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La nueva vida de cuatro supervivientes de violencia machista en una casa de acogida: "Esto es un hogar"

Reportaje   Las mañanas de RNE  

  • La deslocalización de las víctimas es la forma de garantizar la seguridad de las mujeres
  • "Esto es un hogar y esta es nuestra familia", aseguran todas las mujeres de la casa

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Las mañanas de RNE con Íñigo Alfonso - El hogar de una nueva familia: cuatro mujeres supervivientes de violencia de género

No es fácil dar el primer paso, descolgar el teléfono y pedir ayuda. Pero es, quizá, menos fácil cuando sabes que vas a tener que recurrir a un piso porque tu entorno no te puede proteger.

"Piso" en esta historia es, probablemente, el término menos acertado. "Esto es un hogar". Esta es la frase que repiten una y otra vez las cuatro mujeres que viven en uno de los hogares que gestiona la Fundación Nuevo Hogar Betania. Algunas están lejos de donde nacieron y lo más importante, están lejos de su maltratador, de la persona que les hizo salir de casa sin nada. Es lo que se llama la deslocalización de la víctima y se hace para garantizar su seguridad. Las supervivientes (así les llaman en la casa) suelen derivarse a otras provincias o comunidades autónomas para que estén a salvo.

"Me vi obligada a pedir este tipo de recurso. Hay quien no lo hace porque piensa que esto es diferente. Pero este no es un sitio malo ni en el que vayas a encontrar cosas feas. Al revés, es un sitio donde progresas", reconoce Andrea. Todas las mujeres de este hogar tienen otro nombre en el reportaje. Se mantienen en el anonimato y nadie, ni sus familias, saben dónde está la casa en la que han formado su nuevo hogar.

"Mi hijo es como si tuviera muchas tías y yo como si tuviera dos sobrinos aquí en España", reconoce Angélica. Es de Venezuela y llegó al país engañada por quien le dijo que iba a tener un trabajo de camarera. "Desde que tenía dos meses de embarazo he estado en Nuevo Hogar Betania y esta es mi familia. Yo estaba perdida y mi niño y yo no tenemos a nadie más, solo las tenemos a ellas. Mi hijo no puede ser más feliz, tiene un hogar y tiene familia", explica sonriente.

Las educadoras, parte fundamental del hogar

De esta familia forman parte, por supuesto, las educadoras. Celia es el motor del hogar, lo dicen ellas. Ella es quien las saluda con amor cada mañana y a quien los niños  — que tienen 2 meses, 1 año y dos años y medio — se lanzan a los brazos cuando entra por la puerta. "El piso nos permite crear ese vínculo con los niños y las madres", cuenta Celia. "Nosotras siempre decimos que las casas de acogida son de las mujeres que viven allí y somos nosotras, las trabajadoras, las que vamos a su casa", añade.

Celia y el área de Mujer de la organización son también quienes se encargan de gestionar los regalos cuando llegan los cumpleaños. El de Elena fue hace poco, cumplió 21 años y le esperaba una sorpresa en casa. Volvió después de sus clases de la ESO y allí estaban todas, con comida especial, con una tarta y con los regalos. "Me hizo mucha ilusión, no me lo esperaba. Nunca me han hecho un cumpleaños en condiciones y a estas chicas las quiero mucho. Aquí no tengo que esconderme de nada y cuando salgo a clase o a pasear me dicen que se nota que falto. Soy la alegría de la casa", dice riéndose.

Elena admite que desde que está en la casa ha cambiado mucho. Llegó al piso después de tres años y medio de maltrato del padre de su hija. "Te pega, te pide perdón, se ponía a llorar y luego te lo vuelve a hacer. Lo mío empezó con el embarazo, se ponía celoso hasta de mi hija y no quería ni que saliese", reconoce. "Ese es el ciclo de la violencia del que tanto hemos hablado", apunta Celia.

Te pega, te pide perdón, se ponía a llorar y luego lo vuelve a hacer. Lo mío empezó con el embarazo, se ponía celoso hasta de mi hija

Elena tiene una alegría y una energía que hacen difícil imaginar lo que ha vivido. Su expareja la tenía encerrada en una casa en el campo y lejos de todo. Hoy el escenario es muy distinto. Un hogar con amor, donde se relacionan con respeto y donde siente que es importante para sus compañeras. Su habitación está llena de fotos y quiere que entremos y las veamos. En la pared están todas las ecografías de su hija, la pulsera del hospital de cuando nació, la foto de su hermano pequeño y varias imágenes con su nueva pareja. Nos cuenta que fue él quien la animó a dar el paso y a salir de esa espiral de violencia. No fue fácil, no se atrevía porque su ex la amenazó. "Me dijo que si me iba, me quitaba a la niña por no tener casa ni trabajo. Hasta que me enteré que había sitios como este", concluye.

