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Las voces de todas

La fuerza de Gisèle

  • La mujer que quiso que la vergüenza cambiara de bando, y que quiere despertar conciencias
  • Gisèle Pelicot ha hablado con Informe Semanal, con motivo de la publicación de su libro Un himno a la vida
  • Sigue en directo las manifestaciones por el 8M
Informe Semanal - La fuerza de Gisèle
CARMEN BONET (INFORME SEMANAL)

Gisèle Pelicot podría ser una mujer cualquiera, pero no lo es. Lamentablemente, su nombre está asociado desde hace cuatro años con un gran juicio mediático en el que se juzgó y condenó a 51 hombres, entre ellos su exmarido, de violarla y abusar sexualmente de ella durante años. En el banquillo no se sentaron todos -la policía no consiguió identificarles totalmente-, pero desde entonces, la vergüenza pudo cambiar de bando, porque Gisèle decidió salir del anonimato y que el juicio fuera público, algo nada habitual en este tipo de delitos. Como ella misma nos cuenta: "Me dije que era el momento de que la vergüenza cambiara de bando, porque les habría hecho un regalo enorme a todos esos acusados si me hubiera encerrado con esos 51 hombres dentro de la sala de vistas. Nadie habría conocido su nombre, su edad, su profesión…".

Gisèle Pelicot podría ser una mujer cualquiera, pero no lo es. Porque es una mujer fuerte y llena de vida, que ha podido reconstruirse después de descubrir que, después de 50 años, había una parte oscura y terrible que no conocía. A pesar de todo, quiere transmitir "un mensaje de esperanza para que llegue a toda la gente que sufre violencia machista o violencia sexual" y se dirige a las víctimas para que no pierdan nunca la confianza en ellas mismas y mantengan esa pequeña parte de alegría de vivir.

'Un himno a la vida', un testimonio de luz nacido de la oscuridad

Esa "alegría de vivir" es el nombre bajo el que presenta su libro, Un himno a la vida en la versión en castellano. Es, sobre todo, un testimonio de luz nacido de la oscuridad. Sus páginas recorren un camino doloroso que comienza con la ruptura de una vida aparentemente tranquila y termina con una afirmación profunda de dignidad y esperanza. No es únicamente el relato de una tragedia personal, sino también la historia de una mujer que decide enfrentarse a la verdad, nombrarla y reconstruirla. Porque a través de su historia, que ha querido contar ella misma, también descubrimos a la Gisèle niña que pierde a su madre con tan solo nueve años, a la adolescente que ama profundamente a su padre pero que quiere vivir su vida, a la joven locamente enamorada de un joven y atractivo Dominique, a la madre, a la abuela…

Durante muchos años, Gisèle Pelicot vivió una existencia que creía ordinaria. Había construido una familia, compartido una vida con su marido y cultivado las pequeñas certezas que sostienen la cotidianidad. Sin embargo, esa estabilidad escondía un secreto terrible que ella desconocía. Todo cambia cuando, en el contexto de una investigación policial, descubre que su propio esposo la había estado drogando durante años para violarla, y para permitir que otros hombres, reclutados por el a través de internet, abusaran de ella mientras permanecía inconsciente.

El momento en que comprende lo ocurrido constituye uno de los pasajes más impactantes, porque Gisèle describe el instante en que la policía le muestra las imágenes que documentan los abusos. Dominique Pelicot había archivado y organizado meticulosamente en miles de archivos las fotos y videos de los cientos de violaciones. El tiempo parece detenerse y la realidad se vuelve irreconocible. Gisèle escribe: "Mi cerebro se detuvo". También en nuestra conversación, nos cuenta como en ese instante "cuando me enseña las fotos, yo aún no me doy cuenta de los que está sucediendo. Creo que mi cerebro hace una disociación, es como si pusiera el corazón en pausa".

A partir de ese momento, el pasado entero se desmoronó y Gisèle comenzó a mirar su vida con otros ojos, intentando reconstruir los fragmentos de una historia que ya no reconocía como propia. Los síntomas que durante años había atribuido al cansancio o problemas de salud -confusión, lagunas de memoria, malestar físico-, que incluso le hicieron pensar que moriría de un tumor cerebral, como su madre, adquieren entonces un significado terrible. Cada recuerdo cotidiano se va a transformar para ella en una pregunta, cada gesto del pasado se volverá sospechoso.

Mostrarse públicamente, un acto de resistencia difícil y valiente

Sin embargo, ni el libro ni la vida de Gisèle se detienen únicamente en el horror del descubrimiento. Una parte importante del relato se centra en la decisión de enfrentarse públicamente a todo lo que ha sucedido. Durante el proceso judicial, Gisèle renuncia al anonimato y permite que su nombre se conozca. Y lo hace con un objetivo muy claro: que la vergüenza no la señale, que la vergüenza no recaiga sobre la víctima. Así, rompe el silencio que rodea a la mayoría de las formas de violencia sexual y cuestiona una realidad que, con demasiada frecuencia, empuja a las víctimas a ocultarse. Es, también, todo un acto de resistencia.

El juicio, sin embargo, no fue un camino fácil. La víctima, la señora Pelicot, fue cuestionada y calificada, con el único objetivo de humillarla. Nos lo ha contado así : "(…) A pesar de todas las pruebas que hemos recopilado, con todos los vídeos que certifican la verdad, tuve que vivir momentos humillantes, en los que se me trató de cómplice, de persona que había consentido, de sospechosa, de exhibicionista…todos esos calificativos que lo que pretendían era humillar a la víctima."

Revivir los hechos, escuchar los detalles, enfrentarse a las miradas y a las preguntas del tribunal, significaba volver una y otra vez al momento en el que vió la primera de aquellas fotos. Aquel primer día en que acabó todo, o empezó todo según se mire; aquel 2 de noviembre de 2020 en el que también, en casa, después de haber vuelto sola desde la comisaría donde el señor Pelicot había quedado detenido, pronunció por primera vez la palabra: violación. Cuando llega su amiga Sylvie, se sienta en el sofá del salón y "le digo por primera vez, y pronuncio: Dominique me ha violado y ha hecho que me violen 53 hombres".

A pesar de ello, a pesar de todo, por sus hijos y sus nietos, por ella misma y su amor a la vida, poco a poco, comenzó un proceso de reconstrucción personal. Gisèle describe ese camino como una lenta tarea de recomposición interior, casi como si tuviera que volver a aprender quién es. En un momento del libro escribe que tuvo que reconstruirse "a partir de las ruinas".

Pero Gisèle Pelicot ha conseguido renacer de las cenizas, y transformarse en una mujer que irradia vida y ganas de vivirla.