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La alianza insurgente en Malí empuja al Estado a la implosión y desata la violencia: "Lo que hay es, sobre todo, pánico"

  • La caída de Kidal y el asesinato del ministro de Defensa, Sadio Camara, descabezan a la junta militar
  • Una coalición inédita de rebeldes tuareg y yihadistas de Al Qaeda coordina una ofensiva que asfixia Bamako
Malí, condenada a la inestabilidad entre separatistas y la Yihad

"Nada está claro. No sé qué va a pasar. Lo que hay es, sobre todo, pánico", asegura al otro lado del teléfono Fatoumata Harber, una de las voces más valientes de Malí. Ella es bloguera y activista que lleva años narrando la agonía de su Tombuctú natal, pero atiende una llamada de RTVE Noticia desde Bamako. La capital, ese último reducto que se suponía seguro bajo el puño de hierro de la junta militar, ya no ofrece refugio.

El pasado sábado, el miedo volvió a adueñarse de millones de malienses atrapados en un callejón sin salida geopolítico que trasciende sus fronteras. "Mi hija, ayer por la noche estaba llorando; quería que nos fuéramos de Malí. Pero yo le dije: 'Incluso si nos vamos, ¿a dónde iríamos?'". Esa pregunta resume la tragedia de una población que se ha visto envuelta en una ofensiva que vuelve a sacudir los cimientos del régimen militar que gobierna desde 2021. La caída de posiciones clave, el asesinato del ministro de Defensa y una coordinación insurgente sin precedentes —el Grupo de Apoyo al Islam y a los Musulmanes (también conocido como JNIM), afiliado a Al Qaeda, y el Frente de Liberación del Azawad (FLA), un movimiento secesionista del norte del país africano— lanzaron ataques simultáneos contra múltiples objetivos dibujando un escenario de "implosión nacional". Sin embargo, el líder de la junta Assimi Goïta ha asegurado este martes que "la situación está bajo control" y ha pedido a la población que no ceda ante la "división".

Desde el extremo norte hasta el epicentro político del país, la ofensiva se ha extendido como una mancha de aceite por Kidal, Gao, Mopti y Sévaré. Pero ha sido el zarpazo en Kati (a unos 15 kilómetros de Bamako) y el asalto al aeropuerto de la capital lo que ha terminado por romper la sensación de seguridad de la junta. El cierre temporal del aeropuerto y los combates intensos en la sede del Ministerio de Defensa no solo son reveses militares; son ataques a infraestructuras estratégicas que sostienen la soberanía del Estado.

"Se trata de una operación masiva, tanto por su alcance y magnitud como por la extensión de los ataques coordinados", explica Jesús Pérez Triana, coordinador de osintsahel.com, a RTVE Noticias. Para el analista, este nivel de sincronización es el más grave desde la rebelión de 2012, pues demuestra que la insurgencia ha logrado lo que el Ejército no, poder estar en todas partes al mismo tiempo. Mientras las fuerzas de seguridad se dispersaban intentando defender el centro, la alianza insurgente golpeaba el norte, dejando al Estado "gravemente debilitado".

La caída de Kidal

Para entender lo ocurrido el pasado fin de semana hay que mirar 1.500 kilómetros al noreste de Bamako. Kidal, la ciudad de adobe y el corazón palpitante del nacionalismo tuareg, ha vuelto a caer. Para la junta militar liderada por el coronel Assimi Goita, Kidal era el símbolo de su legitimidad. En 2023, su toma fue celebrada con desfiles y retórica soberanista: era la prueba de que, sin Francia y con Rusia, Malí podía recuperar su territorio. Hoy, ese espejo se ha roto.

