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Muere el general serbobosnio Ratko Mladic, condenado por genocidio

  • El exgeneral fue condenado por la masacre de al menos 8.000 musulmanes en 1995
  • La ONU ha abierto una investigación sobre su muerte
Ratko Mladić, exjefe militar serbobosnio, en una sala de tribunal en La Haya, con auriculares y traje oscuro. Guardias de seguridad visibles tras una mampara de cristal.
El exjefe militar serbobosnio Ratko Mladic en la sala del tribunal en La Haya, Países Bajos Peter Dejong / AP

El general serbobosnio Ratko Mladic, quien cumplía cadena perpetua por su papel en la guerra de Bosnia (1992-1995), ha fallecido este jueves, según ha informado la secretaria de Estado del Ministerio de Derechos Humanos y Minoritarios de Serbia, Lidija Pavicevic, confirmando lo que ya habían difundido los medios de comunicación serbios. Desde 2011 permanecía en el centro de detención de la ONU, pero en los últimos años había sufrido problemas de salud y había sido hospitalizado en numerosas ocasiones.

El Mecanismo Residual Internacional para los Tribunales Penales (MTPI) ha confirmado su muerte y ha anunciado la apertura de una investigación para esclarecer las circunstancia de su fallecimiento.

El exgeneral de 83 años, apodado el "Carnicero de Bosnia", había sido condenado por orquestar la masacre de Srebrenica en 1995, en la que al menos 8.000 musulmanes fueron asesinados, considerada como la peor atrocidad europea desde la Segunda Guerra Mundial.

Esta tragedia puso fin a tres años de conflicto bélico, en el que Mladic bombardeó diariamente Sarajevo con tanques y ametralladoras pesadas, lo que causó la muerte de 10.000 personas.

El Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia (TPIY) de Naciones Unidas catalogó las acciones del ejército serbobosnio como una conspiración para llevar a cabo una "limpieza étnica", liderada por el propio Mladic, el fallecido expresidente serbio y expresidente de Yugoslavia Slobodan Milosevíc y el líder político serbobosnio Radovan Karadzic.

El comandante de la ONU Philippe Morillon, flanqueado por el general serbobosnio Ratko Mladić, a la izquierda, y el presidente serbobosnio Radovan Karadžić Jerome Delay / AP

A pesar de las atrocidades cometidas, el genocida sigue siendo admirado por algunas figuras del nacionalismo serbio. Milorad Dodik, líder separatista serbobosnio, ha asegurado que su muerte "es un asesinato, ya que era respetado por el pueblo serbio": "Como comandante, respetó a los serbios". El político ultranacionalista Vojislav Šešelj ha afirmado que "Mladic luchó durante mucho tiempo contra los villanos, y no se rindió".

Los líderes del horror

Después de la guerra de 1995, tanto Karadzic como Mladic lideraron las listas de personas más buscadas por el TPIY. Sin embargo, bajo el Gobierno de Milosevíc, el general vivía refugiado en Belgrado. Sin embargo, en el 2000 el régimen cayó tras revuelta popular masiva, conocida como la "Revolución de los Bulldobers", y la presión internacional aumentó.

En 2011, tras años oculto en una red de familiares y compañeros militares, el "carnicero" fue capturado en Lazarevo, una pequeña localidad a 100 kilómetros de Belgrado.

Mdalic simbolizaba el brazo político del triángulo de. Él era el único que había nacido en Bosnia, en un pueblo de campesinos. Su padre fue asesinado cuando era muy joven por la guerrilla ustacha croata, aliada de los nazis, lo que le llevó más adelante a alistarse en el ejército yugoslavo y combatir contra los croatas. Una vez alistado, sus ideales comunistas fueron derivando en un fuerte ultranacionalismo serbio.

"Soy el general Mladic. Defendí a mi país y a mi pueblo", afirmó en su declaración en La Haya. Mladić fue ascendido al rango de teniente coronel general del ejército serbobosnio en 1992. Justo cuando, en plena desintegración de Yugoslavia, los separatistas serbios, que habían formado la llamada República Srpska (República Serbia de Bosnia), se levantaron contra la independencia de la República de Bosnia y Herzegovina, lo que desencadenaría un conflicto intercomunitario que dejó más de 100.000 muertos y 2,2 millones de desplazados entre 1992 y 1995.

El presidente Milosevic ansiaba la Gran Serbia, cuyo mapa incluía la República de Macedonia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina y los territorios que hoy en día se encuentran en la actual Croacia, Krajina, Eslavonia y Dalmacia. Karadzic, por su parte, sirvió como el vocero y propagandista idóneo de las ideas nacionalistas de los serbios.

El asedio de Sarajevo y el genocidio de Srebrenica

Durante las prolongadas ofensivas a la capital, Mladic protagonizó las históricas grabaciones en las que se le escucha ordenar a la artillería: "Disparen a Velesici; allí no hay muchos serbios".

Para comprender los antecedentes de este conflicto, hay que conocer la faceta multicultural de Bosnia-Herzegovina. Un 90% de los bosnios, que suponían el 40% de la población, eran musulmanes; el 93% de los serbobosnios, cristianos ortodoxos; y el 88% de los croatas bosnios, católicos.

El referéndum de independencia de Bosnia y Herzegovina, sumado a la muerte de un serbio en una boda, fue el detonante claro para los nacionalistas de la autoproclamada República Srpska para iniciar la contienda contra los bosnios. Un mes después de la declaración de independencia, Mladíc ordenó el bloqueo de Sarajevo, cerrando el tráfico tanto dentro como desde fuera, y el corte de agua y electricidad. Más de 10.000 personas perdieron la vida en la ciudad durante su asedio, incluidos 1500 niños.

En 1995, al final del conflicto, y ante el acoso de las tropas de la OTAN, el Ejército serbio decidió asestar un golpe definitivo, asediando zonas de seguridad de la ONU. Srebrenica, de 40.000 habitantes, en su mayoría musulmanes bosnios, era considerada una "zona segura", protegida por 450 cascos azules holandeses. Esto no impidió que Mladic y sus tropas entrasen en el pueblo y fusilasen a más de 8.000 de sus habitantes.

Emir Suljagic, director del memorial de Srebrenica, ha afirmado lo siguiente tras conocer el fallecimiento del genocida: "Ratko Mladic ha muerto y no hay mucho más que decir. Ese hecho tampoco cambia gran cosa. No devuelve a los muertos. No vacía las fosas comunes. No modifica las sentencias. No convierte al criminal en una figura histórica. Ahora queda la parte más difícil del trabajo: no permitir que la verdad, la responsabilidad y la memoria mueran con él".