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La soledad no deseada en Navidad en medio de la "dictadura de la felicidad"

  • La soledad se acentúa en estas fiestas, marcadas por la presión social de estar bien y feliz
  • En enero hay un pico de visitas al psicólogo por el malestar emocional en estas fechas
Aislamiento involuntario un problema persistente en España
Una chica mirando el móvil GETTY IMAGES

Vivimos en una 'happycracia' o 'dictadura de la felicidad', entendida esta como una presión social constante para ser feliz sí o sí. Tendemos como sociedad a negar el dolor, el sufrimiento y la frustración, y eso solo nos genera, de forma paradójica, más dolor, más sufrimiento y más frustración.

En Navidad, esta "obligación" se agudiza más y se establece un "paréntesis de ficción" que dura del 24 de diciembre al 7 de enero en el que "celebrar, regalar, convivir y disfrutar" ya no es un deseo, sino una "exigencia" y todo lo que suponga imperativo y no elección propia se convierte en un "espacio no seguro y de vulnerabilidad".

Son reflexiones de la psicóloga general sanitaria Marta Pascual que, en una entrevista con RTVE Noticias, explica cómo la Navidad ha virado para convertirse en un periodo "de exigencia y de ficción" en el que el dolor se siente más agudo cuando ya hay una situación previa de soledad; de duelo por la pérdida de un ser querido, de la salud o del trabajo; una situación de trauma o un problema del tipo que sea.

"Entras en un espacio temporal en el que hay que estar contento, pero no lo estás, y esto aumenta la ansiedad y angustia, y los síntomas depresivos en los casos de salud mental más debilitada", apunta la psicóloga.

Enero, un mes de más visitas al psicólogo

Pascual explica que enero es un mes de aumento de las consultas en los gabinetes psicológicos y en parte viene provocado porque en Navidad afloran crisis personales, se dan convivencias no deseadas y se acentúan conflictos sistémicos entre las parejas y las familias.

"Hay más incidencias psiquiátricas, más suicidios, más violencia de genero", asevera, para insistir en la idea de "no empeñarse en pasar tiempo en Navidad con personas que no nos hacen bien".

Esa decisión la tomó Manuela, divorciada de 58 años, que limita el sentarse a la mesa en Navidad solo con una de sus hijas (la otra vive fuera de España). "Antes las reuniones navideñas eran con mis hermanos, primos, algunos amigos...se nos fue de las manos y se convirtió en una obligación absoluta porque no todo el mundo me caía igual de bien, y con dos copas de más, peor", afirma, para añadir: "He pasado del estrés de ver por obligación a gente que en realidad no quiero ver a la tranquilidad de estar sola con mi hija, que es con quien quiero estar".

Javier, de 46 años, es soltero y cenó el día de Nochebuena con la familia de un amigo: "Me empeñaba un año tras otro en ir con mi padre, hermanos y sobrinos. No me llevo bien con mi padre y le veo el resto del año más o menos con normalidad. Por lo que sea, las navidades se nos atragantan y nueve de cada diez cenas, salimos mal. Los recuerdos son más negativos que positivos". Señala que lo ha pasado bien y desdramatiza haber elegido a otra familia que no es la suya.

El fantasma de la soledad no deseada en Navidad

Manuela y Javier eligen de forma así de libre con quién compartir tiempo en Navidad, pero no todo el mundo puede hacerlo y aparece otro de los fantasmas de estas fiestas: la soledad no deseada.

Carlos ha perdido a su madre hace tan solo unos meses y siente una soledad que es incapaz de explicar "con palabras". No tiene familia propia y se volcó en cuidar de su madre enferma sus últimos años y ahora siente "un vacío inmenso".

No quiere celebrar la Navidad, pero se la encuentra "por todas partes": "No escapas de ella, aunque quieras", lamenta.

La sillas vacías en Navidad: cómo gestionar el duelo

"Todo son luces, alegría fingida o no, celebración, y eso me hace sentir que soy un bicho raro porque yo no estoy ni bien ni feliz", se queja, aunque reconoce que cada vez se encuentra a más gente que opina como él, y eso le "tranquiliza" un poco.

Así, la presión social por estar bien, sumado al pico de nostalgia, tradicional en Navidad, dispara el desgaste emocional en una época temida para muchos.

La psicóloga apunta a la necesidad de "darle normalidad" al dolor y a la tristeza— en general, durante todo el año, y en particular, durante la Navidad— porque son "sentimientos legítimos y coherentes" con lo que algunas personas están sintiendo en determinados momentos de sus vidas.

"Hay que legitimarlo y sentirlo, siempre y cuando no paralice la vida personal", apunta Pascual, para lanzar un consejo: apoyarse en estas fiestas, desde la sinceridad y no desde la felicidad fingida, en los seres queridos "de verdad" y de quien "queremos rodearnos siempre", y buscar ayuda profesional si esa sensación de tristeza no se atenúa.

