'Hawala', la banca en la sombra
- Una investigación de los medios públicos europeos revela cómo funciona la maquinaria financiera del crimen organizado
- Heredado de las antiguas rutas comerciales, se ha convertido en fundamental para la banca clandestina del crimen
Durante meses, reporteros de la Red de Periodismo de Investigación de la UER (Unión Europea de Radiodifusión) han seguido el rastro del dinero para adentrarse en los secretos de la hawala, un sistema milenario de transferencia informal que mueve miles y miles de millones de euros cada año y que las redes criminales saben aprovechar. A través de esta red financiera paralela, el dinero puede cruzar fronteras sin necesidad de transferencias bancarias convencionales, dificultando su rastreo y facilitando, en determinados casos, su ocultación y blanqueo.
Los periodistas han hablado con expertos, fiscales, responsables de fuerzas de seguridad nacionales e internacionales, hawaladares y sus clientes, y también con blanqueadores de capitales. Han analizado documentos y obtenido acceso a expedientes judiciales y financieros, así como a investigaciones y operaciones policiales.
Junto al uso tradicional de la hawala, ha surgido una auténtica industria del "delito como servicio": intermediarios especializados que ponen sus estructuras financieras al servicio de otros delincuentes y organizaciones criminales. Un sistema capaz de operar a través de las fronteras y de conectar por todo el mundo a quienes necesitan mover dinero con quienes saben cómo hacerlo intentando no dejar rastro.
Su uso ha aumentado en los últimos años
La hawala se ha convertido en una herramienta al servicio del crimen organizado. Al margen de los circuitos bancarios convencionales, estas redes pueden conectar hawaladares, empresas pantalla, facturas falsas y otros mecanismos utilizados para mover, ocultar y blanquear dinero de origen delictivo. Los delincuentes necesitan estas infraestructuras financieras paralelas y, al mismo tiempo, dependen de ellas. "Es una columna vertebral muy importante y, al mismo tiempo, el talón de Aquiles de las organizaciones criminales", asegura Petter Huttentuis, fiscal neerlandés especializado en el rastreo de flujos de dinero de origen delictivo. El uso de estas redes por el crimen organizado ha aumentado en los últimos años y ha incorporado también nuevas herramientas, como las criptomonedas, que dificultan aún más el rastreo del dinero.
Pero la hawala, en su sentido tradicional, sigue siendo utilizada a diario por millones de personas en todo el mundo para enviar remesas de forma más barata, rápida y accesible que a través de los canales oficiales de transferencia. Está regulada en algunos países y tolerada en otros. En la Unión Europea, sin embargo, la actividad de las redes de hawala que operan al margen de los sistemas de pago autorizados es ilegal. Se apoya en relaciones personales y en redes de confianza y evita preguntar por el origen o el destino del dinero. "Les da igual si el dinero procede del tráfico de migrantes, la trata de personas, el proxenetismo, una abuela que envía sus ahorros para el cumpleaños de su hijo o un maliense que trabaja en Francia para mantener a su familia", señala Quentin Mugg, comisario de policía francés y autor del libro Dirty Money: The Hunt. "No quieren saber lo que no quieren saber. Forma parte de su estrategia de defensa", sentencia.
La combinación de confianza, opacidad y ausencia de los controles propios del sistema financiero convencional ha convertido a determinadas redes de hawala en una infraestructura especialmente atractiva para los delincuentes. Para Lucy Myles, jefa del Equipo de Delitos Financieros de Europol, los hawaladares "realmente, están proporcionando lo que constituye el sustento del crimen organizado". Estas redes pueden realizar cientos de transacciones diarias desde negocios repartidos por ciudades y pueblos de Europa. Las autoridades sitúan algunos de sus principales centros de conexión y liquidación fuera de Europa, en lugares como los Emiratos Árabes Unidos o Turquía. Desde allí, redes de intermediarios pueden conectar a delincuentes y organizaciones criminales de distintos países y mover grandes cantidades de dinero con una gran opacidad.
