Los sindicatos después del 20N: de la clandestinidad a tomar las calles
- El movimiento obrero jugó un papel clave en la transición a la democracia
- Antón Saracíbar (UGT): “A nosotros nos detuvieron a punta de pistola”
Negociar convenios, convocar huelgas o participar en las mesas en las que se decide cómo serán las leyes laborales y el futuro de las pensiones. No nos sorprende que en pleno 2025 los sindicatos formen parte del día a día económico, social y político. Se trata de una realidad que se empezó a fraguar en los últimos años del régimen y, sobre todo, tras la muerte de Franco. "A nosotros nos detuvieron a punta de pistola. Yo acompañaba a Nicolás Redondo, que hacía del responsable del partido, y yo del sindicato en Vizcaya", así relata el histórico sindicalista Antón Saracíbar cómo fue su detención en enero de 1973, cuando participaba en una reunión en la que había miembros de varias corrientes de izquierdas.
"Teníamos relación con las movilizaciones que se estaban realizando en el País Vasco. Tuvimos dos juicios en el Tribunal de Orden Público, yo fui condenado a dos años y medio por asociación ilícita y propaganda ilegal". Esto que cuenta Saracíbar, resume bien cómo actuaba la dictadura franquista en unos tiempos en los que se podía empezar a atisbar la luz al final del túnel.
El Sindicato Vertical y el entrismo
En tiempos de Franco, el Sindicato Vertical era la única organización a la que los trabajadores podían afiliarse, es más, hacerlo era obligatorio. Fue una de las primeras instituciones que el régimen se apresuró a poner en marcha, y en ella, pretendía reunir los intereses de los obreros, pero también de los empresarios. Se trataba de un pseudosindicato en opinión de José Babiano, Doctor en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid, y Director del Área de Historia, Archivo y Biblioteca de la Fundación 1º de Mayo de CC.OO.: “A pesar del nombre, no tiene nada que ver con un sindicato libre como hoy los entendemos, al revés, era un aparato para controlar a los trabajadores”.
Sin embargo, lo que surgió como un tentáculo más del aparato franquista, acabó siendo utilizado como lanzadera para el movimiento obrero. "Empezaron a producirse unas elecciones sindicales cada cierto tiempo, que fueron aprovechadas por militantes comunistas para agruparse y plantear reivindicaciones, es lo que se ha llamado el entrismo. Fue un descalabro para el Sindicato Vertical porque las candidaturas impulsadas por las comisiones obreras obtuvieron muchos puestos", señala el profesor Babiano. En ese contexto, la revista El Doblón, editó una portada bajo el título: “Ha ganado el equipo colorado”, de fondo, una caricatura del edificio de la entonces sede del Sindicato Vertical (actual Ministerio de Sanidad), siendo pintado de rojo.
Ante esto, el régimen no se puso de perfil, y se apresuró a apagar estos conatos de insurgencia obrera. En junio de 1972, la cúpula de Comisiones Obreras fue sorprendida en una reunión clandestina en el municipio madrileño de Pozuelo de Alarcón. Fue el comienzo del conocido como Proceso 1001 llevado a cabo por el Tribunal de Orden Público franquista. “Fueron condenas más propias de la posguerra, para algunos pedían más de 20 años de cárcel”, indica José Babiano. Entre los condenados, estaban su histórico líder, Marcelino Camacho, que dirigió CC.OO. hasta 1987, o el cofundador del sindicato Nicolás Sartorius. Los diez sindicalistas que permanecían en la prisión de Carabanchel fueron indultados pocos días después de la muerte de Franco.
Con sus similitudes, cabe mencionar que la historia varía si hablamos de la UGT. Desde su fundación en 1888, la Unión General de Trabajadores era la organización sindical hermana del Partido Socialista Obrero Español; si tenías carnet del sindicato, tenías carnet del partido y viceversa. Con la dictadura, muchos de sus militantes históricos estaban en el exilio. Esto no quita que, hubiera una base en la clandestinidad, como fue el caso de Antón Saracíbar que a sus 84 años recuerda con pelos y señales esa época: "En la empresa en la que yo trabajaba, un cura obrero jesuita vio la inquietud que yo tenía con los asuntos sociales y me sugirió que me dirigiera a la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC). En la HOAC en la clandestinidad se podía participar sin problemas. Después, en 1969, yo pido el ingreso en el PSOE y me dicen que obligatoriamente tenía que afiliarme a la UGT. Me pidieron un nombre de guerra, yo a partir de entonces pasé a llamarme Ciérvana, que es un puertecito cerca de Santurce a 15 kilómetros de Bilbao. Eso me sirvió mucho cuando me detuvieron porque en las listas del comisario aparecía el nombre de Ciérvana y no el mío".
