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Festival de San Sebastián

Fernando Trueba: "La primera responsabilidad del director no es con la realidad, el público o su carrera, es con el cine"

  • El cineasta cierra el festival con El olvido que seremos, emocionante adaptación del libro de Héctor Abad Faciolince

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Fernando Trueba, en el Festival de San Sebastián. EFE

El mejor Trueba se ha reencontrado en Colombia. Su adaptación El olvido que seremos (el libro en el que Héctor Abad Faciolince recuerda a su padre Héctor Abad Gómez, médico y activista de la salud pública asesinado en Medellín en 1987) ha emocionado en San Sebastián, abrochando un cierre hermoso para el certamen.

Javier Cámara vuelve a dar un magisterio y desaparece para convertirse en un héroe real, pero El olvido que seremos sobre todo es la historia del amor entre un padre e hijo y un canto de celebración a la vida.

Trueba, que siempre ha defendido que no se le puede pedir más al arte, regresa al espíritu de algunas de sus películas más queridas. En San Sebastián, tras seis meses sin apenas pisar a la calle, atiende a RTVE.es con la extrañeza pandémica, pero con la satisfacción de una cinta que ya obtuvo la selección para el Cannes que no pudo ser, representará a Colombia en los Oscar, y espera aún tiempos mejores para su estreno en salas.

PREGUNTA: Es curioso cómo las películas se resignifican en su estreno. Héctor García Abad era un médico obsesionado con la salud pública y con que la gente se lavase las manos para no enfermar.

RESPUESTA: Recuerdo que había gente que me decía: “¿Vas a rodar otra vez una escena en la que se lavan las manos? Esto lo cortarás luego”. Y fíjate dónde estamos.

P.: ¿Cuál fue tu primera impresión del libro de Héctor Abad Faciolince?

R.: Lo había leído y me había encantado. Lo he regalado mucho antes de que nadie me propusiese hacer una película: en español, en francés, en inglés y hasta en portugués. Era de esos libros que regalas porque quieres que lo disfruten, y lo sufran también en este caso. Pero nunca había pensado en él como película, como tampoco Héctor Abad Faciolince lo había pensado porque para él no es una broma: es su padre perdido y un trozo de su vida que tardó 20 años en poder escribir. Y lo hizo cuando sintió que estaba empezando a olvidarse de su padre y pensando en sus dos hijos, que no habían conocido al abuelo.

P.: En ese sentido, ¿te pesaba un poco contar algo tan personal de alguien que has conocido?

R.: En eso ha sido una película muy especial, que no se parece en nada a lo que había hecho antes. Conocía a todos los personajes, he cenado con ellos, menos con uno, que ha muerto. Esa interferencia de la realidad y la ficción es muy curiosa.

Pero desde que acepté la película me he dicho que la primera responsabilidad de un director no es ni con la realidad, ni con el público, ni consigo mismo, ni con su carrera. La primera responsabilidad es con el cine. Con los años he llegado a la conclusión de que haces películas para el cine. Leonard Cohen hacía una metáfora en “Tower of song”, donde cada una de sus canciones son ladrillitos en esa torre de la canción eterna e infinita. Y en el cine me siento un poco así: cada uno vamos aportando nuestro granito de arena.

La primera responsabilidad del director no es con la realidad ni con el público, es con el cine

R.: Contabas hace tiempo que cuando eras adolescente e ibas a vendimiar a Francia conociste a un pastor evangelista que te impresionó porque era puro ejemplo, humilde y no daba lecciones. Es algo que tiene Héctor Abad.

R.: Es verdad, August. Madre mía, ¿conté yo eso? (risas). Es totalmente cierto: siempre he admirado a esa gente tan íntegra, capaz de darse sin medir, sin calcular. Es algo bonito y hay gente que lo tiene, incluso mucha gente anónima que no va a salir en los periódicos, pero lo practica cada día, trabaja para los demás y hace cosas por los demás. Es curioso: cuando haces cosas por los demás en el fondo uno también las hace por sí mismo.

Acabo de terminar la última novela de Emmanuel Carrère, que es la historia de una gran depresión personal que en su máximo momento le lleva a irse a una isla cercana a Lesbos para ayudar, porque se da cuenta de que hay problemas suyos que no son reales, pero hay problemas reales que son objetivos. Y mejor que mirarte tanto la nariz puedes ir a ayudar a donde quieras. Me impresionan este tipo de historias.

P.: En la película se dice en un momento: “ningún problema es de los demás”. ¿Crees que hemos aprendido algo en la pandemia? ¿Algo sobre la importancia de lo público o repensar lo común al menos?

