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Elegido el quinto finalista del concurso de relatos del magacín 'En Días Como Hoy'

  • Juan Barrena Villegas opta al primer premio con 'Después más, todavía'
  • El ganador recibirá una beca de 1.000 euros en cursos de la Escuela De Letras
  • Además, la obra premiada será dramatizada en Radio Nacional de España
  • Conviértete en el finalista del mes de marzo. Puedes enviar ya tu relato

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Juan Barrena Villegas es el finalista del mes de marzo del Primer Concurso Internacional de Relatos de RNE. El certamen, articulado a través del magacín 'En Días Como Hoy', se enmarca en la campaña 'La cultura en RNE... Porque a ti te gusta'.

La obra con la que Juan Barrena Villegas opta al primer premio -una beca de 1.000 euros en cursos de la Escuela de Letras y la dramatización en RNE del relato ganador- lleva por título 'Después más, todavía' y cuenta la historia de un matrimonio mal avenido. Los cuentos finalistas del mes de noviembre y diciembre estaban protagonizado por animales, el del mes de enero era una historia de ciencia-ficción y el del mes de febrero narraba la curiosa relación entre dos ciudades.

Si deseas participar en el concurso y convertirte en el finalista de este mes, puedes enviar ya tu relato. Hasta junio habrá un finalista mensual preseleccionado por Escuela de Letras y RNE. Estos finalistas pasarán a la final de julio y verán publicados sus textos en las páginas web de las entidades convocantes del certamen, RNE y la Escuela de Letras.

Quinto relato finalista

Reproducimos a continuación el quinto texto finalista.

JUAN BARRENA VILLEGAS

DESPUÉS MÁS, TODAVÍA

Odio a mi mujer pero eso no basta para divorciarnos. Cristianos convencidos preferimos romper un par de mandamientos de la ley de dios en lugar de pecar contra el santo sacramento del matrimonio. Sí , desde siempre he hecho cosas raras, como aquella vez en la que mordí a un perro y luego el dueño tuvo que vacunarlo. En fin, son cosas que pasan.

Durante la comida mi mujer se atraganta con un gran pedazo de carne. Comienza a balbucear al mismo tiempo que se le salen las lágrimas. Con el propósito de hacerlo bajar hacia el esófago, se golpea la garganta suavemente. ¡Vaya! ¡Parece que se está ahogando! Si llamo por teléfono, el equipo médico tardará 4 ó 5 minutos y estaría todo perdido. Ya no hay nada que hacer. Me viene a la mente un épico fragmento de una novela de Stéfano Benni, en la cual unos soldados de caballería chocan contra una orquesta ocasionando varios heridos y, entonces, un coronel, una persona misericordiosa, saca su Colt matando a un caballo y a dos violinistas.

El rostro de mi mujer comienza a hincharse y tiene los ojos desorbitados como los de un pez. Sí, eso es. Me recuerda al pez globo. Ahora que hablo de animales, cuando hemos comenzado a comer me he fijado en ese movimiento retráctil de mandíbulas tan característico que ella tiene, es igual... Igual... Que el de las jirafas. Jirafas, pez globo, jirafas, pez globo. ¿Tendría razón el tipejo ése, el tal Darwin, con su teoría de la evolución? Pero entonces... Dios... ¿Sólo puso el agua, la tierra y el aire? Y el planeta poco a poco se le fue convirtiendo en un zoológico para envidia de Zeus, de su esposa y de los otros dioses. ¡Ah! Pero el dios dinero, un dios de tercera categoría, un pretencioso que aspiraba al liderazgo, no paraba de apuntar por todas las esquinas que él, eso, lo destruía en trescientos años.

No sin esfuerzo, consigo la proeza homérica de colocar a mi esposa tras la raya que forma la junta del parqué. No me gusta que pisen las rayas, porque me da la sensación de que interrumpen algo, no sé, el flujo cósmico, las relaciones entre la ciudadanía y el Estado... Hace falta que las líneas estén bien para que el mundo vaya bien.

Concentro mi atención entre los omoplatos de mi esposa. Balanceo mi brazo derecho para relajarlo y visualizo varias veces el golpe que le tengo que aplicar. En estos momentos me imagino que soy Nadal ante Federer. Tengo su expresión feroz, su musculatura y su mismo sudor. A mi esposa le deben de quedar pocas décimas de segundo de oxigeno. Escupo al suelo y le aplico un sonoro pero terapéutico golpe entre los omoplatos que hace retumbar los cristales e impulsa a mi mujer varios metros hacia delante, generando una inercia que obliga a su cabeza a inclinarse hacia atrás presionando su garganta. El pedazo de carne, ese alien invasor, nos muestra su indiferencia cayéndose al suelo. Pero mi mujer cree que todavía no puede respirar a lo cual le doy un azote en el culo. Ella, al chillar de dolor, respira, ¡respira! Y se abraza a mi cuello mientras exclama ¡oh, mi héroe!

Relato finalista del mes de noviembre

Relato finalista del mes de diciembre

Relato finalista del mes de enero

Relato finalista del mes de febrero