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Cuatro años de una guerra que busca congelar a Ucrania: "Es más difícil sobrevivir al frío que a los bombardeos"

  • RTVE Noticias habla con ucranianos que relatan cómo afrontan el cuarto aniversario de una guerra que no termina
  • Once millones de ucranianos necesitan ayuda humanitaria en un país que ha perdido el 80% de su capacidad térmica
  • Directo: última hora de la guerra en Ucrania
A cuatro años del inicio de la guerra, los ucranianos continúan luchando contra el frío, la falta de electricidad o los escombros

Eran las dos de la madrugada cuando un estruendo seco y masivo, provocado por el impacto directo de un dron ruso, sacudió los cimientos del edificio y despertó violentamente a Kuzhelnyi Kostiantyn. Fue el pasado 9 de enero, un día que este joven de 25 años ha grabado a fuego en su memoria, y que lo convirtió en una víctima directa y testigo presencial de la invasión rusa sobre Ucrania que este martes cumple cuatro años. Cuatro años de una guerra que ha mutado en su forma, pero no en su crueldad.

Kostiantyn vive en la quinta planta de un bloque de viviendas de 14 niveles en Kiev. En el momento del ataque, el silencio de la noche fue reemplazado por un vacío ensordecedor. No llegó a escuchar el zumbido característico del dron, solo la explosión que lo cambió todo. "Pensé que el mundo se había terminado", confiesa en un inglés fluido al otro lado del teléfono con RTVE Noticias. Desde aquel impacto, su vida ha dado un vuelco absoluto.

Desde aquel fatídico día, su hogar y el de decenas de vecinos carecen de los servicios más esenciales: luz y agua. "Al menos sigo vivo; tres vecinos murieron, uno resultó herido y otros tuvieron que abandonar sus casas", relata con una mezcla de gratitud por su propia vida y un dolor profundo por la de los suyos. En los primeros segundos tras la explosión, el shock lo paralizó. "No supe qué hacer en un primer momento", exclama. Sin embargo, el instinto de supervivencia y de comunidad se impuso rápidamente. Bajó inmediatamente a la calle para ayudar a los vecinos que salían con niños en brazos y el miedo en los ojos. Al mirar hacia arriba desde la acera, vio el horror y cómo las llamas devoraban sin control todas las casas por encima de la séptima planta.

Sin dudarlo, Kostiantyn volvió a entrar en el edificio dañado. "Subí a ayudar para intentar apagar el fuego. En mi edificio vive mucha gente mayor, nos quedamos sin luz y el ascensor ya no funcionaba", relata con la calma de quien ha normalizado lo vivido. Tras una batalla contra las llamas, tuvo que refugiarse porque la amenaza de las sirenas antiaéreas volvió a rasgar el aire, advirtiendo de una segunda oleada. Ese sonido se ha vuelto omnipresente en estos 1.462 días de conflicto. Aunque su casa está dañada y los cristales de las ventanas se hicieron añicos, sigue viviendo allí. Explica con cierta tristeza que en este invierno "ha sido más difícil sobrevivir al frío que a los bombardeos". Este último año, Rusia ha centrado sus ataques masivos sobre infraestructuras eléctricas.

El "invierno negro" y la agonía de las centrales TETS

Este invierno ha sido bautizado por los ciudadanos como el "invierno negro". Según el Ministerio de Energía de Ucrania, se han registrado más de 200 impactos directos en nodos de distribución eléctrica solo en la última campaña de frío. Por su parte, la ONU asegura que el país ha soportado desde el 24 de febrero de 2022 más de 1.500 ataques sistemáticos contra su infraestructura energética.

Este asedio se traduce en una cifra demoledora: la pérdida de más del 80% de la capacidad térmica del país, según informes conjuntos del Ministerio de Energía de Ucrania y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). El 40% de los cortes de luz no son programados, lo que genera una trampa para las personas mayores o con movilidad reducida que viven en las plantas altas de las ciudades.