Los "Comerciantes de la Gran Europa"
Nuestros periodistas tuvieron acceso a una base de datos con decenas de miles de mensajes cifrados intercambiados en las operaciones diarias de una red criminal de hawala y a los expedientes de la investigación de cuatro años de la Fiscalía Federal belga sobre uno de los mayores casos descubiertos en Europa. Los mensajes permiten analizar el funcionamiento interno de esta red: intermediarios que organizan transferencias, negocian comisiones y facilitan cambios de divisas por valor de cientos de millones de euros. "Este es el primer caso de tal magnitud en términos de volumen", afirma Vincent Guerra, fiscal federal belga encargado de la investigación. "Vemos por primera vez el mecanismo que hay detrás de estas redes de cambio, cómo funciona. La financiación del terrorismo constituía el 100% de nuestra información inicial, pero se convirtió en solo una gota en el océano de las transacciones".
Todo comenzó en 2019. Las autoridades francesas investigaban el envío de fondos al autodenominado Estado Islámico. El dinero estaba destinado a facilitar la liberación de mujeres e hijos de combatientes de Dáesh recluidos en los campamentos de Al Hol y Al Roj, en el noreste de Siria. El rastro llevó a los investigadores hasta Walid A., sospechoso de enviar dinero a Siria. Las autoridades francesas se pusieron en contacto con la Fiscalía Federal belga. Walid A. había obtenido a través de Abou Adam el número de Abou Ahmad, uno de los responsables de una oficina de hawala en Bruselas, y contactó con él para organizar una transferencia a Siria. Los investigadores comprobaron después que la transferencia se había realizado y que en la operación estaban implicados Abou Ahmad y Abou Adam. La policía belga comenzó entonces a vigilar a Abou Ahmad.
Campo de Al Hol. RTVE
Los agentes observaron una actividad incesante en su vivienda. Identificaron a un grupo habitual de unas 15 personas que entraban y salían con bolsas de deporte y maletas. Sospecharon que eran recaudadores encargados de recoger y trasladar dinero en efectivo entre los clientes y los hawaladares. Tras varios meses de vigilancia, la policía intervino y detuvo a los sospechosos. La incautación de sus teléfonos permitió adentrarse en los entresijos de la organización. "Y con ese teléfono se abrió todo un universo", recuerda Vincent Guerra. En el dispositivo de Abou Adam aparecieron mensajes y fotografías que permitían reconstruir el funcionamiento de la red. Los investigadores localizaron varios miles de imágenes de billetes y de documentos de identidad de personas de todo el mundo, vinculados a operaciones gestionadas desde la oficina de Bruselas.
Los billetes formaban parte del sistema de verificación de las transferencias. Sus números de serie podían utilizarse como códigos únicos, junto con contraseñas o tokens, para confirmar la entrega del dinero entre el remitente y el destinatario. Pero el teléfono reveló algo mucho mayor. Abou Adam mantenía contacto con oficinas similares en distintos países y participaba en varios grupos de WhatsApp. En uno de ellos había unos 280 contactos. En otro, llamado "Los Comerciantes de la Gran Europa", participaban 532 intermediarios. Durante ocho meses intercambiaron más de 82.000 mensajes. El grupo estaba reservado a operaciones superiores a 5.000 euros. Los mensajes funcionaban como un mercado financiero paralelo. Un intermediario ofrecía o solicitaba una transferencia; otro respondía, aceptaba la operación e indicaba la comisión que cobraría. "Estamos hablando de cientos de millones de euros que circulan en el transcurso de unos pocos meses", afirma el fiscal belga. Los mensajes mencionan operaciones en España, Francia, Suecia, Dinamarca, Alemania, Austria, Irlanda, Países Bajos, Malta, Grecia, Lituania e Inglaterra, pero también en Yemen, Kurdistán, Turquía, Libia, Líbano, Dubái, Siria, Omán, Malasia, Brasil, Egipto, Rusia y Estados Unidos. "En los países más importantes había incluso varias ubicaciones por localidad o ciudad. Así que abarcamos todo el planeta", resume el fiscal.
