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Obama inicia dos semanas decisivas para obtener apoyos a una acción militar contra Siria

  • El Congreso de EE.UU. aparece dividido
  • La política interna pesa en la decisión sobre intervenir
  • El fantasma de Irak pesa en la opinión pública

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Obama inicia dos semanas decisivas para obtener apoyos a una acción militar contra Siria

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, quería pasar a la historia como el presidente que supo terminar guerras y no empezarlas. Está ahora al borde de una acción militar en Siria cuestionada por una ola de escepticismo, dentro y fuera de EEUU. Las próximas dos semanas van a ser decisivas.

Este lunes concede seis entrevistas en los seis canales de televisión más importantes de EEUU. Y el martes por la noche se dirigirá a la nación con un discurso en horario de máxima audiencia.

Intervenir o no hacerlo, el dilema que desgarra a un Congreso ya de por sí extremadamente fracturado y a un presidente, cuyas reiteradas dudas y cambios de rumbo han dejado en cuestión su liderazgo y credibilidad mundial.

Este es el peor de los escenarios que el presidente Obama podía imaginar. Y este es también el peor de los escenarios posibles para Siria.
Todas las opciones que EEUU baraja en este instante desembocan en el poco geoestratégico argumento "elijamos la menos mala", derivado del "habrá más sangre en Siria, hagamos lo que hagamos".

Asunto de política interna

La guerra de Siria se ha convertido en una complejo puzzle de política doméstica, con reducida mirada al exterior. Pocos congresistas aquí piensan en la ONU, en el reciente respaldo europeo o en el marco legal de una acción militar muy cuestionable sin el aval del Consejo de Seguridad.  Factores eclipsados por las legislativas de 2014 y las presidenciales de 2016. El peso de Irak marcó las elecciones de 2008. Ahora quieren esquivar aquellos errores, alejándose de esta guerra. Y la Casa Blanca ha quedado atrapada en su propio juego político.

Este lunes se inicia el curso parlamentario, con una resolución sobre la mesa: la autorización de la acción militar contra el régimen sirio redactada por la Casa Blanca, enmendada y aprobada por la Comisión de Exteriores del Senado.

El pleno debe ratificarla en los próximos días, en un complejo proceso de varias votaciones. Pero las grandes dificultades llegarán en la Cámara de Representantes, de mayoría republicana, que incluso propone redibujar antes otro texto algo más limitado.

Los cálculos hablan de dos semanas. Y nada, absolutamente nada, indica que el Congreso vaya a dar luz verde al plan de Obama. "Sería una catástrofe" aseguraba el senador republicano y antiguo contrincante presidencial, John McCain. Dibujaría un escenario desolador para el liderazgo del presidente los próximos tres años en Washington. Y abriría la impensable puerta: ¿atacará Obama solo a Siria?

Pese a la intensa ofensiva que ha emprendido la Casa Blanca para ganar apoyos republicanos y demócratas, la mitad del Senado todavía está indeciso respecto a una acción militar en Siria.

En la Cámara, todavía peor. De 433 congresistas, más de 180 aún no han decidido su voto y casi 230 tienden o están en el "no". Apenas 25 (de los 217 necesarios) confiesan estar a favor, cuando entramos ya en la semana decisiva.

Obama cuenta con el respaldo de los líderes parlamentarios: el presidente republicano de la Cámara, John Boehner; el líder de la Mayoría Republicana, Eric Cantor; y de la Minoría Demócrata, Nancy Pelosi. Su tarea es convencer ahora a sus respectivas bancadas. Pero este es uno de los congresos más polarizados de la historia. Necesitan apelar a un sector moderado que casi no ha existido en los últimos tres años. Y los congresistas reclaman su voto de conciencia, no de partido.

Sin apoyo popular

"He recibido más de 300 correos electrónicos. Ni uno sólo en todo mi distrito de Carolina del Sur, nadie con quien haya hablado dice sí a una intervención en Siria. Dicen 'no nos involucremos en una guerra civil'", replicaba el congresista republicano Jeff Duncan al secretario de Estado John Kerry, durante las interminables sesiones de exteriores la semana pasada.

"Vengo de un distrito que votó en un 85% a favor de Obama y que ahora probablemente en un 97% está en contra de intervenir en Siria", añadía el demócrata Elijah Cummings de Maryland, explicando cómo su oficina se ha llenado estos días de ciudadanos que le recuerdan "que se gastó millones de dólares en Irak, no hay dinero en EEUU para empezar otra guerra, aún hay soldados en Afganistán y se pretende bombardear otro país sin saber cómo va a terminar."

Cerraba la comisión el congresista Bob Menéndez relatando cómo en un partido de fin de semana, se le habían acercado varios vecinos y padres de niños para preguntarle "por qué nosotros", por qué otra vez EEUU.

