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Óscar Martínez, periodista salvadoreño en el exilio: "No es agradable informar para una sociedad que te aborrece"

  • El jefe de redacción de El Faro presenta su libro Bukele, el rey desnudo
  • En él, repasa las facetas más oscuras del líder más querido de Latinoamérica
Óscar Martínez: "Bukele elogiaba a 'El faro', pero cuando llegó al poder, el trato ya no le gustó"

En 2013, el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, tuiteaba lo siguiente: "Si nuestra política es mala, imagínenla si no existieran periodistas". Por aquel entonces, el diario salvadoreño El Faro llevaba más de una década informando y destapando la corrupción de quienes les gobernaban y fue blanco de halagos de parte de aquel político que se definía de izquierdas y que ahora gobierna con mano dura un país en el que el periodismo se ejerce desde el exilio

Óscar Martínez (San Salvador, 1983) es jefe de redacción de El Faro, al que define como el periódico más odiado por Bukele. Atiende a RTVE Noticias desde México, exiliado desde hace años por culpa de ese líder que un día elogió su trabajo y el de sus compañeros. "Cuando llegó al poder y empezamos a vigilarlo de cerca, dejó de hacerlo", relata en su nuevo libro 'Bukele, el rey desnudo' (Anagrama), un perfil en el que, a través de siete capítulos, desgrana la personalidad y manera de hacer del dirigente de El Salvador al que venera la gran mayoría de su pueblo. 

Bukele llegó a la Presidencia en junio de 2019 y hace dos años reformó la Constitución a su antojo para poder ser reelegido. Presume de haber acabado con la violencia en las calles de El Salvador gracias a su mano dura —aunque medios como El Faro han desvelado negociaciones clandestinas con pandillas— y, desde marzo de 2022 gobierna un país en un permanente estado de excepción en el que se han denunciado detenciones arbitrarias, hacinamiento en prisiones, torturas y falta total de garantías judiciales.

PREGUNTA: El Faro trabaja en el exilio y, hace unos días, denunciabáis que las autoridades salvadoreñas habían congelado bienes de dos socios del periódico. Sin embargo, hubo un tiempo en que Bukele alababa tanto vuestra labor como la de otros periodistas. ¿Cómo se ha llegado hasta aquí? 

RESPUESTA: No es tan complicado, le ha pasado a otros poderosos en El Salvador. Uno de los pilares de El Faro es cubrir el poder mientras se ejerce. Cubríamos mucho a la derecha cuando tenía el poder y, cuando llegó la izquierda en 2009, cubrimos a la izquierda, principalmente la Presidencia. Cuando Bukele era opositor —se vendía como un hombre de izquierda— elogiaba los artículos de El Faro donde hallamos corrupción, pero cuando llegó al poder en junio de 2019, lo empezamos a vigilar a él y el trato ya no le gustó. El pacto con el periodismo ya no le satisfizo. Le pareció que vigilarlo era un acto de oposición, no de fiscalización del poder. Bukele es, como muchos otros que han querido el poder absoluto, un hombre que en cuanto lo empezaron a vigilar se olvidó de aquello de los contrapesos, el debido proceso y el papel de la prensa. Luego se fue olvidando de muchas cosas más. 

P: El libro se lo dedicas a los exiliados salvadoreños, pero, cuando hablas de los que se quedaron, de los que están elevando ese índice de popularidad de Bukele, se nota el hartazgo. ¿Qué sientes hacia ese pueblo que venera a quien para ti es un dictador?

