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Chistes, abrazos y sombreros: La otra crónica del partido

  • Las vuvuzelas y las estrellas recuerdan el sabor del Mundial
  • Las gradas se llenaron de color en un partido que fue una fiesta

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El sonido ensordecedor de las vuvuzelas y las estrellas en las camisetas, que acreditan la condición de campeón del mundo, recordaron hoy a España su éxtasis de Sudáfrica en el amistoso con el que México celebraba el bicentenario de su independencia y los españoles su primer mes como reyes del fútbol.

Un chiste que circula estos días por tierras mexicanas le echa la culpa al cura Miguel Hidalgo de que el país norteamericano no haya sido este año campeón del mundo, ya que el considerado Padre de la Patria encabezó la guerra de independencia que puso fin a tres siglos de dominio español.

Olvidadas viejas rencillas, México tributó un merecido pasillo al campeón del mundo a su salida al césped, pese a que no es costumbre en el país, y el público ovacionó a la selección de Vicente del Bosque cuando apareció con la copa del mundo en manos del capitán Iker Casillas.

Además hubo abrazos, como el que se dieron en el centro del campo los hasta hace unos días compañeros en el Barcelona Rafa Márquez y Víctor Valdés cuando los dos equipos salieron a calentar cuarenta minutos antes del choque.

También calentaba el sol al sur del Distrito Federal, donde el partido comenzó a la hora de comer -las 15.00 (20.00 GMT)- aunque como es habitual en estas fechas la lluvia hizo acto de presencia por la tarde y refrescó el ambiente.

En el equipo titular de México figuraban, además de Márquez, otros cuatro hombres que juegan o lo han hecho en España; el ex sevillista Gerardo Torrado, el deportivista Andrés Guardado, el que fuera jugador del Barcelona Giovani Dos Santos y Carlos Vela, que militó en Osasuna.

Ya en los alrededores del estadio la marea verde era arrolladora. México jugaba en casa y además tiene el récord de ser la selección que más camisetas ha vendido en el mundo (1,2 millones en total). A pesar de ello, los aficionados españoles lucían con orgullo las camisetas y banderas -toro incluido- del vigente campeón del mundo.

Alrededor de 3.500 policías vigilaban los accesos al Azteca, mientras que jóvenes de los dos países hacían cola para fotografiarse con Manolo "El del Bombo", el talismán de la selección, quien en los prolegómenos del partido saltó al campo y besó el césped del Azteca en el círculo central.

No faltaban quienes, con el corazón dividido, llevaban las banderas de los dos equipos en sus bufandas, camisetas o sombreros.

En el interior del Azteca, los campeones del mundo saltaron a reconocer el césped una hora y media antes del partido para plasmar en sus teléfonos móviles su primera visita al único estadio en el que se han disputado dos finales de un Mundial.

Mientras David Silva fotografiaba en el centro del campo a un grupo de compañeros, jugadores como Xavi Alonso grababan una panorámica de las gradas en su teléfono y Sergio Ramos se concentraba oyendo música con unos enormes auriculares blancos.

El capitán del equipo, Iker Casillas, ya reconoció el martes que era un honor jugar en un campo tan "emblemático" como el Azteca, donde los buenos aficionados aún recuerdan a la Brasil de Pelé que maravilló en los setenta y la exhibición de Maradona en la Copa de 1986 en la que, con la ayuda divina, humilló a los ingleses.

Una placa recuerda en el interior del estadio el segundo gol del astro argentino, en el que regateó a todo el que salía a su paso, aunque a pocos metros otra está dedicada al que define como el gol más bello del mundo, el que le metió ese mismo año el mexicano Manuel Negrete a Bulgaria en los octavos de final del Mundial.

Las más de cien mil personas que llenaron el Azteca se divirtieron animando a ambas selecciones y, a falta de buen fútbol, decidieron poner en práctica en las gradas la ola que ellos mismos inventaron durante dicha Copa del Mundo