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 Un grupo de zorros disecados descansando miran con ojos tiernos desde una vitrina
Un grupo de zorros disecados descansando miran con ojos tiernos desde una vitrina RAI ROBLEDO
POR DENTRO

En las entrañas del Museo de Ciencias Naturales

  • Se cumplen los 100 años desde que el Museo Nacional de Ciencias Naturales se instalara en el Palacio de las Bellas Artes y la Industria

  • En plena Castellana, en la Colina de los Chopos, este museo con más de 8 millones de piezas comparte espacio con la Escuela de Ingenieros Industriales

  • RTVE.es ha dado un paseo por sus lugares ocultos / Ver la galería de fotos

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Esperamos a que llegue nuestro anfitrión en el hall, entre dos elefantes disecados y visitantes que entran y salen. Nosotros no vamos a ver las exposiciones. Jorge Miguel Lobo, el vicedirector de colecciones del museo, nos dará un paseo por los lugares que no ve un visitante habitualmente. Son estancias ocultas a las que solo acceden unos pocos. Son los lugares donde investigan los científicos, los almacenes donde se guardan millones de ejemplares, los laboratorios donde se restauran las piezas... En definitiva, la trastienda del museo.

El Museo Nacional de Ciencias Naturales es mucho más que un museo, es un centro de investigación. "Cuenta con 13 laboratorios repartidos en los 5 departamentos de investigación", explica Lobo mientras recorremos los pasillos.

Algunos tramos están llenos de cajas, pinturas y plásticos de embalaje. "Hay zonas que están en remodelación", puntualiza. Pero hay otros corredores que rezuman historia. Los adornan cuadros centenarios y estanterías con material de laboratorio de otros siglos. El personal del centro charla animadamente sin prestar especial atención a su privilegiado entorno.

En total, son alrededor de 250 personas trabajando allí, entre investigadores, técnicos y personal de mantenimiento.

Cuando ya hemos dado tantas vueltas que no sabemos dónde estamos, bajamos por unas escaleras muy empinadas.. "Cuidado que cada escalón tiene una altura diferente", advierte Patricia Pérez. Ella es la encargada del bienestar del Departamento de Paleontología de Vertebrados.

Cuando llegamos al final de las escaleras se abre ante nuestros ojos un sótano que parece un calabozo. Es un largo pasillo separado en tramos por puertas de metal que hay que abrir con llave. Pérez abre una de ellas. Accedemos y a ambos lados se dibujan sendas filas interminables de compactos, que son estanterías dispuestas de canto, como si fueran libros apoyados unos sobre otros.

FOTO: Rai Robledo

"Se separan con una rueda de metal", señala la científica mientras gira una de ellas. Cada una de estas estanterías está repleta de cajas numeradas. Y cada una de estas cajas alberga en su interior huesos y restos fósiles de vertebrados.

Destapa una de ellas y expectantes descubrimos en su interior decenas de huesos de pequeños animales prehistóricos. Cráneos, mandíbulas, huesos de extremidades, costillas" Los más grandes, como los de los proboscideos (familiares de los elefantes), están embalados fuera de cajas, con plástico de burbujas y cinta aislante.

Falta espacio y personal. Mantener todo esto y colocarlo es una tarea ímproba

Calcula que hay unas 300.000 piezas. Pero no está segura porque "hay muchas cosas por inventariar aún", reconoce. Ella es la única persona a cargo de toda esta ingente cantidad de material. "Falta espacio y personal. Mantener todo esto y colocarlo es una tarea ímproba. Y hasta hace un año y medio no había conservador", asegura.

FOTO: Rai Robledo

Otra de las tareas pendientes es digitalizar el archivo e incluir en él fotografías de cada pieza. Así, los investigadores de este y los demás centros del mundo podrán consultar el archivo.

Subimos las escaleras irregulares y salimos de este almacén subterráneo plagado de 'tesoros'. Patricia nos quiere enseñar otro almacén donde se guardan piezas en cajones de metal. "Así deberían estar todas, pero no hay presupuesto suficiente".