Denunciar —reconoce Andrea— es muy duro. Ella lo hizo embarazada y cuenta que su pasado le sirvió para ponerle "pronto" la etiqueta al maltrato. "Mi vida ha estado marcada por la violencia, mi madre fue una mujer maltratada psicológicamente y yo sufrí violencia psicológica y física de mi padre hasta que fui mayor de edad y no pude más. Esa es mi realidad. Por eso desde que supe que estaba embarazada tuve muy claro que mi hija no iba a vivir ni un 1% de lo que he vivido yo. No es normal vivir en gritos ni en enfados continuos o insultos. Eso te traumatiza y fíjate, por suerte para mí sucedieron cosas trágicas que me han ayudado a avanzar en ese sentido", cuenta en el sofá de casa.

Un hogar con amor, donde las mujeres se relacionan con respeto y sienten que son importantes para sus compañeras.

Acabamos de comer, hoy había pollo especiado, patatas y ensalada. Esta semana le toca cocina a Karima y a todas les encanta porque dicen que guisa muy rico. Es la única de la casa que no tiene hijos, aunque le apasionan los niños. Es la tita Karima y la hija de Andrea tiene pasión con ella. "Desde el principio son uña y carne, Karima le canta una nana típica de Argelia y la niña se queda dormida", cuenta Andrea feliz, con la certidumbre de que su hija aquí está a salvo. Las dos llegaron a la casa el mismo día. Es un hogar de semiautonomía donde las educadoras solo van unas horas. "Las dos, como el resto de mujeres de la casa, vienen de otro piso en el que hay trabajadoras permanentemente", nos dice Celia. Esas casas son el primer refugio cuando denuncian y no tienen un lugar seguro porque su maltratador las puede localizar.

Son, nos cuenta Celia, recursos diferentes pero adaptados a los distintos momentos del proceso. Talleres de educación emocional, de vida práctica o de estimulación con los niños son algunas de las actividades que hacen por las tardes, pero el proceso va poco a poco dependiendo de las necesidades. Primero las mujeres necesitan un acompañamiento mayor y las educadoras y psicólogas las apoyan en todo lo personal y también en las gestiones burocráticas. La mayoría derivadas por las Unidades de Atención a la Familia y Mujer de la Policía Nacional, por la Guardia Civil o la Policía Local porque la organización trabaja en comunicación constante con los cuerpos de seguridad. "Si tenemos cualquier problema o cualquier duda los llamamos y siempre están disponibles, la verdad", afirma Celia.

12 horas en el hogar

Llevamos en este hogar doce horas. Doce horas en las que hemos acompañado a Angélica a dejar a su niño a la guardería y después a su curso de estética. Doce horas en las que hemos ido a recoger a la niña de Elena porque en su clase hay un virus del estómago y su madre estaba en el instituto. Doce horas en las que hemos comido, merendado y sobre todo charlado. ¿Has venido desde Madrid solo para hablar con nosotras?, pregunta Elena sorprendida.

"Pues yo quiero decir que falta educación y que hay muchos prejuicios", añade Andrea. Le queda una asignatura para terminar Pedagogía pero ahora no tiene la cabeza en ello. "Con la niña con dos meses ahora es complicado, pero algún día la terminaré porque soy muy buena estudiante", nos cuenta. "Pues yo quiero decir que los prejuicios yo también los he vivido en una cita médica. Cuando le dije a la doctora que vivía en un piso de acogida me contestó que no lo parecía por mi manera de vestirme y yo me quedé como sorprendida. ¿Cómo tengo que vestir yo por vivir en un hogar como este? Las mujeres que estamos aquí hemos tenido una vida como todos, pero por circunstancias nos toca empezar de cero y pedir ayuda.

Una ayuda que —añade Andrea— le hizo sentir culpable. Sientes que estás alejando a tu hija de su padre y a su padre de su hija, pero algún día espero que entienda que lo hice por ella.

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