Claves del acuerdo entre EE.UU. e Irán: qué ganan las partes, qué cambia en Ormuz y qué riesgos persisten
- La reapertura de Ormuz y el cese de hostilidades rebajan el riesgo inmediato de una guerra regional
- El acuerdo abre una vía de desescalada, pero deja pendientes el programa nuclear iraní y las sanciones
Tras más de tres meses de guerra, Estados Unidos e Irán han alcanzado un acuerdo preliminar que contempla el fin de las hostilidades y la reapertura del estrecho de Ormuz, además de establecer una hoja de ruta para futuras negociaciones sobre los asuntos que siguen enfrentando a ambas partes y que deberán desarrollarse en los 60 días siguientes a la rúbrica del pacto.
La noticia ha sido recibida con alivio por buena parte de la comunidad internacional, pero el acuerdo nace acompañado de importantes interrogantes. Aunque diversas informaciones apuntan a que el entendimiento pretende extender la desescalada al frente libanés, Israel ha dejado claro que no se considera vinculado a ningún compromiso que limite sus operaciones contra Hizbulá y ha anunciado que mantendrá sus tropas en el sur de Líbano pese al acercamiento entre Washington y Teherán.
En ese contexto, la firma prevista en Suiza este próximo viernes no representa el final del proceso, sino el inicio de una etapa en la que deberá comprobarse si la voluntad política es suficiente para transformar una tregua en una paz duradera y si los principales actores regionales están dispuestos a asumir los costes de esa desescalada.
¿Qué implica el acuerdo entre EE.UU. e Irán?
Para comprender el alcance del acuerdo conviene situarlo en un contexto más amplio. La rivalidad entre Estados Unidos e Irán se remonta a la Revolución Islámica de 1979 y a la posterior crisis de los rehenes en la embajada estadounidense en Teherán, un episodio que marcó una ruptura histórica entre ambos países. Desde entonces, la relación ha estado definida por décadas de sanciones, enfrentamientos indirectos, crisis regionales y un profundo recelo mutuo que ha condicionado buena parte de la política de Oriente Medio.
Así, el pacto es el movimiento diplomático más relevante desde la ruptura del acuerdo nuclear de 2015, el Joint Comprehensive Plan of Action (JCPOA), impulsado por el expresidente Barack Obama. Aquel marco limitaba el programa nuclear iraní a cambio de su supervisión internacional y el alivio de las sanciones internacionales impuestas sobre Teherán, pero su desmantelamiento tras la salida de EE.UU. durante el primer mandato de Donald Trump, que lo calificó como "el peor acuerdo jamás firmado", reabrió un ciclo de presión y desconfianza que marcó la relación entre EE.UU e Irán durante más de una década.
Un hombre posa junto a un cohete caído, medio enterrado en el suelo, en las afueras de Jericó el 8 de junio de 2026, tras los ataques de Irán y los rebeldes hutíes, respaldados por Irán. Israel e Irán intercambiaron disparos el pasado 8 de junio AFP
El acuerdo llega después de una escalada iniciada el pasado 28 febrero, cuando Estados Unidos, empujado por Israel, lanzó ataques sobre Irán. Desde entonces, la crisis ha desbordado el marco bilateral y ha afectado también a Hizbulá, las milicias proiraníes en Irak, los hutíes en Yemen y los Estados del Golfo, estando estos últimos más expuestos a interrupciones del tráfico energético y comercial.
Para Washington, el acuerdo ofrece una salida negociada a una crisis de gran coste estratégico para Donald Trump y económico para EE.UU. Para Teherán, en cambio, abre una oportunidad para reducir la presión y volver a discutir sanciones, exportaciones energéticas y activos congelados. Conviene, sin embargo, no dar por cerradas cláusulas atribuidas al borrador dado que algunas de ellas han circulado de forma indirecta y otras han sido desmentidas, de modo que no deben tratarse como términos definitivos sin un texto oficial aún por confirmar.
También han aflorado diferencias de enfoque entre Estados Unidos e Israel. Washington parece priorizar una desescalada verificable que reduzca el riesgo de guerra regional mientras que Israel mantiene reservas ante cualquier fórmula que no limite de forma más duradera las capacidades estratégicas de Irán y su proyección a través de aliados regionales.
Por su parte, Rusia y China siguen de cerca la evolución del pacto. Moscú conserva una relación estratégica con Teherán, mientras que Pekín es uno de los principales compradores de crudo iraní. Si el acuerdo estabiliza el flujo energético y reduce la presión militar en el Golfo, ambos tendrán que reajustar su posición.
Alto el fuego y cese de hostilidades
El elemento central del acuerdo es el compromiso de poner fin a las operaciones militares iniciadas durante el conflicto. Según las informaciones difundidas sobre el marco negociador, las partes han aceptado una fase inicial de desescalada destinada a evitar nuevos enfrentamientos directos y a crear las condiciones necesarias para abordar los asuntos pendientes.
La aplicación práctica del alto el fuego será uno de los primeros desafíos. Durante los días previos al anuncio se registraron incidentes que evidenciaron la fragilidad de la situación sobre el terreno. Entre ellos destacan los ataques israelíes contra posiciones vinculadas a Hizbulá en Beirut y que generaron que generó nuevas tensiones diplomáticas, alimentando las dudas sobre la capacidad de las partes para evitar episodios que puedan descarrilar el proceso.
Desde entonces, los negociadores han tratado de incorporar mecanismos que permitan gestionar posibles violaciones sin provocar una ruptura inmediata del acuerdo. Aun así, la experiencia de otros conflictos en la región demuestra que las primeras semanas suelen ser determinantes. Un cese de hostilidades exitoso facilitaría la apertura de una segunda fase negociadora; un fracaso temprano reforzaría a quienes sostienen que las diferencias entre Washington y Teherán continúan siendo insalvables.
