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San Carlos Borromeo: "En cualquier parroquia ves pobres en la puerta, aquí están dentro"

  • Javier es el párroco de esta iglesia de base situada en Entrevías, Madrid
  • Saltó a los medios en 2007 tras el intento de cierre del Arzobispado de Madrid
  • Las Madres contra la droga de Vallecas siguen su lucha en la parroquia
  • Yoro es un inmigrante que ve San Borromeo como "una puerta de futuro"

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Javier es párroco de San Carlos Borromeo, una parroquia situada en Entrevias (Vallecas) un barrio de Madrid. ANTONIO SERRANO

Un grafiti con la palabra libertad en mayúsculas en la pared lateral de la parroquia recibe a todo aquel que se acerca a formar parte de esta gran familia heterogénea.

"En cualquier parroquia puedes ver que hay pobres en la puerta, aquí los pobres no están en la puerta, están dentro", dice Javier, el cura de la parroquia San Carlos Borromeo, situada en el madrileño barrio de Entrevías.

Enrique de Castro, bautizado por los medios como el 'cura rojo', fue el que inició el camino "alternativo" de esta iglesia de base. Una historia que recoge el libro"Así en la tierra. Enrique de Castro y la iglesia de los que no se callan", de Marçal Sarrats, que se acaba de publicar y que ha vuelto a centrar el foco en la labor de esta parroquia.

San Borromeo se dio a conocer en todo el país tras la polémica con el arzobispo de Madrid, Antonio María Rouco Varela, quien intentó cerrarla en el 2007 por el tipo de liturgia y catequesis que allí se practicaba.

Las protestas y la resistencia de los integrantes de la parroquia evitaron el cierre, si bien la archidiócesis de Madrid rebajó finalmente la actividad de este edificio a centro pastoral.

A pesar de esa calificación, encima de la puerta principal de la parroquia se puede leer "Parroquia de San Carlos Borromeo", en una placa blanca tallada en piedra. La gran familia de San Borromeo sigue considerando a este centro como su parroquia de Entrevías.

Toda una vida en crisis

El párroco asegura que en este barrio siempre se ha vivido en crisis y que por eso la actual situación económica no les ha afectado tanto porque "llevan toda su vida así".

Sin embargo, Javier y Chelo, una de las trabajadoras sociales que colabora en la parroquia, coinciden que a quien ha afectado realmente ha sido a las familias trabajadoras de clase media.

No se atreven a pedir, no saben pedir

"Hay un aluvión de familias que se ven con una mano delante y otra detrás. No se atreven a pedir, no saben pedir. Es una pobreza mucho más vergonzante. El que nunca ha pedido le cuesta mucho dar el paso porque nunca había pensado en que se iba a ver en esa situación", aseguran.

Para el párroco, la crisis económica que vive el país desde 2008 ha obligado a que el tejido social se reorganice y a ejercer más vinculación, aunque "no estén de acuerdo" entre algunas de las entidades.

La misa y la mesa

El domingo es el día más importante para sus integrantes, cuando se hace la celebración del mediodía. Ellos también la llaman asamblea y se puede participar de manera activa; precede a una gran paella que da de comer a todo aquel que asiste a la misa.

"La celebración del domingo para nosotros es la misa y la mesa. Primero celebramos la asamblea, donde todos participan y luego comemos juntos una gran paella para 60 o 70 personas. Donde comen dos comen 90, pero no siempre", dice Javier, reflejando la realidad de un barrio humilde que ha aprendido a sobrevivir.

"Estamos juntos trabajando, viviendo, celebrando, comiendo… Desde una madre que se reconoce anarcosindicalista a otra que es hija de un general franquista. En una asamblea coincidieron un juez de la audiencia provincial y el preso al que condenó a 17 años de cárcel", resalta el cura para evidenciar la heterogeneidad que rodea este lugar en el que "todos caben", independientemente de su credo, ideología o procedencia.

Una historia unida al problema de las drogas

La parroquia empieza a funcionar a mediados de los 80, cuando Enrique de Castro comienza a acoger a chicos víctimas de la droga en su casa. Algo que no fue bien visto en la parroquia de la que era párroco. Vallecas fue uno de los barrios más golpeados por el problema de la heroína en la década de los 70, 80 y 90.