Nos enseña los cráneos de unos tigres de dientes de sable encontrados en el Cerro de los Batallones, en Madrid. "Estos fósiles están aquí porque los científicos que excavan el yacimiento trabajan aquí y los están estudiando".

El taller de fósiles

Lobo nos dirige al Laboratorio de Restauración. Quiere enseñarnos el 'taller' donde se hacen réplicas de fósiles, se reparan los originales y se preparan para exponer. Paloma Gutiérrez del Solar y Blanca Gómez Alonso son las dos restauradoras a cargo.

El laboratorio parece un estudio de pintura y escultura

El laboratorio parece un estudio de pintura y escultura. Con la radio haciendo compañía y un ambiente muy alegre ambas expertas están rodeadas de pinceles, brochas, martillos, espátulas, moldes de látex, disolventes, resinas, fósiles originales, réplicas, maquetas" Todo lo necesario para dejar a punto cualquier pieza.

FOTO: Rai Robledo

"Esa piedra enorme que ves ahí", señala Blanca alzando las cejas hacia una roca de un metro de longitud aproximadamente. "Así es como llegan los fósiles del campo". En el laboratorio terminan la excavación. "Dentro de la roca puede haber un hueso o muchos. Poco a poco vamos descubriéndolos y endureciéndolos. A veces, cuando los bloques son muy grandes, se dejan a mitad para que quede constancia de cómo aparecieron", explica.

"Cuando el hueso sale del yacimiento puede parecer que está en muy buen estado de conservación, pero al manipularlo compruebas que es polvo. Por eso hay que endurecerlos con resinas", comentan.

"Algunos investigadores te piden que se queden los huesos tal y como han aparecido, en conexión anatómica o todo lo contrario, quieren que queden separados y los vas sacando uno a uno".

Encima de la mesa podemos observar unas cuantas mandíbulas recién salidas del molde. "Ahora mismo estamos machacando piedras", dice Paloma mientras señalan unos barreños llenos de rocas entre las que sobresale un mazo. "Cuando esté hecha arena hará las veces de la tierra donde fue hallado el fósil. Así simulamos cómo apareció en el yacimiento".

Tras su paso por este 'quirófano', las piezas, tanto originales como réplicas, se exponen o pasan a las colecciones para ser estudiados.

Nos dirigimos al otro ala del museo, para lo que que salir del edificio. El Museo comparte espacio con la Escuela de Ingenieros Industriales y la distribución del espacio es inusual.

De camino al Laboratorio de Conservación pasamos por dos de las salas más impresionantes del museo. Una es el Real Gabinete de Curiosidades. "Es una recreación de cómo se mostraba antiguamente los ejemplares", comenta Lobo. "Se adquiría un montón de cosas extraordinarias y se colocaban todas juntas, con el objetivo de apabullar".

FOTO: Rai Robledo

Este gabinete era de Carlos III, que preside la estancia desde un cuadro. Todo está mezclado: un enorme cangrejo enmarcado y colgado en la pared, esqueletos humanos, animales disecados, corales y minerales.

Taxidermia ornamental y científica

La otra sala es el Almacén Visitable de animales taxidermizados. La estampa es impresionante.. Todos los animales están disecados con posturas naturales, para simular que aún corre sangre por sus venas. Así, un grupo de zorros descansando miran con ojos tiernos desde una vitrina, una pequeña bandada de frailecillos otea la sala desde una rama o un lobo gruñe con ferocidad desde un roca.

Todos los animales están disecados con posturas naturales, para simular que aún viven

En total hay expuestos 1.200 ejemplares de aves y mamíferos. En esta sala la temperatura es constante y la luz es tenue, fría y de fibra óptica. De lo contrario los ejemplares podrían dañarse.

Todas estas piezas estaban en un almacén en Arganda del Rey. "Gracias a una donación privada se han restaurado y se ha creado esta sala para exponerlas", relata Lobo. Son solo el 20 % del total, el resto continúa en contenedores en el almacén.