Una de cada cinco personas en España sufre soledad no deseada y dos de cada tres que la padecen llevan en esta situación desde hace más de dos años. En España la soledad crónica se sitúa en el 13,5% de la población, según los datos del Barómetro de la soledad no deseada en España de 2024 del Observatorio Estatal SoledadES de la Fundación Once, que pone de manifiesto que en Navidad se incrementa la sensación de soledad: un 37,5% de las personas que la sufren, siente más soledad en estas fiestas.

"Aquellas personas que están en desconexión social durante todo el año y no han tenido relaciones con el entorno familiar y amigos agudizan esta sensación de soledad durante la Navidad, en la que los recuerdos y la añoranza crecen", afirma a RTVE Noticias el coordinador de contenidos del Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada, Juan Vela, que también apunta como causa de la soledad en estos días los desplazamientos de personas cercanas de nuestro entorno "que dejan más apartadas a otras".

Vela también normaliza, al igual que Pascual, el que podamos sentirnos solos en algún momento de nuestra vida y pone el foco en el problema que supone— con importantes riesgos para la salud tanto mental como física— los que cronifican la soledad en su vida. "La soledad es un dolor", añade, sobre el que aún hay tabú social: la reconocemos en el prójimo, pero aún cuesta decir 'me siento solo'.

Un tabú que está avalado con datos: según el Barómetro de la Soledad no deseada, casi el 99% de la población considera que cualquier persona es vulnerable a la soledad, con una cada vez mayor percepción social de que es un problema social generalizado, pero la mitad de las que se sienten solas no están cómodas hablando de esta situación personal.

Vela también pone el foco en la soledad de los más jóvenes- uno de cada cuatro se siente solo- a pesar de una mayor conectividad digital: "Este porcentaje nos llamó la atención porque ellos siempre están 'conectados', pero la realidad es que lo que evita la soledad es el contacto físico con seres queridos".

Pero ese contacto físico a veces se resiste y en Navidad esa falta y vacío se intensifica en los mayores que viven solos o en residencias a los que nadie va a ver, en personas que han sufrido una ruptura de pareja u otro conflicto familiar, en aquellos que viven lejos de sus seres queridos, en quienes tienen un entorno escaso de amistades y un largo etcétera de situaciones que hacen de la Navidad para algunos una cuesta muy empinada con nefastas consecuencias para el alma.

Colectivos vulnerables: "vuelta a los armarios" en Navidad

Y también hay quien debe dejar de ser quien es para poder sentir ese abrazo familiar. Marta Pascual es también psicóloga especializada en el colectivo LGTBI+ y explica que muchas personas "se ven obligadas a volver a los armarios" para sentarse con sus familias en comidas y cenas navideñas.

Así, en una situación perversa en la que uno 'vuelve a casa por Navidad' para sentir el cariño de los seres queridos, lo hace negando su sexualidad, su identidad y, en definitiva, la esencia misma de su persona.

"Si uno sabe que no puede llevar a su pareja porque no le aceptan, o no se acepta un proceso de transición, ni quién es esa persona en realidad, se hacen más evidentes lo rechazos", concluye Pascual.

Este mes de diciembre la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans, Bisexuales, Intersexuales y más (LGTBI+) dio a conocer un informe que pone de manifiesto que el ser rechazado en el hogar de origen sigue representando un "desafío de enorme magnitud" con datos que revelan que un 17% de las personas LGTBI+ ha tenido que residir con amistades u otros familiares de forma temporal, entre otras situaciones de 'sinhogarismo'.

Desde la Federación lamentan que el colectivo experimente LGTBIfobia en Navidad "en el ámbito en el que debería encontrar mayor respaldo", lo que afecta a la salud mental.

La falsa sensación de felicidad constante en redes

Y si todas estas casuísticas no son ya lo suficientemente duras de por sí, los dos expertos entrevistados recuerdan que esa dictadura de la felicidad es el guion a seguir en Navidad en las redes sociales y grupos de Whatsapp, lo que echa más sal a la herida del que no está bien o se siente profundamente solo.

"En las redes solo se muestra cuando se está bien, nadie muestra los momentos de bajón, sino los estupendos e ideales, y eso proyecta una imagen falsa de la vida", afirma la psicóloga, para abundar en el concepto de "extimidad" que habla de una exhibición constante "de lo que hago y lo que siento" hacia afuera y que hace "que las personas estén menos conectadas consigo mismas" y lo que sienten verdaderamente.

E insiste: "La presión en Navidad no es tanto por estar feliz, sino por mostrarse feliz, en un círculo más que perverso".

El coordinador del Observatorio de la Soledad no deseada coincide en que las redes sociales "sacan un yo que en realidad no somos" y dan una imagen a veces engañosa, ficticia y artificial de la realidad humana.

El efecto puede ser "devastador" cuando uno no quiere, no puede o no tiene nada que celebrar, y solo ve gente abrazándose y aparentemente feliz; cuando uno no puede comprar en Navidad por su precariedad económica, y solo ve bolsas y bolsas repletas de regalos; cuando uno no tiene con quien cenar, y descubre mesas llenas de familiares y amigos.

Los expertos explican que se produce un fuerte "desajuste" entre la realidad personal y esas expectativas sociales que, no siempre, pero a veces son "muy irreales".