El expediente revela una estructura organizada, con oficinas locales, representantes e intermediarios repartidos por distintos países. Abou Adam era el responsable de la oficina de Bruselas y Abou Ahmad su principal colaborador, encargado, entre otras funciones, de recibir los paquetes en los puntos de destino. "Por los mensajes podemos deducir que cobran una comisión de entre el 1% y el 7 %. Si se hace el cálculo, son cifras importantes", asegura Guerra. En octubre de 2024, seis palestinos de esa trama comparecieron ante el tribunal acusados de haber organizado durante siete años transferencias internacionales de dinero al margen del sistema bancario autorizado. Fueron condenados por infringir la normativa bancaria, participar en una organización delictiva y blanquear capitales. Dos de ellos fueron además declarados culpables de financiación del terrorismo. El caso puso también de manifiesto una de las principales dificultades de estas investigaciones, la de no haber logrado identificar a la mayoría de los clientes que habían utilizado sus servicios.
La hawala y la financiación del terrorismo
La investigación belga comenzó siguiendo el rastro de una operación de financiación del terrorismo. La relación entre la hawala y la financiación del terrorismo, sin embargo, es mucho más antigua. Ya en las investigaciones sobre las redes financieras de Al Qaeda, antes y después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, los sistemas informales de transferencia de dinero se convirtieron en uno de los canales bajo vigilancia. La hawala era una pieza de un entramado que podía incluir empresas, organizaciones aparentemente legítimas, dinero en efectivo, contrabando y otros mecanismos. Tras el 11S se endurecieron los controles sobre las transferencias y el origen de los fondos. Pero seguir el dinero resultó mucho más difícil que congelar una cuenta bancaria. Con la aparición del autodenominado Estado Islámico, la financiación volvió a convertirse en una prioridad. Tras perder el territorio que llegó a controlar en Siria e Irak, Dáesh siguió necesitando mantener conexiones financieras con combatientes, simpatizantes y redes de apoyo y la hawala seguía ahí.
En España, una investigación de la Comisaría General de Información permitió identificar una red internacional que utilizaba la hawala para transferir fondos a combatientes de Dáesh y a familiares de miembros de la organización recluidos en los campos de Al Hol y Al Roj. La policía infiltró a un agente encubierto informático en una red con vínculos en varios países europeos y Marruecos. "En Europa se produjeron varias detenciones y, concretamente, en España, cinco", explica un inspector de la Comisaría General de Información, que pide no ser identificado. "El destino era directamente Idlib. Había varias personas que estaban allí encargadas de recibir ese dinero, algunas de las cuales tenían órdenes internacionales de detención por distintos países. Conseguimos identificar a estas personas que estaban recibiendo el dinero y a sus contactos en Europa y en España".
La documentación judicial describe una red de contactos de Dáesh dedicada a captar aportaciones de simpatizantes. El agente encubierto recibió información sobre una persona en España que actuaba como remesador de confianza que recogía dinero para hacerlo llegar a Siria mediante la hawala. En una primera etapa, los fondos se destinaban a combatientes extranjeros.
Tras la pérdida del territorio, pasaron también a financiar el retorno de combatientes y sus familiares y la continuidad de las actividades de la organización. Tres de los detenidos fueron condenados por financiación del terrorismo y un cuarto por falsedad documental con fines terroristas. Para los investigadores, la confianza que tradicionalmente sostiene la hawala adquiría en este caso una dimensión adicional: la ideología. "Su apoyo a las entidades de financiación del Dáesh, con esa afinidad doctrinal, se constató desde el primer momento de la investigación", explica el inspector de la Policía Nacional. La confianza, en este caso, no descansa solo en la reputación del intermediario, la afinidad ideológica se convierte en una garantía adicional. Y, según los investigadores, las redes de financiación del terrorismo buscan hawaladares distintos de los utilizados por otros delincuentes.
