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Elegido el sexto finalista del concurso de relatos del magacín 'En Días Como Hoy'

       
  • Ana Vanderwilde Pérez aspira con su relato al primer premio del certamen
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  • El ganador recibirá una beca de 1.000 euros en cursos de la Escuela De Letras
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  • Además, la obra premiada será dramatizada en Radio Nacional de España
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  • Conviértete en el finalista del mes de abril. Puedes enviar ya tu relato

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Ana Vanderwilde Pérez es la finalista del mes de abril del Primer Concurso Internacional de Relatos de RNE. El certamen, articulado a través del magacín 'En Días Como Hoy', se enmarca en la campaña 'La cultura en RNE... Porque a ti te gusta'.

La obra con la que Ana Vanderwilde Pérez opta al primer premio -una beca de 1.000 euros en cursos de la Escuela de Letras y la dramatización en RNE del relato ganador- no tiene título y cuenta la historia de un matrimonio mal avenido. Los cuentos finalistas del mes de noviembre y diciembre estaban protagonizados por animales, el del mes de enero era una historia de ciencia-ficción, el del mes de febrero narraba la curiosa relación entre dos ciudades, y el del mes de marzo contaba la discusión de un matrimonio mal avenido.

Si deseas participar en el concurso y convertirte en el finalista de este mes, puedes enviar ya tu relato. Hasta junio habrá un finalista mensual preseleccionado por Escuela de Letras y RNE. Estos finalistas pasarán a la final de julio y verán publicados sus textos en las páginas web de las entidades convocantes del certamen, RNE y la Escuela de Letras.

Sexto relato finalista

Reproducimos a continuación el sexto texto finalista.

ANA VANDERWILDE PÉREZ

SIN TÍTULO

Mi trabajo es el más importante del mundo, soy más que presidente de una multinacional, más que ministro, incluso más que rey, de hecho, creo que el único hombre que podría hacerme sombra laboralmente hablando es Bill Gates; Bien es cierto que yo no salgo en la prensa ni entiendo de cotizaciones de bolsa, ni doy discursos en la ONU...

Tampoco tengo mansiones, ni yates, ni caballos, ni avión privado, de hecho mi sueldo no da mas que para una modesta casita unifamiliar en la afueras, y tengo que coger diariamente un autobús y un tren de cercanías para ir y volver del trabajo, pero tampoco tengo grandes pretensiones económicas, yo no trabajo por dinero, trabajo por satisfacción personal, por altruismo, por amor a la humanidad, y jamás han tenido mis jefes una queja de mi, muy al contrario, treinta y siete años sin faltar ni un día a mi puesto, entrando diez minutos antes y marchándome diez minutos después, sin salir jamás a desayunar, sin realizar ni recibir una sola llamada personal ( mi familia es consciente de mi responsabilidad y sabe que nada es tan importante como para permitirme perder un momento de concentración ), sin ausentarme ni cinco minutos para ir al baño, y siempre con el colirio en el bolsillo, poniéndomelo a la hora de entrar, por si acaso...

Así me he ganado, de forma discreta, como yo soy, el respeto de todo el personal, incluso el del alto mando, que me saluda con una mezcla de afecto y reverencia : ¡Buenos días Bruce Joe¡, ¡adiós Bruce Joe, que tenga buena noche!

Siempre me quito el uniforme para volver a casa, podría ir y venir por la calle con él, pero no me gusta dar a entender al mundo quien soy, prefiero ir de paisano, como un hombre anónimo, no quiero que nadie sospeche cual es mi cargo, además, el uniforme merece un respeto por lo que representa, es un honor llevarlo puesto, y por tanto no puedo vestirlo en vano; Tan solo los sábados , al terminar mi jornada laboral, lo doblo cuidadosamente y lo meto en una bolsa de lona azul que solo utilizo para su transporte. Paso invariablemente las tardes de los sábados lavándolo a mano y planchándolo después de ponerlo a secar en la solana, no me gusta tenderlo en el patio trasero, pues cualquier vecino podría verlo y hacer cábalas sobre el; Tampoco me gusta que mi mujer lo toque o lo meta en la lavadora, mi uniforme es cosa mía, simboliza mi cargo, lo mejor de mí, y lo cuido con el mismo método y mimo con que me cuido a mi mismo.

Durante mi horario de trabajo no me quito la gorra nunca, ni aun en los días de máximo calor, pues creo que me ayuda a concentrarme, a mantener la mente en blanco, y a no pensar mas que en el botón. Botón con luz verde, todo va bien, luz verde que cambia a luz roja, emergencia, treinta y siete años frente al botón, mirándolo fijamente, sin apartar la vista ni un segundo, sin permitirme ni un parpadeo, y por suerte para la Humanidad, treinta y siete años continuados de luz verde.

No se que me pasa hoy, he desayunado tan frugalmente como de costumbre, pero me molesta el estomago, desde que me senté en mi silla aprietan los retortijones, el sudor frío que me corre por la cara va a salpicar el botón, y ya no se que hacer, me llevo las manos a la barriga, me retuerzo de dolor, voy a hacérmelo encima, pero no puedo abandonar mi puesto, el alto mando depende de mí, por otro lado, si me lo hago ahora mancharía el uniforme, y no concibo semejante deshonor, no puedo más...

Tengo que aflojarme el cinturón... El lavabo está enfrente, serían solo sesenta segundos, sesenta segundos en treinta y siete años, y la luz esta verde, siempre permanece verde... La explosión me pillo en el retrete, con los pantalones bajados, fue tan rápida que no notée dolor, seguramente nadie notó dolor, sólo sorpresa. Me quedé la duda de si fue Cuba, Corea del Norte, o lo que es más probable, nuestro propio país... Toda una vida de luz verde, y en el único momento de luz roja, yo no estaba allí para avisar al alto mando.

Relato finalista del mes de noviembre
Relato finalista del mes de diciembre
Relato finalista del mes de marzo

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