Amal Khalil, 'la mariposa del sur': cronología de un ataque contra la libertad de prensa en el sur del Líbano
- La periodista, de 42 años, murió el pasado 22 de abril tras quedar atrapada en un edificio bombardeado por Israel
- RSF denuncia que se impidió su rescate durante seis horas y califica el suceso como "crimen de guerra"
En el centro del funeral, una mujer se derrumba no sobre un ataúd, sino sobre un casco de protección con la palabra "PRESS" grabada en letras grises. Esa mujer es Zeinab Khalil y ese abrazo es el testimonio del fracaso de todas las convenciones internacionales que prometían que ese casco azul era un escudo, y no una diana para su hermana, Amal Khalil.
Amal, corresponsal de guerra en el sur del Líbano, fue asesinada el pasado 22 de abril por ataques israelíes dirigidos contra el edificio en el que se había refugiado. El bombardeo no solo acabó con su vida, sino que hirió de gravedad a su compañera de profesión, Zeinab Faraj. A pesar de que atacar a una civil y profesional de la información constituye un crimen de guerra, la muerte de Amal se produjo tras una agonía burocrática: Reporteros Sin Fronteras (RSF) y otras organizaciones internacionales rogaron al Gobierno de Benjamín Netanyahu que permitiera la entrada de los servicios de emergencia, pero el Ejército israelí impidió que se le prestara asistencia a tiempo.
Zeinab Khalil recuerda cada segundo de esa tarde como una tortura. Su voz, en una entrevista telefónica con RTVE Noticias, está marcada por la incredulidad de quien ha repasado esa última llamada mil veces en su cabeza. Amal le aseguró a Zeinab que estaba bien, a pesar de que un primer ataque israelí ya había impactado cerca del vehículo a las 14.30 horas, y de que un segundo proyectil había destrozado su coche apenas 20 minutos antes. Le hablaba desde el refugio de una casa de tres plantas, intentando calmar a su hermana mientras el cielo del sur del Líbano rugía. Zeinab buscaba en su tono alguna señal de despedida que no llegó a detectar; Amal, fiel a su entereza, solo quería confirmar que seguía de pie.
Esa conversación de supervivencia, ocurrida a las 16.22 horas, fue el último hilo de voz. Tras colgar, el teléfono de la periodista se apagó para siempre. Lo que siguió fue un silencio absoluto de cinco horas. Un vacío que Zeinab tuvo que llenar con la incertidumbre mientras, al otro lado de la frontera, el Ejército israelí bloqueaba el paso de las ambulancias, sellando el destino de su hermana. No fue hasta seis horas más tarde cuando el Ejército libanés y la Cruz Roja encontraron el cuerpo sin vida de la periodista, según la reconstrucción de los hechos que ha hecho Reporteros Sin Fronteras.
Nuevos crímenes de guerra al atacar a periodistas identificadas
Lo ocurrido se alejó de los parámetros de un incidente fortuito para convertirse en una secuencia de ataques documentados y bloqueos logísticos, según ha denunciado RSF. El análisis de los tiempos revela que la muerte de Amal Khalil se produjo tras una ventana de oportunidad de varias horas en las que la asistencia médica fue neutralizada por la falta de autorizaciones diplomáticas y el hostigamiento militar.
Esta fotografía, difundida por la Defensa Civil libanesa, muestra a voluntarios de la Cruz Roja libanesa y a miembros de la Defensa Civil transportando el cuerpo de la periodista libanesa Amal Khalil. Lebanese Civil Defense via AP
La gravedad de estos hechos ha sido calificada como una vulneración flagrante del derecho internacional. El responsable del Área de Oriente Medio de RSF, Jonathan Dagher, sostiene que el Ejército israelí "cometió presuntamente dos nuevos crímenes de guerra al atacar a periodistas identificadas y obstaculizar las operaciones de rescate".
Según Dagher, "la responsabilidad de estos crímenes recae también en los aliados de Israel, que siguen permitiendo que el Gobierno de Netanyahu los perpetre con total impunidad". El representante de la organización en Beirut ha instado a la comunidad internacional a adoptar medidas firmes para detener la masacre de profesionales de la información en el Líbano y Palestina, exigiendo al Ejecutivo libanés una investigación exhaustiva del crimen ocurrido en su territorio para que se haga justicia con Amal Khalil y el resto de periodistas asesinados en la región.
"La mariposa del sur"
A Amal sus compañeros de profesión la apodaban la "mariposa del sur". "Amaba profundamente su trabajo y tenía una pasión desbordante por lo que hacía. No había nada que la asustara o la detuviera. Para ella, lo importante era llegar a la verdad", explica Zeinab Khalil. Esa pasión la convirtió en mucho más que una reportera. Su hogar se transformó en un refugio logístico para la prensa internacional que llegaba al Líbano. "Nuestra casa era como un centro de operaciones para ellos. Venían a vernos y, desde allí, partían hacia los lugares que tenían que cubrir", recuerda su hermana. Amal era la llave que abría las puertas del sur gracias a una red de contactos tejida con humanidad: "Tenía una conexión muy especial con la gente; todos la conocían y la invitaban a sus casas", añade.
