España y la Unión Europea: 40 años sin fronteras
- España ha recibido más de 185.000 millones de euros en fondos europeos desde 1986
- De las colas en la aduana a la libre circulación, repasamos cómo ha cambiado la frontera entre España y Portugal
Frente a una antigua aduana entre España y Portugal resiste un pequeño comercio que cualquier turista recomendaría a otro. A la derecha, una cafetería con más de 75 años de historia, donde el café se sirve en tacitas blancas y azules de cerámica gallega. A la izquierda, un local abarrotado de chocolates, caramelos, recuerdos y botellas con todo tipo de formas. Un lugar que parece congelado en el tiempo.
Julio Quiroga, en su comercio frente a la antigua aduana de España y Portugal. RTVE
Al frente de lo que podría considerarse el precursor de los actuales duty free está Julio Quiroga. "Historia viva", dicen en Tui, Galicia. Desde su mostrador ha sido testigo de los grandes cambios que trajo la entrada de España, junto a Portugal, en la Unión Europea: el mercado único, la moneda común y la libertad de movimiento.
"Antes, la frontera se cerraba a la 1 de la mañana y se abría a las 12 del medio día. Se formaban unas colas impresionantes porque era el único paso que había". Ese tráfico, recuerda, sostenía en buena parte la economía de la ciudad. "Era impresionante. Igual pasaban 300 autocares al día. Los portugueses se llevaban de todo, caramelos por kilo, y nosotros íbamos a por café". Hoy, dice, todo es distinto, los productos ya no escasean.
Casa Quiroga es el último comercio antes de llegar a la frontera. Está a 50 metros del puente internacional sobre el río Miño que conecta España y Portugal a pie, por carretera y, en su parte superior, por tren. Sin controles, el puente Viejo, como es conocido, se ha convertido en un símbolo de la integración.
Puente Internacional sobre el río Miño RTVE
La Eurociudad: dos países, una misma vida
"Yo no era consciente de que iba tanto a Portugal para comprar, tomar un café o pasear", explica Sara Quintana, guía turística en la localidad pontevedresa de Tui y en la portuguesa de Valença. "El Covid nos recordó que son dos realidades distintas. Se cerraron muchos de los puentes y volvimos a ver colas".
Al cruzar la frontera natural que es el río Miño, se escucha hablar español, gallego y portugués, casi por igual. Allí el comercio tradicional sigue gozando de buena salud. Es crucial la industria textil lusa, que se ha modernizado con fondos europeos y hoy es un referente. "Seguimos viniendo a comprar toallas, ropa interior y todo lo que es algodón porque la calidad es muy buena", cuenta Ana, clienta habitual.
Tui y Valença llevan décadas conectadas por lazos familiares, económicos e históricos. Hoy, además, forman una Eurociudad que permite compartir servicios. No es la única que financia Bruselas. Hay varias repartidas por Europa.
"Tui tiene un teatro de 550 plazas y Valença no lo tiene, y se comparte. Y muchos de nosotros vamos a la piscina portuguesa, porque en Tui no hay", explica el historiador y responsable del archivo municipal de Tui, Rafael Sánchez Bargiela.
Eurociudad Tui-Valença (vista de Tui desde Valença) RTVE
El camino a la modernización
El puente internacional es también un paso obligado para los peregrinos que parten desde Portugal. Es una ruta en pleno auge: sólo en 2025, más de 105.000 personas iniciaron allí su camino hacia Santiago. Quintana asegura que ya no solo se ven "peregrinos nacionales o europeos, sino que se está abriendo... Empezamos a ver americanos y también asiáticos".
El historiador Rafael Sánchez apunta a las infraestructuras como una de las claves de ese boom. "El aeropuerto de Oporto es el gran dinamizador del Camino portugués porque numerosas compañías internacionales aterrizan allí. Y eso ha sido también realizado con fondos europeos", señala.
Desde su ingreso en la Unión Europea en 1986, las inversiones en Portugal y España han sido constantes. "El cambio ha sido radical", explica el catedrático de Análisis Económico de la Universidad de Santiago de Compostela Melchor Fernández. "Hemos pasado de ser una sociedad de nivel medio bajo dentro de la UE a una de las grandes potencias. Se han modernizado infraestructuras, universidades, carreteras, puertos y, sobre todo, la red viaria", afirma.
El fin del aislamiento
La mejora ha contribuido a poner fin al aislamiento de las regiones más remotas de la Península. "Galicia siempre tuvo un déficit de comunicaciones", recuerda Rafael Sánchez. "Estamos en Finisterre". Melchor Fernández lo vivió en primera persona cuando era estudiante: "Viajar en tren desde Santiago de Compostela a Barcelona nos llevaba casi 18 horas. Le llamaban el Transiberiano".
