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Coronavirus

Latinoamérica: elecciones y protestas, en cuarentena por el coronavirus

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Militares bolivianos vigilan este martes la Villa Sudamericana donde se encuentran personas en cuarentena EFE/Jorge Abrego

El 19 de marzo, Haití reportó los primeros casos de coronavirus en su territorio. Con Haití se cerró el círculo. La pandemia ya se ha había instalado en todos los países de América Latina. La región había terminado el 2019 en plena ebullición social. Las protestas pusieron contra las cuerdas a varios Gobiernos, como en Chile, Colombia o Ecuador. Y terminaron de derribar a otros, como en Bolivia. Un par de meses después, el Covid-19 lo ha cambiado todo. Ha ejercido de bombero para mandatarios que se vieron realmente arrinconados. Aunque, ojo, puede que la pandemia termine por revitalizar, a la larga, esas protestas. Pongámoslo en perspectiva.

En Chile, el presidente Sebastián Piñera decretó, hace una semana, el estado de excepción por catástrofe. La medida para frenar la pandemia se aplicará durante 90 días en todo el país, que ha cerrado sus fronteras, ha sacado al ejército a las calles y ha prohibido las reuniones masivas. Sobra decir que todo eso ha acallado la protesta social, que volvía a cobrar vigencia tras el parón veraniego ante la cercanía del referéndum sobre la reforma de la Constitución. Esa consulta, prevista para el 26 de abril, se ha aplazado hasta octubre. La medida implica un respiro para el Gobierno.

La popularidad de Piñera tocó fondo en enero, con apenas un 6% de respaldo popular. Tres meses después, en plena gestión del Covid-19, sube de nuevo el apoyo al presidente, hasta el 18%. Piñera toma aire, pero la debilidad política del mandatario podría acentuarse, en función del saldo que deje la crisis del coronavirus en el país.

Bolivia, cuarentena para la solución política

En Bolivia, el Covid-19 también ha puesto en cuarentena la solución política a la crisis desatada tras la salida del poder de Evo Morales. Las elecciones que debían cicatrizar esa herida debían celebrarse el 3 de mayo. Pero Jeanine Añez seguirá gobernando por tiempo indefinido porque el Tribunal Supremo Electoral pospuso los comicios sin dar nueva fecha. En realidad, el coronavirus y el ejercicio electoral no casan demasiado bien. En estas circunstancias, es impensable imaginar unos comicios. Las campañas electorales con actos públicos y masivos, las enormes colas de votantes ante los colegios electorales, son hoy la peor pesadilla para el sistema sanitario de un país. Y son también el sueño dorado de la pandemia.

Que el Covid-19 lo cambia todo lo saben también en VenezuelaLa disputa política en las calles había perdido fuelle en los últimos meses. No era fácil mantener la ilusión de la oposición durante tanto tiempo. En parte, por el cansancio acumulado; en parte, por el hostigamiento de Maduro a la oposición; y en parte, porque era imposible que Venezuela mantuviera eternamente la atención de la comunidad internacional. Así que quince meses después de que Juan Guaidó se autoproclamara presidente, las marchas contra el Gobierno de Maduro ya se habían espaciado en el tiempo. Y ahora se han parado del todo después de que el Palacio de Miraflores impusiera la cuarentena y de que el propio Guaidó llamara a sus simpatizantes a quedarse en casa.

Las elecciones presidenciales previstas para el 22 de abril se retrasan hasta el 20 de mayo. Y ahora la disputa está en una guerra de cifras sobre la incidencia real del coronavirus en el país y la capacidad del precario sistema de salud venezolano para afrontarlo.

Vía libre en Colombia para los escuadrones de la muerte

El silencio se ha impuesto también en las calles de Colombia. Ni estudiantes ni campesinos muestran su hartazgo en espacios públicos. Su rechazo al Gobierno de Duque queda circunscrito a las redes. En la Casa de Nariño se ordenó también el cierre de fronteras, la cancelación de vuelos y el despliegue del Ejército. Aunque más tropa en la calle no signifique más seguridad para los líderes sociales. Porque como denuncia The Guardian, citando a varias ONGs, la cuarentena en Colombia ha dejado vía libre a los escuadrones de la muerte, que asesinaron con total impunidad, como siempre, a tres activistas el pasado fin de semana.

La pandemia retrasa procesos electorales y cambia de arriba abajo las prioridades de los Gobiernos. En Argentina, hasta hace unas semanas solo se hablaba de la renegociación de la deuda. De la negociación entre el Gobierno de Alberto Fernández y el FMI parecía depender el futuro inmediato del país. Pero llegó el coronavirus, que dejó en Argentina la primera víctima mortal del continente, y Fernández cambió el discurso. El pasado domingo casi todos los medios escritos llevaron sus palabras a las cinco columnas de un titular: “No estoy peleando por la economía. Estoy peleando por la vida”.

De cómo gestione cada país su propia crisis sanitaria dependerá en parte la evolución de las protestas. Por varios factores: porque la crisis, como se ha demostrado en varios países, traerá cientos de miles de despidos; porque en Latinoamérica la caja del Estado, de la que habrá que tirar, tiene mucho menos músculo que en los países europeos; porque en esta región el 53% de la población tiene un trabajo informal y probablemente no perciba esas ayudas del Estado, o no las reciba en su totalidad; y porque esa informalidad, entre los jóvenes, alcanza el 63%. Fueron los jóvenes, principalmente, quienes prendieron la llama de la protesta social que incendió las calles de varios países latinoamericanos. Y son ellos quienes alzarán la voz, de nuevo, si el coronavirus deja un cóctel insostenible de muertos, hambre, recortes y precariedad laboral.​

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