El Frente de Liberación de Azawad (FLA) ha vuelto a izar su bandera tras una retirada rusa que ha dejado al descubierto las costuras de la nueva alianza de Bamako. "Lo que hemos visto es la demostración de que el apoyo ruso tiene límites muy definidos. Unos 200 efectivos del Cuerpo Africano abandonaron la ciudad tras un acuerdo con los rebeldes. No están aquí para una guerra de ocupación total; están para proteger el régimen, y cuando el coste sube, retroceden" explica Jesús Pérez Triana. Este analista subraya que este repliegue no es un hecho aislado, sino un síntoma de la fragilidad del despliegue del Kremlin: "Este contingente ruso no es una bala de plata. Lo que manejamos es que no van a sostener posiciones indefendibles si el coste en vidas rusas es demasiado alto. Son una fuerza de protección de régimen, no una fuerza de ocupación total".

La salida de los soldados extranjeros, captada en vídeos que muestran convoyes de camiones circulando por las calles arenosas de Kidal, supone para el analista una "humillación para el ejército maliense", que ve cómo se desvanece su único trofeo tangible. La pérdida de Kidal no es solo un revés militar; es la demolición de la narrativa de "liberación" que sostenía a la junta. Sin Kidal, el discurso de la soberanía nacional se queda vacío. Además, Pérez Triana advierte de un fallo sistémico en la defensa del país. "La magnitud y el alcance de la ofensiva en múltiples puntos demostraron una capacidad sin precedentes para coordinar combatientes de diferentes grupos con distintos objetivos. Esto requirió mucha planificación y mucho dinero, algo que la inteligencia maliense simplemente no vio venir", añade.

Esta capacidad de operar "a su antojo", como apunta Pérez Triana, pone de manifiesto un fallo de inteligencia sistémico. "Al atacar Bamako y las bases estratégicas, el JNIM y los rebeldes están enviando un mensaje claro: el Estado es vulnerable incluso en su epicentro", señala Beatriz de León Cobo, directora del Foro de Diálogo Sahel Europa, en una entrevista con RTVE Noticias. Advierte que este despliegue desdibuja la narrativa de control territorial de la junta. Lo que estamos presenciando, según los expertos, no es una serie de ataques aislados, sino una estrategia planificada para paralizar la cadena de mando y demostrar que, hoy por hoy, la iniciativa militar ha cambiado de bando.

Una "unión táctica"

Lo que más inquieta a los analistas no es solo el avance de los separatistas, sino la naturaleza de la ofensiva. Por primera vez en años, los rebeldes laicos del norte (FLA) y los yihadistas vinculados a Al Qaeda (JNIM) han operado como una sola máquina de guerra. Es una alianza que desafía la lógica ideológica pero obedece a una estrategia de asfixia.

La directora del Foro de Diálogo Sahel Europa, señala que esta "unión táctica". "Han encontrado un enemigo común que los une por encima de sus diferencias ideológicas: el actual gobierno militar y la presencia rusa", explica de León Cobo. Una convergencia que ha permitido lo que Jesús Pérez Triana define como una "cooperación abierta por primera vez", rompiendo años de coexistencia ambigua para pasar a una ofensiva coordinada que garantiza la representación de una amplia variedad de comunidades étnicas en todo el país.

Mientras el FLA golpea en el desierto para recuperar su soberanía territorial, el JNIM estrangula el centro y el sur. No solo lo hacen con las armas, sino con una economía de guerra diseñada para ahogar la capital. Han impuesto un cerco a Bamako, controlando las rutas de combustible y alimentos, demostrando que pueden golpear el corazón del Estado a su antojo. El sábado, el mensaje fue visual y devastador: yihadistas en motocicletas patrullando las afueras de Bamako a plena luz del día, ante la mirada de una inteligencia militar que parecía ciega.

Como apunta Pérez Triana, esta coordinación no es casual, asegura que "los ataques en el norte son liderados por el FLA, y los ataques en el centro y el sur son llevados a cabo por el JNIM. Combinan su potencia militar y su número de efectivos para dejar a las fuerzas de seguridad totalmente dispersas". Es una pinza que busca descabezar el liderazgo y paralizar cualquier capacidad de toma de decisiones en un Estado ya gravemente debilitado.