Austria: el tráfico de personas
Austria es otro de los países en los que las investigaciones han mostrado cómo la hawala puede servir de infraestructura financiera para actividades criminales muy diferentes, desde la financiación del terrorismo hasta el tráfico de personas. La policía austriaca llevó a cabo una de las mayores operaciones contra una red dedicada al traslado irregular de migrantes hacia Europa. Según los investigadores, la organización facilitó la llegada de unas 100.000 personas a Europa Central en 18 meses y obtuvo más de 1.000 millones de euros en beneficios ilícitos.
La red estaba dirigida desde Siria por el clan Al-Sarawi y utilizaba la hawala para gestionar sus fondos a través de un intermediario instalado en una tienda de Viena. "La lucha contra el tráfico de personas es, por naturaleza, altamente internacional y hay mucho dinero en juego", explica Gerald Tatzgern, responsable de las investigaciones sobre tráfico de personas de la Policía Criminal Federal de Austria. "Las personas objeto de tráfico tienen que pagar sumas exorbitantes, entre 5.000 y 15.000 euros por persona. Cuando se trafica con cientos de personas, la cantidad total aumenta rápidamente", continúa, y asegura que "el efectivo es el método de pago preferido".
Juicio en Austria en julio de 2025. ORF
En este caso también se utiliza la hawala como la mejor manera de transferir dinero de un punto a otro sin dejar huella. Las investigaciones dieron con oficinas de hawala escondidas detrás de negocios aparentemente ordinarios, como una pequeña tienda o un restaurante. Una supuesta compra puede ocultar la entrega de grandes cantidades de dinero y los registros de las operaciones consisten a menudo en listas manuscritas de nombres, cifras y códigos que solo entienden los miembros de la red. En algunos casos, las redes utilizan incluso la extorsión y la violencia para exigir nuevas cantidades a las familias de los migrantes. El dinero puede entregarse a un hawaladar en Afganistán, Pakistán o Turquía y, una vez confirmado el pago, la información llega a quienes controlan el siguiente tramo de la ruta en Europa.
La misma combinación de tráfico de migrantes, intermediarios internacionales y sistemas clandestinos de transferencia aparece también en España, en la operación Orontes que siguió el rastro de una organización dedicada al traslado de migrantes desde Siria hasta Europa y acabó descubriendo una estructura financiera que abriría la puerta a una nueva investigación: la operación Karasu.
Redes de distintos orígenes unidas por el dinero
Las redes de hawala no operan necesariamente dentro de comunidades cerradas ni siguen fronteras nacionales. Organizaciones e intermediarios de distintos orígenes pueden colaborar cuando comparten una misma necesidad: mover, ocultar o blanquear dinero. La operación Orontes, desarrollada en España contra una red de tráfico de personas, es un ejemplo de esta cooperación. La organización trasladaba migrantes desde Siria hasta Europa a través de una ruta que pasaba por Libia y Argelia. Ofrecía un "servicio VIP" que podía costar hasta 20.000 euros por persona.
La red estaba dirigida por un traficante sirio de alto nivel, asentado en Almería, con células de captación en Siria y presencia a lo largo de la ruta migratoria. "En ocasiones, también se utilizaba como línea regular para miembros de otras organizaciones criminales que no pueden salir por los puestos fronterizos porque pueden tener algún señalamiento en las bases policiales y utilizan esta forma de entrar y salir de España", explica José Luis Amador, inspector jefe de la Unidad Central de Redes de Inmigración y Falsedades Documentales (UCRIF). La operación se saldó con 15 detenidos y la incautación de lanchas rápidas, vehículos, equipos electrónicos, drogas, teléfonos y más de medio millón de euros. Y fue la llave que permitió abrir la puerta a la operación Karasu posterior.
