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Rosalía, en Madrid: del tablao de Casa Patas a la ambición de eternidad del Lux Tour

  • La superestrella del Baix Llobregat comienza su gira española en la capital
  • Con el peso del show en su último disco, los temas de Motomami arrasaron en 'bailoteo'
Rosalía, en Madrid: del tablao de Casa Patas a la ambición de eternidad del Lux Tour
Rosalía estrena en el Movistar Arena de Madrid su gira en España. SHARON LOPEZ
Javier Villuendas
Javier Villuendas

Irrumpe el 'discotecón', más duro que en ningún momento del concierto. Bajos retumbantes, botafumeiro con neones y Rosalía rodeado de virtuosos músicos de conservatorio de la Heritage Orchestra en el centro del Movistar Arena desplegándose salvaje en "CUUUUuuuuuute". Y, de repente, desaparece, como canta en "Berghain"...

El show tiene un ritmo despiadado, ensordecedor para bien y nos deja como títeres sin cabeza por tanto estímulo en una rave entre luces estroboscópicas. “Madrid, ¿dónde están mis bizcochitos?”, pregunta ahora reapareciendo sobre el escenario vestida como un ángel con alas de plumas. Y entonces sí la gente baila a tope, levantada ya de sus asientos, y acompaña a Rosalía con una voz que literalmente contiene multitudes. Pero esto es el cuarto acto de esta ópera pop, vayamos al principio…

Primer acto

Ampliación de la infraestructura, aprender a dominar el escenario y libertad. Hace siete años, tras lanzar El Mal Querer, Rosalía charló con Yung Beef en Mixtape, en RTVE Play, en donde dibujó las líneas maestras de su carrera y que este 30 de marzo de 2026, en Madrid, primera parada española de su Lux Tour (de las ocho que serán en total, entre la capital y Barcelona), hemos visto en su apoteosis.

De cantar sentada en un tablao de la ciudad condal (y si es que le dejaban) a recrear el Museo Louvre ante decenas de miles de personas por todo el mundo. ¿Pero la Mona Lisa sonríe o no? Es una ilusión óptica, una emoción ambigua, un misterio eterno. Porque Da Vinci pintó un retrato físico, pero también psicológico. Empieza el show. Y la cosa va entre el clasicismo y la modernidad ravera. ¿Quién fue antes, el huevo u Oliver Laxe?

En pertinente Semana Santa, suena de fondo Angel de Jimi Hendrix mientras la Heritage Orchestra se coloca en el centro de la cruz que han diseñado en el pabellón de deportes, rodeados del público, y entonces se desvela el telón para que los bailarines coloquen una caja blanca de música. Y que se abre, para que aparezca Rosalía con tutú, extática, y dar pistoletazo de salida a todo esto con "Sexo, violencia y llantas". Después viene "Reliquia", muy delicada. Y al acabar, con los ojos vidriosos, dirá lacónica: “Muchas gracias, Madrid”. 

Continúa con "Porcelana", que termina en ballet-Pont Aeri y luego "Divinize", la primera en inglés con traducción simultánea para que nadie se pierda y con unos alargados velos blancos para hacer sus arabescos escénicos. Suena estupenda en su combinación de voz aguda y bajos vibrantes agita-tórax. La hilazón de un tema tras otro está calculada con escuadra, cartabón y algoritmo, incluidos los pocos descansos con entremeses para que el personal no se desvíe, atrapados en la imposibilidad del parpadeo (si nos ponemos exagerados).

Rosalía en Madrid

Rosalía, en el primero de sus cuatro conciertos en Madrid Europa Press Europa Press

“Buenas noches, Madrid”. ¿Cómo estamos esta noche?”, pregunta luego nuestra artista más internacional mientras le ponen una túnica blanca. De nuevo ojos vidriosos, la tónica de este primer acto, para confesar que la semana pasada estuvo un poco “delicaílla de salud” pero que ya está bien. Y que ya es una década viniendo a Madrid, desde que fue a Casa Patas, “el lugar con más duende en el que he estado… y qué vueltas da la vida... estar aquí ahora”. Ovación. Es el turno de "Mio Cristo piange diamanti".

Segundo acto

Comienza la segunda parte con la ya mentada "Berghain", con la veintena de músicos enérgicos para que la diva española, con una especie de diadema-cornamenta, cante: “Yo sé muy bien lo que soy ternura pa'l café. Solo soy un terrón de azúcar. Sé que me funde el calor” arropada por todos los bailarines. Éxtasis pagano en la devota grada. Y la traca final fue aún más impactante.

Porque la coda de 'tecnazo' que se marcó junto al equipo de danzantes fue casi una respuesta de intensidad salvaje a la inicial de los instrumentistas. Después "Saoko" llega acompañada de otra salva de vítores, al igual que "La Fama", al igual que todas, en rigor. “¿Alguien de aquí conoce Motomami?”, inquiere Rosalía. Y el alarido de contestación aún me molesta en los oídos. "¡Para todos mis chulapos y chulapas!”, festeja en consonancia.