El paso de la contestación política a la acción sindical
Tras la muerte de Franco, el movimiento obrero quiso tomar partido. Las movilizaciones y manifestaciones se sucedían a inicios del año 1976 con la excusa de que varios convenios sectoriales y provinciales caducaban, aunque, de fondo, como señala el profesor José Babiano había otros motivos que traspasaban lo laboral: "Se expresó con mucha insistencia la reclamación de amnistía y la vuelta de los exiliados". De este modo, la Transición parecía avanzar hasta que se produjo un hecho traumático a la para que clave para el futuro de los sindicatos y de una democracia aún en pañales.
La noche del 24 de enero de 1977, tres terroristas vinculados a la extrema derecha entraron en un despacho de abogados laboralistas situado en la calle Atocha 55. Asesinaron a sangre fría a cinco abogados vinculados a CC.OO. y al Partido Comunista. Las muestras de solidaridad que sucedieron a este hecho, empezando por el funeral masivo que se dio a las víctimas, propició que tres meses después se legalizara el Partido Comunista y las Comisiones Obreras. A partir de ahí, CC OO pudo celebrar su primer Congreso Confederal, donde Marcelino Camacho fue elegido secretario general. Por su parte, UGT hizo lo propio, y encumbró a Nicolás Redondo como líder.
"Debíamos construir de verdad un sindicato, que estaba más preparado para la acción política que para la negociación colectiva y el diálogo social. Hay una llegada masiva de trabajadores que se quieren afiliar, que quieren que el sindicato les defienda. Hay que montar servicios jurídicos, estructuras, mesas de negociación para los convenios…", recuerda Antón Saracíbar de aquellos tiempos. Él acabaría ocupando la secretaría de organización general de UGT hasta el año 1994, convirtiéndose así en el hombre de confianza de Nicolás Redondo.
Consolidación en la década de los ochenta
La Constitución del 78 blinda el papel de los sindicatos y recoge el derecho a huelga en sus artículos 7, 28 y 37. El 14 de marzo de 1980 se aprueba el Estatuto de los Trabajadores, y el 2 de agosto de 1985 la Ley de Libertad Sindical; los cimientos para la actividad sindical ya se habían puesto.
Con Felipe González como presidente del gobierno, los ochenta fueron también los años de la reconversión industrial, lo que generó tiranteces con las centrales sindicales. No fue solo eso, como recuerda Saracíbar, en general las políticas llevadas a cabo por el gobierno socialista pusieron en guardia a los sindicatos: “Los problemas de la reconversión industrial, los reiterados llamamientos a la moderación salarial, el abuso de los contratos temporales, el desplome de la protección por desempleo, la reforma de la Seguridad Social del año 85 encaminada a recortar las pensiones y el referéndum de la OTAN en 1986, son motivos de grave confrontación. Felipe González pretendía construir una socialdemocracia al margen de los sindicatos, fue un desatino lamentable”. Tal fue el descontento que tanto Antón Saracíbar como Nicolás Redondo renunciaron a los escaños del PSOE que ocupaban en el Congreso.
Este caldo de cultivo acabó derivando en la huelga general del 14 de diciembre de 1988, la más masiva hasta la fecha en tiempos de democracia. Precisamente, Saracíbal fue el presidente del comité de huelga de UGT y lo recuerda como “un momento histórico. La huelga conectó con el sentir de los trabajadores de aquel entonces”. Como curiosidad, en el éxito de esta jornada fue clave el papel que jugaron los trabajadores de RTVE, ya que la emisión se fue a negro en todo el territorio, lo que ayudó a fomentar el ambiente de huelga entre la opinión pública.
La década de los ochenta fue también el momento en el que los históricos líderes sindicales comenzaron a dar paso a sus relevos. En 1987, el IV Congreso Confederal de CC.OO. dio la secretaría general a Antonio Gutiérrez, mientras que Marcelino Camacho pasó a presidir el sindicato. En el caso de UGT, no fue hasta el año 1994 cuando Nicolás Redondo pasó el relevo a Cándido Méndez.