Al seguir la pista de la organización, los investigadores detectaron viajes a Madrid y reuniones con ciudadanos de origen chino. "Empezamos a centrarnos no solo en el delito de tráfico de personas", explica Sergio Pintado, inspector de la UCRIF. "Gracias a las diligencias practicadas, pudimos determinar que las mochilas que entregaban a los del otro grupo portaban dinero. Eran entregas de dinero", afirma. Se descubrió así la conexión entre dos estructuras criminales de distinto origen: una rama árabe, encargada de gestionar las transferencias y recibir dinero en distintos puntos del mundo y otra de origen chino, que facilitaba el efectivo en España y recibía su compensación en criptomonedas.
Orontes no solo permitió desarticular una red de tráfico de personas. También abrió la puerta a una nueva investigación centrada en seguir el rastro de su dinero. "La investigación Karasu se inicia a raíz de una operación, la Orontes, de la Unidad Central de Redes de Inmigración", explica el inspector Sergio Pintado. Los investigadores descubrieron que la organización de origen árabe daba soporte económico a sus actividades mediante el sistema hawala y que mantenía contactos con la red de intermediarios de origen chino. El responsable sirio de la organización en España colaboraba además con un hawaladar palestino establecido en Bélgica.
"Al final, esto es el negocio y el negocio da igual el origen, da igual de dónde vengas. Al final el negocio es el negocio y el dinero es el dinero", resume Eduardo Alonso, inspector de la Unidad Central de Delitos Económicos y Fiscales (UDEF). Parte de los beneficios iba posteriormente a la economía formal mediante la compra de bienes. "Se introducían en el mercado legal mediante la adquisición de determinados artículos, como bolsos, puros u otros productos, vehículos, etc.", explica el inspector Eduardo Alonso. El resto, añade, "acababa en cuentas bancarias chinas". La investigación muestra cómo organizaciones de procedencias, estructuras y especialidades diferentes pueden utilizar una misma infraestructura financiera. La nacionalidad deja de ser relevante cuando el objetivo es común: encontrar una red capaz de recoger el dinero, ponerlo a disposición de sus clientes en otro lugar y compensar después las cuentas entre los distintos intermediarios. La hawala se convierte así en el punto de encuentro de organizaciones criminales que, aunque operen en países distintos y procedan de entornos diferentes, comparten una infraestructura financiera capaz de conectar sus negocios a escala internacional.
Frank, el antiguo blanqueador de dinero, y las fábricas de facturas falsas
Frank —nombre ficticio— fue durante años un blanqueador de capitales con contactos en las redes europeas de hawala. Los reporteros daneses consiguieron hablar con él bajo condición de anonimato. Según explica, el dinero que recibía de los hawaladares procedía de actividades delictivas. "Lo que descubrí es que no se trata solo de dinero. Se trata de financiación del terrorismo, de tráfico de drogas, de prostitución y de todo tipo de porquerías, por decirlo de forma suave", confiesa, y añade que haber formado parte de todo eso quizás no sea de lo que más orgulloso se siente.
Frank, antiguo blanqueador de dinero. DR
Su trabajo consistía en retirar el efectivo procedente de estas redes y devolverlo al sistema financiero mediante mecanismos de blanqueo. Por ello cobraba una comisión del 3,5%. "En las cantidades con las que he estado involucrado, hablamos de sumas de tres dígitos en millones. Y no estamos en el extremo inferior de los tres dígitos", asegura. Uno de sus recuerdos ilustra el volumen de efectivo que circulaba por estas redes. En una oficina de una zona industrial, en Países Bajos, varios mensajeros llegaban con bolsas de dinero que entregaban a un intermediario mientras otro hombre manejaba una máquina contadora de billetes. "Realmente era un poco como estar en una película", recuerda Frank que estaba reunido en aquel lugar con el que, según él, era entonces, el vicepresidente de la banca hawala en Europa. En los 90 minutos que pasó allí, asegura haber visto llegar a cinco o seis mensajeros con "no menos de un millón de euros". Frank asegura haber blanqueado a través de ese hombre y otros contactos decenas de millones de euros.