"No somos el policía del mundo", repiten muchos demócratas. Y es ahí dónde Obama tiene el peor de los obstáculos. Los de su propio partido, aquellos que votaron "no" a Irak y también lo harán en Siria. Los que no creen en más guerras, o creen que es demasiado tarde, o desconfían de los rebeldes sirios y sus vínculos con Al Qaeda, o ven una propuesta militar sin garantías que podría estar abocada a una escalada regional, como tantas otras guerras que comienzan con una intención quirúrgica pero acaban convertidas en algo completamente distinto. Sangriento y eterno. Fuente de rencor hacia Occcidente.

A favor están los que coinciden en que no "se puede mirar hacia otro lado, porque la historia juzgará nuestro silencio" insistía el secretario de Estado ante el Senado.

"Me han convencido. Hay muchos riesgos si se actúa en Siria. Pero el riesgo es mayor si no hacemos nada" concluía el senador demócrata Christopher Coons.

El fantasma de Irak

En lo que casi todos parecen coincidir aquí es en que el régimen de Al Assad está detrás del ataque químico del 21 de agosto. En el Congreso aseguran haber visto las pruebas de inteligencia. El Senado ha hecho públicos 13 vídeos de las víctimas del ataque. Cadáveres, niños, lágrimas, gritos de auxilio y de terror... Imágenes muy duras que han sido confirmadas por la CIA y están destinadas a convencer a los que se resisten a cualquier acción militar.

Pero lo cierto es que no hemos visto ninguna prueba definitiva de las que dispone la Casa Blanca. Incluso el jefe de Gabinete, Denis McDonough confesaba no disponer de "pruebas irrefutables" citando el "sentido común" como arma de inteligencia. "Esto no es un tribunal de justicia", concluía McDonough asegurando entender el escepticismo público ante el ataque a Siria. ¿Es un escepticismo exagerado? ¿Es mayor el europeo? ¿El mediático? ¿Nos hemos vuelto extremadamente desconfiados? Con razón.

Cuando hace diez años comenzó una guerra de Irak cuya justificación máxima se demostró después falsa, el mundo cambió. Ya no son suficientes las palabras políticas. No basta con decirlo, hay que probarlo.

La amplia mayoría de la opinión pública está abrumadoramente en contra de una intervención en Siria. El Parlamento británico dio un revés inesperado, con la sombra del pasado sobre el presente. El Congreso estadounidense confiesa no haber superado un trauma bélico que ha costado miles de vidas, millones de dólares y una factura imborrable en la región.

Pasamos del never lie de George Washington, del que la historia dice nunca supo mentir; al trust, but verify de Ronald Reagan, citando el proverbio ruso "confía, pero comprueba"; a "1.400 personas han sido gaseadas. No nos lo hemos inventado. No son excusas para una guerra", como exclamaba el presidente Obama en rueda de prensa en su primer viaje oficial a Suecia la semana pasada. A lo que seguía otra confesión: "Nadie está más cansado de las guerras que yo".

Un país cansado de guerras

War-weary. Es la expresión que hemos escuchado repetir insistentemente en Washington desde el pasado 21 de agosto. A Obama y a Kerry. A congresitas y senadores. A republicanos y demócratas. A ciudadanos y a medios. Cansados de guerras.

Tanto, que EEUU ya no parece ser aquel país tan dispuesto a intervenir en el exterior como antes. Se va alejando el recuerdo del 11S, se arrastra una lenta recuperación económica, se ha complicado el mapa de Oriente tras la primavera árabe y se acercan las elecciones 2014 y 2016.

Contra todo ello trata de luchar la administración Obama, que insiste en seguir convencida de que hay que hacer algo en Siria, para que jamás vuelva a ocurrir semejante ataque químico y para eliminar tentaciones de Irán o Corea del Norte.

La tarea de justificación de una intervención recibida con escepticismo es titánica. Los esfuerzos de comunicacion, extraordinarios.

Trata de desdibujar los puntos débiles de su plan. "Yo no establecí la línea roja, lo hizo el mundo. No es mi credibilidad la que está en juego, es la de la comunidad internacional".

Así quiere Obama alejar la sombra de la amenaza incumplida, que él mismo lanzó al aire en agosto de 2012. Y la sombra de guerras pasadas. Dibuja un escenario ante EEUU y el mundo, en el que intervenir en Siria es una cuestión de conciencia moral, justicia humana y seguridad regional.

Insiste en que no hacerlo nos convierte en testigos mudos del horror y recuerda el imborrable arrepentimiento internacional tras el genocidio de Ruanda.

El problema es que no sólo existe ese precedente. Ni el de Sierra Leona, Bosnia o Kosovo. Está Libia, aún sin balance definido. Afganistán y Somalia, que no terminaron como empezaron.

Y el Irak del conflicto eterno. "Esto no será Irak, porque ahora sí tenemos pruebas. Ni Afganistán, porque esta operación tendrá final" zanja Obama, que se ha empeñado en que no hay otro camino posible al marcado por su propia línea roja.

Confía en un "sí" del Congreso, mientras trata de hacer lo imposible: despejar a otros las dudas que él confiesa compartir. Dentro y fuera de EEUU.

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