Los avistamientos de ballenas en el Cantábrico se convierten en un recurso turístico sostenible
- Cada año, miles de grandes cetáceos se acercan a las costas de Cantabria
- El Museo Marítimo expone el esqueleto de un rorcual de 24 metros
Cada año, unas cinco mil ballenas recorren la costa de Cantabria. El rorcual común, la segunda más grande del mundo, y la aliblanca son las más numerosas, aunque también nos visita la yubarta o jorobada y, en los últimos tiempos, se han vuelto a ver ejemplares de ballena azul. Esta presencia de cetáceos en aguas del Cantábrico se está convirtiendo en un recurso turístico sostenible gracias a los llamados nuevos balleneros.
Y es que, como asegura Gorka Ocio, de la empresa vasca Verballenas.com, "hemos pasado de cazarlas a disfrutarlas. Pero avistar a estos grandes cetáceos en el Cantábrico no es sencillo. Hay que adentrarse, a veces, a entre 17 y 30 kilómetros de la costa y esperar hasta 9 horas para localizarlas". Gorka Ocio está convencido de que "año tras año, en la misma época, vienen los mismos ejemplares a visitar nuestras costas, atraídos por la abundancia de anchoa y de krill en el cantábrico".
No hacerles daño
Los expertos reivindican un ecoturismo de ballenas responsable frente a la masificación en otros puntos de España, respetando, eso sí, unas normas muy rigurosas. Son, dice Gorka Ocio, "unas normas mínimas para la convivencia en la mar con estos animales. No hacerles daño, que no sientan la amenaza y no huyan de nosotros".
Un objetivo que comparte Diego de Vallejo, responsable de Revarca, la Red de Varamientos de Cantabria. Recuerda que en el origen de los movimientos ecologistas está la protección de las ballenas, "una especie por la que mucha gente siente un gran cariño aunque no la haya visto nunca, que aparece en los pijamas de los bebés y en los peluches, pero que está en nuestras aguas y es parte de nuestro patrimonio".
Esqueleto de Rorcual común varado en El Sardinero en 1898 Museo Marítimo del Cantábrico
Tradición Ballenera
La relación de los cántabros con las ballenas se remonta, al menos, al siglo XII, como atestiguan los restos arqueológicos encontrados durante la excavación de un cementerio medieval en la catedral de Santander. Además, en el Museo Marítimo del Cantábrico se expone el esqueleto de un rorcual común de 24 metros, que varó en la segunda playa de El Sardinero a finales del siglo XIX.
Piezas como ésta, señala Diego de Vallejo, responsable de comunicación de la Red de Varamientos de Cantabria, hacen que mucha gente vea al rorcual o a la ballena jorobada como al Tiranosaurio Rex o al Triceratops. Un esqueleto grande en un museo de un animal que existió hace mucho tiempo y, sin embargo, tenemos miles de ejemplares entre nosotros.