estabilidad regional a la competencia geoeconómica –con una balanza persistentemente deficitaria de EE.UU. respecto a sus dos vecinos– y a los intereses políticos internos de Washington (...) Los tres anfitriones se presentan ante el mundo como socios mientras renegocian, casi en paralelo a la inauguración, la continuidad misma de su integración económica".
Además de las tensiones económicas, el presidente Trump ha insultado a sus vecinos. A Canadá, ese socio "tranquilo" del norte, algo así como un buen vecino de rellano, Donald Trump le niega nada más y nada menos que la soberanía, pretende convertirlo en un estado más de los EE.UU. A los dos primeros ministros con los que ha tenido que tratar (que son la máxima autoridad de facto, porque el jefe de Estado oficial es el rey británico), Justin Trudeau y Mark Carney, los llama gobernadores, como si fueran eso, los mandatarios de un estado de los EE.UU.
La agresividad comercial y el insulto han despertado el nacionalismo canadiense. Los vecinos del norte practican un boicot a los productos estadounidenses, y la rivalidad en el hockey sobre hielo (otra vez, deporte y política) ha alcanzado nuevas cotas, con un público en Canadá enfervorizado de patriotismo que llega a la descortesía de silbar al himno de los Estados Unidos. En lo geoestratégico, el gobierno de Mark Carney ha iniciado un proceso para reducir su dependencia de Washington. Lo ha hecho acercándose a China y a la Unión Europea.
En cuanto a México, los insultos vienen de lejos. Desde el mismo momento en que lanzó su primera campaña electoral en 2015, Donald Trump acusa al vecino del sur de "invadir" Estados Unidos mandando hordas de delincuentes, inundando el país de drogas y criminales. Hizo campaña con que el muro en la frontera lo pagaría México, y ha insinuado a veces que acabaría él con los narcotraficantes en México. Con la presidenta, Claudia Sheinbaum, es cortés, pero la desacredita diciendo que no gobierna el país. Políticamente, Sheinbaum está demostrando pragmatismo evitando la confrontación directa con Washington.
El día del sorteo del Mundial, los tres mandatarios, Donald Trump, Mark Carney y Claudia Sheinbaum, coincidieron en Washington y todo fue amabilidad. ¿Servirá este Mundial para limar asperezas y acercar posiciones o será sólo un paréntesis? ¿Qué balance político podremos hacer cuando concluya el 19 de julio? ¿Habrá sido en verdad uno de los más políticos de la historia? Y, ¿cuántas escenas protagonizará el presidente Trump para explotar la audiencia global y el efecto contagio, dejándose ver con equipos y jugadores victoriosos?
Con las gafas de Anna Bosch