Hoy, los tiempos se han reducido drásticamente. La alta velocidad, con más de 4.000 kilómetros de líneas, ha contribuido a ello. Durante años ha sido símbolo del progreso, pero hoy está bajo escrutinio por el accidente de Adamuz en el que murieron 46 personas. Se cuestiona si se invierte los suficiente en mantenimiento. "Desde la liberalización el uso se ha multiplicado por tres y, sin embargo, el mantenimiento solo por dos", advierte César Franco, presidente del Consejo General de Colegios Oficiales de Ingenieros Industriales. "Además, la inflación se ha comido cerca del 40% de las inversiones destinadas al mantenimiento y renovación", señala.
El campo, entre la modernización y el abandono
A unos 50 kilómetros de Santiago de Compostela está la explotación de Román Santalla. El trayecto por autovía es rápido, pero al acercarse a su granja en Lalín, Pontevedra, la carretera se estrecha y el viaje se vuelve más lento. Ahí se hace evidente la importancia de las comunicaciones en el medio rural.
Román empezó en 1985, un año antes de la integración, con cuatro vacas que daban 7.000 litros de leche al año. Hoy cuenta con 200 reses que producen un millón y medio de litros. "La entrada a la Unión Europea nos ha permitido modernizarnos. Gran parte de la inversión, en torno al 70%, ha sido con fondos comunitarios", cuenta.
Román alimentando a una ternera en su granja de más de 200 reses RTVE
Pero no todo ha sido crecimiento. Durante años, el sector ha estado marcado por las cuotas que impuso la PAC, la Política Agraria Común, donde incluso tuvieron que pagar por producir. Eso ha cambiado con la Ley de la Cadena Alimentaria que prohíbe vender a pérdidas para garantizar precios justos. "Después del año 2023, podemos vivir dignamente", explica, "porque la leche tiene un precio que cubre los costes de producción".
Sin embargo, esa estabilidad sigue siendo frágil. En los últimos días, los ganaderos han vuelto a movilizarse ante el anuncio de bajadas de hasta 8 céntimos por litro.
Galicia está entre las diez potencias lácteas de Europa, pero ha tenido un coste. Como en el resto del campo español, la presión a la baja de los precios y las exigencias para adaptarse a la normativa europea han obligado a ser más eficientes. Un proceso en el que muchos pequeños ganaderos se han quedado atrás. "En Galicia había 90.000 granjas, hoy hay algo menos de 5.000", señala Román. "Si no hay actividad, las aldeas quedan muertas", alerta.
"Las consecuencias no sólo son sociales, sino también medioambientales", advierte Melchor Fernández, "como los grandes incendios de este verano que antes no existían".
A pocos metros de la explotación de Román se encuentra la casa de Luisa. Como muchas en la zona, tiene un pequeño huerto y un corral de gallinas destinados al consumo familiar. Justo al lado hay un establo prácticamente abandonado que guarda un viejo tractor y las huellas de lo que en su día fue una pequeña explotación ganadera. "Hasta que vendí en 2025, yo he trabajado de sol a sol. Si iba a una boda, a las cuatro horas tenía que volver para ordeñar", recuerda. "A los 12 años dejé la escuela. Después me volqué para que mis hijos pudieran estudiar". Román destaca ese papel tan importante que tuvierno las mujeres: "Cerca del 60% de las granjas estaban gestionado por ellas".
Para Melchor Fernández, ese es uno de los cambios más profundos desde la entrada en la Unión Europea: "La participación femenina en el mercado laboral hoy no tiene nada que ver con la que teníamos cuando entramos".
Una identidad común en un mundo inestable
Cuarenta años después, los tractores vuelven a las carreteras europeas por acuerdos como el de Mercosur o el de la India. Pero ya no están los agricultores británicos. Hace justo diez años que el Reino Unido decidió salirse con un ajustado 52%.
En el puente internacional de Tui, Hamish, un peregrino británico, cuenta lo que significa estar fuera de la UE. "Echo de menos la libertad de movimiento, poder viajar, ver a mis amigos, trabajar o estudiar en cualquier país. Yo pude hacerlo cuando era joven, antes del Brexit", dice. En España, según el CIS, más del 70% cree que es mejor estar dentro de la Unión Europea.
Para muchos jóvenes, ese sentimiento de pertenencia empieza con una beca. "Estudié en Italia y eso me permitió conocer otras realidades y abrir la mente", asegura Sara Quintana, guía e historiadora, y una de los más de 18 millones de estudiantes que han hecho la beca fuera de España.
Para el catedrático Melchor Fernández, es uno de los "grandes éxitos" porque ha contribuido a crear una identidad común que reduce el riesgo de conflictos en un continente marcado por guerras. Las diferencias entre los Veintisiete siguen existiendo, pero "se resuelven con acuerdos".
Aun así, todavía quedan retos pendientes. No han desaparecido las desigualdades económicas del bloque y crecen las dudas sobre el papel internacional de Europa en conflictos recientes como el de Gaza o el de Irán.
En la frontera Jorge, un joven gallego lo resume: "La Unión Europea, con todas sus luces y sombras, tiende más a crear puentes que a destruirlos".