La trata sexual, un delito sin límites geográficos: "En un país captan, en otro explotan y en otro blanquean el dinero"
- En 2024 se identificaron 256 víctimas de redes de trata sexual, según los datos de la Policía Nacional
- Atención a las víctimas de trata: teléfono 910509090, gratuito con atención 24 horas, y el email trata@policia.es
Alika (nombre ficticio) tenía 23 años cuando dejó atrás su Kano natal. Recuerda el calor abrasador, el ruido constante de los mercados y el olor del polvo de la que es la tercera ciudad más grande de Nigeria. Pero no recuerda haber pensado nunca en un buen futuro allí. "Europa parecía la única salida a la pobreza", dice hoy, diez años después, con la voz todavía temblorosa.
Su historia no es una excepción. Hace apenas unos días, culminó una operación de la Policía Nacional iniciada en Oviedo que permitió liberar a una joven venezolana retenida bajo vigilancia y obligada a prostituirse para saldar una deuda de 10.000 euros impuesta por la red que la captó en origen. Aunque los países cambian y las rutas se transforman, el patrón se repite: falsas promesas, coacción y control.
Nigeria ha sido durante años uno de los principales países de origen de mujeres víctimas de trata con fines de explotación sexual. La inestabilidad política, la violencia, la corrupción y la fuerte presencia del crimen organizado convierten al país en terreno fértil para las redes que comercian con la esperanza ajena.
Alika cayó en su trampa. Lo que en teoría iba a ser un trabajo en España con un salario digno y la posibilidad de enviar dinero a su familia se convirtió en una cadena invisible de deudas, amenazas y miedo. "Primero debía los gastos de los papeles, luego el viaje, después el alojamiento y manutención… Era como si cada día inventaran una nueva deuda. No se acababan nunca", recuerda.
Durante cuatro años fue obligada a prostituirse en pisos de distintas ciudades españolas. Nunca sabía cuánto tiempo estaría en cada lugar. "Nos movían cada cierto tiempo y no siempre con las mismas chicas", dice. La red la mantenía controlada a través del terror: no solo sobre ella, sino sobre los suyos. "Decían que si me escapaba, mi familia pagaría las consecuencias".
Las falsas promesas, sustento de la trata sexual
En España, la trata con fines de explotación sexual sigue siendo la forma más visible —y al mismo tiempo, más invisible— de esclavitud contemporánea. Según datos de la Brigada Central contra la Trata de Seres Humanos de la Policía Nacional, en 2024 se identificaron 256 víctimas de redes de trata de seres humanos para su explotación sexual.
El inspector jefe David Diego, responsable de la unidad, explica que el fenómeno evoluciona con rapidez: "Hace unos años las víctimas procedían sobre todo de Rumanía y Nigeria. Hoy la mayoría son latinoamericanas, principalmente de Colombia y Venezuela. Pero el patrón es el mismo: el engaño".
Ese engaño es el punto de partida del delito. Las redes prometen empleos falsos —camareras, niñeras, modelos— y cuando las mujeres llegan, descubren que su deuda solo puede saldarse vendiendo su cuerpo. "Ponen un caramelo en la boca", dice el inspector. "Les ofrecen una oportunidad de prosperar y, cuando cruzan la frontera, la realidad es otra: privación de derechos, amenazas y control absoluto".
La era digital del engaño
Las redes han trasladado parte de su actividad a Internet. "Ya no solo captan por la calle o por contactos personales", advierte Diego. "Hoy, cualquier fase de la trata puede ocurrir online: desde la captación con falsas ofertas de empleo hasta la compraventa de documentos falsos en la red profunda".
El ciberespacio también ha transformado la explotación. Los antiguos clubes de alterne, con luces de neón y cierta visibilidad, han dado paso a pisos turísticos. "Se refugian en la inviolabilidad del domicilio y eso dificulta la investigación", explica el inspector. La prostitución se ha vuelto más doméstica, más dispersa, más invisible.
Redes sin fronteras
La trata es un delito que no entiende de límites geográficos. "Cada vez más casos implican a varios países: uno donde captan, otro donde explotan, otro donde blanquean el dinero", explica el inspector. "Podemos tener a las víctimas en Francia, los números de teléfono controlados desde España y los cabecillas en otro país. Eso hace que las investigaciones se dilaten enormemente".
La cooperación internacional es clave, pero no siempre es ágil. Dentro de la Unión Europea existen mecanismos más rápidos —órdenes europeas de investigación y detención—, pero fuera de ella las gestiones judiciales se complican. "Cuando se trata de América Latina o África, dependemos de comisiones rogatorias o extradiciones que pueden tardar meses o años".
El miedo que silencia
Pocas víctimas se atreven a denunciar. Alika tampoco lo hizo. "No es que no quisiera salir, es que no sabía cómo", confiesa. "Tenía miedo. De ellos, de lo que podía pasarme, de ser deportada. Y miedo por mi familia. Sigues porque crees que es la única forma de sobrevivir".
El inspector Diego lo confirma: "Muchas veces las víctimas ni siquiera se reconocen como tales". Algunas creen que sus explotadores las ayudaron a venir a Europa: "Nos hemos encontrado con mujeres que dicen: 'No quiero que les pase nada malo, gracias a ellos estoy aquí'".
La policía intenta romper ese círculo de miedo con la ayuda de mediadoras, mujeres que también fueron víctimas y ahora acompañan a otras en su proceso. "Ellas son las que mejor pueden explicar que hay una salida, que la policía no está para detenerlas, sino para ayudarlas", afirma el inspector.
El teléfono que puede salvar vidas
Desde 2013, el Plan Policial contra la Trata de Seres Humanos mantiene una línea de atención directa gratuita y que no deja rastro en la factura: el 910509090. Detrás no hay operadores anónimos, sino agentes especializados las 24 horas del día. "Saben qué preguntas hacer, cómo escuchar. No transfieren un problema: actúan", dice Diego.
Por esa vía llegan llamadas de víctimas, de vecinos, de ONG o incluso de "clientes" que sospechan. Cada aviso puede abrir una investigación. Otras veces la detección ocurre en inspecciones de extranjería o a través de organizaciones sociales que acompañan a mujeres en situación de prostitución.
Volver a hablar
Han pasado seis años desde que Alika logró salir del infierno. No fue por su propia denuncia. "Si hubiera dependido solo de mí, seguiría allí", admite. Hoy vive en una pequeña ciudad del levante español. Trabaja limpiando en un hotel y acude a terapia con una asociación de apoyo a víctimas de trata.
A la pregunta de si el tiempo cura, responde sin dudar que no. Pero no lo deja ahí. Coge aire para decir una decena de palabras que erizan la piel del más implacable. "El tiempo no cura, te enseña a convivir con ello". Su mirada, sin embargo, todavía se nubla.
Detrás de cada historia como la de Alika hay una maquinaria criminal que se adapta, muta y se esconde mejor. España sigue siendo un país de destino y tránsito para mujeres víctimas de trata, y aunque las cifras oficiales muestran centenares de casos al año, las ONG recuerdan que son solo "la punta del iceberg".