Porque este tramo, vestida de negro, está centralizado en Motomami, la mariposa que se transforma, el disco del salto al vacío y la fama mundial, con el flamenco como anclaje a sus raíces y hasta el infinito y más allá, que diría Buzz Lightyear, pero en clave comercial. Reguetón, hip-hop, jazz, flamenco, bachata, bolero o electrónica oscura, lo que haga falta. Y la mezcolanza como paraguas unificador. El peso del baile se engorda en este tramo con especial mención al zapateado de "De madrugá". El ritmo del recital es para competir en las Olimpiadas.

Tercer acto

Y, por fin, mínima interrupción al rodillo de show. Cambiamos ya al tercer acto, y, hablando de flamenco, suena El redentor, la única canción de Los Ángeles, su ópera prima discográfica, con nuevo cambio de vestuario de la artista del Baix Llobregat. No notamos tanto entusiasmo en esta. Y no habrá canción alguna de El Mal Querer, por cierto.

Y justo después, el momento Mona Lisa. Rosalía interpreta una versión canónica del "Can't Take My Eyes Off You", de Frankie Valli, y subiéndose a unas escaleras se enmarca como un cuadro para parecer la Gioconda fotografiada por un montón de fans para acabar uniéndose a ellos muy festiva. Aquí no hay ambigüedad, sonríe de oreja a oreja. Y ya no tiene los ojos llorosos, no. ¿Por qué iba a tenerlos si esto está yendo fenomenal?

El momento cómico de la noche llega con la invitación al confesionario que construyen en un santiamén a Esty Quesada, Soy una pringada, en donde relata una historia rocambolesca que comienza lamiendo pezones y deviene en relación insostenible: “Es lo que tienen los locos, que hacen locuras”. Rosalía le dice: “Te portaste como una santa”. “Como Rosalía”, replica la otra para la carcajada de la de Sant Esteve Sesrovires, el pueblo conocido por la fábrica de chupa chups hasta que llegó ella. ¡Chúpate esa!

Y todo esto de la Pringada para presentar "La perla", otra de las piezas más esperadas dentro de un repertorio lleno de canciones esperadas. Coreada por el graderío, la voz de la vocalista no brilló tanto como en el resto del concierto, que fue un lujo de poderío, pero sí refulgió la imaginativa coreografía con los bailarines como masillas de los Power Rangers de negro salvo para hacer un receptáculo de manos blancas en donde se situó voladora la artista para ir componiendo diferentes formas. Es difícil de explicar con palabras, pero fue muy bonito.

Otro hit de la noche fue "La yugular", en donde la cantante, sola en lo alto de esas escaleras al modo de montaña hacia el cielo, acercó su cara a una cámara que había en la base, que hacía el efecto de ojo de buey, en una nueva muestra de un espectáculo que es tan musical como visual y escénico, como marca el mercato de las grandes ligas pop. Y aquí llegó el 'descansito' más largo de la noche, mientras se nos muestran diferentes cuadros en las pantallas para que el público enfocado imite la pose. Funciona.  

Intermezzo

Tras este pequeño respiro, Rosalía sale ahora por un lateral mientras canta "Dios es un stalker" y aterriza en el medio del Movistar Arena, saludando al público de las ubicaciones selectas (las de enfrente del escenario, además de otras prebendas, al módico precio de 561 euros) y colocándose sobre la orquesta para marcarse una rumba con una peineta blanca y otro tutú. “Y no cualquier rumba, 'La rumba del perdón'”, comenta, en la habitual mezcolanza de géneros que tanto gusta a esta creadora tan híbrida como masiva. 

La dupla de "Bizcochito" junto a "Despechá", con la audiencia levantada ya de sus asientos fue la demostración de que en términos de mover las caderas, el 'latineo' arrasa en su setlist. "A Madrid le gusta el mambo. ¡Y que viva el flamenco también! Y que vivan todas las músicas. Pero no quiero irme antes sin daros las gracias. Ha sido la primera de todas aquí, pero yo no me voy a olvidar de esta noche", dice.

"Tírame magnolias"

El concierto cierra con la última canción de Lux, "Magnolias", sola de nuevo ante las 20.000 personas. Un responso, un canto mortuorio a su propio funeral que se recibe con la obligada mudez del respetable, quizá porque está baldado también tras dos horas hiperactivas. Una balada “sobre mi ataúd, KTMs quemando rueda. Lágrimas y gomas se derriten en la madera. Gasolina y vino tinto”.

La recreación de tu réquiem suele ser un Kilimanjaro del yoísmo, aquí con llantas y voces angelicales. Y se acoge en un silencio sepulcral roto por ningún trompo a este "Hallelujah" de los canis sensibles. Un último baile a la vida que resuena algo docto y medido pero también de enorme belleza. Y el público le tira magnolias imaginarias en forma de aplausos, pues parece claro que lo ha pasado divinamente, de lux. 

Y ya, después del trance y el vértigo, se hace la luz.