FOTO: Rai Robledo

El Laboratorio de Conservación tiene animales taxidermizados, como los del almacén visitable que hemos dejado atrás. De hecho, nos dan la bienvenida las 'mascotas' del laboratorio: dos gatos disecados. Eso sí, en 1936. Sobre la mesa, 12 conejos. "Son una familia entera: padres, hijos y nietos", puntualiza risueña la conservadora Josefina Barreiro.

Aquí los animales están disecados con fines científicos. Por eso están taxidermizados de forma diferente a los de la exposición. "Aquellos están en posturas naturales y los del laboratorio no", explica mientras abre un cajón en el que podemos ver decenas de pequeños roedores cuya postura parece forzada para ocupar lo menos posible. Lo mismo los cajones a rebosar de mirlos, buitres y demás aves.

Todos tienen su correspondiente etiqueta que recoge datos de suma importancia relacionados con el ejemplar, como dónde fue hallado, el mes y año o la especie a la que pertenece. Todo esto sirve para "nominar la especie", explica. Se necesita un grupo de ejemplares de la misma especie para definir sus características.

Abre un cajón lleno de colibríes que proceden de una donación de un tratante de pieles de principios del siglo pasado. "Se usaban las plumas de los colibríes e incluso los ejemplares enteros para adornar los sombreros de las señoras"..

FOTO: Rai Robledo

"En total, tenemos unos 60.000 ejemplares entre este almacén, el de Arganda y el visitable", enumera.

Los grandes mamíferos están en una cámara. Josefina la abre y nos sacude un intenso olor a piel y humedad. "Las cabras huelen a cabra toda la vida", comenta sonriendo. "Y súmale los pesticidas". Vemos decenas de pieles colgadas y cientos de animales disecados.

Al fondo un pavo real. "Está aquí porque estamos esperando a ver cuándo podemos llevarlo al taxidermista para hacerle unos retoques y cambiarle la peana", explica.

El CSI del Museo

A medida que avanza la tecnología aparecen nuevas formas para sacar provecho a los ejemplares aquí almacenados. "No solo nos sirven para ver si han cambiado sus características morfológicas en estos años, hoy se les puede extraer ADN y analizar", comenta Lobo. Y nos dirige al laboratorio donde se analiza el material genético, lo que informalmente llaman 'el CSI del museo'.

La colección de tejido y ADN animal es de 60.000 muestras, uno de los mayores de Europa

El laboratorio de Identificación animal corre a cargo de Isabel Rey. "Además del trabajo de recolección de muestras para la colección damos servicio de identificación molecular", nos cuenta. Por ejemplo, la Guardia Forestal encuentra rastros de que ha muerto un animal, pero no hay cadáver. "Mojan un pañuelo en algún charco de sangre y nos lo traen. Lo analizamos y determinamos qué especie han cazado".

La colección de tejido y ADN es de 60.000 muestras. "Tenemos desde ratones a águilas imperiales o buitres hasta un calamar gigante", asegura. No hay ningún otro banco de tejidos parecido en España y en Europa dos, uno en Inglaterra y otro en Suecia.

FOTO: Rai Robledo

Están guardados en dos ultracongeladores a -80 grados centígrados. Cada uno tiene dos motores que están rugiendo y nos obliga a hablar a gritos. Los tejidos están conservados de tres maneras: congelados, en alcohol y liofilizados. Esta última forma está a temperatura ambiente. "Así nos aseguramos de que si le pasa algo a los congeladores las muestras sobrevivan", indica Rey.

A pesar de ello tienen un sistema de seguridad. "Si el congelador se apaga hay un sistema de emergencia que permite que se prolongue el frío a -40 grados durante 48 horas", explica.

Es un museo del siglo XIX sumergido en el siglo XXI

"Estamos informatizando el catálogo para dar un servicio a la comunidad científica. No queremos que esta información se quede solo aquí", asegura la científica. "Así si algún investigador necesita estos datos aquí los tiene a su disposición y no tiene que volver al campo a molestar a las especies, que muchas de ellas están en peligro de extinción".

Esta ha sido la última parada de nuestra visita a las entrañas del museo.

Nos vamos con la sensación de haber viajado en el tiempo. Lobo tiene razón: "Es un museo del siglo XIX sumergido en el siglo XXI".

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