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Coronavirus

¿Y si el coronavirus entra en la cárcel?

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La policía antidisturbios hace guardia dentro de la prisión Modelo en Cúcuta, Colombia. Schneyder MENDOZA / AFP

Mentar La Modelo da una mezcla de respeto y pavor. En Colombia, todo el mundo ha oído hablar de esa prisión: los periodistas, los políticos, los ciudadanos de a pie. Y por supuesto, los presos o los familiares de los presos, que rezan para que sus hijos, hijas, maridos o esposas den con sus huesos en cualquier otro penal del país, pero no en la Modelo.

Hace unos días murieron 23 reclusos en el interior de esa cárcel. Fue el final violento de una revuelta carcelaria que tuvo su origen en el coronavirus. O más bien, en el miedo que genera esa pandemia en la población carcelaria y en las medidas que ha tomado el Gobierno para aislar las prisiones de la pandemia.

Motines carcelarios en Colombia

Los presos se sienten indefensos ante un enemigo invisible. Las cárceles colombianas son un lugar donde históricamente hay muertos a navajazos, donde la vida dura lo que dura tu nivel de rebeldía o de pleitesía ante el jefe del pabellón. Hay abusos, violaciones, hacinamiento o tráfico de drogas. Hay sobornos a guardias para obtener prebendas y clanes que se disputan sin miramientos cada rincón. Un preso que haya sobrevivido a una cárcel colombiana lo ha visto todo. O casi todo. Porque ahora se enfrentan a una amenaza sin rostro, a un virus que no pregunta si eres bueno o malo, si eres culpable o inocente, si has matado mucho o poco, si robaste por vicio o por necesidad, o si estás entre rejas por un delito que no has cometido.

Como ocurre fuera de la prisión, el coronavirus llama a tu puerta sin mirar tu cuenta corriente, tu nivel educativo o tu certificado de penales. Y en la cárcel, la pandemia difumina las referencias. Un preso conoce bien quién es el enemigo, en qué pabellón está, sabe quién es el veterano y quién es el recién llegado, a quién hay que arrimarse y a quién no. Te defiendes teniendo en cuenta una referencia física, un rostro, un territorio. El coronavirus rompe todos esos esquemas. Nadie lo ve, nadie sabe dónde está. Nadie sabe, siquiera, si ha entrado ya en la prisión.

Sin agua ni jabón

Lo que sí saben los presos es que esa pandemia se combate inicialmente con agua y jabón. Y algo tan elemental no siempre se consigue en una cárcel. El diario El Espectador ha recogido estos días declaraciones de numerosos reclusos en varios penales de Colombia. Una mujer, presa en la cárcel de El Buen Pastor: “nos están diciendo que la clave es lavarnos las manos con jabón, pero nosotras no tenemos”; otra mujer menta el hambre, y el miedo de que su fragilidad aumente si resulta infectada con coronavirus: “el miércoles el desayuno fue un agüita de papa, acá nadie está bien alimentado y ni siquiera nos dan vitamina C”; otra reclusa de El Buen Pastor: “estamos llorando por el hambre”.

Otra regla de oro para combatir el coronavirus: la distancia social. Es fácil intuir a qué velocidad se propagaría la pandemia si entra en una cárcel colombiana. En Colombia hay 121.670 personas privadas de libertad. Están repartidas en 134 prisiones, que solo tienen cupo para 80.763. El hacinamiento es del 50%. Un eventual brote de Covid-19 podría resultar devastador.

Como medida de prevención, el Gobierno colombiano ha prohibido los permisos temporales para entrar y salir de prisión. También se acabaron las visitas familiares. Y ese asunto no es baladí, porque en esas largas colas de los miércoles no solo desfilan personas que llevan una semana esperando para hablar cara a cara con sus familiares. Con ellos van paquetes de comida y aseo personal que entregarán a los suyos y que suplen las carencias del penal. Los reclusos no podrán salir para citas médicas (salvo casos puntuales) ni para citas judiciales, que se harán de manera virtual.

Descongestionar las prisiones

Para frenar la pandemia, crecen las voces que apuestan por descongestionar las prisiones. Libardo Ariza, investigador del Grupo de prisiones de la Universidad de Los Andes, lo tiene claro: “El Gobierno debería considerar soltar a cientos de presos que no representan un peligro para la sociedad”. Se refiere, en concreto, a aquellos de edad avanzada con enfermedades graves. O a los más de 35.000 reclusos que están en prisión en Colombia sin que todavía hayan sido condenadas por ningún delito, sin que se haya demostrado su culpabilidad.

En realidad, este debate sobre las cárceles en Colombia podría plantearse en todos los penales de Latinoamérica y en muchas prisiones del mundo. De hecho, los motines a cuenta del temor al coronovirus se han multiplicado en los últimos días en Italia, en Brasil, en Argentina o en Venezuela. A nadie escapa que esas revueltas de los reclusos se multiplicarán cuando se confirmen casos de Covid-19 en las prisiones. Porque entonces sí, todos los presos querrán escapar. Y en todo el mundo hay más de 10 millones de presos, hombres, mujeres y niños, repartidos en cárceles que en 129 países están superpobladas, según el último informe del Global Prison Trends.

Las cárceles son lugares donde es más fácil introducir drogas ilícitas que papel higiénico

Previendo lo que viene, la Organización Mundial de la Salud ha elaborado unas pautas para frenar la sangría en las prisiones. Dice por ejemplo que hay que prohibir las visitas no esenciales, tomar la temperatura a oficiales y reclusos, repartir toallas y jabones y, obviamente, mantener la distancia social.

No será fácil cumplir con todo eso. John Podmore fue alcaide en tres prisiones británicasSu testimonio a The Guardian resulta demoledor: “Las cárceles son lugares donde es más fácil introducir drogas ilícitas que papel higiénico, donde el jabón es escaso, donde las toallas se cambian una vez a la semana si tienes suerte, tal vez una vez al mes”.

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