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Una vista privilegiada a 10.000 metros de altura: la "difícil" hazaña del vuelo que persiguió al eclipse

Momento de la totalidad del eclipse solar 2026 desde el vuelo IB1473

"Bienvenidos al vuelo 1473 con destino el mejor lugar del mundo para ver el eclipse". Son las 18:55 hora peninsular española, acaba de finalizar el despegue y ese es el mensaje que nos da la bienvenida a un viaje muy especial con origen y destino en Madrid. Vamos a bordo del avión que este miércoles ha perseguido al eclipse total solar desde el aire, en busca de una vista privilegiada a más de 10.000 metros de altura.

Entre el resto de terrícolas, solo algunos privilegiados (alrededor de un centenar) se han subido a este avión, entre ellos un grupo de científicos y un puñado de periodistas. Los "¿me oyes?" o "¿se me escucha?" son a ratos la música de fondo del inicio de un vuelo repleto de cámaras, micrófonos y teléfonos que conectan en directo con distintas cadenas.

Una trayecto por el aire con wifi en el bolsillo es una sensación extraña para aquellos acostumbrados a volar sin conexión. "Prefiero los vuelos en los que desconectas y lees un libro", comenta una trabajadora de Iberia. "Es como un capítulo de Black Mirror", dice un compañero de RNE, que contempla cómo casi desde cada rincón del avión un periodista graba su entradilla.

En los asientos delanteros, los investigadores del proyecto Shelios se preparan para un recorrido histórico. "Esperamos poder situarnos en la banda de totalidad, interceptar la sombra y poder vivir la totalidad desde 11.000 km de altura", explica el astrónomo Miquel Serra-Ricart, a cargo de ese equipo de científicos, antes de saber que lograrían todo lo que se habían propuesto.

Vuelo eclipse RTVE

El nombre del vuelo no es baladí. En 1473 nació Nicolás Copérnico, el astrónomo que formuló la teoría heliocéntrica, que establece que el Sol está en el centro del universo y que la Tierra, junto al resto de planetas, gira a su alrededor. Un descubrimiento clave para entender lo que estamos a punto de presenciar desde el aire.

Medir las emociones en Tierra y en el cielo

Una vez arriba, los científicos de Shelios tenían por delante cinco experimentos. "Estudiar la morfología de la corona con un telescopio, un vídeo en directo con Starlink, observación de gran campo de la lluvia de estrellas y el proyecto Corona, para medir el comportamiento humano durante el eclipse", explica Ricart.

A cargo de este último proyecto está Carlos Javier Rodríguez, científico y doctor en aprendizaje experiencial. "Queremos saber cómo nos emocionamos y cómo percibimos un eclipse total de sol y ver qué diferencias hay entre vivirlo desde tierra o desde el aire", explica a RTVE, mientras animaba a los pasajeros entrar en la web de Corona y rellenar el formulario.

"Ya estamos empezando a ver las primeras diferencias. Hay más nerviosismo y ansiedad aquí que abajo", asegura. Esas sensaciones se perciben a nuestro alrededor fácilmente: son la inquietud y agitación propias de los minutos previos a un vuelo, sumadas a la emoción y la incertidumbre que despierta este fenómeno. Pero también muchas ganas de poner a prueba meses y meses de trabajo.

El comandante del vuelo es Javier Lopera Alcalá, que asegura que su equipo lleva días estudiando la meteorología de esta gran jornada y meses estudiando y ensayando la ruta. "Al volar más alto vamos a tener un ángulo mayor que desde la Tierra y, con ello, un eclipse total de dos minutos y siete segundos", explicaba a RTVE antes de despegar.

En el territorio peninsular, la posible climatología adversa ha determinado la visibilidad del eclipse en distintos puntos de la península, pero volar a más de 10.000 metros de altura aporta una clara ventaja: la nubosidad nos afecta a bordo de este avión. "Nos vamos a asegurar de que las nubes no sean un factor, porque vamos a volar siempre por encima de ellas", explica Lopera Alcalá.

El comandante resume el plan de ruta. Un hipódromo (trayecto aéreo) trazado juntos a los astrónomos para volar hacia Valladolid y Palencia, rumbo después a Cantabria. "Volveremos a bajar hacia el sur, en rumbo 192; volveremos a la altura de Valladolid", relataba el comandante, que reconocía cierto nerviosismo. "Y volveremos a bajar en un tramo definitivo en el que estarán observando el eclipse total". El momento cumbre de este trayecto.