Kiev es la ciudad de los rascacielos, con la mayor densidad de edificios de más de diez pisos de la región, lo que multiplica el impacto de cada apagón. En enero, el 30 % de los hogares en la zona pasaron más de 24 horas consecutivas sin electricidad de forma recurrente.

"Enero ha sido un mes muy frío, el peor de los últimos diez años. Usamos generadores después de que los rusos atacaran la Central Termoeléctrica de Cogeneración (TETS) de nuestra zona", explica Kostiantyn. En toda Ucrania, no queda una sola TETS —vitales para suministrar calor y luz de forma simultánea— que no haya sido golpeada al menos una vez por la aviación o los drones rusos. "Si el apagón es corto, te duchas con el agua caliente que queda en el termo. Cocinamos con gas, usando bombonas pequeñas para evitar incendios", añade el ingeniero. Es la realidad diaria de 2,5 millones de kievitas que enfrentan cortes de luz de hasta 12 horas todos los días.

Inna Varenytsia: "Lo torturaron y luego lo ejecutaron"

En el céntrico barrio de Pechersk, en la orilla derecha de la capital, la periodista y corresponsal de guerra Inna Varenytsia, de 39 años, vive sola en un pequeño apartamento y ha sufrido en su propia piel la crudeza del invierno. Lleva cubriendo el conflicto en Ucrania desde 2014. "Tenía la sensación de que, si la historia te toca personalmente, es mucho más difícil informar sobre ella. Los ataques rusos a las instalaciones energéticas están siendo devastadores", relata.

El pasado enero, la temperatura en su apartamento osciló entre los -3 °C y los -5 °C. Al no tener calefacción, el frío extremo terminó por reventar las tuberías debido al agua congelada en su interior, provocando que una de las habitaciones se inundara. "Como también tuvimos cortes de electricidad, casi no podía usar calentadores eléctricos. Así que hervía agua en la estufa y calentaba el apartamento con botellas de agua tibia; incluso ponía algunas botellas pequeñas con agua caliente en mi cama", confiesa. En estas condiciones de congelación y oscuridad, llevar a cabo su trabajo periodístico se volvía una lucha diaria por la supervivencia.

Inna Varenytsia, 39 años, periodista visual y corresponsal de guerra.

Inna Varenytsia, 39 años, periodista visual y corresponsal de guerra. Foto cedida por Inna Varenytsia.

Estos días de aniversario le recuerdan el asesinato de su marido, también corresponsal de guerra, durante los primeros días de la invasión en 2022. "Las tropas rusas lo capturaron, lo torturaron y luego lo ejecutaron", explica. Se quedó sola con un niño que ahora tiene cinco años. Inna decidió no abandonar el país, pero para poder seguir informando desde el frente y moverse por todo el territorio, tuvo que sacar de Ucrania a sus padres y al pequeño. "Para mí, lo principal es saber que mis seres queridos están a salvo. Somos de Sievierodonetsk, en la región de Lugansk, ciudad que fue ocupada en junio de 2022", detalla.

Reconoce que contar una guerra estancada tras cuatro años es un desafío constante. "Es mucho más difícil trabajar en esto, porque necesitamos encontrar nuevos ángulos para mantener la atención cada vez; necesitamos a los ciudadanos del país", confiesa, subrayando que detrás de cada dato técnico hay una historia personal de resistencia.

La "crisis dentro de la crisis"

La Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) estima que 11 millones de personas necesitan ayuda humanitaria urgente para este 2026. En su último informe, Humanitarian Needs and Response Plan Ukraine 2026, detalla lo que los expertos llaman la "crisis dentro de la crisis". "Estamos viviendo una guerra de alta intensidad y larga duración. Aunque ya no abramos los telediarios como antes, les aseguro que la situación en Ucrania es de una intensidad extrema", explica Tetiana Stawnychy, presidenta de Cáritas Ucrania, en un reciente encuentro con la prensa en Madrid.

