Terapia asistida contra la soledad: Frida, la perra que devuelve las sonrisas en una residencia de Zaragoza
- La soledad no deseada afecta a uno de cada cuatro mayores en Aragón
- Las sesiones de terapia asistida mejoran la movilidad y la memoria de los internos mediante el vínculo con el animal
La sala principal de la Residencia Aedes de Zaragoza se llena a diario. Trabajadores, familiares que están de visita y los propios residentes conviven en este espacio. Hay quien lee o mira la televisión, otros duermen o simplemente piensan. Sin embargo, en cuanto Frida asoma el hocico por la puerta, sus caras se iluminan y aparecen las sonrisas.
Es un movimiento instintivo: algunos se levantan para recibirla y otros se agachan desde sus sillas para poder acariciarla. Frida no es cualquier visita. Es una perra de intervención asistida, una profesional de tres patas entrenada para ayudar a potenciar las capacidades cognitivas y motrices de los mayores.
Su labor es fundamental para la mejora física y mental de los residentes, pero, sobre todo, para combatir la soledad no deseada. Según los datos de la "Estrategia para afrontar la Soledad No Deseada de las Personas Mayores en Aragón 2025-2028" elaborada por el Gobierno autonómico, existe un consenso global que define este sentimiento como una "epidemia silenciosa", una realidad que ya afecta al 25% de los mayores de la comunidad. En Aragón, 79.890 personas mayores de 65 años viven solas en sus hogares y 19.212 residen en centros geriátricos.
Para ellos, Frida es la razón por la que merece la pena esforzarse un poco más. Sin embargo, esta labor va mucho más allá de un encuentro afectuoso. La psicóloga especialista en terapia asistida con animales Ana Castillo insiste en la necesidad de "diferenciar una visita de un perro al que puedes acariciar un par de veces de una intervención asistida en la que hay una parte de terapia". Es un proceso que exige una "consecución de objetivos" y una "coordinación multidisciplinar con el resto del equipo de la residencia".
Por eso, la técnica-especialista en intervenciones asistidas con animales y dueña de Frida, Pilar Herrero, visita la residencia tres veces al mes, pero siempre bajo el criterio de la terapeuta del centro Silvia Requeno: "Ella es la que está con ellos todos los días, la que dice 'pues esta persona está así o le vendría bien tal cosa'", cuenta la técnica.
Requeno es testigo de cómo Frida consigue una mayor disposición en los mayores: "Hay residentes que si yo les propongo movimientos o ejercicios no quieren, pero con Frida sí; ella es su motivación", explica.
Activar las manos y los recuerdos: cómo es una sesión por dentro
Cada sesión arranca con una ronda de saludos y caricias. Así, usuarias como María Pilar, Trini, Santi o Flora pueden peinarla y darle cariño. Como explica Castillo, lo primordial es que el animal "ayuda a vincularse e interactuar con el residente". Tras este contacto inicial, se realizan actividades que proponen retos cognitivos mientras juegan con Frida.
Juegos como el bingo de figuras o sumar con las cartas del UNO les ayudan a mantener la atención y ejercitar la memoria. Otros días hacen ejercicios de psicomotricidad: levantan las piernas para que Frida pase por debajo o emparejan calcetines para mover las manos. "También jugamos a los bolos. Tiran una pelota de trapo y Frida la recoge y se la da. Se ríen mucho cuando la ven corriendo por ahí", cuenta Herrero.
Trini y Santi jugando al bingo de figuras en la residencia TALÍA BENEDICTO ROMERA / RTVE
Además, se trabaja la conducta social, como sostiene Castillo: "Ayuda a respetar el turno o mostrar interés por la vida del otro", rompiendo la "mirada egocéntrica" que a veces genera el aislamiento. Finalmente, rescatan vivencias pasadas a través de la terapia de reminiscencia. "A través del estímulo sensorial de ver o tocar al perro, les lleva a un recuerdo que está un poco en decadencia", explica. A partir de esa emoción, las residentes empiezan a "hilar la sesión" y a compartir historias de su infancia o de sus padres.
“El contacto físico y la expresión del cariño se pierden con la soledad. En el momento en el que empiezan a conectar con el perro, todo vuelve a salir de forma natural“
Para Requeno, la clave es que con la perra trabajan a nivel cognitivo "sin que sientan que es una tarea aburrida". Esta motivación es la que permite que las residentes se abran; la psicóloga sostiene que "el contacto físico y la expresión del cariño se pierden con la soledad. En el momento en el que empiezan a conectar con el perro, todo vuelve a salir de forma natural".