Dos minutos y siete segundos para el recuerdo

La fase parcial del eclipse comienza hacia las 20:00 horas, cuando el avión ya ha sobrevolado la capa más densa de la atmósfera terrestre y, con ello, nos permite una visión mucho más nítida del eclipse. Poco a poco, decenas de cabezas pegadas a las diminutas ventanillas del avión observan cómo la Luna va cubriendo al Sol con una nitidez casi perfecta.

"Es interesante observarlo desde las alturas porque nos quitamos la parte más turbia de la troposfera, que de alguna manera nos enturbia y nos impide ver con detalle el fenómeno que vamos a presenciar", explica el meteorólogo de TVE Albert Barniol desde el asiento de atrás.

El gran momento llega las 20:30 horas. Antes, desde cabina, mientras al avión lo inundaba una luz metálica, nos piden que nos sentemos y cuentan los minutos que quedan. "Ahora, ahora", se oye entre los pasajeros. "¡Quítate las gafas!", "¿Ya? ¿Me puedo quitar las gafas?".

Las dudas se resuelven rápido; al otro lado de la ventana, la Luna y el Sol ya se han alineado: estamos viendo, por fin, el eclipse total. "¡Hala!". "Es increíble", son algunos de los comentarios. "Es el anillo de diamantes [...] y veo una perla de Baily (cadena de puntos brillantes aparece alrededor de la Luna)", comenta Albert Barniol.

El eclipse total desde el aire Marta Rey

A otros, la espectacular vista les deja sin palabras. "La luz me ha parecido increíble", comenta a lo lejos una de las pasajeras, una vez finalizados los dos minutos y siete segundos que ha durado la totalidad. Un comentario se repite; este eclipse ha sido más largo aquí que en la Tierra, pero desde el aire también se ha sentido "demasiado corto".

También más individual en su disfrute; una experiencia menos colectiva, más fría. Porque, aunque la sensación era la de estar muy cerca, también nos sentíamos al otro lado de esas pequeñas ventanas mientras lo demás sucedía en el exterior.

Vuelta a tierra

Tras el final de la totalidad y los aplausos por el éxito del trayecto, el avión empieza a descender y el cuerpo va ordenando emociones. "Ha superado mis expectativas", comenta un pasajero. "Me ha gustado mucho, aunque no venía con mucha ilusión porque me gustan más las cosas terrenales", comentaba otra.

Más adelante, se respiraba la euforia del grupo de científicos. "Ha sido muy intenso, muy sorprendente. Una emoción concentrada en muy poco tiempo donde hay mucha energía y mucha alegría", asegura Carlos Javier Rodríguez.

A su lado, Cristina Barco, miembro de Shelios, confiesa que ha sentido paz. "Al principio lo he vivido con nervios, pero a medida que pasaba el tiempo me ha generado una sensación de tranquilidad, de sosiego. He estado muy tranquila y me ha dado mucha pena terminarlo", relata.

Los colores, dice, han ayudado a experimentar una sensación que "nunca antes" había vivido. "No son los habituales a lo que estamos acostumbrados. Venía muy nerviosa por lo que iba a ver, pero ha sido una paz total", insiste.

"Felicidad"

El comandante, Javier Lopera, resume lo vivido con una palabra: "Felicidad". "Si ya estaba emocionado antes, ahora ya ni te cuento", confiesa mientras despide uno a uno a los pasajeros que han volado en este avión, que le trasladan decenas de "gracias", uno detrás de otro. "Ha sido increíble", le dicen.

Cuenta Lopera que todo ha salido perfecto. Les pedían tres segundos de margen para pasar por cada una de las coordenadas que tenían marcadas, algo "muy difícil de cumplir", y han logrado hacerlo "exacto". "Poder cumplir el objetivo después de tanto trabajo, de tanto calculo, adaptarnos a los contratiempos y hacerlo de una manera tan precisa, nos llena de orgullo", explica a este medio.

Para Serra-Ricart ha sido "perfecto". "La valoración final es que hemos estado donde teníamos que estar en el momento preciso. Los pilotos lo han llevado con una precisión... y la totalidad ha durado lo que tenía que durar, la máxima totalidad. Dos minutos y siete segundos, explica a RTVE durante el descenso.

La corona, dice, solo la ha contemplado unos segundos. "Mi objetivo no era verlo, sino que saliera bien. Y estoy satisfecho y contento", concluye.

"Se ha visto de una manera maravillosa y espectacular", resume el comandante, satisfecho de haber aprovechado al máximo una oportunidad histórica. El de este miércoles ha sido el primer eclipse total de Sol visible desde la Península Ibérica desde 1912, pero el último con características similares de visibilidad tuvo lugar incluso antes, el 30 de agosto de 1905.