"La gente no entiende y le cuestiona por qué tiene que tener en su casa a chavales. Entonces, él decide pedir el cambio a San Carlos Borromeo. A partir de ese momento, muchos empezamos a convocarnos en la parroquia, distintos grupos, personas de todo tipo y diferentes profesiones", cuenta Javier.

"En aquellos años 80 la realidad se impone y vamos contactando con los chicos en la calle. No teníamos ninguna organización y poco a poco nos vamos encontrando con la otra cara de la moneda: los mismos rostros en la comisaría, en los juzgados, en los hospitales, en los cementerios…. A partir de ahí decidimos que podemos establecer algún tipo de vinculación para tener más fuerza de cara a denunciar esta realidad", recuerda el párroco sentado en una de las salas donde atienden a todo aquel que lo necesita.

En aquellos años 80 la realidad se impone

Una de las primeras grandes acciones que hicieron fue el encierro en la parroquia en el año 87 para denunciar 200 puntos de venta de droga en toda España. Presentaron un documento en el Congreso de los Diputados con toda la información.

"Suponemos que aún están en algún despacho, porque nunca nos contestaron nada. Además se denunció la connivencia policial", rememora el cura. "Los chavales nos contaban cómo mucha de la droga que le requisaban se perdía cuando pasaban a disposición judicial. Si les quitaban cinco papelinas, luego aparecían dos...", rememora.

Madres ante la comisaría, los juzgados, los hospitales…

Ante este problema que diezmó dos generaciones de jóvenes, un grupo de madres decidió hace 30 años unirse para luchar contra las drogas que se llevaban a sus hijos, sobrinos y amigos.

Carmen, Clara, Manoli, Sara, 'Encarnita' o 'Justi' son algunas de esas madres que decidieron levantarse y luchar, primero contra la droga, luego por la inmigración, ahora por los desahucios y por todo aquello que consideran "injusto".

Todos los martes se reúnen en la parroquia para tratar diferentes temas. Ahora están embarcadas en la recogida de ropa para repartirla entre la gente que lo necesita.

Al final del pasillo hay una habitación a modo de despacho con dos escritorios. Son las siete de la tarde, Carmen, Sara y 'Manoli' son las más madrugadoras. Poco a poco empieza a llegar el resto. Tras media hora se reúnen cerca de 14 madres, algunas de ellas han perdido a hijos, otras no, pero todas siguen luchando porque "dignifica".

"Somos unas madres que empezamos a luchar porque nos mataban a nuestros chavales. Empezó la escasez de hachís y empezaron a ofrecer heroína a los chicos y ante la falta de información empezaron a pasarse las jeringuillas como se pasaban los porros, luego vino todo lo demás", recuerda Clara, sentada en la mesa que preside la habitación.

Empezamos a luchar porque nos mataban a nuestros chavales

Se definen como un grupo "muy variopinto" que ha acogido y acoge a todo tipo de personas. Mayores, jóvenes, anarcosindicalistas, creyentes, ateas, conservadoras, hombres.

"Nosotros elegimos dónde tenemos que estar y con quién tenemos que estar. Si estás en un partido o sindicato tienen que atenerte a lo que hay y si no te vas. Pero nosotras ponemos por delante a la persona, porque esto es un proyecto personal, para las personas", aclara Carmen, que escribe todo lo que siente en su blog 'esteticiendelosuelos'.

Echando la vista atrás, recuerdan como se juntaron en torno a la parroquia para afrontar el problema de la heroína, que "se estaba llevando por delante" a sus hijos.

"Cuando nos reunimos por primera vez no sabíamos a lo que nos enfrentábamos. No entendíamos de drogas, no sabíamos de leyes, ni de salud sanitaria. En las primeras reuniones todas gritábamos y llorábamos, pero por encima de todo nos entendíamos", continúa Carmen.

El orden dentro del desorden

Este grupo de madres "antisistema", como así se definen, encuentran su orden dentro del desorden. El eclecticismo es el alma de este colectivo autodidacta.

Manoli, la madre que se define como anarcosindicalista y que perdió a una hija en los 90 por culpa de la heroína, explica que este grupo formado por madres “luchadoras" le ha servido de terapia, como a todas las demás.