Castillo reconoce que estas sesiones "no van a sustituir nunca a los familiares que ya no están", pero resultan fundamentales para romper el aislamiento. Al generar esa conexión y saber que la perra va a volver, se crea una "sensación de compañía" que les devuelve "un propósito y una ilusión". Es un vínculo que, según la psicóloga, "les llena emocionalmente" y les permite afrontar su realidad en la residencia con una nueva motivación.
María Dolores, residente, emparejando calcetines durante la terapia TALÍA BENEDICTO ROMERA / RTVE
El efecto Frida
María Dolores tiene 87 años. Ella cuenta emocionada que le encanta que venga Frida porque "es una perra muy cariñosa" y disfruta de todas las actividades que hacen juntas. La presencia de la perra le devuelve imágenes de su infancia y de un cachorro que tenía entonces, llamado Valiente. Entre risas, recuerda lo divertido que era jugar con él: "Le echabas pan y le decías: este para los ricos, y se lo comía; este para los pobres, y también se lo comía".
Para Rosario, que tiene 89 años, el vínculo es de ida y vuelta: le encanta cuando Frida llega a la residencia y está convencida de que a la perra también le gusta llegar para estar con ella. Mientras le pide un beso que Frida le da enseguida, Rosario explica que lo que más le gusta es lo cariñosa que es y que "se deja hacer de todo". Su prioridad absoluta es que la perra reciba sus "chuches" y le recuerda constantemente a Pilar que no se olvide de darle su premio. Mientras está con ella, sus dolencias pasan a un segundo plano; se olvida de ellas, aunque solo sea un rato.
“Paulina suele estar muy paradita, muchos días llora porque dice que le duele todo, pero ve a Frida y sonríe“
Sin embargo, el impacto más grande y silencioso se ve en residentes como Paulina. A sus 82 años, apenas se mueve y el silencio suele ser su única respuesta. Requeno explica que es una de las personas que más se resiste a los ejercicios convencionales. Pero con Frida, el muro desaparece: "Paulina suele estar muy paradita, muchos días llora porque dice que le duele todo, pero ve a Frida y sonríe", cuenta Herrero.
Paulina, residente de Aedes, acariciando a Frida TALÍA BENEDICTO ROMERA / RTVE
En esos momentos, Paulina hace el esfuerzo de levantar el brazo para peinarla o acariciarla. En sus mejores días, la presencia de la perra incluso le devuelve la voz y se anima a contar historias de su vida y, en los peores, Frida simplemente se queda ahí, haciéndole compañía.
De la calle a la terapia: la historia de Frida
Frida no siempre ha sido una perra de intervención asistida. En 2021, la protectora Sonrisa Animal de Utebo (Zaragoza) la encontró en muy malas condiciones. Tenía una gran lesión en una pata y estaba muy delgada: "Le debió de caer algo y le atrapó la pata. Los que la tenían no le hicieron ni caso y cuando la llevamos al veterinario decidió que se la tenía que amputar", explica su dueña.
Su llegada a casa de Pilar Herrero fue casi por azar. Como estaba recién operada, Frida no podía estar en un chenil y ella se ofreció para tenerla de acogida. "Yo vivo con una persona [a la] que no le gustaban nada los perros, pero le dije: podemos probar un fin de semana. Probamos y desde entonces ya no ha salido". A partir de ese momento, comenzó a educarla. Frida ladraba mucho y no sabía ir con correa: "Acabé con heridas en las manos de lo que estiraba", detalla.
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Pero cuando a Herrero le surgió la oportunidad de formarse como técnica, tuvo claro que era un trabajo para ambas. "A la vez que yo estaba estudiando, le iba enseñando cosas. Frida es perra de terapia certificada, pasó su examen también". A base de constancia y cariño, la técnico consiguió una perra estable, que nunca tiene malas reacciones, algo necesario para la terapia: "Aunque alguien le apriete, por ejemplo, una oreja sin darse cuenta, ella no va a reaccionar".
Hoy, esa perra que un día estuvo en la calle es la misma que reparte alegría entre los residentes. Se ha convertido en una fuente a la que dirigir todo su cariño y el vínculo que ha creado hace que cada sesión termine con la pregunta de Flora: "¿Cuándo volvéis a venir?".