La confianza, explica, es el "alfa y omega" del sistema. Pero sus clientes no procedían únicamente del crimen organizado tradicional. También los había de "cuello blanco", porque el fraude fiscal constituye un mercado potencial enorme: personas y empresas que comparten una cualidad especialmente valiosa para un hawaladar: "No quieren que se hable demasiado de ellas". El uso de la hawala para estos fines está "en pleno auge", según Francis Adyns, portavoz de la Inspección Especial de Impuestos de Bélgica. "Era inexistente hace diez años, pero ha aumentado en los últimos cinco. Los análisis muestran que es, sin duda, preocupante", afirma.
La cuestión clave es cómo ese efectivo logra entrar de nuevo en la economía formal. Una de las vías son las denominadas fábricas de facturas, sociedades sin actividad económica real que emiten facturas ficticias y mueven dinero entre empresas. Estas estructuras pueden servir a compañías que quieren ocultar ingresos, eludir impuestos o conseguir efectivo para pagar, por ejemplo, a trabajadores no declarados. En un caso en Dinamarca, el dinero procedente de una de estas empresas acabó utilizándose para pagar a trabajadores sin declarar que participaban en las obras de la propia jefatura de policía de Copenhague.
Los periodistas de la cadena danesa DR llevan años investigando estas fábricas de facturas. Han analizado informes de administradores judiciales, expedientes policiales y judiciales y otras fuentes confidenciales. El resultado es una base de datos con más de 23.000 transacciones realizadas por 98 de estas sociedades en Dinamarca. Unas 6.500 operaciones tenían como destinatarias empresas europeas legítimas, que recibieron en conjunto más de 200 millones de euros. Muchas estaban relacionadas con pedidos de empresas de países de Oriente Medio con acceso restringido a los sistemas bancarios convencionales, como Siria, Irán, Irak, Líbano o Libia. "Tanto si se analiza la magnitud como la forma en que se dirigen los flujos de efectivo, hay un grado de coordinación muy significativo detrás de todo esto", explica Henrik Sjørslev, abogado y administrador judicial de varias de estas sociedades.
Lista de empresas envueltas en las fábricas de facturas. VRT
Frank recuerda que "tenía un hawaladar habitual con el que trabajaba y le escribía diciendo que necesitaba, por ejemplo, 120.000 euros". El intermediario le enviaba facturas emitidas por empresas extranjeras que Frank pagaba mediante transferencia bancaria. "Yo solo quería hacer pagos a empresas europeas. Podía ser a los Países Bajos, a Bélgica. Podía ser cualquier cosa: desde una granja porcina hasta semillas de girasol o piñones. Yo pagaba esa factura y ese mismo día podía ir en coche a recoger el dinero".
Se trata de un mecanismo conocido como pago a terceros. "Un sistema de pago a terceros, como tal, no es ilegal", explica Tomás Incalza, profesor de Derecho Penal en la Universidad de Lovaina. "Pero resulta atractivo como forma de blanqueo de capitales". Las empresas que reciben esos pagos pueden convertirse, en ocasiones sin saberlo, en un eslabón necesario de la cadena. Estas sociedades no solo pueden servir para introducir dinero de origen ilícito en la economía formal. También ayudan a las redes de hawala a equilibrar sus cuentas entre distintos países. "El hawaladar, para que su negocio funcione, tiene que tener una estructura creada también a través de empresas que le permitan mover dinero de un país a otro", explica Fernando Sanz Ayuso, inspector jefe de la Brigada de Blanqueo de Dinero de la UDEF. "Normalmente es a través de empresas de importación y exportación o empresas fantasma, empresas fachada que solamente generen facturas falsas". Muchas tienen una vida efímera, añade: "Surgen y desaparecen con bastante rapidez" para dificultar su detección.