Rusia ha desviado estratégicamente los objetivos de sus ataques: ya no busca solo objetivos militares, sino que busca aliarse con el frío para multiplicar los resultados de sus tropas en el frente. Pero la respuesta ciudadana ha sido la ingeniería de la supervivencia. "Cada uno tiene su forma de proveerse: inversores híbridos, estaciones de carga o soluciones propias. Yo compré una estación de carga y bombillas con batería", cuenta Kostiantyn.

Él mismo lideró una colecta de fondos entre los vecinos para instalar un inversor que mantuviera funcionando las bombas de agua y los ascensores durante los apagones, una infraestructura que para muchos ancianos del bloque es la diferencia entre estar comunicados o quedar sepultados en vida en un piso 12. "Amo mi trabajo. Es difícil hablar de lo que estamos viviendo; me faltan palabras en este idioma (inglés), pero es duro, simplemente muy duro", concluye. "Cientos de miles de familias no tienen acceso a calefacción o agua. Se atacan ciudades densamente pobladas para aterrorizar. Los más vulnerables son los que viven en edificios de gran altura. Imaginen vivir en un piso 15 sin ascensor", señala Stawnychy.

Tetiana Stawnychy, presedenta de Cáritas Ucrania, junto con otras voluntarias de la organización.

Tetiana Stawnychy, presedenta de Cáritas Ucrania, junto con otras voluntarias de la organización atendiendo a niños y niñas. DIVOFF Foto cedida por Cáritas

Irpin: reconstruir el alma y el tiempo comprimido

En ciudades más pequeñas y cercanas a la capital, la energía sigue siendo el desafío que dicta el ritmo del reloj. En la castigada Irpin, vive y trabaja Yana Yermolenko, jefa de prensa de la policía regional. Irpin, junto a Bucha y Hostómel, fue el escudo que salvó a Kiev en marzo de 2022, cuando las fuerzas ucranianas volaron el puente Romanivka para frenar el avance de los tanques de Vladímir Putin hacia el corazón de la capital. "Nací y estudié en Irpin; hoy estamos reconstruyendo activamente las viviendas y la infraestructura; estamos devolviendo la vida a esas comunidades, pero todo esto con la sombra de la guerra", explica esta madre de un niño de 10 años.

Ella percibe infancias robadas y adolescentes obligados a crecer de forma acelerada. "La preocupación constante sobre dónde caerá el próximo dron o misil te añade años a la mirada y al alma por la tensión y la responsabilidad", dice y añade que "aun así, esta generación demuestra una madurez extraordinaria".

Yana Yermolenko vive y trabaja en Irpin.

Yana Yermolenko vive y trabaja en Irpin. Foto cedida por Yana Yermolenko

Su determinación convive con una herida demográfica profunda: 6 millones de personas, en su mayoría mujeres jóvenes y niños, han huido al extranjero desde 2022. Pese a que el peligro no cesa, Yana siente que su percepción de la realidad ha mutado. "El sentido de la urgencia se vuelve constante; es como si el tiempo se comprimiera y cada día fuera más importante. Aprendes a apreciar lo más simple: un café en silencio, dormir sin sirenas, tener agua caliente o recibir un mensaje que diga 'estoy en casa'. Esos momentos cotidianos son ahora nuestra mayor riqueza", reflexiona para RTVENoticias. "Mi sueño personal es un futuro mejor para mi hijo", concluye.

Járkov: el cirujano que opera el frío

Se sostienen unos a otros. De hecho, la solidaridad también viene de quienes más han perdido. En Cáritas, el 40% de los voluntarios son personas desplazadas. "Recibieron ayuda y volvieron para ayudar a otros. Al responder a las necesidades de los demás, están sanando sus propios corazones", dice Stawnychy. Desde Cáritas, advierten que la amenaza ha evolucionado; la "zona de peligro" de los drones se ha extendido hasta los 30 kilómetros de la línea del frente. "Los drones persiguen incluso vehículos de evacuación. Es extremadamente difícil llevar suministros", denuncia.