¿Quién queda en Bamako?

Todos los ojos están puestos sobre el Palacio de Koulouba que se ha convertido en las últimas horas en un búnker de incertidumbre. El asesinato del ministro de Defensa, Sadio Camara, con un coche bomba contra su residencia en Kati, a las afueras de Bamako, es un golpe duro para el régimen. Camara no era solo un militar de alto rango; era el arquitecto del eje Bamako-Moscú. Era el hombre que negociaba con los mercenarios, el que gestionaba la llegada del Cuerpo Africano y, sobre todo, el que mantenía la cohesión entre los coroneles de la junta.

"Su muerte crea un vacío de liderazgo absoluto", advierte Beatriz de León Cobo. Para la analista, Camara era el pilar que sostenía la estructura de seguridad actual. Sin él, el nexo con Rusia queda huérfano y la junta, en la práctica, descabezada de su estratega más hábil. A pesar de que el presidente Assimi Goita sigue vivo y al frente del país, su figura se ha vuelto fantasmal.

El silencio sepulcral que mantiene desde el sábado es el síntoma de una parálisis que Fatoumata Harber lee como el preludio: "Creo que no van a continuar. En mi opinión, va a haber un golpe de Estado, si es que no se ha hecho ya". En Bamako, la supervivencia física de Goita no parece ser suficiente para calmar los rumores de una implosión interna. Jesús Pérez Triana coincide en que el impacto de eliminar a una figura como Camara busca, precisamente, "paralizar la cadena de mando y la toma de decisiones". Al asesinar al ministro en su propia casa, en el corazón del poder, los insurgentes no solo han eliminado a un enemigo, sino que han enviado un mensaje de vulnerabilidad total al propio Goita.

El "modelo sirio" y efecto dominó

Siguiendo lo que los expertos llaman el "modelo sirio", los islamistas ya no solo buscan el atentado espectacular para generar terror, sino la construcción de una gobernanza en la sombra. En las zonas que controlan, implementan tribunales de justicia, cobran impuestos y ofrecen una seguridad mínima —aunque sea bajo una interpretación extrema— que el Estado es incapaz de proveer.

Como indica Jesús Pérez Triana, los islamistas están centrados en "consolidar sus logros y ganar influencia política", buscando distanciarse de la etiqueta puramente terrorista para presentarse como una alternativa de poder real. Esta estrategia es mucho más difícil de combatir que un simple grupo de guerrilleros en el desierto; es una lucha por el control social.

Los analistas recuerdan que, tras dos décadas de intervenciones internacionales —desde los drones de EE. UU. hasta los cazas franceses y los instructores rusos—, los yihadistas no solo han sobrevivido, sino que se han expandido. El JNIM está ganando la batalla del reclutamiento, atrayendo a jóvenes que no ven futuro en un Estado que solo les ofrece pánico y precariedad. Para Pérez Triana, este fenómeno demuestra que "no hay una solución puramente militar". Mientras el Estado se debilita, la insurgencia se profesionaliza, ofreciendo un orden alternativo en medio del caos.

Lo que ocurre en Malí no se queda en Malí. Beatriz de León Cobo advierte que estamos ante una "señal de alarma absoluta" para Europa. Si Malí implosiona, el efecto dominó sobre Burkina Faso y Níger será inevitable. El Sahel corre el riesgo de convertirse en un santuario yihadista consolidado. La estrategia de "botas rusas sobre el terreno" ha fallado.

Desde Bamako,  Fatoumata Harber habla "reconciliación nacional", de la necesidad de sentarse a la mesa con los insurgentes, porque la alternativa es la desaparición de Malí. "Estoy como paralizada. No veo una solución si no hay alguien a la cabeza del Estado que abra un frente de reconciliación real", explica. Es la única esperanza para el país africano que se encuentra en una encrucijada histórica.