Una barca navega cerca de la costa iraní de Bandar Abbas en el estrecho de Ormuz el 1 de junio de 2026 Amirhosein Khorgooi/ISNA via AP
Reapertura del estrecho de Ormuz: importancia estratégica
La reapertura del estrecho de Ormuz constituye uno de los aspectos más relevantes del acuerdo por sus implicaciones geopolíticas y energéticas. Este corredor marítimo conecta el Golfo Pérsico con el océano Índico y canaliza alrededor de una quinta parte del petróleo comercializado por vía marítima en el mundo, además de una proporción muy significativa del gas natural licuado exportado por los países del Golfo.
Antes de la última guerra por esta ruta transitaban las exportaciones energéticas de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Irak, Catar e Irán, lo que convierte a Ormuz en uno de los principales puntos de estrangulamiento de la economía mundial. Su importancia estratégica explica que cualquier amenaza sobre la navegación tenga un impacto inmediato sobre los precios de la energía y sobre las expectativas de crecimiento económico global.
Durante la guerra, el estrecho se convirtió en uno de los principales instrumentos de presión entre las partes enfrentadas y en el mayor foco de preocupación para los mercados internacionales. Su reapertura supone por tanto una señal política de desescalada, pero también una garantía para los grandes consumidores energéticos de Asia especialmente, pero también de Europa.
El papel de los mediadores internacionales
El acuerdo no habría sido posible sin la participación de varios actores internacionales que han actuado como intermediarios entre dos países sin relaciones diplomáticas normales desde hace décadas.
Pakistán ha desempeñado un papel especialmente destacado durante las negociaciones. Diversas fuentes diplomáticas atribuyen a Islamabad una labor clave en la transmisión de propuestas, la apertura de canales discretos de comunicación y la búsqueda de fórmulas de compromiso sobre cuestiones especialmente sensibles.
Catar también participó activamente en los esfuerzos de mediación, aprovechando la experiencia adquirida en anteriores procesos diplomáticos y su capacidad para mantener interlocución con actores enfrentados.
En un plano más modesto, Arabia Saudí y Turquía también respaldaron las conversaciones, conscientes de que una escalada prolongada habría tenido consecuencias directas para la estabilidad de la región del mundo donde ambos países se encuentran.
Por último, la elección de Suiza como sede para la firma responde a la tradición de neutralidad del país y a su papel histórico como espacio de encuentro para negociaciones internacionales complejas.
Ginebra será la sede de la firma del acuerdo entre EE.UU e Irán EFE
Riesgos y posibles consecuencias geopolíticas a corto y largo plazo
Pero las cuestiones más sensibles que originaron la crisis siguen sin resolverse. El principal desafío será la negociación sobre el programa nuclear iraní, considerada por Washington e Israel como una de las mayores fuentes de preocupación para la seguridad regional. También permanecen pendientes cuestiones como el nivel de enriquecimiento de uranio permitido, los mecanismos de inspección internacional y el calendario de aplicación de eventuales compromisos.
Otro asunto crucial será el futuro de las sanciones económicas impuestas a Teherán. Irán aspira a obtener un alivio significativo de las restricciones que afectan a su economía, mientras que Estados Unidos busca conservar instrumentos de presión que garanticen el cumplimiento de futuros acuerdos.
La influencia regional de Irán constituye otro foco de incertidumbre. El papel de Hizbulá en Líbano, de las milicias aliadas en Irak o de los hutíes en Yemen seguirá condicionando la estabilidad en Oriente Medio l incluso si las negociaciones bilaterales avanzan.
El futuro del pacto también estará condicionado por factores políticos internos. En Israel, Benjamín Netanyahu afronta un escenario complejo tras varios años marcados por la guerra y por un intenso debate sobre los resultados obtenidos en Gaza, Líbano e Irán. Con elecciones previstas antes de finales de octubre, cualquier percepción de que el conflicto ha terminado sin alcanzar plenamente los objetivos anunciados por el Gobierno podría intensificar las críticas de quienes consideran insuficiente una solución negociada con Teherán.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ordenó ataques contra objetivos de Hezbolá en el sur del Líbano EFE
Impacto de la reapertura del estrecho de Ormuz en el tráfico marítimo
Las primeras consecuencias económicas del acuerdo ya se han dejado sentir en los mercados internacionales. Tras conocerse el anuncio, los precios del petróleo registraron descensos significativos y varios mercados bursátiles reaccionaron al alza ante la expectativa de una reducción del riesgo geopolítico en Oriente Medio.
Sin embargo, la normalización del tráfico marítimo no será inmediata. Navieras, aseguradoras y operadores energéticos mantienen una actitud prudente mientras evalúan el nivel real de seguridad en la zona y el grado de cumplimiento de los compromisos alcanzados.
Durante los meses de conflicto, los costes de transporte aumentaron considerablemente debido al encarecimiento de las primas de riesgo, las medidas adicionales de protección y la incertidumbre sobre la seguridad de la navegación. La reapertura del estrecho permitirá reducir gradualmente esos costes y mejorar la fluidez de las cadenas globales de suministro.
Los principales beneficiarios serán los exportadores de hidrocarburos del Golfo y las economías asiáticas que dependen de estas rutas para garantizar su abastecimiento energético. No obstante, los expertos advierten de que la recuperación completa de los niveles de tráfico previos al conflicto dependerá de la estabilidad política y de la ausencia de nuevos incidentes durante las próximas semanas.
La verdadera prueba del acuerdo no será la ceremonia de firma ni la reacción inicial de los mercados, sino la capacidad de mantener abierta y segura una de las rutas marítimas más importantes del planeta durante los próximos meses.