R.: Soy una mezcla de pesimista y optimista, de esperanzado y escéptico. En la primera ola se decía que íbamos a aprender mucho, y ahora estamos en la segunda y lo que constatamos es que no hemos aprendido nada. Intento no perder nunca la esperanza del todo, pero también me hace ser escéptico: el hombre es el único animal capaz de tropezar quince veces en la misma piedra

P.: ¿Nos iría mejor con más personas como Héctor Abad a los mandos?

R.: Sí claro, la gente como Héctor Abad habría que clonarla. La gente que rescata a los que se ahogan y cura a los enfermos. Es la gente que cuenta, la que necesitamos. Lo que es alucinante es que hay gente que se lucra y se hace infinitamente rica en las guerras, en las pandemias, o en las hambrunas. Y hoy en día se ha legalizado eso: que puedas forrarte con las desgracias de los demás. Nadie se plantea que eso, incluso si no lo haces de manera delictiva, ya es de por sí un delito. Si tú inventas algo por tu talento y ahora que hay una pandemia te forras con eso, para mí, moralmente es un delito.

P.: La originalidad del libro y la película es que es una historia de amor absoluta entre un padre y un hijo, una auténtica devoción.

R: Sí, para mí lo principal es que no era tanto una película política o social. Era la historia de amor de un padre y un hijo. Es lo que más me atraía. Y esa burbuja familiar de felicidad de amor. Eso me gustaba mucho y es uno de los temas que me son más queridos.

P.: El olvido que seremos conecta mucho con tu vida y cine: es el retrato de una familia numerosa, cariñosa y feliz entre tanto alboroto.

R.: Me ha pasado haciendo esta película, que es una historia colombiana y la historia de otro, que tenía la sensación que estaba rodando escenas de otras películas, de Belle Époque, de Ópera prima. Y eso es bonito. En La niña de tus ojos también hay un núcleo que es un equipo de rodaje. Y luego está otro tema que me gusta: la relación de un joven y un mayor, sea padre o no, esa cosa de iniciación de maestro y discípulo, de alguien que te transmite. Al final uno tiene una paleta de colores limitada y una serie de temas recurrentes. Unos pintan naturalezas muertas, otros paisajes y otros retratos.

Es una historia combiana y de otro, pero tenía la sensación de que rodaba escenas de otras películas mías

P.: El estilo entonces son las limitaciones.

R.: Sí, al final uno es sus limitaciones. Pero tienes que ser igual de ambicioso: hacerlo lo mejor posible. Pero aprendes a conocerte. El otro día veía un documental de Jean Renoir y decía dos cosas aparentemente contradictorias: que cuando haces una película tienes que intentar que cada plano sea el mejor posible, y, por otro lado, que lo más importante no es el resultado sino el proceso y aprender a ser feliz haciendo algo. Renoir tiene una frase famosa, que estoy seguro que han dicho antes mil veces: el arte es hacerlo. Lo otro es el testimonio, el objeto final que se puede apreciar, pero el arte es el proceso de hacerlo.

P.: Renoir también decía que lo que definía el cine era el público. ¿Ha cambiado mucho el público? ¿Es menos cinéfilo que hace 40 años?

R.: Sí, el público ha cambiado y la relación con el cine también ha cambiado. El cine fue el gran espectáculo del siglo XX. La gente más humilde podía ir a una sala de cine y ver una historia maravillosa que ocurría en un lugar lejano. Hoy en día la gente tiene demasiadas cosas a su disposición y ya no hay ese puntito de aventura, de huida de la realidad, que tenía ir al cine. Creo que somos cada vez más consumistas y se ve el cine de otra manera, más consumista, más compulsiva. Como todas las demás cosas: estamos en una sociedad de consumo exacerbado.

Pero también depende de nosotros lo que conservamos. Intento conservar mi manera de amar el cine y lo que me gusta de estos tiempos es que todos podemos tener una filmoteca en casa. A veces no hay que quejarse de la época sino de nuestra actitud. Y de si conseguimos hacer las cosas de la mejor manera posible.

P.: La promoción de La reina de España fue una tortura por tus declaraciones, precisamente aquí, en San Sebastián. ¿Te ha hecho reflexionar sobre el impacto de frases sacadas de contexto? ¿Tienes más cuidado?

R. Intento que no, pero estoy seguro de que sí lo tengo. Lo pienso más. Me doy cuenta de que estamos en una sociedad que es mucho más peligrosa en ese sentido. Hay mucho insulto, mucho vociferio, mucho ruido, caos, desorden. De eso hay que intentar protegerse y apartarse.

Hay que intentar protegerse y adaptarse del insulto, vociferio, ruido y caos

P: Antes decías que te interesaba la relación maestro y discípulo. ¿Ejerces de maestro?

R.: Bueno, intento hacer la mejor película posible cada vez y eso tiene un porcentaje de transmisión de cosas subliminales. Pero también hay que ser modesto: una película es una película.

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