El análisis de miles de transacciones muestra que el sistema conecta empresas de toda Europa y otros países. Cientos de compañías legítimas pueden acabar formando parte de la cadena al aceptar pagos de terceros procedentes de sociedades ficticias a cambio de mercancías destinadas, en ocasiones, a países con dificultades para acceder al sistema bancario internacional.
En uno de los casos, a partir de miles de pagos a terceros analizados durante esta investigación, permite seguir una de estas operaciones de principio a fin. Una empresa siderúrgica siria quería comprar suministros a un proveedor belga. El pedido fue pagado mediante tres facturas emitidas por una empresa fantasma danesa, actualmente en proceso de quiebra. La operación, reconstruida a través de entrevistas con los responsables de las empresas implicadas y otras fuentes, muestra cómo una transacción comercial aparentemente ordinaria puede utilizarse para mover dinero a través de una cadena de intermediarios. En ella participó además un importante hawaladar internacional establecido en Turquía.
Los grandes centros de operaciones
"Es él, al 100%". Así reaccionó un importador sirio de acero que pidió permanecer en el anonimato cuando los periodistas de DR le reprodujeron la grabación de una conversación con el hawaladar afincado en Turquía que habría intervenido en la operación. Lo identificó como Abdul Qader Sankari, ciudadano sirio vinculado, a través de transacciones documentadas, con empresas danesas dedicadas a la emisión de facturas ficticias. Sankari figura en el registro mercantil turco como propietario de dos empresas. Según el empresario sirio, era un conocido intermediario que recibió importantes depósitos de ciudadanos sirios durante la guerra. "Los comerciantes y los grandes propietarios de capital que confiaban en él le dejaban depósitos. ¡Y estos depósitos ascendían a millones!". Sankari negó conocer las transacciones investigadas o tener relación con la empresa siderúrgica siria.
El caso conduce a uno de los principales problemas con los que se enfrentan las autoridades europeas: los grandes centros desde los que operan algunos de los principales intermediarios se encuentran fuera de la Unión Europea. "En España y en Europa contamos con personas importantes que también controlan las estructuras en los distintos países", explica el inspector jefe Fernando Sanz Ayuso. "Pero los principales hawaladares o intermediarios suelen encontrarse fuera de España y fuera de Europa, Emiratos Árabes Unidos, Turquía y el sudeste asiático, que es donde se encontrarían los principales responsables que controlan todo esto", añade.
Seguir el rastro del dinero hasta esos centros exige colaboración entre múltiples países. "Las fuerzas del orden deben ser tan ágiles y traspasar las fronteras tanto como los delincuentes. Y para ello necesitamos cooperar", afirma Lucy Myles, de Europol. Pero esos grandes nodos internacionales podrían ser también el talón de Aquiles del sistema: identificar quién controla las conexiones y cortar los vínculos entre intermediarios permitiría golpear la infraestructura financiera que sostiene buena parte de la red. Para Myles, "el movimiento de fondos delictivos es el corazón del crimen organizado". Atacar esas redes financieras, sostiene, puede tener un efecto mucho más amplio que detener a un grupo concreto de traficantes o blanqueadores. "Si se desarticulan y desmantelan estas redes, se está paralizando el crimen organizado. Se les está golpeando justo donde más les duele. Y ese es nuestro objetivo final", concluye.
Las remesas: cuando la hawala es la única salida
Pero la hawala no es solo una herramienta utilizada por las redes criminales. Para millones de personas sigue siendo una vía para enviar dinero allí donde los bancos no llegan, las transferencias internacionales son imposibles o una guerra ha destruido el sistema financiero. Es el caso de Samir —nombre ficticio—, un palestino que vive en Bélgica y espera la resolución de su solicitud de asilo. Su familia permanece en Gaza. "Viven en Jan Yunis, en tiendas de campaña, sin ningún tipo de comodidad", explica. "Todo lo que gano va para mi familia, para que pueda tener un mínimo de bienestar. Cada día es duro. Si no les envío dinero, pasarán hambre". Samir utiliza regularmente la hawala. No porque confíe en ese sistema, sino porque asegura que no tiene otra alternativa. Para hacer llegar el dinero a Gaza paga comisiones de entre el 40% y el 50%, muy por encima de las tarifas habituales.
