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Los derechos humanos se pierden los Juegos Olímpicos de Sochi

  • La corrupción y explotación de trabajadores enturbian las obras faraónicas
  • Líderes como Obama, Hollande y Merkel no asistirán a la inauguración
  • Las ONG piden a Putin que derogue las leyes restrictivas de derechos humanos

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Protesta global contra la homofobia en Rusia a pocos días de los juegos de Sochi

Los zares rusos fueron los primeros en fijarse en la apartada Sochi como lugar de retiro, pero fue tras la revolución de octubre cuando Lenin vio en esta pequeña ciudad del Mar Negro el oasis perfecto para los agitados revolucionarios.

El líder comunista declaró que toda la costa alrededor de Sochi, incluyendo las curativas aguas ricas en sulfuros de Matsesta, se abrieran al proletariado ruso. Ministerios, cuarteles, sindicatos y fábricas construyeron allí casas y resorts de recuperación para sus empleados. "Palacios para el proletariado", que todavía hoy pueden visitarse.

Después de que Joseph Stalin instalara allí su ‘dacha’ favorita, Sochi vivió su época dorada como ciudad-balneario. Proliferaron los complejos turísticos destinados al descanso, conocidos como sanatorios, y pensados para recompensar el trabajo duro de reconocidos sectores de la sociedad soviética. Los obreros metalúrgicos se alojaban en el sanatorio Metallurg, los mineros en el Ordzhonikidze, y la élite del partido comunista en el Rossiya.

Más recientemente el presidente Vladímir Putin y el primer ministro Dimitri Medvedev han hecho también de la oficiosa capital veraniega de Rusia su templo del relax.

Todos los inviernos eran iguales en Sochi. La Florida rusa dormitaba junto al Mar Negro y abrigada por las montañas del Caúcaso preparándose para recibir con la calidez del verano a tres millones de turistas. Hasta hace siete años. cuando el síndrome faraónico de Putin revolucionó la ciudad para hacer realidad el viejo sueño del gigante euroasiático, que no celebra un evento similar desde los discretos Juegos Olímpicos de Moscú en 1980.

Corrupción, explotación y expropiaciones

Este viernes la ciudad dará comienzo a los Juegos Olímpicos de Sochi, los más caros de la historia. Se calcula que las autoridades han invertido unos 51.000 millones de dólares (unos 37.000 millones de euros) en convertir el envejecido y soleado centro turístico de Krasnaya Polana en un moderno resort olímpico de invierno, superando los 40.000 millones de dólares de los JJ.OO. de Pekín, y triplicando el costo de Londres 2012.

Pero el verdadero precio de los Juegos, según denuncia la oposición al Kremlin y organizaciones como Human Rights Watch, se ha cobrado en sobornos, expropiaciones forzadas, explotación de trabajadores y daños medioambientales.

Boris Nemtsov, ex viceprimer ministro ruso y devenido crítico del Kremlin, ha calculado que cerca de 30.000 millones de dólares (22.000 millones de euros) se han desviado para enriquecer "a los oligarcas y empresas cercanas a Putin". El Comité Olímpico Internacional ha dicho que investigará la supuesta malversación de fondos, pero ha asegurado no tener motivos para sospechar de Rusia, un país que se encuentra entre los 50 más corruptos del mundo según el índice de Transparencia Internacional.

La transformación de la urbe costera, de unos 340.000 habitantes, en una ciudad olímpica con estadios futuristas, centros deportivos de vanguardia, lujosos hoteles y sistemas modernos de transporte y telecomunicaciones en un tiempo récord ha sido posible, según HRW, a costa de los abusos laborales de trabajadores migrantes y de las expropiaciones forzosas de familias, que todavía hoy se hacinan en albergues a la espera de que el Gobierno las realoje.

Jornadas de doce horas con pocos días de descanso y salarios ridículos para construir un inmenso y lujoso parque olímpico de invierno enmarcado por palmeras subtropicales. La organización recopila en un informe una serie de entrevistas con más de 60 obreros, la mayoría de Armenia, Kirguistán, Tayikistán, Uzbekistán y Ucrania, que relatan cómo los contratistas les engañaron y explotaron. En muchos casos no les pagaron nada, e incluso les confiscaron sus pasaportes y sus permisos de trabajo.

Putin espera que estos Juegos legitimen su posición de líder supremo de Rusia, unan a la sociedad y exporten la imagen de una Rusia moderna que ha superado los sombríos años que siguieron al colapso de la Unión Soviética. Pero corre el riesgo de que se conviertan en un símbolo de los problemas del país y, si algo saliese realmente mal, es su credibilidad personal la que está en juego.

"Me gustaría que los participantes, los seguidores, los periodistas y todos aquellos que vean los Juegos por televisión aprecien una nueva Rusia, y que se fijen en su rostro y en sus posibilidades, que dediquen una mirada fresca y sin prejuicios al país", ha repetido Putin a los medios extranjeros y rusos en Sochi.

Sochi, ciudad libre de gays y blasfemos

Barack Obama, François Hollande y Angela Merkel son algunos de los líderes mundiales que han anunciado que no acudirán a la ceremonia de inauguración, aunque sí han enviado delegaciones, cumpliendo así en parte las llamadas al boicot de las organizaciones de defensa de los derechos humanos por la aprobación de leyes homófobas y restrictivas de la libertad de expresión, reunión y asociación.

Desde junio de 2013, la "propaganda de relaciones sexuales no tradicionales entre menores” está penada con una multa de 3.000 euros. "Esta ley incrementa los ya altos niveles de discriminación y hostigamiento a los colectivos de homosexuales, lesbianas, bisexuales, transexuales e intersexuales en Rusia", según Amnistía Internacional.

Putin ha dicho que los atletas gays serán bienvenidos siempre que no difundan consignas homosexuales y se adapten a las costumbres de Sochi, una ciudad donde, según su alcalde, Anatoli Pajomov, no hay homosexuales. 

Con mayor castigo, hasta tres años de cárcel, se persiguen las ”ofensas a los sentimientos religiosos” desde el pasado verano, cuando el parlamento aprobó la Ley sobre la Blasfemia como respuesta directa a la actuación del grupo punk Pussy Riot en la principal iglesia ortodoxa rusa de Moscú.

Y después de los Juegos, ¿qué?

En los últimos meses de 2013, Putin ha tenido algunos gestos para suavizar la presión sobre su gestión. En diciembre el Parlamento aprobó una ley de amnistía, que dejó en libertad a las Pussy Riot, cuando casi había cumplido íntegra su condena, y a los activistas de Greenpeace encarcelados por su protesta en el Ártico.

Pero esas señales de apertura son solo eso, señales. Este mismo lunes un activista medioambiental fue detenido en Sochi por protestar contra la deforestación y la construcción y el cercado ilegales en zonas de bosque protegido de los alrededores de la ciudad olímpica.

“La preocupación es qué pasará con la sociedad civil después de la clausura de los Juegos Olímpicos, cuando el foco internacional se haya ido”, advierte el director adjunto del programa de Amnistía Internacional para Europa y Asia Central, Denis Krivosheev.

Según una encuesta publicada este miércoles por el grupo de investigación Levada, el 47% de los rusos creen que la corrupción ha disparado el coste de los Juegos y un 43 % se opone a que Rusia acoja unas Olimpiadas de verano.

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