R: No es agradable dedicarte a informar para una sociedad que mayoritariamente te aborrece. No puedo negarlo, gran parte de mis compatriotas me detestan [...]. La denuncia de los pactos de Bukele y las pandillas a la gente le ha parecido detestable. Llegó un punto en el que incluso nos insultaban en restaurantes. La gente, no enviados del Gobierno. Ahí te toca recordar que el periodismo a veces tiene que escribir, como decía Martín Caparrós, contra el público. Hay una frase del fundador de El Faro, Carlos Dada, que me gusta mucho: "El periodismo, se debe a sus principios y no necesariamente a sus lectores". La vigilancia del poder, el contraste de la información, la democratización del conocimiento, la apertura informativa hacia una sociedad desinformada. No voy a escribir lo que ellos quieran, pero en parte los entiendo. Los Bukeles del mundo solo cuajan en sociedades desesperadas y la de El Salvador estaba absolutamente desesperada; y estar desesperado es antagónico con reflexionar. 

P: En El Faro habéis desvelado pactos de Bukele con las maras, aunque él sostiene que acabó con la violencia gracias a su política de mano dura y la sociedad salvadoreña confía en su palabra. ¿Cómo mantiene un índice de popularidad tan alto? (Ronda el 80%) ¿No importa a qué precio ha acabado con las pandillas?

R: El tejido social salvadoreño está roto desde los años de la preguerra. [...] Solo así me explico que, por ejemplo, seamos un país que tiene a uno de cada 50 habitantes presos; que haya casi 500 cadáveres que han salido muchos de ellos con señales de tortura, o que los juicios contra los más de 97.000 capturados, según cifras oficiales, sean secretos y que a nadie le parezca una villanía. 

El padecimiento de la señora Juana [madre del político salvadoreño Alejandro Muyshondt, muerto en prisión] cuando le devuelven el cadáver de su hijo, lo padece solo ella, no la vecina. No hay un padecimiento colectivo, ni barrial, ni comunitario, no hay un compartimiento de ese dolor. Lo que ya no hay es pandilleros en las esquinas y a eso lo veía todo el barrio. Cuando fuimos a 14 comunidades —en las que otrora no habríamos podido entrar— a verificar si Bukele había desarticulado las pandillas, nos dijeron 'ya no hay'. Preguntamos si se habían llevado a inocentes y en las 14 nos dijeron 'sí, aquel y aquel'. ¿Y están a favor del régimen? La respuesta fue contundente: sí. 

P: Pero hay cientos de fallecidos en las cárceles y muchas madres que saben o confían en que sus hijos son inocentes. ¿No se empieza a abrir una herida en la sociedad?

R: La herida de El Salvador nunca se ha cerrado. Siempre ha estado sometido a la hiperviolencia. La guerra civil fue cruel, asesina, de un Ejército financiado ampliamente por EE.UU. La posguerra fue una barbarie. El Salvador marcó esa lección terrible para el mundo de que el fin de una guerra no es necesariamente el inicio de una paz. Después vinieron las pandillas y la violencia estatal. Esa gente a la que le devuelven cadáveres con señales de tortura vive en las mismas comunidades donde las pandillas asolaban el territorio. En el barrio donde yo viví nunca arrestaron a nadie, o al menos yo nunca lo vi. Pasaba en barrios empobrecidos.

Después, la gente tiene mucho miedo. Según una encuesta de la Universidad Centro Jesuita, más del 80% aprueba el régimen de excepción y la gestión del Gobierno; pero el 60% cree que por criticar al régimen podía sufrir consecuencias. Es amor con miedo. Y hay otro elemento: Bukele se vende como una especie de mesías, de herramienta de Dios en el mundo en un país con mucha fe, una fe cada vez más evangélica. Y muchos se lo han comprado.

P: Bukele es muy buen publicista, lo mencionas en tu libro, y tanto en España como en otros países, algunos sectores alaban su figura. ¿Qué es lo que gusta de Bukele?

