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La relación entre comida y sexo: de las grandes bacanales a las redes sociales

  • Ambos placeres, el alimentario y el sexual, comparten base biológica, buscan la repetición, la recompensa, la satisfacción.
  • Creadores de contenido han convertido la cocina en un terreno ambiguo donde lo gastronómico y lo erótico se confunden
Fotografía en primer plano de un hombre de mediana edad lamiendo chocolate, primer plano
Hombre de mediana edad lamiendo chocolate, primer plano Yagi Studio/Getty Images
Estela Andrés*

¿Alguna vez has comido algo que te ha hecho sentir un placer parecido al de una relación sexual? Leticia, sí. Leticia, visitadora médica de 26 años, asegura que “cuando como algo que me gusta, experimento una sensación de absoluto placer”. Nos explica que comer, obviamente, es una necesidad vital, pero para ella, a veces, se convierte en “un placer parecido al que sientes cuando haces deporte o practicas sexo”. 

La explicación a esta sensación está, en parte, en el cerebro. Cuando comemos algo que nos gusta, se activa el sistema de recompensa, un circuito que libera dopamina, serotonina y endorfinas, generando placer y reforzando la conducta. “Es lo que hace que queramos repetir”, explica el neurocientífico Dr. Fernando Mora. 

Lo interesante es que este sistema no se activa solo al comer, también lo hace al anticipar el placer. Por ejemplo, al ver cómo un chocolate se derrite o escuchar el crujido de un alimento, puede desencadenar respuestas similares: salivación, deseo, expectativa

El sexo, por su parte, activa esos mismos circuitos, aunque de forma más intensa y compleja. Ambos placeres, el alimentario y el sexual, comparten base biológica, buscan la repetición, la recompensa, la satisfacción. “Mientras comes, sientes placer; y con el sexo también hay una especie de ‘devorar’ simbólico”, apunta el sexólogo Raúl González Castellanos.

 “La comida y el sexo siempre han estado muy unidos” 

El binomio sexo y comida ha sido una constante en la historia de la humanidad. Desde las grandes bacanales de la Antigüedad, donde se mezclaban exceso, celebración y placer, hasta los banquetes como símbolo de estatus o las representaciones culturales contemporáneas, comer nunca ha sido solo alimentarse. 

También ha sido un acto social, simbólico y profundamente sensorial. En palabras del antropólogo Xavier Medina, “el placer alimentario es universal, pero está moldeado culturalmente: lo que comemos, cómo lo mostramos y cómo lo disfrutamos habla de quiénes somos”. 

La relación entre comida y deseo también se ha adaptado a la actualidad y se ha trasladado a la pantalla. Lo que antes era experiencia compartida ahora se convierte en algo que ocurre desde la soledad de casa. En ese cruce aparecen términos como food porn, que no alude al sexo explícito sino a la estetización extrema de la comida, o prácticas más parafílicas como el sploshing, que consiste en que “los alimentos se integran directamente en el juego erótico”, afirma la sexóloga Natalia Piñas. Entre ambos extremos, las redes sociales han construido un lenguaje visual cargado de insinuación que juega con lo que sugiere más que con lo que muestra. 

Videos virales sobre ‘recetas sexys’

Una mano aprieta una masa húmeda, la cámara se acerca al punto justo en el que un chocolate se derrite y una voz susurra instrucciones que parecen sacadas de otro contexto. No es una escena de sexo, sino una receta. En plataformas como TikTok, creadores como Cedrik Lorenzen o el popular “Donut Daddy” han convertido la cocina en un terreno ambiguo donde lo gastronómico y lo erótico se confunden.

En perfiles como el de Cedrik Lorenzen en TikTok, la cocina ha dejado de ser solo recetas. No hay desnudos ni escenas explícitas, pero sí una coreografía pensada para provocar. No se trata tanto de enseñar a cocinar como de activar algo en quien mira. Un estímulo o un deseo y, sobre todo, una reacción. La diferencia es que, en el entorno digital, esa experiencia se fragmenta y se acelera. Ya no hace falta comer ni tocar: basta con mirar. 

Ahí está la clave del éxito de estos vídeos. Combinan estímulos sensoriales intensos como texturas, sonidos, primeros planos, con códigos visuales asociados al erotismo. El cerebro no distingue del todo entre experiencia real y simulada: responde, anticipa, desea. Y cada vídeo, breve y repetible, genera un pequeño pico de dopamina. Otro. Y otro. En ese bucle, el placer deja de ser un momento para convertirse en consumo

Para la socióloga y sexóloga Cecilia Bizzotto, este fenómeno también responde a una lógica cultural: “Existe una censura muy fuerte sobre el sexo en redes, y eso ha generado formas indirectas de mostrarlo”. Es decir, estos contenidos funcionan como un “salvoconducto”: no son explícitos, pero sí sugerentes. Invitan al deseo sin nombrarlo. Y en esa ambigüedad reside su éxito. También su riesgo. 

Sin embargo, no todo es negativo. Como recuerda Bizzotto, el impacto depende en gran medida del contexto y de la educación de quien consume. Y, en cierto modo, este fenómeno también revela algo más profundo: una búsqueda constante de estímulo, de placer inmediato, de experiencias intensas aunque sean mediadas por una pantalla. 

Quizá no sea tan diferente de lo que ocurría en aquellas antiguas bacanales, donde comida, cuerpo y deseo se entrelazaban. La diferencia es que ahora no hace falta estar allí. Basta con deslizar el dedo.

*Estela Andrés es alumna del Master de Reporterismo Internacional de RTVE y Universidad de Alcalá. Este artículo ha sido supervisado por la jefa de la sección de Sociedad, Ana Bravo