"Lo veo como una forma de explotación", afirma. "Aconsejaría a todo el mundo mantenerse alejado de la gente que opera dentro de este sistema. Acabas agotándote intentando dar alguna ventaja a tu familia. Pero el sentido de estas redes es mantenerse fuera del sistema legal. Nunca sabes realmente quiénes son. Tratas con personas que no conoces".
Para comprobar hasta qué punto es posible enviar dinero sin recurrir a una entidad financiera registrada, periodistas de la cadena pública flamenca VRT buscaron un hawaladar en Bruselas. Tras varios intentos, encontraron en Facebook un perfil que ofrecía transferencias a Gaza. Acordaron un encuentro en una calle de Bruselas y entregaron 250 euros en efectivo. Preguntaron si el dinero llegaría ese mismo día. "El dinero ya está allí", respondió el intermediario. Y, efectivamente, en Gaza, otro periodista esperaba en el lugar acordado y recibió la cantidad pactada sin que nadie le pidiera documentación ni le hiciera preguntas sobre el origen o el destino de los fondos.
Dinero recibido en Gaza. VRT
Ahí reside una de las grandes contradicciones de la hawala. El mismo sistema que puede ser utilizado para mover y ocultar dinero procedente de actividades criminales sigue siendo, para personas como Samir, una de las pocas vías para hacer llegar dinero a familiares atrapados en una zona de guerra.
A miles de kilómetros de las investigaciones europeas, en el llamado mercado del dólar de Erbil, en el Kurdistán iraquí, el efectivo circula a plena vista. Los billetes se apilan sobre los mostradores de largas filas de casas de cambio, se guardan en cajas y cajones o aparecen en bolsas de plástico en el suelo. Dólares, euros, dinares y otras divisas cambian de manos en uno de los grandes centros de cambio de la región. Desde aquí se pueden organizar transferencias a distintos países a través de una red de cambistas e intermediarios conectados con Turquía, los países del Golfo, Irán, China y las diásporas repartidas por Europa. La hawala reina por doquier. "Puedes enviar todo lo que quieras a Turquía, Dubái y China", afirma Keyfi Khoshnaw, portavoz del mercado de divisas de Erbil.
Pero no todos los destinos son iguales. "Es un poco difícil enviar dinero a Irán debido a la guerra", explica. "En Estados Unidos preguntan para qué se va a utilizar el dinero, si es para algo ilegal o, por ejemplo, para comprar un coche. Es muy molesto. Pero en Europa y Turquía es un poco más fácil", asegura. El mercado opera bajo la supervisión de las autoridades iraquíes y la frontera entre el negocio tradicional de cambio de divisas y los sistemas informales de transferencia puede resultar, al menos a simple vista, difícil de distinguir. Algunos intermediarios trabajan desde oficinas y establecimientos perfectamente visibles; otros, en cambio, pueden operar desde negocios privados o a través de redes mucho más discretas.
El contraste con Europa es evidente. Mientras las autoridades europeas intentan seguir el rastro de operaciones que atraviesan múltiples fronteras y jurisdicciones, parte de la infraestructura que permite mover ese dinero funciona abiertamente en otros lugares del mundo.
La investigación
Esta investigación ha sido elaborada por Kasper Vilsmark (DR), Jens Langhorn (DR), Niels Sandoe (DR), Pilar Requena (RTVE), Belén López Garrido (EBU), Débora Votquenne (VRT), Victor Van Driessche (VRT), Romane Bonnemé (RTBF), Guillaume Wollner (RTBF), Lili Rutai (EBU). Luc Martinon (EBU) y Christoph Bendas (ORF).
La realización de esta investigación ha contado con subvenciones del Investigative Journalism for Europe (IJ4EU) y del Journalismfund Europe.