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Coronavirus

Los indígenas se atrincheran ante el temor a que el coronavirus "los borre del mapa"

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Un indio yanomami sigue a agentes de la agencia ambiental de Brasil en una mina de oro REUTERS/Bruno Kelly

No es la primera vez que se pone en riesgo sus vidas, pero ahora tienen una razón de peso para temer por su futuro. El coronavirus ha penetrado en varias comunidades indígenas de Sudamérica. Y lo ha hecho después de que la globalización lo llevara en volandas de China a buena parte del globo. La pandemia se ha movido a gusto en este mundo interconectado y ha llegado a territorios que todavía creíamos inmunes. Y algunos líderes indígenas dicen ya que el Covid-19 podría, literalmente, borrarlos del mapa.

La desnutrición, la anemia, la diabetes o la falta de servicios básicos de salud han convertido históricamente a los indígenas en una población muy vulnerable. Y esa vulnerabilidad se acrecienta sobremanera con la llegada del coronavirus. Como primera medida para frenarlo, muchas comunidades ancestrales han decidido blindarse, cortar carreteras y cerrar sus resguardos. Todo para evitar que la pandemia llegue a sus territorios. Se acabó la incursión de turistas, civiles o autoridades procedentes de núcleos urbanos, porque en muchos de esos resguardos indígenas son ellos quienes tienen mando en plaza.

El miedo llega a la selva

El miedo ha corrido a un ritmo vertiginoso incluso en zonas donde la comunicación es tan precaria que internet es solo un sueño y la telefonía un bien escaso. Ha ocurrido, por ejemplo, en la reserva indígena Xingú, en el Estado brasileño de Mato Grosso. Cuenta el The Guardian con detalle cómo los aweti, kalapalo, kuikuro o mapitu se han atrincherado en sus territorios. En esas selvas deben tener la información suficiente para saber que el coronavirus es algo serio y no “poco más que una gripe”, como dejó caer Jair Bolsonaro. Resulta paradójico pero es real: son ellos quienes se autoconfinan y siguen los consejos de la OMS, de cuyas recomendaciones pasa olímpicamente el presidente del país.

El aislamiento va desde Mato Grosso a otros puntos de la Amazonía brasileña o peruana, o a la Sierra Nevada de Santa Marta, en Colombia, donde arhuacos, wiwas, koguis o kankuamos han cortado el acceso de los turistas a esas cumbres nevadas que enmarcan su territorio desde tiempos pretéritos. A través de sus rituales y su conexión con la tierra, los ancestros de estos pueblos espantaban los malos espíritus al dejar de nombrarlos, como si ese silencio perpetuo los hiciera inmunes a nuevas enfermedades.

La revista Semana nos recuerda estos días que esa tradición sigue vigente. Habla Edilma Loperama, una mujer wiwa que alerta así a su comunidad: “Es importante trabajar unidos como pueblos indígenas para prevenir la enfermedad, a la que no debemos llamar por su nombre ni divulgarla por redes sociales, porque en ese caso estaríamos trayendo la pandemia a nuestros territorios”.

Extrema fragilidad

Más allá de cómo se proteja cada pueblo, hay datos que revelan la extrema fragilidad de las poblaciones indígenas para hacer frente a la pandemia. Los indígenas representan casi el 10% de la población de América Latina. Y en esta región, según la ONU, 3 de cada 10 personas en situación de extrema pobreza, son indígenas. Las enfermedades pulmonares son la primera causa de muerte para estas comunidades, donde una simple gripe puede resultar mortal.

La doctora en Geografía de la Salud Carol Zavalete ofrece estos días otro dato interesante. No hay comparativa previa con el coronavirus, pero sí, por ejemplo, con la Gripe A. Hay estudios que dicen que en Estados Unidos, Australia y Canadá, la mortalidad que dejó esa epidemia fue casi 7 veces más alta en los indígenas que en el resto de la población.

El historiador estadounidense Henry Dobyns ha contabilizado la huella de las enfermedades que los europeos llevamos a América. Dice Dobyns que el tifus, la viruela, el sarampión o la peste bubónica que llegó de Europa diezmó al 95% de la población del hemisferio durante los primeros 130 años de la conquista.

El recuerdo del pasado

Hay datos más cercanos y más concretos para mostrar el miedo de los indígenas a las enfermedades que vienen del “exterior”. La Organización Nacional Indígena de Colombia recuerda estos días otro episodio revelador. En 1988 el pueblo indígena nukak, al sudeste del país, tuvo su primer contacto con foráneos. Acto seguido, una gripe se llevó por delante a la mitad de su población.

El recuerdo del pasado viene a la mente de muchos investigadores que ahora ven alarmados la realidad del presente. Y varios de esos científicos no se cortan al hablar. La doctora brasileña Sofia Mendonça lo cuenta así a la BBC, hablando de varias tribus aborígenes en lugares remotos de la Amazonía brasileña: “Hay un riesgo increíble de que el virus se extienda con rapidez entre las comunidades nativas y las acabe extinguiendo”.

Otros indígenas miran más lejos, tratando de adivinar qué pasará si sobreviven al coronavirus. Y el panorama parece poco alentador. Alex Villca, de la Coordinadora de Territorios Indígenas Bolivianos, afirma a El Espectador que los indígenas no solo son vulnerables al COVID-19, sino a lo que vendrá después: “Habrá un hueco grande en la economía global y, por tanto, puede ser una excusa para que se arremeta más contra la naturaleza, los territorios indígenas, y las áreas naturales protegidas donde ellos están”.

En 1992, Bill Clinton ganó las elecciones presidenciales a George Bush padre gracias a un asesor. James Carville se sacó de la chistera aquella frase para la historia: “Es la economía, estúpido”. La economía marcó la campaña electoral de Clinton frente a un Bush que vendía el éxito de su política exterior. La economía le dio la victoria al demócrata. El mundo postcoronavirus vendrá marcado por una enorme recesión de consecuencias todavía imprevisibles. No seamos estúpidos, todo volverá a girar sobre la economía. Y para indígenas como Villca, ese progreso económico que exigirá el mundo para salir del foso que dejará el coronavirus podría ser más dañino incluso que la propia pandemia.​

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