R: En esta sociedad de consumo, de la velocidad, mucha gente cree que sabe cuando no sabe, que es una forma de definir a alguien que es ingenuo, por no decir idiota. Cuando ven un clip del CECOP, piensan que saben quién es Bukele. El cantinero de Tirso de Molina, con el que hablo en uno de los capítulos, estaba convencido —porque había visto dos reels o algo que le salió en YouTube— de que conocía a Bukele y entendía que podía solucionar los problemas de su vida en España. Estamos cada vez más acostumbrados a consumir la fantasía y a pensar que es un reflejo de la realidad y que nos permite comprender algún rasgo de las sociedades complejas en las que vivimos. Si cuando consumís propaganda crees conocer la complejidad de un país, entonces sos un sujeto extraordinario para una dictadura: facilón, simplista, fácil de convencer. Y lamentablemente, aunque no debería ser así, el mundo está sobrepoblado de gente así. 

P: En el libro mencionas que a Bukele "no le han enseñado adjetivos moderados". Habla con grandilocuencias, bromea con ser un dictador, se hace selfies en la ONU, funciona a golpe de tuit y ha construido un personaje que ha puesto a El Salvador en el mapa. También sirve de ejemplo para otros líderes y movimientos y recibe elogios de Trump. ¿Por qué funciona tan bien este tipo de líder?

En el caso de Bukele, porque muestra eficiencia para ciertas cosas. En la democracia hay contrapesos, pero cuando tenés todo el poder es bien fácil resolver algunos problemas. Si Bukele dice en un tuit 'pasaje gratuito mañana', mañana hay pasaje gratuito en el transporte público. Si dice que decreta régimen de excepción y que capturen a quien les dé la gana, al día siguiente hay 7.000 capturados. Si dice que se van a condenar a esas personas porque son terroristas, el juez condena, porque él puso a ese juez. Claro que parece alguien eficiente, pero todos los dictadores lo habían hecho.

Ahora, a quien le guste eso, acuérdese. Cuando un juez condene a tu hijo sin pruebas, no te vayas a quejar, porque eso querías. Cuando un día a tu hijo, que no tenía ni un tatuaje, que no se parece a los del CECOT, lo metan en un juicio colectivo, no digas 'justicia para mi hijo' si no pediste justicia para los demás, no jodas. Vos elegiste eso. Cada quien tiene derecho a estar harto de las imperfecciones de la democracia. Algunos pensamos que la solución es perfeccionarla, intentarlo de verdad; otros pueden pensar que la solución es un dictador. Solo les pido que no sean ingenuos, cuando ese poderoso te muerda, no te podés quejar. 

P: Estás exiliado en México. ¿Cuánto de difícil es contar tu país sin estar en él?

R: No podemos volver desde la publicación el 1 de mayo del año pasado de 'Las Confesiones de Charli", donde entrevistamos a dos líderes pandilleros que fueron socios de Bukele. El trabajo de fuentes es más complicado. Mucha gente te confunde con un opositor y es complicado mantener a esa fuente porque si saben que se relacionan con vos, las consecuencias pueden ser incluso letales. Es bien difícil porque no estás en el territorio que cubres, aunque nosotros hemos conseguido una forma de tener algunos ojos allá, pero si pronuncio cómo, se acabó el encanto. Cubres una geografía y unas dinámicas sociales de un país que ya no existe. El Salvador ya no es el país del que me exilié.

Pero también hay algunas pequeñas ventajas. El exilio salvadoreño es mucho más grande de lo que creíamos y, cuando te reconocen como un igual, consigues fuentes que antes no tenías, pero es una ventaja mínima ante la catástrofe. ¿Cómo se resuelve eso? Con mucha creatividad, todo el tiempo. El exilio es, sobre todo, una de las etapas más agotadoras de mi vida.

P: ¿Y lo de volver, cuándo crees que podría pasar?

R: Voy a volver al país mucho más viejo de lo que estoy, no creo que vaya a ser pronto. No creo que Bukele tenga intención de irse de esa silla dentro de poco. Ya lo dijo, no sé si a forma de broma, que se quiere quedar diez años más; y ya reformó la Constitución para poder hacerlo. Dijo que lo iba a consultar con su mujer y con Dios. Yo creo que le van a decir que sí.