"Sirve como terapia, para dejar de mirarte el ombligo, para saber que tú no eres el problema, que no lo has creado y que no eres la culpable de nada, para eso sirve la asociación, para quitarte culpabilidades", afirma Manoli.

"Las madres nos hemos preguntado por qué me ha pasado a mí. He sido una mujer trabajadora y piensas que el no haber pasado más tiempo con tus hijos puede haber sido el problema. Pero aquí te das cuenta de que no es así, que es un problema social que puede afectar a cualquier persona”, prosigue.

Nos hemos preguntado por qué me ha pasado a mí

Este grupo de madres ha luchado y lucha haciéndose a sí mismas, aprendiendo solas. Al principio no sabían nada del problema al que se enfrentaban, ahora dan charlas en universidades y acaban de publicar la segunda edición de su libro, "Para que no me olvides", donde se describe su historia.

Para las madres contra la droga San Carlos Borromeo es su casa. El lugar donde aprendieron a perdonar, a querer, a hacerse fuertes y a entender muchas cosas. Por eso, durante el intento de cierre en 2007 por parte de la archidiócesis de Madrid fueron las primeras en mostrar su desacuerdo y luchar para evitar el cierro.

Clara recuerda lo que significó para ellas. "Aquí, en las misas se decía que se nos habían muerto tantos chavales que desde el cielo podían hacer una cadena dándose la mano y cuando nos quisieron echar dijimos que si venían a vernos no nos iban a encontrar".

Ellas resumen sus 30 años de lucha con "tintes de género" en una idea: "Madres en las puertas de las cárceles, madres en los juzgados, madres en los hospitales, madres en los cementerios, madres en la calle, madres en la lucha".

Una puerta de vida y futuro

A los chavales de la droga les sucedieron los chavales de la inmigración. El primer encierro por este tema se hizo en la parroquia en el año 96. Javier recuerda cómo ese 'boom' de comienzos de los 2000 les llevó a enfrentarse a una nueva realidad.

El párroco convive en su casa con siete jóvenes inmigrantes de diferentes países africanos y también del barrio. Dice que fue a partir del "aluvión" de 2004 cuando empezó a acoger inmigrantes en su casa y en pisos que se mantienen gracias a la solidaridad.

Yoro es uno de esos jóvenes que convive con Javier. Tiene 23 años y llegó hace cuatro a España, procedente de Gambia y tras un largo periplo. Actualmente compatibiliza su trabajo con los estudios y el carné de conducir.

Recuerda cómo fue su viaje a España y las dificultades que pasó hasta su llegada a la parroquia, su familia. Antes de llegar al país en 2009, hizo un primer intento fallido en el 2007.

El cayuco podía reventar en cualquier momento

"El viaje duró cuatro días que fueron durísimos. El cayuco podía reventar en cualquier momento, las olas entraban por todos los lados. Es muy duro, no puedes comer, no puedes dormir, tienes que estar siempre sacando agua para evitar el hundimiento", relata Yoro.

La historia de amor de Yoro con San Carlos Borromeo comienza un año después de llegar a España, cuando Cruz Roja le dice que tiene que abandonarles.

El joven conoció la parroquia gracias a su tutor en la ONG y a una abogada con la que se puso en contacto para intentar solucionar el problema de los papeles, tenía una orden de expulsión.

Hace apenas un año que Yoro logró regularizar sus papeles y dice, entre risas, que ese fue su día más feliz desde que llegó al país.

"Es el mejor día porque los papeles te dan la libertad y esto es lo que más quieres en la vida. Si no tienes libertad, qué tenemos, nada", enfatiza el joven africano.

Yoro es el ejemplo de futuro de la parroquia. Javier espera que este tipo de vinculaciones, de ser ayudado a colaborar, sea el camino de San Borromeo, "romper las relaciones asimétricas".

"Si todos los que han pasado por la parroquia la ven como yo, como una puerta de vida, de futuro, un sitio fundamental para mi camino.... Seguiré colaborando con la parroquia porque esto es como una cadena. Si te caes y esa cadena te ha ayudado a levantarte, tú tienes que seguir con esa unión, que es lo que hace que cada vez sea más fuerte", finaliza Yoro.

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