A solo 30 kilómetros de la frontera con Rusia, en Járkov, el doctor Svurepo Pavel resiste en el hospital regional. No se marchó en los momentos más oscuros para no abandonar el centro sanitario en el que ha pasado toda su vida. Trabaja sobre una realidad que las instituciones oficiales no desvelan; el Gobierno ucraniano no publica bajas, pero el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS) estimó en uno de sus últimos informes que entre 100.000 y 140.000 ucranianos han muerto en estos cuatro años.

A solo 30 kilómetros de la frontera con Rusia, en Járkov, el doctor Svurepo Pavel resiste en el hospital regional.

A solo 30 kilómetros de la frontera con Rusia, en Járkov, el doctor Svurepo Pavel resiste en el hospital regional. Foto cedida por Svurepo Pavel

"Atiendo a diario a heridos, tanto civiles como militares, y a personas con enfermedades causadas por el frío y también por congelación", explica Pavel con la voz cansada. A sus 66 años, reconoce el peaje biológico de la guerra: "Esta situación ha tenido un impacto negativo en mi salud; siento el estrés y noto cómo mi cuerpo está envejeciendo más rápido". Pese al miedo, que dice sentir solo en momentos puntuales, sigue adelante. "Seguimos trabajando porque nadie más lo hará si no lo hacemos nosotros", dice con tono contundente. En su propia casa sufre los cortes de luz programados, pero en el hospital no porque está equipado con generadores y tecnología internacional.

El futuro y la palabra victoria

Mientras la tercera ronda de negociaciones entre las delegaciones de Ucrania y Rusia ha terminado sin acuerdo de paz y los avances se limitan a la verificación técnica de un posible alto el fuego, el agotamiento no rompe la voluntad popular. Según el Instituto Internacional de Sociología de Kiev (KIIS), entre un 60 % y un 70 % de los ucranianos rechaza cualquier concesión territorial a pesar del cansancio extremo.

Kostiantyn se muestra realista ante el papel de la comunidad internacional. "Hay mucha hipocresía por parte de varios sectores, pero también mucha ayuda. No sé muy bien qué esperar de la comunidad internacional, así que no puedo decir que esté decepcionado". Frente a esa cautela, Yana Yermolenko y el doctor Pavel ponen valor a la asistencia técnica recibida: desde la ayuda militar y asistencia humanitaria. Yermolenko también destaca los laboratorios portátiles de ADN (tecnología ANDE) para identificar víctimas rápidamente, torres de iluminación para investigar crímenes bajo el apagón y perros Malinois que buscan vida bajo los escombros. Pavel añade que incluso el transporte gratuito en Járkov es hoy un milagro de la ayuda financiera internacional, aunque pide "asistencia militar de mayor nivel contra la agresión rusa".

La palabra victoria se ha vuelto algo que se construye día a día. Yana, desde Irpin, asegura que "no es solo liberar territorio, sino preservar la fuerza del espíritu y la capacidad de apoyarnos". La esperanza nace de las pequeñas victorias diarias: "cuando se repara una casa, cuando alguien vuelve al trabajo o cuando nos unimos por el bien común". Inna Varenytsia está convencida de que, una vez que "Rusia finalmente retroceda, todo será posible". Y entre los ucranianos, "una vez que llegue la paz, todo el mundo estará feliz de volver a su vida normal".

El cierre de esta cuarta etapa de la guerra lo marca una filosofía de vida rescatada del siglo XX, la de Viktor Frankl. El psiquiatra que sobrevivió al Holocausto es hoy el autor más leído y citado en Ucrania. "Es peligroso ser demasiado pesimista, pero también esperar demasiado del futuro. El objetivo es centrarse en lo que tienes delante y actuar de la mejor manera posible, con una esperanza pragmática", sentencia Stawnychy.