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Miguel Ángel Ruiz, ensayista: "La industria enfrenta a padres contra hijos para que haya más consumo"

  • La destrucción planificada de la infancia es un libro editado por Cydonia
  • Miguel Ángel Ruiz cree que se adoctrina a los niños para ser adictos al consumo
'La destrucción planificada de la infancia' analiza porqué los niños ya no son como antes
Niños jugando en el patio de un colegio. EFE/ Raquel Manzanares

Los padres se quejan de que los niños no hacen caso, que no son como antes, pero tras la constatación generalizada falta el análisis de qué ha pasado para llegar a este punto. El divulgador Miguel Ángel Ruiz aborda en La destrucción planificada de la infancia los procesos sociológicos que empujan a acortar este periodo vital.

Editado por Cydonia, el libro parte de la lectura de La desaparición de la infancia de Neil Postman, publicado en 1982. El sociólogo estadounidense describía que los niños empezaban a comportarse como adultos de forma prematura y perdían antes la inocencia, una tendencia que llegó a España con el cambio de milenio.

Ruiz considera que los años 70, 80 y 90 del siglo XX eran "la edad dorada de la infancia en España", pero desde 2000 y, sobre todo, a partir de 2010, tuvo lugar un cambio radical y la niñez se convirtió en un periodo totalmente diferente.

'La destrucción planificada de la infancia'

En una entrevista con RTVE.es, el autor defiende que "las corporaciones han visto una forma de maximizar beneficios acortando la infancia, haciendo que los niños no tengan tantos referentes infantiles, sino que a partir de la pubertad o incluso en la preadolescencia, empiecen a interesarse por el mundo de los adultos".

El ejemplo más claro es "la hipersexualización de las niñas, que ya con casi diez años o incluso a veces un poco antes, las empiezan a empujar al mundo de consumo de las mujeres". Cita unas "mascarillas antiarrugas para niñas a partir de tres años", lo que puede mover a la risa, pero tiene un gran "poder simbólico".

Explica que desde su tierna infancia, cuando no tienen ningún sentido crítico, "están enseñando a las niñas que pueden ser imperfectas" y les condicionan en el futuro para fidelizarlas como "consumidoras en productos que no necesitan, al introducir en su subjetividad la idea de imperfección y de que necesitan productos para mejorar".

Ruiz sostiene que se produce "la erosión sistemática de las figuras de autoridad", como padres o docentes, para eliminar las barreras culturales y psicológicas que frenan la decisión de compra. Opina que las corporaciones "buscan un tipo de futuro niño consumidor que no tenga ningún tipo de cortapisa moral" más allá del hedonismo.

Portarse mal tiene premio

Un niño en un supermercado insiste, repite, exige que le compren algo, grita, llora y patalea si no lo consigue. Una escena cotidiana fruto de un tipo de marketing (nag factor en inglés) en el que "anuncios, series de televisión y películas enseñaron a los niños a portarse mal, a ser insistentes, a tener rabietas y no aceptar un no por respuesta".

Ruiz apunta que "en cierto modo, lo que está haciendo la industria es enfrentar a padres contra hijos en una batalla para que haya más consumo". Los anunciantes se dieron cuenta de que los adultos eran menos influenciables y "buscaron un camino al bolsillo de los adultos a través de los niños. Por eso les enseñaron a portarse mal, para que movieran a los adultos. Y esa estrategia les funcionó maravillosamente y es parte del gran problema que hay ahora".

La publicidad muestra un estilo de vida, promete la felicidad, pero promueve la insatisfacción. El autor indica que "en el fondo lo que te está vendiendo son ideas de mejora o de completud. Si tú tienes una sana autoestima, no piensas que pueda ser mejorada a partir de un producto externo. Así, ese marco se cae".

Jugar en la calle

Otro gran cambio es la actividad lúdica: "En los años 80 los niños estábamos prácticamente todo el tiempo en la calle y no teníamos supervisión parental constante como ahora. El juego estaba menos mediatizado por el juguete, era mucho más libre y solía ocurrir en la calle".

Un escenario que aún sobrevive en entornos rurales, pero "los niños gozan de menos autonomía que hace 40 años" porque ha cambiado la percepción del peligro y menciona como punto de inflexión el caso Alcàsser en 1992: "Una especie de ola de miedo que acabó encerrando a todo el mundo en casa, especialmente a las mujeres y a los niños".

Con respecto a la salud mental, Ruiz señala "una esfera de medicalización de comportamientos que no son patológicos", pero reconoce que ahora las costumbres son "más tóxicas". Los psicólogos apuntan que adolescentes con depresión "pasan una etapa de síndrome de abstinencia cuando dejan las redes sociales, pero luego, mejoran".

La adicción a las redes

Añade que las redes sociales "son adictivas y activan los neurorreceptores del cerebro igual que una droga", también afectan a la atención y dificultan el hábito de lectura, interrumpido por las notificaciones del móvil. Su impacto es muy dañino en el autoestima que se mide con el número de likes, en una lógica de mercado.

Ruiz alerta del riesgo de que las redes se conviertan en "un sistema de validación personal" y las define como "una escuela de cosificación porque encierran al individuo en una lógica de reclamar atención, buscar esa validación de internet que no es la de tu círculo de amigos, puede venir de Australia o de pedófilos de Estados Unidos".

El autor con su libro

El autor con su libro.

Sobre el control parental de los dispositivos, matiza que "un niño con un móvil en internet puede estar solo, pero no está aislado y el padre no tiene manera de saber qué contenido ve y cuando son más mayores aprenden a saltarse la ley". A lo que se suma una publicidad mucho más agresiva y la presión del grupo de iguales.

A la hora de intertar revertir la situación, Ruiz propone unir fuerzas con otros padres en iniciativas como "barrios sin móviles", no sobreestimular a los pequeños, dejar que se aburran, no poner la tele por defecto, respetar la autoridad de los profesores, no hipersexualizar a las niñas, dar ejemplo y leer con ellos.