Esa entrega, sin embargo, cargaba de angustia a los suyos. En 2024, Amal recibió amenazas de muerte, un hecho que ocultó a su familia durante dos meses para evitarles el sufrimiento. "Le decíamos: 'Ya basta, no vayas más a trabajar, deja el trabajo, quédate aquí y descansa'. Pero ella siempre tenía ese impulso", confiesa Zeinab. Incluso el 22 de abril, en medio del asedio, Amal mantuvo su papel de protectora. A pesar de haber sobrevivido a dos impactos previos, su voz al teléfono sonaba tranquila. "No quería que nos preocupáramos. Siempre me respondía que estaba bien, tal como hizo aquel último día. Teníamos la esperanza de que ese día también volvería", señala su hermana.
Tras el hallazgo de su cuerpo, el funeral de Amal se convirtió en un acto de resistencia nacional. No fue un adiós privado; fue un duelo colectivo. "Nunca se había visto un funeral así. Vino gente de todo el Líbano porque su pérdida es una tragedia para todos", afirma Zeinab.
Los dolientes portan el ataúd de la periodista libanesa Amal Khalil, quien murió el 22 de abril en un ataque aéreo israelí, durante su cortejo fúnebre en la aldea de Baysariyeh, en el sur del Líbano. AP Photo/Mohammed Zaatari
En el centro de esa tragedia queda su madre, a quien Zeinab describe como una mujer "sabira" —un término árabe que define una paciencia y resiliencia profundas—. Ella es el reflejo de la dignidad de las mujeres libanesas que, tras el estruendo de los aviones, se quedan a recoger los pedazos de un mapa roto. Pero la resignación no es una opción: "No queremos que la sangre de Amal se haya derramado en vano. Exigimos justicia, exigimos una investigación. No nos vamos a quedar callados".
No es un hecho aislado
Para Mohamad Kleit, periodista libanés que compartió diez años de camino con Amal, su asesinato responde a una estrategia deliberada de "borrar cualquier capacidad de registrar crímenes". Amal era peligrosa para la narrativa oficial israelí porque "desmontaba mentiras". Mientras el Ejército afirmaba haber tomado un pueblo o respetado infraestructuras civiles, ella aparecía allí mismo, grabando la realidad desde el terreno.
Kleit describe una ansiedad constante que acompaña cada viaje al sur. "Pensamos que ese puede ser nuestro último viaje, nuestro último momento", dice en una entrevista con RTVE Noticias. Sin embargo, la necesidad de documentar crímenes como el de una familia de cinco personas borrada del mapa en Jibchit es lo que les mantiene allí. "Documentar es nuestra forma de buscar justicia internacional", afirma.
La muerte de Amal Khalil no es un hecho aislado, sino el síntoma de un ecosistema informativo que se desmorona bajo el peso de la impunidad y la táctica militar. Desde octubre de 2023, las restricciones a la prensa se han endurecido drásticamente. En el Líbano, los reporteros no solo han sido desplazados a la fuerza, sino que se han convertido en objetivos directos de la ofensiva israelí, enfrentando amenazas de muerte constantes por parte de su ejército.
Esta represión se enmarca en un contexto regional devastador: entre 2023 y 2026, más de 220 periodistas han sido asesinados por el Ejército israelí en Gaza, de los cuales al menos 70 fueron atacados específicamente por su labor profesional, según la última clasificación mundial de RSF.
El "imán de bombas" y la guerra psicológica
Marta Maroto, periodista freelance en Beirut, señala que una de las consecuencias más tristes de esta política de ataques a la prensa es el miedo de la población civil. El chaleco de PRESS, que antes otorgaba respeto, ahora es visto como un peligro. "Los civiles se alejan porque piensan: 'Si este periodista está aquí, los drones van a disparar a este punto'. Nos ven como un imán para las bombas", explica al otro lado del teléfono.
La periodista vive la guerra como una contradicción constante entre la realidad física que pisa y la narrativa digital que se proyecta al exterior. "Mientras el Ejército atacante publica en redes sociales vídeos de alta resolución grabados desde sus aviones —mostrando la destrucción de barrios enteros como si de un videojuego se tratara—, los periodistas que documentan esa misma devastación desde el suelo son señalados como el enemigo", destaca sobre esa hipocresía técnica que define la cobertura en el Líbano.
Además, define este conflicto como una "guerra existencial" marcada por una tortura psicológica constante como el zumbido ininterrumpido de los drones. "No tienes un momento de silencio para procesar nada. Estamos en un estado de supervivencia constante", relata. La velocidad de la ofensiva ha anulado la capacidad de respuesta emocional de los profesionales. Describe un estado de supervivencia constante.
La táctica de atacar a periodistas se suma al ensañamiento con los paramédicos y los ataques de doble impacto, que buscan romper la estructura de apoyo a los civiles. Según Maroto, existe una intención clara de "romper el mapa del Líbano", desplazando a la población y borrando su identidad, una estrategia que ya ha sido aplicada en Gaza.
Sin embargo, esa precariedad del periodista no solo proviene del fuego exterior. RSF denuncia que los reporteros en el Líbano también sufren intimidaciones y agresiones físicas por parte de activistas de partidos locales. El acceso a zonas controladas por Hizbulá, como el valle de la Bekaa o la Línea Azul, requiere de permisos estrictos en áreas de extrema sensibilidad militar donde "la carretera misma representa un riesgo".